Recojo, a continuación, una serie de relatos, poesías y escritos fruto de la afición de D. Juan Antonio González por la escritura y la composición poética.

Juan Antonio González fue pastor por las tierras de Amaya y sus alrededores, quien a pesar de no poder asistir a la escuela, por tener que dedicarse al pastoreo, ha demostrado poseer unas cualidades excepcionales para la poesía y la narrativa. 

Destacar la fina sensibilidad y la riqueza de vocabulario impropia de una persona que apenas pudo recibir la instrucción elemental, lo que demuestra su fuerza de voluntad para convertirse en autodidacta y desarrollar su capacidad creativa. 

Finalmente decir que estos escritos han llegado a mis manos gracias a María Teresa Gutiérrez, nieta de otro personaje a quien también reservaré un hueco en este blog. Se trata de su abuelo Joaquín Gutiérrez, quien ejerció durante muchos años el oficio de pastor en Humada y también gran aficionado a la escritura.  

Transcribo, a continuación, la obra de D. Juan Antonio González comenzando por las composiciones poéticas en verso como: A la peña Amaya, Testamento de mi abuela, Copla de mentiras, Suceso de Vich, Consejos de una soltera, …

 

A LA PEÑA AMAYA

Hela allí, radiante y bella,

subir del cielo a la cumbre

y ceñirse con la lumbre 

que el fúlgido sol destella.

Con qué majestad descuella

su frente que al cenit toca

templo gigante de roca

donde ofician los querubes

y do entre inciensos de nubes

el nombre de Dios se invoca.

 

Por sus ásperas quebradas

do el águila audaz anida

y hace el lobo su guarida,

van los buitres en bandadas,

rompe en las hondas cañadas 

la catarata rugiente

que lanza por la vertiente

su tesoro de cristal

al son del canto triunfal

oxigenando el ambiente.

 

¡Salve bendita montaña

del pueblo mío querida, 

que llevas mundos de vida

engendrados en tu entraña!

A tu sombra la cabaña

del pobre ventura alienta

cuando la ronca tormenta 

ruge por los agrios riscos.

¡Qué alegre ve en sus apriscos

los ganados que apacienta!

 

Aunque el invierno de nieve

manto espléndida te vista

jamás tu chazuela entrista

la desventura más leve.

Con fe que el alma conmueve

no pasa una sola fiesta

sin bajar la abrupta cuesta

muy de mañanita al llano

en donde el templo cristiano

yergue su torre modesta.

 

Y con este corazón 

con que la cellisca arrastra

ante al sacro altar se postra

murmurando su oración.

El verle con qué emoción

besa el consagrado suelo

remontando a Dios el vuelo, 

vuelo que sublima

fe más grande que tu cima,

cima que sube hasta el cielo.

 

¡Tu cima! aún me figuro

del alba pura al nacer

por ver primera ascender

tu camino áspero y duro.

Respiro aquel aire puro

y entre tañer de cencerros, 

ladrar lejano de perros

y cánticos de malvises

envuelto en tus nieblas grises

voy trepando por tus cerros.

 

Con qué lánguido desmayo

falto el cuerpo de reposo

sobre algún peñón fragoso

la vista es redor explayo

bañando en el limpio rayo

con que ya el sol resplandece

allá muy lejos se mece

del mar el espejo azul

que besa el aéreo tul

y en él fundirse parece.

 

Mas cerca valles profundos

que sonoras fuentes riegan 

casitas que se repliegan

cabe huertos floribundos

bosques de árboles fecundos

de cuya espesa enramada

al sonreír la alborada

con vírgenes destellos

brotan miles de gorjeos

en dulcísima algarada.

 

Allí una roñosa piedra

que al cielo ufana se yergue

a un lado rústico albergue

hecho en la intrincada breña.

Ora un caudal que despeña

su carga diáfana, limpia, pura.

Ora una áspera fragura

en la cual de siglos viejo

desmaya frondoso tejo

sus penachos de verdura.

 

Mas nada, ¡oh Peña Amaya!

de tu gentil panorama

un amor tan puro inflama

cuando en ti mi vista explaya.

Como la preciosa playa 

que allá de un valle en el seno

ofrece el vergel ameno

donde el nido de mi aldea

en tu verdura blanquea

de aromas y encantos llenos.

 

Con qué inefable contento

caro rincón te saludo

desde este peñasco rudo

donde a descansar me siento. 

No extrañes el pobre acento

con que mi labio osa hablarte

para quererte y amarte

le basta a mi inspiración

ir rica de corazón

si falta de galas y artes.

 

Salud, visión hechicera,

flor de eflúvicos aromas

nido de blancas palomas

replegado en la ribera

para ti la primavera

bordó manto de esmeraldas

destrenzó sobre tu espalda 

árboles seculares

y de huertas y pomares

llenó tu ondulosa falda.

 

Brinda a tu sueño suave

el claro arroyo, murmullos

la tórtola amante, arrullos

endechas de amor el ave,

nadie los encantos sabe

que tu rico seno encierra

pues desde el valle a la sierra

el cielo pródigo quiso

desplegar un paraíso 

sobre tu bendita tierra.

 

Allí brisas voladoras

que por boscajes y huertos

alzando gratos conciertos

baten sus alas sonoras.

Allí radiantes auroras

y crepúsculos divinos.

Allí arroyos cristalinos

y paisajes que embelesan

y pájaros que no cesan 

de dar al viento sus trinos.

 

Cuánto ansía el hombre amar,

de encantador y de hermoso

cielo de lumbre radioso

sol de mágico brillar,

y en el seno del hogar

gente risueña y sencilla

 de cuya alma sin mancilla

como de su centro en pos

vuelan plegarias a Dios

que hizo tanta maravilla.

 

¡Oh, cuánto, cuánto te adoro

mi aldea blanca y lozana,

virgen como la mañana

que te ciñe rayos de oro!

Como al rico, su tesoro

como al rondador, la luna

como a una madre, la cuna

do duerme su ángel de amor

como al cisne el brillador 

espejo de la laguna.

 

¡Hoy que tan lejos vivo de ti,

vivo sin hora de calma,

si vieran cual tengo el alma 

por la dicha que perdí!

la senda del vivir sigo

¡Dichoso quien al abrigo

del hogar la vida pasa

y halla el fin, junto a su casa, 

sepulcro en solar amigo!

 

Dios, su bondad no permita

ruja en tan grato vergel

la impiedad con que Luzbel

cerebros y almas agita. 

Nunca en tu frente bendita

se nuble tu refulgencia

que siempre en santa  inocencia

cual hoy gozoso y tranquilo

sea de gozos el hilo 

de tu preciosa existencia.

 

Y tú, mole de granito,

que ceñida de penumbras

tus mil picachos encumbras

escalando lo infinito.

Tu acaso oíste el grito

a cuyos ecos fecundos

por los espacios profundos

rompió la vida a rodar,

y viste rugir el mar

y los soles y los mundos.

 

Tu, desde tu siento innoble

vela porque el mío 

de esta edad el yugo impío

nunca la alta frente doble

Sea su fe como el roble

o las rocas de los mares

y en los tumultos y azares

que hoy tronos y aras derrumban,

jamás vencidas sucumban

sus creencias seculares.

 

Antes rota en mil pedazos

su mole gigante ruede,

antes sepultada quede

el sol de la noche en brazos, 

antes se rompan los lazos

que liga la tierra al cielo,

antes se desgarre el suelo

por terremoto iracundo

y antes cadáver el mundo

tienda a la nada su velo.

 

TESTAMENTO DE MI ABUELA

Escrito desde los infiernos al año de su muerte.

Atención pido auditorio

y silencio al mismo tiempo

para poder explicar

la carta del testamento

que mi abuela me escribió

al año de haberse muerto

por orden de Satanás

directos de los infiernos.

 

En sus ciento catorce años

jamás enferma cayó

hasta que una borrachera

de este mundo la llevó.

 

Era tan larga la soga

de las que a cuestas tenía

que jamás llegó a cortarse

de lo bien que las unía.

 

A la cama un garrafón

constantemente llevaba

con rioja, blanco y ron

para beber en vez de agua.

 

Para cocer el puchero

lo cocía con champán

porque con agua decía

que se le cocía mal.

 

Para lavarse a diario

usaba consuenda y zarza

por el temor de quedársele

con agua la cara lacia.

 

Para lavarse la ropa

era una cosa graciosa

la lavaba con jerez,

manzanilla y gaseosa.

 

De lejía usaba anís

bebida de gran firmeza

de azulete usó coñac

y para jabón cerveza.

 

Catorce años duró

la última borrachera

que la cogió con el Toro,

el Cebreros y el Tudela..

 

El tiempo que duró en cama

de lo que más se acordó

fue del vino de Cigales

y el gran tinto de Aragón.

 

Al morir se la enterró

con una caja de cera

y hoy me escribe el testamento

trazado de esta manera:

 

“Escucha, querida nieta,

esta carta que te escribo

aquí desde los infiernos

lugar donde resido.

 

En la cual te hago heredera

de todo cuanto dejé

en esa maldita tierra

cuando a ésta me trasladé.

 

Ahí te dejo una  botella

que fue de zarzaparrilla,

muebles, una calavera,

cuatro bancos y una silla.

 

El mueble de un molinillo

para moler café

y una docena de platos

todos rotos menos tres.

 

Los sesos de una gallina

y de la mula la cola

para el día que te cases

que celebres bien tu boda.

 

También te dejo un borrico

con un ojo de madera

y el culo de una botella

que me hacía de sopera.

 

En la caja de rapé

dejé la herencia de un tío

cuatro espadas sin punta

buenas para un desafío.

 

Cuatro cabezas de ajo

del año noventa y tres

y aunque del todo podridas

treinta peras y una nuez.

 

Una cesta sin hondón

sin tubo una regadera

y una cama de carcoma

que la dejé casi nueva.

 

Sólo le falta una tabla

y la media cabecera,

un larguero, tres tornillos

y un cacho de la trasera.

 

Una elegante bujía

del año de San Francisco

y sin el coberturón

un paraguas nuevecico.

 

Sin bastón ni varillaje

ni muelle que lo cerrara

y un horno para cocer

que no sirve para nada.

 

No tiene puerta ni entrada

ni tampoco chimenea

y el culo todo un agujero

que le sirve de bravera.

 

También te dejo un caldero

lleno de agujeros el culo

para que lleves el agua

con bastante disimulo.

 

Para cuando seas novia

te dejé una media enagua

y un elegante vestido

sin el pechero ni mangas.

 

Una saya sin trasera

que la cual me la quité

en el día de la boda

para colar el café.

 

Una mesa de nogal

nuevecita al perecer,

sólo le falta un cajón

cuatro tablas y dos pies.

 

Un reloj de gran valor

que le falta el espiral,

el volante, las agujas,

una tapa y el cristal.

 

Una magnífica casa,

la mejor de la ciudad

que si te obliga venderla

 sacarás un dineral.

 

Sólo le faltan las puertas,

tres ventanas y el tejado

y el tabique de una sala

que lo tiene destrozado.

 

También te dejo un perico

hecho de teja de toba

para hagas el café

en el día de tu boda.

 

Con tan grande capital

del que te dejo heredera

creo que no te olvidarás

jamás de tu buena abuela.

 

Porque con tal posición

si como ya la gobiernas

nunca lo pasarás mal

aunque comas cosas buenas.

 

Creo quedarás conforme

con la hijuela que te mando

goza bien por ese mundo

que yo bastante he gozado.

 

 Con este adiós nieta mía

no te puedo contar más

el dinero que tenía

se lo mando a Satanás.

 

Aquí doy por terminada

la carta del testamento

que escribió doña Pepita

a su nieta en Cuatrovientos”

 

Si alguna falta encontrara

el lector al repasarle

le pide, de corazón,

perdón Antonio González

 

COPLA DE MENTIRAS

En el pueblo de Pancaliente

provincia de Tortafría

se ha cometido un suceso

que ninguno lo creía.

 

Aquí empiezan las tragedias

en esta primera parte

les diré las herejías

que hicieron los criminales.

 

Para matarles más pronto

sacan un fuerte cuchillo

con la punta de manteca

y allí les dejan tendidos.

 

Y creo que a dicho pueblo

nadie lo conocerá

es  una gran población

doce vecinos tendrá.

 

Hombre, niños y mujeres

reparen con atención

verán un caso horroroso

que en Pancaliente pasó.

 

Esto que voy a contar

no es fácil que haya pasado

pero hay que vender las coplas

sólo por sacar los cuartos.

 

El 39 de junio

entraron cuatro ladrones

para robar y matar

en casa de unos señores.

 

Según entran en la casa

van en busca del criado

con unas cuerdas de huma

fuertemente le amarraron.

