Los minutos se deslizan despacio durante la triste noche, la anhelada luz matinal no acaba de explosionar, no sabe cuánto le queda a la noche pero para ella es demasiado. Ya ha aprendido que el día amanece cuando los primeros rayos del sol entran por el alto ventanuco situado a la derecha de su cama, y lo mira fijamente, hipnotizada, esperando ver la más mínima claridad. Cuando se pasa una mala noche, ya por problemas, por dolencias o por cualquier otro motivo y llega el día, ¡cuánta alegría!; es una tontería porque los problemas siguen ahí, pero el día hace que nos enfrentemos a ellos de otra forma, con más energía, los problemas parecen empequeñecer con el sol aunque sean los mismos. Esto le pasa a Amalasunta, la noche le hace temer cosas que de día se ve con fuerzas para afrontarlas, por eso es tan importante que duerma, pero no lo consigue. Cualquier ruido que llega desde el exterior la sobrecoge, nota cómo se apodera el miedo de ella, empequeñeciéndole como un ovillo entre la ropa de la cama para pasar desapercibida. Cada tres horas cambia la guardia de la fortaleza y el estruendo de las pisadas de los soldados sobre el pavimento retumba en el corazón de la Reina dejándolo dolorido durante un rato.  Se levanta y da paseos alrededor de su habitación, se arrodilla bajo el ventanuco y reza desesperadamente para que el sueño inunde sus sentidos, para que los anestesie, para que pueda adormecerse aunque sea sólo un rato. Tiene la tentación de rezar el credo arriano, pero se detiene, es católica y se pregunta si convencida, “Creo que hay un solo Dios Padre y en su Hijo unigénito…”. No tiene ganas de entablar una de tantas discusiones religiosas consigo misma y se acuesta sobre el lecho, cansada, pero sin sueño. Sólo le queda una última baza para poder dormir, a la que recurre con frecuencia cuando está desvelada con ese zumbido en la cabeza que machaconamente le hace obsesionarse. Se mete en la cama, se tapa bien hasta la barbilla y se sube lentamente la túnica de dormir que la llega hasta los pies.

 

 

 

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