Comienza por los pezones, retorciéndolos con firmeza hasta notar cómo se endurecen, después, mientras sigue con la mano izquierda tocándose los pezones, con la derecha baja hasta la entrepierna abierta esperando las maniobras que tan bien conoce, sobre todo desde que quedó viuda. Ninguno de sus múltiples esclavos le hizo surgir el deseo. Se acaricia con la mano el vello rojo como su pelo, el sólo contacto con sus rizos la eriza el pelo de la nuca, poco a poco introduce un dedo hasta alcanzar esa zona que lamía con pasión su marido. De pronto cruza su pensamiento la tosca y bisoja cara de Teodato y, rápida como un relámpago,  escucha el ruido de las armas cuando fueron a prenderla. Tiene que hacer un gran esfuerzo para concentrarse y volver a las placenteras sensaciones onanísticas, quién sabe si por la última vez. Pasan por su mente los dos hombres que ha amado, de entre todos no olvida a Máximo que murió en la batalla de Vouillé; a pesar de ser romano luchó junto a su padre. Pero Amalasunta nunca pone cara al hombre que piensa la va a penetrar cuando se masturba, prefiere imaginar sólo un cuerpo con un buen miembro enhiesto que se introduce en sus entrañas en el mismo instante del clímax. Cuando termina, se relaja y se adormece pensando en qué hubiera pasado si Máximo no hubiera muerto en Vouillè.

Duerme poco pero al menos ha descansado algo; en tensión pero descansada. En el ventanuco ya es de día y espera que la cocinera le traiga el almuerzo. Sofía es griega y, a pesar de haber sido puesta por Teodato para vigilarla, ha  simpatizado en seguida con Amalasunta, hablan las dos en griego, cosa que parece unirlas aunque se conozcan desde hace tan sólo unas horas. Sofía procura cocinar platos sabrosos que supone gustan a la Reina; esta mañana le trae higos rellenos con frutos secos machacados, leche agria al estilo oriental endulzada con miel, y mojama del Tirreno, de las lejanas tierras de su añorado mar.

A pesar del poco apetito que tiene sabe que Sofía se esfuerza en servirla bien, con agrado y se come todo; en cierto modo ella también está prisionera en la isla sin poder salir ni si quiera a comprar víveres. No se sabe por cuánto tiempo la vida de las dos mujeres discurrirá paralela, pero ambas intuyen que la de Amalasunta pende de un hilo, o puede que de una cuerda, la incertidumbre corroe a la Reina por dentro. Todavía es pronto pero cuando haya necesidad de alimento, serán los soldados quienes vayan a tierra firme y compren en el cercano mercado de Valentano, o en la feria que el pueblo de Volsinii celebra cada lunes.

 

 

 

10