 

Le dicen con soberbia

aquellos hombres traidores

dinos dónde guardan

las alhajas tus señores.

 

Al ver que no les contesta

aquellos hombres terribles

le dieron de puñaladas

con un manojo de mimbres.

 

Así que le dieron muerte

al pobrecito criado

él mismo les enseñó

dónde dormían sus amos.

 

Entran en el dormitorio

donde sus amos descansan

estos cuatro criminales

bien preparados estaban.

 

Allí les ataron bien

a las patas de la almohada

con cadenas de papel

para que no se escaparan.

 

Y después que les ataron

a estos pobres inocentes

con un martillo de lana

tratan de darles muerte.

 

Entran en el dormitorio

donde duerme la criada

aquella pobre infeliz

la pillaron descuidada.

 

Con unos hilos de miel

la ataron de pies y manos

haciéndola padecer

aquellos hombres malvados.

 

Y para que no llamara

a los dueños de la casa

la taparon bien la boca

con bizcochos y con pastas.

 

No se conforman con esto

aquellos hombres salvajes

que además de darles muerte

hacen mil barbaridades.

 

Acuchillaban los catres

destripaban los colchones

se comían las alfombras

como furiosos leones.

 

Como no tenían miedo

a los dueños de la casa

se aprovechan al momento

de las mejores alhajas.

 

Aquí termina señores

esta parte primera

ahora entra la segunda

verán horribles escenas.

 

Paso a la segunda parte

para explicar lo que falta

aquí verán los estragos

que hicieron en dicha casa.

 

Ahora pueden ustedes

en esta letra fijarse

lo que les voy a explicar

en esta segunda parte.

 

Entraron primeramente

a robar en la cocina

ya verán lo que robaron

según la pluma lo explica.

 

Roban un caldero roto

una sartén y dos cazos

y además un plato viejo

donde comían los gatos.

 

No se conforman con esto

de allí pasan a un cuarto

allí roban un sofá

sin patas y sin respaldo.

 

Desde allí van a una sala

en la cual también robaron

el precinto de una caja

y un paquete de cigarros.

 

Cansados ya de robar

aquellos cuatro bandidos

se bajaron a la huerta

causando grandes perjuicios.

 

Al tiempo de entrar en la huerta

las cebollas se asustaron

y se quedaron heladas

siendo en tiempo de verano.

 

Los tomates al verles

todos echan a correr

y como estaban maduros

no se dejaron coger.

 

Entonces los malhechores

al no poderse vengar

llenos de ira y soberbia

sangraron al melonar.

 

Fueron tantos los perjuicios

que aquellos hombres causaron

que hasta el pozo de regar

por venganza lo quemaron.

 

Los pimientos y pepinos

todos auxilio pedían

los perales y ciruelos

lloran a lágrima viva.

 

Entonces los malhechores

tratan pronto de escapar

pero un ciego desde lejos

bien los ve por dónde van.

 

El ciego empezó a dar voces,

un sordo le oyó el primero

el cual avisó a tres cojos

y enseguida le cogieron.

 

Detrás de un escaparate

allí estaban escondidos

repartidos entre los cuatro

las alhajas que habían cogido.

 

Los cojos a toda prisa

corrieron más que los galgos

a explicar al señor juez

lo que habían presenciado.

 

Dieron aviso a los guardias

y enseguida les ataron

y para que declarasen

les llevaron al teatro.

 

A los ocho meses justos

a salido el juicio oral

aquí verán la sentencia

que les ha echado el fiscal.

 

El fiscal dispone y manda

de que estos sean colgados

en una caña de trigo

para que allí fueran ahorcados.

 

El juez también ha dispuesto

que si no murieran así

que les den bien de comer

y bailen el garrotín.

 

Este castigo tan grande

lo dispuso el señor juez

pero si fuera verdad

bien se podría creer.

 

Esto pasó en Pancaliente

os lo vuelvo a repetir

el treinta y nueve de junio

del año que va a venir.

 

Aquí termina la copla

no les quiero molestar

cinco céntimos le cuesta

al que la quiera comprar.

 

SUCESO DE VICH

Muy cerca de Barcelona

hay un pintoresco lugar

del cual en esta canción

hacer referencia quiero.

 

Torpe se encuentra mi pluma

para poder explicar

el relato más curioso

que se puede ejecutar.

 

De la forma que pasó

a todos ha de extrañar

pero yo debo decir

que ha sido realidad.

 

Con paciencia explicaré

esta historia aventurera

que parece ser de broma

pero resultó de veras.

 

De Barcelona salía

un coche de viajeros

el cual pasaba por Vich

donde ocurrió el suceso.

 

Ya ocupados los asientos

que llevaba en su interior

un joven que fue más tarde

a la baca se subió.

 

Al subir el joven vio

como entre los equipajes

llevaban un ataúd  

para enterrar un cadáver

 

El día estaba lluvioso

y temiendo de mojarse

una vez abierto el ataúd

en él piensa colocarse.

 

Tranquilo ha llegado a Vich

en el féretro encerrado

donde como de costumbre

el vehículo ha parado.

 

Aquí suben otros dos

y se colocan con gracia

sin pensar lo que allí había

a los lados de la caja.

 

Sin pensar que el ataúd

un ser humano encerraba

una vez en marcha el coche

muy tranquilos conversaban.

 

Cuando menos lo pensaban

éste les quiere asustar

pero no se ha dado cuenta

de lo que podría pasar.

 

Ha levantado la tapa

y un brazo deja ver

y les dice: “compañeros

¿ya dejó de llover?”

 

Al oír estas palabras

completamente alarmados

el uno por cada extremo

del coche se han arrojado.

 

Del golpe que recibieron

el uno muerto quedó

y el otro en tan grave estado

que al poco tiempo murió.

 

Conducen su cuerpo a Vich

en el que ha sido asistido

practicándole una cura

que para nada ha servido.

 

Dicen que fue detenido

el causante de la acción

pero los dos que murieron

ya no tienen salvación.

 

Por eso caro lector

antes de una broma hacer

has de pensar el disgusto

que te pudiera traer.

 

No pienses en disfrutar

un rato de distracción

y luego venga a pasar

que sea tu perdición.

 

Perdón pide por las faltas

el autor de estos renglones

que lo es Antonio González

con residencia en Peones.

 

LOS DIEZ MANDAMIENTOS DEL AMOR

 

Voy a cantarte paloma

 si me prestas atención

los diez sacramentos santos

compuestos para el amor.

 

En los cuales prenda mía

te daré una explicación

de todo cuanto por ti

hoy sufre mi corazón.

 

No quiero perder más tiempo

ni tampoco entretenerte

pero sí quiero me escuches

los mandamientos siguientes:

 

                   I

 

En el primero que canto

sólo amor me pide Dios

siento tener que faltarle

por tenerlo puesto en vos.

 

Desde el día que te vi

te llevo en el pensamiento

y no te puedo olvidar

ni dormido ni despierto.

 

Por eso blanca paloma

si quieres que sirva a Dios

has de hacerme juramento

de amarnos siempre los dos.

 

 

              II

 

El segundo no jurar

tan sólo he jurado un día

ante la imagen de Dios

que tú tienes que ser mía.

 

Aunque tenga que batirme

para conseguir llevarte

haré frente al mundo entero

y juro salir triunfante.

 

Pídeme lo que más quieras

con mucho gusto lo haré

pero tener que olvidarte

jamás lo consentiré.

 

            III

 

En el tercero las fiestas

santificaré gustoso

el día que tú me des

palabra de ser tu esposo.

 

Pues sin ese juramento

es imposible que pueda

tener completa fe en Dios

ni en su Santa Madre Iglesia.

 

Voy a misa y al rosario

y no puedo estar atento

porque tu presencia me hace

faltar a este mandamiento.

 

IV

El cuarto honrar padre y madre

yo no sé por qué motivos

ahora no respeto a nadie

aunque me sea querido.

 

Desde el día que mi amor

en ti fijé de verdad

a nadie, no siendo a ti,

te juro he de respetar.

 

Nada me importa perder

ante el mundo la humildad

si de casarme contigo

palabra de honor me das.

 

            V

 

El quinto es no matar

yo criminal no sería

siempre que dentro de poco

consiguiese hacerte mía.

 

Sentiré de corazón

faltar a este mandamiento

pero antes que a ti perderte

faltaré a todos al respeto.

 

Prefiero verme ante el mundo

amarrado con cadenas

antes que vivir sin ti

sufriendo terribles penas.

 

VI

En el sexto prenda mía

no te quisiera explicar

por los deseos que siento

deseos de fornicar.

 

Más como tanto te quiero

no creo hacer gran pecado

aunque intente mancillarte

Dios ya sabe por qué lo hago.

yo pretendo hacerte mía

y dudo poder lograrlo

por eso al ser mancillada

no podrías evitarlo.

 

            VII

El séptimo es no hurtar

jamás yo nada robé

más lo creo conveniente

y estoy seguro lo haré.

 

Lo primero que yo robe

sin que me lo impida nadie

ha de ser la voluntad

que preciso de tus padres.

 

Y luego que la consiga

la tuya te pediré

si a dármela te negaras

también te la robaré.

 

            VIII

En el octavo ni miento

ni alzo falso testimonio

siendo que nadie se oponga

contra nuestro matrimonio.

 

Tampoco quiero mentir

pues te juro la verdad

que con la ayuda de Dios

contigo me he de casar.

 

Aunque tus padres se nieguen

el día que tú me avises

creo en el nombre de Dios

llegarán a arrepentirse.

 

            IX

Del noveno mandamiento

si tú para mí eres buena

te juro no desear

mujer del prójimo ajena.

 

Porque en ti espero y confío

que tendrás como mujer

lo que para el matrimonio

es necesario tener.

 

Y cuando a florecer llegue

el fruto de nuestro amor

¡Qué felices viviremos

de nuestro hogar al calor!

 

            X

El décimo mandamiento

nos pide no codiciar

yo tengo codicia y siento

no poderlo remediar.

 

Aunque no en bienes ajenos

te confieso en mi conciencia

siento codicia en que llegue

el día de ir a la iglesia.

 

Y allí los dos de rodillas

esperar aquel momento

en que el anillo y las arras

unan nuestro casamiento.

 

Si en estos diez mandamientos

que termino de cantar

alguna falta encontraras

me la puedes perdonar.

 

No te los canto por guasa

pues tu honestidad respeto

lo canto para mostrarte

el amor que por ti siento.

 

Con estos cuatro renglones

que este verso escribo

termino estos mandamientos

y quedo a tu amor rendido.

 

                     31 de octubre de 1931

                      Antonio González

 

CONSEJOS DE UNA SOLTERA

Si los consejos de una madre

alguna vez se escucharan mejor

no habría tanta mujer perdida

y por el mundo tanto dolor.

 

La juventud hoy está perdida

y nada piensan por el porvenir

por sólo un beso y una promesa

muchas se dejan hoy seducir.

 

            ESTRIBILLO

¡Oh loca juventud!

fuiste mi perdición

por tu culpa caí

en la vil tentación.

Hoy sin honra ni hogar,

destrozada mi vida,

soy la mujer perdida

que jamás ya el mundo querrá.

 

            II

Feliz vivía con mis padres

 y no sabía lo que era el amor

hasta que un día salió a mi encuentro

y me propuso manchar mi honor.

 

Me prometía lo más sagrado

que en este mundo se puede jurar

estas promesas no fueron falsas

pues locamente me juró amor.

 

            ESTRIBILLO

Pero no pudo él

lograr su proceder

su padre se enteró

y despreció mi querer.

Eres muy pobre tú

para tanta nobleza

y el canalla me dijo así

mi hijo no es para ti.

 

            III

Avergonzada por mi deshora

dando a mis padres disgusto fatal

sola y sin rumbo salí de casa

para mis penas poder calmar.

 

Iba a ser madre dentro de poco

y al fin un día decidí ir a ver

al padre aquel que canallamente

se abandonaba así de mi ser.

 

            ESTRIBILLO

Protección le pedí

por lo que iba a nacer

dinero me ofreció

por dejarlo correr.

Yo no ofendo mi honor

le contesté al impulso

tan sólo quiero al hombre

aquél que me juraba ser fiel.

 

            IV

Como el me amaba con gran cariño

me escribía diciéndome así:

“aunque estoy lejos hoy de tu lado

sólo en el mundo vivo por ti.

 

Aquí mis padres me han desterrado

para logar olvide su querer

pero te vuelvo a jurar mi vida

y sólo tuyo tengo de ser

 

            ESTRIBILLO

No desmayes mi bien

sólo tuyo seré

al hijo de mi amor

también nombre daré.

