La fortaleza del lago

 

A pesar del tibio sol de la tarde, Amalasunta da un paseo solitario por la orilla. Las olas, más grandes que de costumbre, mojan los bajos de su túnica granate, pero no le importa, los pensamientos cruzados que pueblan su cabeza no quieren marcharse y ocupan toda su atención. Le gusta sentir en la cara el cecius* soplando fuerte  portando aromas de su querida Rávena. ¿Habrá llegado su nota a Casiodoro?  Rodeada de enemigos es incrédula al respecto, puede que el esclavo al que se la dio ya esté muerto. Le dejan andar libremente y sin escolta porque es imposible salir de la pequeña isla en la que está presa; incluso puede pasear fuera de la fortaleza en la que vive y caminar por la orilla. Las frías aguas del lago Vulsinio (actual lago de Bolsena) son la mejor barrera que frena a Amalasunta para iniciar la huida. Tan convencido está su primo de que no podrá escapar de allí que sólo la vigilan diez soldados y una cocinera. El sacerdote mandado llamar por la Reina aún tardará en llegar, pues tiene que pasar un examen de fidelidad y Teodato no está seguro de encontrar alguno en todo el reino que cumpla esas condiciones.

Oscurece, y Amalasunta entra en su prisión; una fortaleza en la isla Martana propiedad de su primo Teodato; desde su habitación aún sigue escuchando el rumor de las olas que le recuerdan su querido mar, cuando jugaba de pequeña con otras niñas en las cercanas playas del Adriático. Hasta parece sentir su aroma a salitre. Ahora, en su estancia, recostada en el lecho y con las olas de fondo se siente sola, profundamente sola; sí, sabe que es querida entre su pueblo, que los romanos también la quieren, que tiene un nutrido grupo de amigos, senadores, prefectos, gente importante apoyándola, a pesar de ser mujer y reina de los ostrogodos, pero ¡qué sola se siente! No tiene a nadie cercano de verdad, sólo le quedan Casiodoro, su hija, Matasunta,  por supuesto su fiel Marcelina y ¡cómo no!, su perrita, Frida junto a los restantes perros. Todos los demás han muerto o no sabe de ellos; su querido hijo, Atalarico, muerto en plena juventud cuando acababa de cumplir dieciocho años; su amado padre, Teodorico; su marido, Eutarico; Boecio, su buen amigo, que pasó por el mismo trance en el que está ella ahora…Todos, han muerto.