En su segunda noche de prisión, sobre el lecho, Amalasunta hace ejercicios telepáticos con su ama, intenta por todos los medios trasmitirle un mensaje:”llama a Justiniano”, “llama al emperador”. Es su única manera de poder comunicarse con el exterior, lo hace sobre todo para tranquilizarse, para poder entrar en el sueño que le aislará durante unas horas de la terrible realidad en la que vive.

No es que desconfíe de Casiodoro, a pesar de su amistad con Cipriano sabe que la quiere de verdad, pero el poder del emperador bizantino es más efectivo y si se enterara de que Teodato ha encarcelado a Amala caería como un trueno sobre la codiciosa cabeza de su primo.  “Marcela, llama a Justiniano”, “llámale”, sigue con su cantinela.

Qué larga se hace la noche cuando no se puede dormir.

No debo dejarme llevar por las preocupaciones ni por los malos pensamientos-se dice a sí misma para animarse-. A pesar de todo, mi pueblo me quiere y hará algo para sacarme de este terror. Qué tonta fui al elegir a Teodato, creí que había olvidado, que no era vengativo, que compartir el trono habría cubierto su ambición. No debo desesperarme, Marcela, Matasunta, Casiodoro, Totila, Wulfredo… no estarán quietos, seguro que están preparando mi liberación de alguna forma.

Amalasunta está en lo cierto y el gran grupo de amigos y partidarios que tiene, una vez en conocimiento de la fortaleza en la que está presa, se han movilizado para reunir el número suficiente de soldados y acudir en su ayuda. Pero la empresa no es fácil, Teodato se ha atrevido a dar un paso definitivo y tiene que llegar hasta las últimas consecuencias. Ella lo sabe y espera con la angustia de la incertidumbre, esa incertidumbre que anida en nuestro ánimo cuando esperamos la posibilidad de una mala noticia; espera que en cualquier momento la ejecuten, sabe que es un rehén peligroso. Lo que le extraña es que no lo hayan hecho ya y ese pequeño resquicio en su duda, es lo que le hace concebir alguna esperanza.

 

 

 

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