Nuestra felicidad

será siempre completa

y nadie nos podrá separar

ni privarnos de amar”

                  

                         Antonio González

                        Peones y marzo 1941

 

CANCIÓN PASTORIL

 Viva el humor y la juerga

la unión y la sociedad

de unos buenos compañeros

la mañana de San Juan.

 

Para trazar cuatro versos

tiendo mi numen al viento

y sobre el papel mi pluma

y mi corto entendimiento.

 

Por mostrar la buena unión

que cinco amigos tuvimos

en el vallejo de Amaya

el día que nos referimos.

 

Hacía ya cierto tiempo

que teníamos pensado

juntarnos en el vallejo

el día ya señalado.

 

Ya resplandece la aurora

y el sol extiende sus rayos

ya se aproxima la hora

de soltar nuestros ganados.

 

Cada quien por su colada

marcha airoso y decidido

dirigiendo su ganado

al valle ya referido.

 

Ya dimos somo al vallejo

y al punto hemos divisado

a Secundino y Evencio

en el cotorro colorado.

 

Se reanima la alegría

de aquel valle solitario

al tañer de los cencerros

que llevan nuestros ganados.

 

Las diez y media serían

cuando ya juntos estamos

nos dimos los buenos días

y de salud nos hablamos.

 

Los cinco con alegría

en buena armonía estamos

Secundino, Ricardito,

Evencio, Antonio y Fernando.

 

A las doce menos cuarto

fuimos al arreadero

arreamos el ganado

y empezamos el jaleo.

 

Ya Secundino a Fernando

de dice de esta manera

venga esa bota de vino

y empecemos la juerga.

 

Fernando queda dudando

y hace un gesto negativo

y termina por decirle 

que no la había traído.

 

Al oír estas palabras

le dice así Secundino

que me acompañéis o no

yo tengo de beber vino.

 

Estando en esta refriega

llegamos a divisar 

al pastorcillo de Puentes

que nos viene a acompañar.

 

Ya arreados los ganados

cuando al punto divisamos

el rebaño de corderos 

del hermano de Fernando.

 

Comenzamos por llamarle

pero inútil nos ha sido

por más que le voceamos

él no nos ha respondido.

 

Ya prestos a sentarnos

cuando el amigo Fernando

se dispone a caminar 

para comer con su hermano.

 

Cuando el de Puentes llegó

la juerga quedó tramada

porque nos trajo de vino

la  bota y una garrafa.

 

Los otros cinco quedamos 

para con buena armonía

los cinco juntos pasar

el resto del mediodía.

 

Juntamos en buena unión

la comida que llevamos

y todos juntos comimos

como un buenos hermanos.

 

Así seguimos la juerga

de vez en cuanto gritamos

¡amigos, viva la unión,

venga la bota y bebamos!

 

Terminamos de comer

nos pusimos a ordeñar

y de postre nos sirvió

pues no teníamos más.

 

Ya a las tres próximamente

termina la diversión

marchándonos a cumplir

cada quien su obligación.

 

Con un apretón de manos

nos dimos la despedida

unos vamos valle abajo

y otros marchan valle arriba.

 

De esta manera, señores,

a la juerga dimos fin

los de Amaya y el de Puentes

y los de Villamartín.

 

Y yo, como aficionado,

aunque poeta no soy,

he tenido el sumo gusto

de sacar esta canción.

 

Y por si ignoran quién soy

y mi nombre no lo saben

soy pastorcillo de Amaya

llamado Antonio González.

 

LAS MODAS

 Mocito si buscas novia

no la busques en la moda

que suelen resultar mal

que la hermosura que hoy tienen

de solteras la sostienen

pero llega a fracasar.

 

Es tanta la fantasía

de las mozas hoy en día

que es una barbaridad

no saben arreglarse

para conseguir ganarse

de un mozo la voluntad.

 

Cuando salen por las tardes

a los paseos y bailes

con ánimo de cazar

como van tan arregladas

parecen inmaculadas

bajadas de un altar.

 

Las uñitas esmaltadas

las cejitas depiladas

y los labios de carmín

el vestir por la rodilla

y el escote a la tetilla

bastante dan que decir.

 

El pelo a la permanente

causa de su perdición

porque muchas con agrado

tienen el pelo abrasado

por lucir la ondulación.

 

También vemos otra moda

muy corriente por ahora

y es el tipo lineal

pues por lucirlo en la calle

tanto se oprime el talle

que apenas pueden andar.

 

Tanto las más delgaditas

como las más fuertecitas

todas quieren ser igual

por lucir igual tallado

llevan su vientre apretado

que no pueden respirar.

 

Con todas estas mixturas

pobrecitas criaturas

se creen que valen más

pero aunque sin pintar vayan

lo necesario es que valgan

para coser y demás.

 

Creen que son más bonitas

porque  con las pinturitas

se sepan perfeccionar

no piensan que los mocitos

viven desengañaditos

de toda esta falsedad.

 

Hay mozas que de solteras

llegan a causar de veras

ante el mundo admiración

luego han logrado casarse

y han conseguido ganarse

del cerdo la imitación.

 

De mozas muy presumidas

coquetas y llamativas

vistiendo rico percal

y luego cuando se casan

no saben barrear la casa

ni coserse el delantal.

 

Y si luego de casarse

han dejado de pintarse

si te fijas bien verás

están tan arrugaditas

que parecen ancianitas

de setenta o algo más.

 

Por eso atención mocito

el ojo has de llevar listo

si quieres mujer buscar

no sientas llevarla fea

con tal que curiosa sea

para su casa arreglar.

 

TENGO CELOS DE LA FUENTE

                   I

Caminito de la fuente

una rubia va por agua

tan airosa y sonriente

como el lucero del alba

con un cántaro en la mano

y en la boca una guirnalda.

Ay corazón, que aromosa es la huella

Ay corazón, que tras si ella dejaba.

 

ESTRIBILLO

Ay, ay, ay, ay

los cantitos de la calle

Ay, ay, ay, ay

lo hacía desviar

el viento que dejaba al pasar.

 

             II

 Baja vestida de blanco

que parece una azucena

y al llegar junto a la fuente

de agua el cantarito llena

con movimiento de artista

lo coloca en su cadera.

Ay, corazón, que bonita es la imagen

ay, corazón, que el agua refleja.

 

ESTRIBILLO

Ay, ay, ay, ay

cómo sonreía el agua.

Ay, ay, ay, ay

ella sonríe también

parecía enamorada de él.

 

              III

 No se enamoró del agua

ni tampoco de la fuente

que con su cariño hablando

yo la vi al día siguiente

con su cabello dorado

rizado a la permanente.

Ay, corazón, su novio la decía

ay, corazón, miedo tengo de perderte.

 

ESTRIBILLO    

Ay, ay, ay, ay

tengo celos de la fuente

ay, ay, ay, ay

no lo puedo remediar

tu hermosura el agua va a llevar

 

          IV

 Con el nombre de María

parece estar bautizada

pues no hay clavel más galante

ni rosa más resalada

ni céfiro con aroma

como el que deja su cara.

Ay, corazón, que airosa va la niña

ay, corazón, cuando baja por agua.

 

ESTRIBILLO

Ay, ay, ay, ay

quién sería tu cantarito

Ay, ay, ay, ay

para tus manos rozar

y de tu hermosura disfrutar.

 

JUAN ANTONIO GONZÁLEZ

Peones de Amaya, 4-2-42 

 

 

TINITA

           I

 Con cabellos de oro, rosadas mejillas

y ojos que fascinan con sólo mirar,

baja por la calle

serena y airosa

la más blanca rosa de todo el lugar.

Fresca y sonriente como la mañana

antes que despunten los rayos del sol

desde su ventana 

su bella hermosura

refleja mis ojos igual que un crisol (bis)

 

ESTRIBILLO

Tinita, flor de las flores

ensueño de mi querer

ausente de tu cariño

yo vivir no puede ser (bis)

Tú me robas la alegría

tú me quitas la ilusión

Tinita del alma mía

tú eres la alegría

de mi corazón.

Tinita, flor de las flores,

de todas las hembras eres la mejor.

 

                  II

 No hay busto en el mundo de mármol ni piedra

que imiten su talla, su línea y perfil,

pues cuando sonríe, sus labios de grana

parecen dos vivos claveles de abril.

Bajo el verde sauce frondoso y florido

se hallaba una tarde cuando se acercó

un guapo mocito de ella enamorado

y el verla tan guapa con pena cantó (bis)

           

ESTRIBILLO

Tinita, flor de las flores

ensueño de mi querer

ausente de tu cariño

yo vivir no puede ser (bis)

Tú me robas la alegría

tú me quitas la ilusión

Tinita del alma mía

tú eres la alegría

de mi corazón.

Tinita, flor de las flores,

de todas las hembras eres la mejor.

  

JUAN ANTONIO GONZÁLEZ

 

YA NO TE QUIERES REÍR

              I

Sereno y tranquilo

al anochecer

crucé ayer tu calle

morena y salada.

Sobre tu ventana 

dos pechos hallé

y no dirigiste

a mí tu mirada.

 

Al pasar junto a tu reja

yo no sé por qué una queja

lanzó ni pecho anhelante

que mi alma transida deja

mientras que yo esta copleja

entono calle adelante.

 

Ya no te quieres reír

ya no me quieres mirar

con ello puedo decir

que me quieres olvidad.

Que sí, que sí, que sí, que sí

que son tus ojos engañadores.

Que no, que no, que no, que no

que no son firmes tus amores.

Que sí, que sí, que sí, que sí

que sí conozco tu falsedad.

Que no, que no, que no, que no

que no me quieres de verdad.

 

          II

 

Me juraste un día

al amanecer

que mío sería

tu amor y cariño.

Hasta que ahora puedo

llegar a saber 

que he sido engañado

lo mismo que un niño.

 

Las malas lenguas murmuran

y firmemente aseguran

que tu querer es farsante

que no es ni la hermosura

ni la esbeltez fina y pura

de tus mejillas radiantes.

 

Unos me dicen que sí

otros me dicen que no

y para más que decir

me lo afirma mi corazón.

Que sí, que sí, que sí, que sí

que es verdad que me has engañado.

Que no, que no, que no, que no

que no me miras ya con agrado.

Que sí, que sí, que sí, que sí

que sí te quise con ilusión.

Que no, que no, que no, que no

que no es ya mío tu corazón.

 

Quien te enseñó tan tirana

quien tu querer me ha robado

quien te quiere, quien te adora

como yo te he adorado.

 

 

EL CREDO DEL ESTRAPERLISTA

 Creo en el Estraperlo Todopoderoso

criador de la abundancia propia 

y del infierno de la miseria ajena,

y en el egoísmo , su único hijo,

rey y seño de este mundo prevaricador,

que fue concebido por obra y gracia 

del espíritu del mal 

y nació de la malaventurada suerte

de los hijos de Adán;

hace padecer debajo del poder

de su despótico dominio,

crucifica, da muerte y sepulta 

en los infiernos de la desesperación

a las víctimas de su explotación;

sube a los cielos de su soberbia

y se sienta a la diestra 

de los poderosos de la tierra

para desde allí juzgar y condenar

a todo bicho viviente

que se le enfrente.

Creo en el espíritu maligno 

del Estraperlo omnipotente,

la santa paciencia de los que lo toleran

la común unión de los que lo practican,

el perdón de los que a él se entregan

la resurrección económica de los que le siguen,

la vida perdurable de los que lo profesan.

AMÉN

 

NUEVA LICENCIA PARA EMBORRACHARSE

 

Licencia del Ejercito de Baco

Primer regimiento de Borrachos

Quinta compañía de Beodos

 

El Excmo. e Illmo. Sr. D. Matipe Mostoso Damajuana y de la Cepa, jefe superior de la bota, secretario del porrón, ingeniero de viñas, primer perito en la vinicultura y viticultura, maestro bebedor examinador, inspector general de las canillas, socio y fundador del barril, subdelegado del pellejo y del embudo, premiador de las caldas alcohólicas, registrador de vendimias y otros tantos títulos y retintines,

 

Hace saber:

Que en virtud da lo que previene el artículo 55 del código vinatero y habiendo observado buena conducta en nuestro alegre cuerpo de borrachos, concedemos licencia borracheril, tan amplia como sea menester, al antiguo beodo Sr. D. (X) que ha servido en nuestro alegre cuerpo de borrachos, quinta compañía de beodos, de guarnición siempre en la taberna, distrito de la bodega, cantón del beber sin sed y departamento del botijo.

El citado beodo Sr. D. (X) es natural de Pellejo, provincia de Tonel, edad 19 vendimia, estatura ocho botellas y dos vasos, cabeza de cántara, pelo color morapio, ojos tintos o claros según la bebida que sople, nariz de alambique, boca de embudo, barba de jarra y pescuezo de tinaja.

Encargamos al citado beodo Sr. D. (X) que sin reparo ni miramiento alguno proceda desde que le sea entregada la presente licencia a meterse en cualquier taberna o bodega que halle a su paso sin temor de ser criticado de la gente ni perseguido por los tasqueros.

¡Todo al contrario! Que en caso de verse atormentado por el alcohol y no poderse presentar a la sociedad papalina, domiciliada en el campo de la borrachera, a la que todo buen bebedor está obligado a asistir, deberá pasarle parte a cualquier agente de la sociedad para que con la mayor urgencia proceda a abrir las oportunas diligencias para conducirle en un carretón a presencia del director de las curdas si la borrachera es de primera o doble vinícola.

 

   El Presidente                   El Tesorero                              El Secretario

 

 

 

ANTONIO GONZÁLEZ

Peones de Amaya, febrero de 1.942

 

    

            COPLAS DE CIEGOS

 Antiguamente cuando ocurría alguna desgracia o un acontecimiento de especial relieve, relacionado con sucesos luctuosos, normalmente crímenes pasionales o relacionados con temas de herencias,   se elaboraba una copla narrando dicho suceso. Estas coplas se vendían en las fiestas o romerías de los pueblos, al mismo tiempo que se cantaba con una musiquilla típica.

Recojo, a continuación la copla que narra un drama familiar ocurrido en Villamayor de Trevino (Burgos) , el día 13 de enero de 1.955

 

DRAMA FAMILIAR

 

Primera parte        

 ¡Oh, Virgen Santa del Carmen,

dadme inspiración y acierto

para poder explicar 

este sangriento suceso.

 

Torpe se encuentra mi pluma

para poder redactar

el más grande parricidio

que se pueda ejecutar.

 

En la provincia de Burgos

partido de Villadiego

se halla el valle de Treviño

adonde dirigirme quiero.

 

A este pintoresco valle

pertenece, con cariño, 

un pueblo denominado

Villamayor de Treviño.

 

En dicho pueblo, señores,

el día 13 de enero,

tuvo lugar este crimen que 

hacer referencia quiero.

 

Este pueblecito alegre

siempre amante de la paz

hoy se halla lleno de espanto 

por un drama familiar.

 

Según vamos a explicar

en dicho pueblo habitaba

un tal Celestino Pérez

a quien todos apreciaban.

 

Descendía de familia 

humilde, buena y honrada

y en la clase labradora

también bien acomodada.

 

Su esposa también muy buena

y de familia pudiente

les diremos que se llamaba

Basilisa de la Fuente.

 

Según nos dice la gente

se casó en tan buena luna

que al poco tiempo se vio

multiplicar su fortuna.

 

Este honrado matrimonio

en gracia de Dios vivía

con sus dos hijos varones

y una hija que tenían.

 

Ricardo, Elena y Fernando

los tres hijos se llamaban

a quienes por su humildad

los padres siempre apreciaban.

 

Gozaban de gran prestigio

y nadie llegó a notar

en esta humilde familia

ninguna cosa anormal.

 

Así pasaron los años

llenos de felicidad

hasta que al fin los tres hijos

lograron poder casar.

 

Para mayor alegría

y estar mas entusiasmados

casan los tres en el pueblo

y todos bien colocados.

 

Estos eran labradores

y de nada les faltaba

puesto que igual unos que otros

de fortuna disfrutaban.

 

Con un amor sin igual

padres e hijos se querían

viendo la felicidad

con que unos y otros vivían.

 

Así fue pasando el tiempo

y el padre ya se encontraba

para poder trabajar

en edad algo avanzada.

 

Entre fincas y dinero

juntaba un buen capital

cosa que le permitía 

vivir sin dificultad.

 

El año cincuenta y tres

Basilisa falleció

cuya muerte a Celestino

cambiar de vida obligo.

 

Tenía una hermosa casa

con un grandioso local

donde poder vivir

con toda comodidad.

 

Pero la labor casera

para el hombre nunca fue,

cosa que le acobardó

al faltarle la mujer.

 

Viendo que le era imposible

solo poderse arreglar

dispone con su hija Elena

hacer vida familiar.

 

En la paz más absoluta

Celestino convivía

con Miguel, su esposa Elena

y cuatro hijos que tenían.

 

Más poco tiempo duró

aquella felicidad

muy pronto entre la familia

nacía la enemistad.

 

A los hijos entregó

parte de sus cereales

algunos de sus ganados

y otras varias propiedades.

 

Valoran el capital

de la entrega repartida

dejándola sin tardar 

en dinero traducida.

 

Una vez ya valorado

Celestino hizo un recibo

justificando la entrega

firmado por sus tres hijos.

 

Todos quedaron conformes

y todo seguía bien

pero el demonio lo enreda

como ahora lo van a ver.

 

Celestino al repartir 

los bienes entre sus hijos

según dicen, en Elena

alguna mejora hizo.

 

Formalizan las hijuelas

y la transmisión de bienes

abonándose en hacienda

derechos reales que tiene.

 

Al dar por finalizado

el asunto de los bienes

el recibo antes citado

toda su validez pierde.

 

Pero vino a suceder

que el padre guardó el recibo

llegando un día a pedir 

el dinero a sus tres hijos.

 

Estos se niegan a pagarlo 

cosa que no le agradó

por lo que el día 13 de enero

a juicio los demandó.

 

En el juzgado de paz

del pueblo de Villamayor

el día ya referido

el juicio se celebró.

 

Como es cosa natural

todos al acto acudieron

pero Ricardo y Fernando

avenencia no quisieron.

 

El padre les exigía 

íntegro todo el total

pero éstos accedían 

sólo a darle la mitad.

 

La otra mitad entendían

que debía compensarse

a cuenta del capital

que dejó al morir su madre.

 

Según podemos saber

al morir ésta ha dejado

parte de su capital

que no estaba declarado.

 

Entre dinero y valores

además a ello ha llegado

treinta y dos mil duros suma

el valor no declarado.

 

Pero Ricardo y Fernando

el juzgado abandonaron

lo que nos da a comprender

que de acuerdo no quedaron.

 

Mientras tanto en la sala

el juicio se celebraba

una pareja de guardias 

en la puerta vigilaba.

 

Según es de suponer

se comprende que lo harían

viendo ya la tirantez 

que entre la familia había.

 

No tuvo necesidad 

la guardia de intervenir

pues el juicio terminó

sin dar nada que decir.

 

Pero un ángel desde el cielo

parece les anunciaba

la horrible y fatal tragedia

que el demonio preparaba.

 

Daremos fin a esta parte

a la segunda pasemos 

para declarar los hechos

que hasta ahora no conocemos.

 

Segunda parte

 

Ahora puedes, lector,

en esta letra fijarte

que te vamos a explicar

en esta segunda parte.

 

Ya he dicho que Celestino

tenía una hermosa casa

con varias localidades

aún siendo de planta baja.

 

En algunas de sus naves

ambas de su pertenencia

sus dos hijos encerraban

gran parte de sus cosechas.

 

Celestino y sus dos hijos

varias riñas sostuvieron

por lo que pronto verán

el triste final que tuvieron.

 

Las llaves con que las puertas

de estos graneros cerraban

al parecer Celestino

en su poder conservaba.

 

Aquellos dos almacenes

a causa de las reyertas

Celestino intencionalmente

dejó sus puertas abiertas.

 

Al enterarse Fernando

de aquella anormalidad

se fue a casa de su padre

para las puertas cerrar.

 

Éste le pidió las llaves

que Celestino negó

por lo que entonces Fernando

al juez de paz se marchó.

 

Una vez en su presencia

éste al juez ha preguntado

si la ley le concedía

poder poner un candado.

 

Se ve que el juez no dudó

y le dio el consentimiento

mas no pensó que podría

causar graves contratiempos.

 

Eran las tres de la tarde

cuando Fernando ha marchado

a la casa de su padre

para poner el candado.

 

Entró en casa decidido

y a Celestino ha encontrado

trabajando en la madera

cosa que era aficionado.

 

Cuando Fernando ponía 

las anillas del candado

ha salido Celestino

y la idea ha reprobado.

 

Al prohibir tal medida

según nos dice la gente

se cree que discutieron

muy acaloradamente.

 

Celestino, enfurecido,

fue al taller de carpintería

con la idea de coger

un hacha que allí tenía.

 

Con gesto desafiante

con el hacha ha regresado

mas después de cierta lucha

el hijo le ha desarmado.

 

Un vez en su poder

con aquel arma homicida

se abalanzó sobre el padre

y pronto le quitó la vida.

 

Dos golpes en la cabeza

y otro en el hombro dio

bañado en sangre al instante

muerto en el suelo cayó.

 

A sus sesenta y seis años

daba pruebas de valiente

pero nunca pensaría

que un hijo le daría muerte.

 

Cuando vio muerto a su padre

de la casa se alejaba,

se va en busca de su hermano

que en un pozo trabajaba.

 

Le dice: “¡Ricardo!, sube,

que algo terrible ha pasado

vamos pronto y date prisa

que yo al padre he matado”.

 

Los dos juntos regresaron

con la faz tranquila y serena

dispuestos a ir a matar

los dos a su hermana Elena.

 

Como locos penetraron 

en la casa de Ricardo

a coger una pistola

que tiene el nueve largo.

 

Mas la esposa de Ricardo

viendo su mala intención

cerró la puerta con llave

pero nada adelantó.

 

Por una puerta trasera

que dicha casa tenía

sin hacer caso a sus ruegos

los dos hermanos salían.

 

Cuando a salir se disponen

le ha salido al encuentro

un tal Domingo Chamón,

veterinario del pueblo.

 

Le dicen: “No haga bobadas,

mire que vamos armados”.

Domingo, que esto vio

el paso franco ha dejado.

 

Al llegar donde su hermana

esta joven se encontraba

fregando en el portal

que a la casa daba entrada.

 

Sin decirle una palabra

ni tenerla compasión,

Ricardo con su pistola

dos tiros la disparó.

 

Elena, herida de muerte,

cayó en el suelo sin vida

pues metidos en el pecho

los dos tiros tenía.

 

No se conforman con esto

aquellas fieras malvadas

que por la espalda Fernando

le ha dado dos puñaladas.

 

Miguel Gallego, su esposo,

que trabajando se hallaba

en uno de sus graneros,

vio que llorando llegaba.

 

Un hijo de siete año

que el crimen ha presenciado

le dice: “¡Padre!, los tíos

a mi madre han matado”.

 

Miguel que oyó los disparos

pensaba en su triste sino

pero vio imposible hacer

frente a  aquellos asesinos.

 

Con el corazón deshecho

a casa de un vecino huyó

por espacio de tres horas

oculto permaneció.

 

Aquellos dos criminales

después que a Elena han matado

van en busca de Miguel

pero no le han encontrado.

 

A un criado que tenían

preguntan dónde se hallaba

pero este, sin vacilar,

su paradero negaba.

 

Marino Martín Alonso

el criado se llamaba

quien sabía a ciencia fija

donde el amo se encontraba.

 

Pero éste al ver que Ricardo

una pistola tenía

mintió intencionadamente

diciendo que no sabía.

 

Aquellos dos parricidas

viendo que no le encontraban

tranquilos y satisfechos

a sus casas regresaban.

 

Mientras Fernando se quita

sus ropas ensangrentadas

y a la autoridad se entrega

su hermano se suicidaba.

 

Cuando éste llegó a su casa

al pajar se ha encaminado

y con su misma pistola

un tiro se ha disparado.

 

Cuando la gente le vio

algo de vida tenía

y la pistola humeante

en la mano sostenía.

 

El doctor a él se aproxima

aunque con gran precaución

para volverle a la vida

le ha inyectado una inyección.

 

Aunque a costa de trabajo

la pistola le han quitado

más poco tiempo después

Ricardo había expirado.

 

El señor juez y el forense

de Villadiego llegaron

quienes sin más detención

las autopsias practicaron.

 

Mientras que Villamayor

de luto se revestía, 

Fernando, preso en la cárcel,

del crimen se arrepentía.

 

Pero aunque se ha arrepentido

y luego se confesó

Dios le enviará el castigo

del crimen que cometió.

 

La causa del procesado

no podemos aclarar

mientras tanto que no llegue

el día del juicio oral.

 

Con esto, amable lector,

quedarás bien enterado

los malditos intereses

el resultado que han dado.

 

No sólo con el dinero

llega la felicidad

por su causa muchas veces

llega la fatalidad.

 

Así vino a suceder

con esta familia honrada

por humanos intereses

hoy la vemos destrozada.

 

Con dolor de corazón

de esta pluma me despido

y en esta narración mando 

mi pésame más sentido.

 

Para aquellos doce niños

que en la desgracia han quedado

a Dios del cielo le pido

que les conceda su amparo.

 

Perdón pide de sus faltas

el autor de estos renglones

que lo es, Antonio González

con residencia en Peones.

 

Expongo a continuación algunos de los escritos que en su día recogió D. Joaquín Gutiérrez, quien ejerció el oficio de pastor en el pueblo de Humada.

Entre los recuerdos de mi niñez hay un hueco para el Sr. Joaquín y la Sra. Anselma, quienes durante muchos años vivieron en Humada, en una casa hoy derruida, dejando un grato recuerdo entre los que tuvimos la suerte de convivir con ellos.

Era el S. Joaquín un hombre sencillo, afable, de buen talante, alegre. Recuerdo con especial añoranza aquellas fechas especiales en la vida de los pueblos, cuando matábamos el “chino”, casi una fiesta, que hacía bueno aquel dicho “hay cuatro fiestas en el año que relucen más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi, la Ascensión y el día de san lechón”. 

 Además de pastor ejercía de matarife, persona que se encargaba de matar y estazar o descuartizar el cochino en piezas para después obtener los productos de la matanza: lomos, chorizos, salchichones. El Sr. Joaquín, además de ejercer estos menesteres con maestría, contribuía con su buen talante, su humor, sus chistes y chascarrillos a  crear ese ambiente semifestivo de este acontecimiento, tanto en la ejecución de las tareas propias de la matanza como en las comidas y, sobre todo, en las sobremesas. 

Pero no es este el motivo por que el Sr. Joaquín se ha ganado un hueco en este blog sino por sus cualidades literarias para recoger y plasmar por escrito los dichos, acontecimientos, tradiciones, documentos históricos en un cuaderno que guardaba con especial primor. 

Es de destacar el mérito de este autodidacta que, poco a poco, fue adquiriendo un bagaje cultural que ya quisiéramos poseer muchos de nosotros, de habernos encontrado en sus circunstancias, pues es de suponer que no acudiría con asiduidad a la escuela y por tanto su formación primaria sería escasa y que superando a base de tesón, dedicación y fuerza de voluntad hasta convertirse en una persona culta.

Agradecer, finalmente a su nieta, María Teresa Gutiérrez, el trabajo de recopilar y mecanografiar los escritos de su abuelo Joaquín, que han llegado a mis manos. 

Transcribo, a continuación, literalmente los documentos que me parecen más interesantes por su historia, por su contenido, por su proximidad, su interés o relación con el pueblo de Humada.

El primer documento hace referencia a la historia de los cántabros, pueblo que según diversos documentos, extendió sus fronteras hasta Amaya como hemos recogido en otros apartados de este blog.

Tengo que decir que este documento ha sido copiado textualmente, corrigiendo algunos errores tipográficos, manteniéndome al margen de su autenticidad histórica, que en algunos aspectos no coincide con las opiniones de insignes historiadores, como se puede comprobar en otros documentos históricos recogidos en esta web

 

HISTORIA

Cuando Augusto vino a España, el año 26 antes de Jesucristo, a guerrear contra los Cántabros y Astures, únicos españoles independientes del yugo romano, fijó sus reales en Seje y Samon (hoy Sasamón). Tres años estuvo el emperador mismo al frente de su ejército compuesto de numerosos y aguerridos batallones, luchando contra los invictos y formidables cántabros, sin poder jamás vencerlos mientras que estos denodados montañeses van diezmando los ejércitos romanos por medio de guerrillas bien combinadas. Esto causó tal y tanta pena en el ánimo del emperador que al fin hubo de retirarse, lleno de fatiga y pesadumbre, a Cataluña, dejando encomendada la guerra a su legado Antistio. Éste, después de sufrir repetidas veces descalabros y bajas considerables ante las sorpresas y ataques terribles de los guerrilleros cántabros, logró atraer ingeniosamente a estos a una llanura, tal vez la de Valdelucio, o la que se extiende entre Puente Toma y Porquera de los Infantes, y les ganó aunque a mucha costa la primera batalla que se dio cerca de los muros de Belgica, Velvica o mejor Velegia (hoy Helecha).

Los historiadores romanos no cuentan ni los muertos, ni los heridos, ni los prisioneros cántabros. Al contrario, parece que no hubo ni heridos, ni prisioneros, ni muertos, pues dicen que perdieron la batalla los cántabros. Se retiraron al monte Vindio, que comprendía la sierra de Sejos, Sierras Albas, Peña Labra y Picos de Europa. “Absidionis fame ad exterminium consumpti sunt”. 

El historiador Paulo Orosio, (385 d.C – 420 d.C.) dice que “huyeron al monte Vinnnio (Vindio) por su naturaleza inexpugnable, donde por el hambre a causa del asedio, acabaron perciendo casi en su totalidad” “in Vinnium monten natura tutissimum confugerunt, ubi obsidionis fame ad extremun paene consumpti sunt”.

Algunos anotadores de Paulo Orosio, que escribió esto 400 años después de la batalla, le han corregido diciendo “Ab sidione et fame” “por el cerco y el hambre”. ¿Para qué tanto añadir y mudar? Mucho mejor sería corregirle escribiendo “absidionis fame”. Para que la andaluzada del presbítero fuese más visible y chistosa, pues no deja de tener chiste de gran viso afirmar que los cántabros refugiados en el monte Vindio murieron casi todos por el rum, rum de que estaban cercados en dicho monte. 

Se conoce bien que Paulo Orosio no estuvo jamás en aquella incercable e inexpugnable montaña. Pero además se aumenta la donosura del chiste con esto que añade a renglón seguido: “Racilium deinde oppidum magna ni ac diu repugnans postremo captum ac dirutum est” “Después (se atacó) la ciudad de Racilio (Araillum) que resistió con mucha fuerza y durante largo tiempo, pero que al final fue tomada y destruida”. De donde se deduce que la mayoría de los que habían perecido volvieron a resucitar puesto que dice: “La población de Aradillura (hoy Aradillos, al norte de Reinosa, situada sobre el monte Vindio), luchando bravamente con numerosas fuerzas y por largo tiempo fue después y en último lugar tomada y destruida”. Esto significa que no los muertos resucitados sino los cántabros y vivos presentaron tenaz resistencia al general Antistio y quizá una mortandad espantosa en el ejército romano, y que el residuo de éste se apoderó del pueblo y lo arruinó después que los cántabros faltos de dardos y flechas le abandonaran la noche que les plugo con tanto sigilo que los romanos no pudieron coger ni un solo prisionero.

 Esta fue la última hazaña de Antistio contra los cántabros y por eso dice Postramo: “De modo que dio por terminada la guerra desastrosa por las legiones romanas sin haber podido dominar más que una pequeña parte del territorio cántabro. Y temeroso de que volvieran a resucitar más montañeses, se retiró de aquellas empinadas alturas y se vino con su gente a Velegia, donde rehízo su destrozado ejército; de allí pasó a guerrear con los asures a quienes sometió en dos batallas ayudado por otros dos generales.

 Terminada la guerra cántabra, Octavio Cesar Augusto mandó colocar, no en el monte Vindio, prueba que no estaba dominado, sino en Velegia, la cuarta legión macedónica, compuestas por 600 infantes griegos y 500 jinetes, concediéndola todo el territorio conquistado por ellos desde Castrillo Aya hasta Vallesioro, cerca de Sasamón, incluida en este territorio la Peña Amaya.

Los cántabros velegienses confinaban al mediodía con los turmódigos, desde el sur de Rebolledo de la Torre, pasando por el pie de la peña Amaya, Villamartín, hasta el río Odra, que nace en el término de Rebolledo Traspeña, quedando todo el territorio de este último pueblo dominado por los cántabros y bajando por la corriente del Odra hasta el oeste de Villasidro y desde aquí a Villamorón en donde empezaban los cántabros morecanos.

También Augusto dio órdenes para que los sometidos abandonasen los pueblos situados en los montes y bajasen a poblar los llanos y los valles.

 En aquel tiempo, según parece, había en la meseta llana y espaciosa de peña Amaya una población de cántabros defendida por un castillo. De una y otro quedan aún hoy día ruinas y vestigios bien marcados. Sus habitantes, en cumplimiento de la orden de Octavio Augusto se vieron precisados a desamparar aquella su morada  y venir a poblar el llano, donde, según lo más probable, fundaron al pie de la peña y en terreno turmódigo una ciudad a la que dio, tal vez, el nombre de Amaya, que pudo ser el nombre de la población sita en la meseta mencionada. Y si no tuvo en sus principios este nombre, no hay duda que fue la que se llamó Segisamojulia, que se abrevió escribiendo Segisamaja y pronunciada Segisamaya, de donde quitando las sílabas Se-gis quedaba con el nombre que hoy lleva: Amaya, que fue honrada después con el título de Patricia. De aquí se desprende que sus primeros habitantes fueron cántabros aunque la ciudad estaba en terreno turmódigo, turmago o murgobo. 

Según los más acreditados historiadores, los cántabros no solamente no estaban sujetos a los romanos sino que se dedicaban de manera importante al pillaje, robando a los romanos los mismos comboyes que enviaban a la legión macedónica. Esto que los romanos llamaban “latrocinios” fue en tanta cantidad que al año de terminada la guerra de los cinco años, los soldados de Roma se vieron precisados a reclamarlo a los audaces montañeses, amenazándoles con otra nueva guerra. Los cántabros contestaban lacónicamente “venid a por ello” y en este sentido debe entenderse la petición de los soldados romanos y la oferta de los cántabros de que nos hablan los historiadores, pues la montaña, entonces como ahora, no era tierra de tanto pan llevar para que los dueños de la tierra de Campos y del resto de España fuesen a pedir trigo como remedio de sus necesidades a una tierra tan pobre y estéril como Cantabria. Luego fue porque los cántabros se lo habían robado y así les contestaron “venid a por ello”. Los romanos entendieron la respuesta y se prepararon con numeroso golpe de gente para extraer por la fuerza el grano arrebatado de las casas mismas de los merodeadores. Pero éstos cercaron a los aguerridos soldados de Roma en un valle y a todos pasaron a cuchillo. Entonces, probablemente, fue cuando la cuarta legión considerándose poco segura en Velegia, llena de terror y de espanto, por el desastre sufrido trasladó Segisamojulia a Amaya. El descalabro de las huestes romanas mandó a Cantabria al mejor general de todos los tiempos, llamado Agripa.

Llegó éste a Cantabria, dos años después de concluida la primera batalla, con un ejército formidable, pero fue vencido con estrago horrible las dos primeras veces que peleó contra los cántabros, en la segunda de las cuales fue tanto el miedo de los romanos a nuestros montañeses y tal el número de bajas que éstos hicieron en aquellos que Agripa se vio obligado a devolver la tercera legión, que por su denuedo tenía merecido el título de Augusta, declarándola indigna de llevar ese nombre y los pocos soldados que de ella habían salido con vida los repartió entre las demás legiones, siendo reemplazada, para seguir la guerra, por la cuarta legión llamada Macedónica.

Restablecida la disciplina y remediados los reveses Agripa volvió a pelear con los cántabros y los venció.

Nada nos dicen los historiadores de los prisioneros que hizo, ni de los muertos, ni de los heridos. Este silencio es harto significativo, según mi entender.

Con esta victoria dio por terminada la guerra sin haber conquistado más que su antecesor Antistio, puesto que la cuarta legión volvió a residir en Amaya, donde renovándose de tiempo en tiempo, los soldados griegos que la formaban, subsistió desde el año 19 a.C. hasta el cuarenta y ocho de la era cristiana, en que por orden del emperador Claudio se trasladó a la Germania para luchar contra los frisones.

He dicho que los cántabros no fueron sujetos totalmente al yugo romano, ni en tiempo de la guerra dirigida por Augusto y terminada por Cayo Antistio que vino a durar cinco años bien repletos, ni en tiempo de Agripa cuya guerra vino a durar otros dos años. Y lo mejor de todo es que lo prueban los dos historiadores más fidedignos que se pueden presentar como testimonio fehaciente. A saber: Estrabón y Plinio.

 Estrabón: natural de Amasya en Capadocia, vino a la luz del mundo en el año cincuenta antes de Jesucristo, es decir, veinticuatro años antes de empezar la primera guerra cantábrica. Murió el año veintiséis de la era cristiana, es decir, unos cuarenta y cuatro años después de terminado la del célebre Agripa. Por consiguiente fue contemporáneo de ambas guerras y es moralmente cierto que oyó de los soldados y oficiales griegos que las habían hecho lo que refiere su historia.

Es verdad que en un lugar de su obra escrita dice: “Cesar Augusto deshizo o refrenó a los cántabros, pero después de haber refinado la fiereza y costumbres de gallegos, asturianos y cántabros, que traducido al latín es como sigue: “Verum jam, ut dixi, omnia bella sunt sublata. Nam Cantabros, qui maxime hodie latrocinia exercent, iisque vicinos Caesar-Augustus subegit, et qui ante Romanorum socios populabantur, nunc pro Romanis arma ferunt, ut Conisci, et qui ad fontes Iberi amnis accolunt, Tuisiis exceptis” que traducido dice: “Mas, como ya lo tengo dichi, están acabadas todas las guerras. Pues los Cántabros, quienes hoy en día, realizan los mayores robos, y a sus vecinos Cesar Augusto los sujeto, y los que antes devastaban a los asociados de los Romanos, ahora llevan armas por los Romanos, como los Coniscos y los que habitan cerca de las fuentes del Ebro, excepto los Tuisios”

Pero, como he dicho, todas las guerras han cesado ya, pues Cesar Augusto sujeta hoy a los cántabros, los cuales se dedican con todo encarecimiento al pillaje y a sus vecinos los astures, y así los que antes atacaban a los soldados de Roma, ahora empuñan las armas a favor de los romanos como los Comiacos y los que habitan las inmediaciones de los fuentes del rio Ebro, excepto los Tuisos.

Según este testimonio irrecusable, tenemos que los cántabros no todos fueros subyugados por Cesar Augusto. Buena sujeción sería esta cuando vemos que los sometidos robaban desaforadamente a los sometedores, es decir, que arrebataban a los romanos sus bienes en grande escala. (Máximo).

Añade que servía los cántabros en la guerra a los romanos y para probarlo pone dos ejemplos: los comiacos y los que residen junto a las fuentes del Ebro. Pero de éstos últimos se ve precisado a exceptuar a los Tuisos, porque éstos no servían ni estaban sujetos a los romanos.

Luego, según Estrabón, no todos los cántabros estaban sometidos al yugo de Roma. Este testimonio es irrebatible.

Una advertencia tengo que hacer sobre la palabra Coniaci, en griego kovacci, y es que en este vocablo hay un error de copia. Los historiadores quieren que sea koukavoi, los conicanos, pero como éstos eran limítrofes de los astures, no fueron ni siquiera atacados por las legiones de Augusto, puesto que los astures, enemigos de Roma y hermanos de los cántabros, guardaban a los conicanos la espalda. Además es muy difícil cometer un error tan marcado en que habría que confundir letras también distintas. Yo juzgo que koviakoi está en vez de koviacoi, los coniscos (confinantes con los autogones o berones septentrionales, que los vizcaínos sujetos a Roma). El error de copia es en este caso muy fácil, pues en el idioma griego la letra alfa (α) y la letra sigma (σ) son, como se ve, muy parecidas y un poco que se escape la mano en la sigma queda convertida en alfa.

PLINIO, que nació en el año veintitrés de la era cristiana y murió en el setenta y nueve, implícitamente confirma, corrobora y amplía lo dicho por Estrabón, pues dice en su obra Historia Natural, cuya impresión se hizo: Apud inclitum Basilian anno MQXXXV (1.535), lo que al pie de la letra copio: “civitatum IX regio cantabrorum” que traducido signfifica “la región de los cántabros tiene nueve ciudades”.

Después al tratar de los pueblo que acudían a la audiencia en Clunia, situada entre Coruña del Conde y Peñalba de Castro (Burgos) dice: “In conventum Cluniensem Varduli ducunt populos XIIII, ex quibus Alabanenses tantum nominare libeat, Turmigi IIII, in quibus Segisamonenses et Segisamaiulienses” “Al “conventus” Cluniense los várdulos aportan catorce pueblos, entre los que son dignos de mención los alabanenses, los cuatro de los turmódigos, entre ellos los segisamonenses (de Sasamón) y los segisamojulienses (de Amaya)”.

Por lo que se ve Sasamón y Amaya estaban en terreno turmógido y al llegar a los cántabros sólo dice esto “Nan in Cantabricis quatuor oppidis Julibriga sola memoratur” “Que entre los cuatro pueblos de Cantabria solo merecía ser recordada Juliobriga.

De modo que al municipio o audiencia de Clunia no asistían en tiempos de Plinio más que los partidos de cuatro ciudades cántabras. ¿Pues adónde iban los de las cinco ciudades que faltan hasta llegar al número nueve mencionado más arriba: “Civitatum IX regio cantabrorum”. A ninguna de estas partes sujetó el imperio romano. Luego los partidos correspondientes a estas cinco ciudades eran independientes. Luego los romanos no subyugaron toda la Cantabria, sino una parte muy pequeña de ella. Por otro lado de los cuatro que acudían hay que quitar un buen trozo como se ve en los juliobrigenses que sólo fueron sometidos los que habitaban desde Aguilar de Campoó hasta las fuentes del Ebro, incluyendo las capitales de esta comarca, Julióbriga, hoy Retortillo, que también estuvo sujeto a los romanos, pero no los plentusios, pues Estrabón los exceptúa, ni los que hay desde el nacimiento del Ebro hasta Portus Victoria Juliobrigensium (hoy Santander o Santoña) pues los romanos no pasaron de Aradillos.

Diecisiete siglos anduvieron de mano en mano los escritos de Plinio y Estrabón sin que nadie se atreviera a enmendar el nada, pero en el s. XVIII se cometió esa osadía y ligereza por sus anotadores. Como si estos supiesen mejor los acontecimientos, quedando de ellos a siglos de distancia, que los fieles narradores contemporáneos de los hechos que refieren, informados por sus ojos o enterados por millares de testigos que lo presenciaron 

Y si me dice alguno ¿por qué no hubo más guerra entre los montañeses de Cantabria y los romanos? Contestaré a esta pregunta:

  1. porque los cántabros se contentaron con sus merodeos
  2. porque los romanos no quisieron exponerse a nuevas hecatombres.

 Esta independencia conservaron los cántabros en su mermado territorio hasta las invasiones de los pueblos bárbaros, que comenzaron a principios del siglo segundo, se acrecientan en el tercero y al final de este siglo empiezan a inundar las fronteras del imperio que, para contrarrestar a los invasores, se ve obligado a sacar de las provincias casi todas sus fuerzas, incluso las que estaban de asiento en las fronteras de Cantabria. Entonces los cántabros independientes y los sometidos se unen contra los romanos y recobran lo perdido y extienden el territorio y la denominación de Cantabria.

 Invaden los bárbaros España y ninguno de los diferentes pueblos que ellos formaban midió sus armas con los cántabros hasta Leovigildo, que les hizo la guerra. Refiere este hecho San Juan Bielarense, que nació hacia el año 540, el cual, desterrado de Barcelona por Leovigildo, fue fundador del monasterio de Biclara y después obispo de Gerona, hasta que murió santamente el 621. Fue, pues, contemporáneo de los años que refiere el año sexto del rey Leovigildo, 574 de la era cristiana, con estas frases: “His diebus Livvigildus rex Cantabriam ingressus provinciae pervasores interfecit, Amaiam occupat, opes eorum pervadit et provinciam in suam revocat dicionem”.  “En esos días el rey Leovigildo entra en Cantabria, extermina a los usurpadores de esa región, ocupa Amaya, se apodera de los bienes de aquéllos y somete la provincia [de Cantabria] a su poder”

Y después en el año 575 dice: “Leovvigildus rex Aregenses montes ingreditur, Aspidium loci seniorem cum uxore et filiis captivos ducit opesque eius et loca in suam redigit potestatem” “El rey Leovigildo penetra en los montes Aregenses, hace cautivos a Aspidio, señor del lugar, junto con su esposa e hijos, y se adueña de sus bienes y tierras”

Es increíble la confusión que esos dos pasajes del santo han causado en los historiadores desde muchos siglos a esta parte. Ellos han confundido la provincia con Cantabria y la ciudad de Amaya con Aregia. 

El texto del autor contemporáneo de Leovigildo no dice tal cosa. La palabra “provincia” es nombre propio de aquella comarca de treinta y cuatro villas, que en el 460 arrebataron al emperador Mayoriano las tropas godas mandadas por el capitán Suenerico. A este país le llamaron los romanos provincia Gothorum (hoy Tierra de Campos). Dada esta explicación genuina, y la única verdadera, fácilmente se comprende:

  1. Que los cántabros no satisfechos con las conquistas hechas a los romanos en el territorio de León, los Berones y los Vascos habían extendido su Cantabria por el mediodía hasta los límites godos.
  2. Que los limítrofes se habían convertido en invasores de la provincia (Gothorum).
  3. Que Leovigildo, al ver tanta audacia, vino a perseguirles, no en la Cantabria propia sino en la nuevamente conquistada. Mató a los que pudo, no sin que cántabros hicieran lo mismo con los godos.
  4. Que el rey godo, merced a su caballería, se apoderó de Amaya y la saqueó pero ni pasó de allí ni la pudo conservar por largo tiempo.
  5. Que ahuyentados los invasores, el rey volvió a recuperar la provincia Gothorum, campo de Gothorum o tierra de Campos: “Leoviguldus Rex Cantabriam ingressus, provinciae pervasores interficit, Amaiam occupat, opes eorum pervadit, et provincia in suam revocat dictionem”
  6. Que los jefes cántabros eran enemigos de romanos y godos puesto que invadían las 
  7. tierras de unos y otros y se apoderaban de sus bienes.

 Luego estos  jefes eran independientes en su país primitivo y en las tierras que después conquistaron mientras en su poder estuvieron y por esta razón llaman godos y romanos llaman a estos jefes “duces”, expresando la idea de absoluta independencia y soberanía. Cierto es que los godos sucesores de Leovigildo se apoderaron de gran parte de las conquistas realizadas por los “duces” en los Berones y Vasconia, pero jamás pudieron conquistar, ni invadir siquiera, la comarca primitiva de Cantabria, de modo que la monarquía visigoda quedó arruinada en la batalla de Guadalete sin haber podido someter nunca bajo su yugo a los cántabros.

Duques independientes de Cantabria fueron don Beremundo, don Pedro, don Favila, este fue el padre de D. Pelayo, primer rey de Asturias, a quien sucedió su hijo Favila, quien muere en una pelea con un oso. A Favila le sucede su cuñado don Alfonso el Católico como tercer rey de Asturias, Alonso era hijo de D. Pedro, duque de Cantabria, y hermano de D. Fruela “duque soberano de Cantabria” que fue el cuarto rey de Asturias después de la muerte de su hermano Alfonso I “El católico”.

Estos duques lo fueron de Cantabria y otros pueblos de los Berones mucho antes de la batalla de Guadalete. Luego ni Pelayo ni Alfonso fueron Bascones sino cántabros de pura raza y si estuvieron emparentados con los godos, esto no fue por línea masculina sino por la madre de Pelayo, que dicen fue hermana del rey Don Rodrigo. Yo creo que este parentesco es pura ficción, pues no hay historiador contemporáneo que lo confirme y los que un siglo después del nacimiento de D. Pelayo lo aseguran o hacen un testimonio fehaciente que lo compruebe.

Arruinada la monarquía visigoda, Cantabria sirvió de refugio a los cristianos perseguidos y vejados por los árabes. Éstos acometen las fronteras de Cantabria y aunque D. Pedro los venció el año 716 en Tejada, sin embargo, logran apoderarse de Saldaña, Mave y Amaya, ciudades fronterizas en el territorio cantábrico, menos la segunda, tres o cuatro leguas adentro. Todas estas ciudades y otras muchas, desde Portugal hasta los Pirineos, fueron en tiempo de Don Fruela, duque de Cantabria,  hermano de D. Alfonso I el Católico y compañero inseparable en la lucha contra los moros. Así como reconocieron por rey a D. Alfonso los gallegos y gran parte de Portugal, así como Burgalia o tierra de Burgos, la mayor parte de los Berones y muchos de la Vardulia, reconocieron por su soberano a D. Fruela. Y se juzga que, por haber acompañado a su hermano en todas las guerras que se dieron, se le otorgó al duque de Cantabria el título de Conde (Comes, Comitis) que significa compañero.

Fruela, acaso antes de morir y cuando dirigía los destinos de Asturias, transmitió como signo de alcanzar las dos soberanías, la asturiana y la cantábrica, a su hijo y sucesor D. Rodrigo. Lo cierto es que éste a pesar de haber heredado los estado propios y adquiridos de su padre no se intituló duque de Cantabria, acaso por no disgustar a los pueblos nuevamente agregados o por la razón dicha. Señor Conde de Castilla, que entonces comprendía y significaba lo mismo que la Cantabria.

Fruela tuvo además otros dos hijos: Aurelio y Bermudo “el Diácono”, condes de Asturias. El primero, nombrado por elección, después de Fruela, hijo de Alfonso I “el Católico”, el segundo después de Mauregato, hijo bastardo de Alfonso I y de una esclava musulmana de nombre Sisalda, pero renunció a la corona de D. Alfonso II “el Casto”, nieto de Alfonso I.

Bermudo, a pesar de ser diácono, se casó, con dispensa, con Nunilo (Uzenda Nunilona) y tuvo por hijos a Ramiro I, elegido rey de Asturias por haber muerto Alfonso II “el Casto” sin sucesión. 

De lo dicho se desprende que D. Pelayo, Alfonso I “el Católico”, Fruela, Aurelio, Bermudo y Ramiro fueron naturales de Cantabria y el fundamento de la de la restauración católica en España, juntamente con los esclarecidos y aguerridos duques cántabros y sus sucesores y herederos, los condes soberanos de Castilla.

Rodrigo, conde soberano de Castilla, repobló la ciudad de Amaya y la hizo cabeza de su estado. Firmó varias donaciones desde el 762 en adelante. Murió en el año 800 dejando tres hijos: Don Diego, conde soberano de Castilla; D. Nuño, conde privativo y señor de Amaya y D. Sancio (Sancho) que fue elegido juez de Castilla.

Amaya fue cabeza de Castilla hasta que Diego Porcellos, biznieto de D. Rodrigo, habiendo fundado Burgos, se trasladó a esta ciudad. Probablemente Amaya también fue sede episcopal para después pasar a Burgos.

En resumen, y por lo se refiere a la población actual de Amaya, podemos decir que:

  • La antigua Segisamojulia de Plinio, cuyos primeros habitantes fueron cántabros de pura raza, aunque sometidos a los romanos. 
  • Que fue residencia de la cuarta Legión Macedónica por espacio de 66 años.
  • Que los cántabros independientes se volvieron a apoderar de ella a finales del siglo II o principios del III.
  • Que estuvo bajo su dominación hasta que Leovigildo se apoderó de ella y la saqueó pero la abandonó pronto, ya que los cántabros le molestaban desde la peña o porque estaba satisfecho al volver a su obediencia la Tierra de Campos. Por consiguiente, de nuevo, Amaya es recobrada por sus legítimos dueños, los cántabros.
  • Que arruinada la monarquía visigoda, Amaya cayó en poder de los moros, pero fue reconquistada en tiempos de Fruela y su hijo D. Rodrigo la repobló e hizo cabeza de Castilla, en cuyo tiempo se elevada a la dignidad de sede episcopal. 
  • Que D. Diego Porcelos, nieto de D. Diego II, conde y sucesor de su padre D. Rodrigo, trasladó esta supremacía a Burgos.
  • Que condes privativos de Amaya descendieron por línea directa de D. Pedro, duque de Cantabria, padre de D. Alfonso y D. Fruela, ni más ni menos que los condes soberanos de Castilla.

 De donde se deduce que gobernaron en Amaya como condes soberanos de Castilla:

-    D. Rodrigo I

-    D. Diego I

-    D. Rodrigo II  

-    D. Diego II, llamado Porcelos, fundador de Burgos.

Conste que fueron condes soberanos de Castilla por varias donaciones que citan Pellicer y Salazar.

 

Situación geográfico-histórica de la Villa de Amaya (tomado del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano)

Amaya (Geog.)

Villa con Ayuntamiento, al que está agregado el lugar de Peones de Amaya, del partido judicial de Villadiego, provincia y diócesis de Burgos. 360 habitantes. Situada al pie de la peña de su nombre y cerca de las fuentes de río Fresno. Terreno montañoso y áspero pero fértil. Produce cereal, cáñamo y hortalizas. Ganados lanar y vacuno.

Historia

Esta población es probablemente la antigua Segisamojulia en la que asentó sus reales Augusto cuando vino a dirigir la campaña contra los Cántabros. Lo cierto es que Amaya tenía gran importancia como plaza fuerte. Obtuvo luego el título de Patricia y fue muy nombrada durante la época visigoda.

Fue conquistada por Leovigildo, cuando este monarca subyugó Cantabria, si bien es dudosa so correspondencia con la ciudad de Aregia, que S. Isidoro menciona entre las conquistas de este rey y más aún que fuera la capital de Cantabria como afirman algunos autores modernos.

La ciudad debió ser destruida en los primeros días de la reconquista, según los anales toledanos y la crónica de Burgos.

El conde de Castilla, D. Rodrigo, repobló Amaya entre 860 y 900 y la erigió en capital de sus estados. La quemaron los muslimes (musulmanes) en una de sus expediciones y de nuevo fue repoblada por Ramiro II

 

Nota: He procurado transcribir lo más literalmente posible este documento histórico tal como lo escribió el Sr. Joaquín, a sabiendas que algunos datos no se ajustan al contexto histórico.
Lo que aquí pretendo resaltar es el interés por la  cultura de un personaje autodidacta, quien, a pesar de las circunstancias personales que le tocaron vivir, recuerda que se dedicó al oficio de pastor. Probablemente no pudo recibir la enseñanza primaria como los demás niños de su época, lo que magnifica aún más el mérito de haber recogido estos escritos.  

 

SERMÓN BURLESCO

 Transcribo, a continuación, uno de los escritos recogido por el Sr. Joaquín que mejor resume su carácter alegre, divertido, gracioso.

 Este sermón burlesco, jocoso y entretenido para divertir a los concurrentes en una sala después de haber llenado bien la barriga.

 

Sea por siempre bendito y alabado

el buen vino empipado,

y la engruesada morcilla

que engorda la pantorrilla.

 

Per signum Crucis in fronte  señalada.

libera nos Domina de pedrada,

mundos aliquandum est manducationem,

acarreavit sibi suam perditionem.

Son palabras del Doctor D. Tomates, 

al capítulo cuarto de sus disparates.

Lloraba Balaan, amados oyentes,

de haber visto a su burra con pendientes; 

suspiraba afligido el macabeo

de ver a las monjas con solideo.

Gritaban los antiguos profetas

de ver esos burros con escofietas;

y al ver vosotros estos desgobiernos

no pongo en duda que lloraréis cuernos:

y mirando los tiempos presentes

al punto nacerán en vuestras frentes.

 

Sí, auditorio muy amado, 

en dos puntos traigo separado

todo el discurso de mi sermón,

y así os encargo la atención.

En el primero veréis, que por el lujo y el vestido

está todo el mundo perdido.

En el segundo os haré ver con desatino

las virtudes y efectos de don vino;

pero antes explicaré un punto de doctrina,

que será sobre la gula o golosina.

 

Es la golosina, según definiciones,

causadora de muchos torozones,

así lo define el doctor Facundo, 

el que iba enseñando el culo por el mundo.

Ejemplo tenemos en nuestro padre Adán,

que calla y toma lo que le dan.

El pensó no hacer nada, 

pero nos encajó mala empanada,

pues por coger la manzana  del vedado puesto,

él a la verdad quedó indigesto;

la culpa de Eva la taimada,

por no habérsela dado bien asada:

por ella nos vienen tales torozones,

que nos obligan a llevar calzones.

 

Pero decidme si una manzana causó tanta dentera

¿qué hará aquel que come una carga entera?

¿y qué diremos de aquel goloso

que hace por colación un buey sarnoso;

y sin ver que le previenen mil plagas,

se come un rocín lleno de llagas?

¿Y qué diremos de aquellos golosos extremados

que almuerzan pimentones albardados?

¿Y qué diremos, en fin, de aquel tragador

que no gasta ni cuchara ni tenedor?

antes bien, sin andar en cumplimientos,

echa de pronto sus diez mandamientos, 

y como si tiempo le hubiese de faltar,

se traga una morcilla sin mascar.

 

Podemos decir de estos manducantes

que son un hato de rocinantes; 

y sería mejor a mi parecer

echarlos a los prados a pacer,

y ni aún así se habrían de hartar,

según el ejemplo que os voy a contar.

 

Cuando el abuelo de Adán pasó por avaro,

asistió a su mesa un convidado

de tan noble sangre y descendencia,

que aparentaba, según mi sentencia,

aquella quijada que en otra ocasión

anduvo entre las zarpas de Sansón.

Estaba éste tan inapetente

que no podía apretar bien el diente;

pero, no obstante, se comió

doce cabritos adobados,

veinte conejos albardados,

treinta lechones de leches,

y cien cargas de huevos en escabeche.

 

Pero, ¡Oh miserable glotón!

no te se espera mal reventón:

en efecto, le dio desmayo de cabeza,

que el imaginaba ser flaqueza.

 

Acuden sin dilación a socorrer aquel apretón;

y sin atender a más razones,

le sueltan muy deprisa los calzones;

cada cual descarga su escopeta,

y al triste glotón hecho babieca,

sin aguardar a dilaciones

le embocaron el sumo de cien cargas de limones.

Otro boticario le suplica

le componga cien purgas de botica,

y después de encajarle estos alimentos,

le faltaron al pobre los alientos.

 

Murió de repente este Badea

¡ojala que a vosotros no os suceda!

¿Habéis oído, fieles, este ejemplo?

pues aún más golosos os contemplo;

porque sois de estómago tan delicados

que habéis de dejar sin yerba los prados.

Basta de doctrina, y para proseguir mi sermón

os encargo la atención;

y para que yo hable con desacierto 

a todos mis oyentes les advierto

echéis a las botellas buenas flores,

repitiendo conmigo, brindo, señores.

 

Bonum vinum quitat calenturam

malum ducir hominen in sepulturam,

mundus aliquandum et manducationen,

acarreavit sibi suam perditionem.

Son palabras del Doctor ya citado,

estándose comiendo un estofado.

Dijeron antiguamente falsos profetas

que el mundo había de dar dos mil volteretas.

Sí, amados oyentes, esta profecía

llegó a verificarse hoy en día;

porque vemos que el mundo está perdido,

y consiste sin duda en el vestido;

y si tenéis un poco de paciencia

os daré de ella clara evidencia.

 

Después que pecó nuestro padre Adán

tuvo que arbitrarse para ganar el pan

y escogiendo de los oficios el mejor,

al instante se puso tejedor:

aprendió en breve a tejer banadillas,

y nuestra madre Eva le hacía las canillas,

confirma un poeta esta sentencia

en el libro rasgado de la Jurisprudencia;

y prosigue este bachiller en el decir,

que al instante se hizo de vestir.

Hízose una camisa con bolsillos,

y de tela de Sesma unos calzoncillos.

 

Hízose también una montera con mangas

para cuando saliese a coger gangas.

Al ver Eva ir tan majo a su marido,

determinó hacerse otro vestido.

Hízose una saya de tela de cedazos,

con sus mangas para meter los brazos;

un jubón a manera peto, 

que de puro ancho le venía prieto.

Hízose también unas medias negras de hilo colorado

y un pañuelo azul todo encarnado,

vestida, en fin, así esta buena gente,

vivieron después pacíficamente,

pues como hay ahora tanta guerra,

no vivieran estos con paz en la tierra.

 

Mas ¡ay Dios mío! exclama aquí un poeta,

el mundo va ya dando su voltereta.

¡Oh mundo infeliz y desdichado,

que el viento te tiene ya tragado!

¿Pero qué aire es éste que te hace voltear?

Ved al mismo poeta gritar:

“Mundus aliquandum est manducationem

acarreavit sibi suam perditionem”

Sí, amados oyentes, este aire a la sazón

en muchas cabezas tiene su región,

pero son inútiles sus pensamientos,

porque se van gobernados por los vientos.

 

Y si no, decidme: ¿Qué indica el mundo por sus procederes

sino que los hombres se han vuelto mujeres?

¿Vemos a los señores de estas primaveras

llevar aquellas casacas de amolar tijeras?

¿Vemos aquellos gorros blancos

con aquellos sombreros como barcos?

¿Se estila, por ventura, hoy en día

la polaina parda que antes se veía?

sólo los viejos usan de estos vestuarios,

y son tenidos por estrafalarios,;

mas éstos, éstos del siglo ilustrado,

sólo en componerse ponen su cuidado;

los más se visten de militares luego,

aunque se hiele la región del fuego.

 

Pónense unas chupas, calzones y sombreros,

y todos al presente parecen toreros,

los zapatos enteros que antes se usaron,

en medios al presente se quedaron. 

¡Oh!, ¿Qué diremos de las devanaderas

que algunos llevan en sus calaveras?

Os diré que parecen ciudad arruinada

pero me diréis que esto no es nada,

pues digo sin delicadeza 

que llevan el infierno en su cabeza.

 

Allá los piojos tienen su aposento,

entre los polvos, sebo y el ungüento.

¿Y qué me diréis de éstos, amados oyentes?

¿Cómo no se caen vuestros dientes?

¿Cómo no se hielan vuestros intestinos?

No seáis vosotros de estos modistas,

más vale que seáis pantomimistas,

la cual, por ser parte de mi asunto,

diré en breve en el segundo punto.

 

Segundo punto

No cabe en un hombre mayor desatino,

que es hacerse aguado y no probar el vino

porque es el agua, si yo no me engaño,

la que causa en el hombre grande daño.

 

Frialdades de estómago, indigestiones,

toses, catarros, torozones,

tisis, calenturas, tercianas,

melancolías, costipados y desganas.

A vista de esto ¿habrá entre mis oyentes

quien se atreva a pasarla por los dientes?

Dice pues Tarugo, en su arte de cocina

que sólo se ha de beber por medicina,

y entonces, dice, con moderación

no sea que cause opilación.

 

Ea pues, alegraos fieles, que el río viene turbio

sin duda nos anuncia otro diluvio,

pues tengo leído en el Doctor Longinos,

que el segundo diluvio ha de ser de buenos vinos

y haciendo relación de sus señales

dice, se secarán los árboles frutales,

las nubes lloverán abadejos, 

aceitunas, pimentones y conejos,

almendras tostadas, quesos salados

magras, chorizos y carneros asados.

 

¡Ay de vosotros, calvos, en aquel día,

si no tapáis bien vuestra calvería!

Pues si os pegan las aceitunas en el cogote,

se volverán al cielo de rebote.

Entonces a Mahoma le dolerán la muelas 

y romperá con ellas huesos de ciruelas,

entonces, digo, cuando las nubes lluevan buenos vinos,

cuando los arroyos crucen los caminos,

cuando las fuentes manen mistelas,

y el Ebro se convierta en vino de Tudela.

 

Entonces sí que los cirujanos

dejarán de matar a los cristianos.

Los boticarios venderían sus botes, 

y pondrán sobre sus ojos dos pegotes,

al ver que ninguno acude a su oficina

a buscar para sus males medicina.

Porque esto, a la verdad, sería una locura,

viendo que el vino quita toda calentura.

Omnis calentura curat a vino.

Son los efectos del vino tan probados,

que si muchos lo supieran, no fueran aguados,

pues a más de curar las lombrices,

tiene otros efectos más felices,

quita la reuma y perlesía

y es un gran remedio contra la melancolía.

 

Pero estos efectos no causa todo vino,

y así, pensar en ello sería un desatino,

porque hay vino de si tan pernicioso,

que aún el olor ofende y es dañoso,

de éste bebió Arrio el malvado

cuando en las secretas le hallaron reventado.

¡Ójala, decía el hereje Calvino,

las mujeres que lo gustan bebieran de este vino

para que viendo éstas reventadas, 

quedaran las demás escarmentadas.

 

Más no hablo y de este mi sermón,

hablo, sí, de aquel que echado en el velón

alumbra al dios Baco al mediodía

y por esto alumbrado venía.

Hablo de aquél que en las tabernas

suele hacer a muchos ligeros de piernas,

hablo de aquel que en los bodegones

sufre también sus persecuciones.

Etiam in taberna invenitur persecutio!

Pues mujeres sin juicio y sin cabeza,

¿por qué quitáis al vino su naturaleza?

¿No sabéis que os dice Galeno

que el vino aguado es el peor veneno?

¿Sois vosotras aguadas por ventura?

y si no, ¿quién os ha enseñado a hacer esta mixtura?

¿No os acordáis de aquellos años

en que andaban muy afligidos los aguados?

 

Mas los parientes y amigos del dios Baco

reventarán por la tripa y el sobaco

pues uno escribió desde Tudela

que el agua de aquel vino se había vuelto mistela.

Otro escribió desde Benavente 

que han llovido barriles de aguardiente.

Pero ¿adónde voy, amados fieles?

Desde aquí veo abundancia de moscateles,

y en una palabra, por no causar cansancio,

el mar se convierte en vino rancio.

Pero ¡ay señores! me diréis que el pescado

es en este mundo gran bocado

y si nos faltan los ríos y el mar,

ya los pescadores no podrán pescar.

 

Pero perded cuidado, fieles míos, 

que nunca faltarán pesadores en los ríos,

porque si antes pescabais truchas y barbitos

ahora pescaréis moscas y mosquitos.

Si antes el mar criaba buenas sardinas

ahora criará buenas pantomimas,

mas ya deseosos de ver el diluvio os contemplo

os voy a concluir con un ejemplo.

 

Sucedió que dos ciegos en Añastro

cazaban golondrinas con el rastro,

paraban sus barrillas con primor

y faltándoles la liga a lo mejor 

determinaron pasar a Trujillo

a comprar una cazuela de mostillo.

 

Volvíanse ya después de haberlo comprado,

vieron a un calvo dormir en un prado,

comenzaron a darle gritería

viendo que el calvo nada oía

metió el ciego la mano en el bolsillo

y sacando la cazuela de mostillo

huyó la mano con tal presteza

que se la plantó por gorro en la cabeza

y retirando la cabeza a un lado 

quedose el pobre calvo bien untado.

 

Acuden al punto las abejas

a darle música en la orejas,

las moscas, avispas y moscardones

por la calva se pasean a millones.

El cénife, el tábano, el mosquitillo,

todos acuden al olor del mostillo.

Despierta el pobre con mil sofocaciones

y empieza con la calva a pescozones.

Echa a correr por los zarzales

y van tras él los animales.

 

Halla allí una mujer compadecida

y le encajó una caldera de agua hervida,

con esto el mosquitillo fue limpiado,

pero quedó el pobre calvo bien escaldado.

¡Oh agua, que de todos modos dañas!

¿Habéis oído por ventura cosas más extrañas?

Ea, amados fieles, seguid mis documentos

y dejad el agua para los jumentos.

No os hará daño ninguna merienda

si bebierais vino bueno de Cosuenda.

 

Conservaréis la dentadura blanca

si bebierais vino rancio de Villafranca 

no os dolerá diente ni muela

si bebierais vino rancio de Tudela

pero si éste lo bebiereis aguado

tendréis el estómago avinagrado.

Y tu, ¡oh botella de bota!

no admitas en tu seno

sino vino que sea puro y bueno

que a nosotros de corazón nos pena

que siempre que te vemos no estés llena

y te prometemos, como buenos hermanos,

no dejarte nunca de las manos

y te buscaremos, aunque sea a ciegas,

por eternidad de eternidades en las bodegas.

 

RESPONSO

 El rico y el pobre son dos personas.

El militar lucha por los dos.

El contribuyente por los tres.

El trabajador produce por los cuatro.

El vago come por los cinco.

El estraperlista explota a los seis.

El abogado defiende a los siete.

El defensor absuelve a los ocho.

El farmacéutico envenena a los nueve.

El médico mata a los diez.

El sepulturero entierra a los once

Y el seguro de enfermedad se lleva el dinero de los doce.

 

LOS MANDAMIENTOS

 Alma si quieres que te enseñe

el camino verdadero

para subir a la gloria

guarda bien mis mandamientos.

 

En el primero me acuso

que no amo a Dios como debo

que en igual de darle gracias

siempre le estoy ofendiendo

con mis culpas y pecados

y mis malos pensamientos.

 

En el segundo he echado

más de dos mil juramentos

con esta lengua maldita

sin tener conocimiento

 

En el tercero sabrás

que las fiestas de precepto

todas las he quebrantado

con terrible atrevimiento

con la gente de mi casa

y los criados que tengo

los mandaba a trabajar

para vivir rico avariento.

 

El cuarto honrar padre y madre

y empecé desde pequeño

a no hacer lo que me mandan

y siempre iba reguñendo

me madre echa maldiciones

y mi padre juramentos

contra mi mala crianza

la culpa que tienen ellos

si me hubieran castigado

cuando yo era pequeño

y ahora que soy mayor

tarde les viene el remedio.

 

Padres que tengáis familia

no os veáis como me veo

que por dar gusto a los hijos

padezco tantos tormentos

castigarlos a menudo

para que aprendan lo bueno

para que olviden lo malo

estos son los mandamientos.

 

El quinto es no matar

el quinto me voy diciendo

muchas vidas yo he quitado

sin tener poder para ello.

 

El sexto es no fornicar

¡Oh, Padre mío y maestro,

os vuelvo a crucificar

 con mis malos pensamientos!

 

El séptimo es no hurtar

atención cristiano bueno

mucha hacienda yo he quitado

restituirla no puedo

porque el demonio me engaña

y Judas el enredero

me dice que no lo pague

que todavía tengo tiempo

que tengo que vivir cien años

y es engaño manifiesto

que lo hace por engañarme

porque sea uno de ellos.

 

El octavo no levantes

falso testimonio, tengo

muchas culpas contra mí

las que ahora lloro y siento

en mi sacar nada en limpio

ni tampoco de provecho

si no es condenar mi alma

a los profundos infiernos.

 

El noveno no desees

hombre ni mujer ajena

que el juez de vivos y muertos

está a la mano derecha

sentado en su tribunal

te dirá de esta manera:

“Yo te di un alma muy limpia

que cuenta me darás de ella,

yo te di cinco sentidos

también te di tres potencias

memoria y entendimiento

y voluntad verdadera.

 

El décimo no codicies

a tu prójimo los bienes

que con los tuyos que tienes

contento debes estar

relucirás en el cielo

como un hermoso cristal.

 

Guarda bien mis mandamientos

buen cristiano por tu fe

si mis mandamientos guardas

yo la gloria te daré.

 

LOS SANTOS REYES

 Esta noche son los Reyes

primeras fiestas del año

donde damas y galanes

a Dios piden aguinaldo

yo se lo vengo a pedir

a este caballero honrado.

 

Del Oriente Persia salen

tres reyes con alegría

van guiados de una estrella

luces de noche y día.

 

Esta estrella no es errante

ni es cometa dividida

que es un ángel que anunció

a los pastores la dicha

del nacimiento dichoso

de aquel Divino Mesías.

 

Caminan los tres gustosos

y llegando a Palestina

la estrella se retiró

porque Dios así lo quería.

 

No preguntan por posada

ni tampoco por comida

preguntan por aquel Rey

que es el autor de la vida.

 

Van al portal de Belén

donde la estrella les guía

vieron al recién nacido

en los brazos de María

y con grande reverencia

se postraron de rodillas.

Y al Niño Jesús adoran

y a su madre esclarecida

el uno le ofrece oro

el otro le ofrece mirra

y el otro le ofrece incienso

que para el cielo caminan.

 

Estos soberanos dones

que ofrecen con alegría

los heredaron de Abraham

y de su genealogía.

 

Oro ofrecen como rey

de todas las jerarquías,

el incienso como a Dios

potencia grande infinita, 

la mirra como a mortal

misterios que ellos creían.

 

Este día de los Reyes

celebra la Iglesia misma

y su sagrado bautismo

en enero a los seis días.

Este día se pusieron

los tres reyes a una pila

donde fueron bautizados

por su ley santa y divina.

 

Tomás les echaba el agua

y su nombre les ponía,

a uno le puso Melchor,

a otro Gaspar ponía, 

a otro Baltasar,

¡Oh, que feliz compañía!

Los años que éstos vivieron

en esta mortal vida

Melchor vivió 120

¡Oh, que edad tan florecida!

Gaspar vivió 110

¡Oh, que edad tan peregrina!

Baltasar 83

también edad muy cumplida.

En el año del setenta

según la pluma lo dicta

recibieron el martirio

por la iglesia esclarecida.

 

Y ahora, ilustres señores,

los que en esta casa habitan

mándenos el aguinaldo

para que logren la dicha

del nacimiento dichoso

del aquel divino Mesías.

 

EN EL AÑO 2.000

 El que viva en el año 2.000

verá con asombro los tiempos cambios (bis)

pues no hará falta ni el albañil

aunque haya goteras en algún tejado.

Las niñeras serán suprimidas

porque los chiquillos ya vendrán criados

en los parques y avenidas

ya no las veremos con tantos soldados.

Los políticos no tendrán vida

ya el Congreso estará derribado

y cualquiera que una cosa pida

al momento lo tendrá aprobado.

Los serenos se darán el piro

porque ya las casas no tendrán portal

y cualquiera tendrá un autogiro

con una azotea para aterrizar.

No habrá huelgas, ni palos, ni tiros

porque ya la gente será muy formal

y los guardas serán despedidos 

para su trabajo no habrá material.

Por la calle será perseguido

todo aquel que quiera vivir de un jornal

pero, en cambio, será distinguido

aquel que no quiera trabajar.

En el viaje directo a la luna

en quince minutos se podrá llegar

y podrá, sin molestia alguna, 

subir a la luna y volver a bajar.

Los camellos, los cerdos y bueyes

encima del agua podrán galopar

y cualquiera será hombre de leyes

porque los borricos ya sabrán hablar.

Pero  ya se me aflojan los muelles

y con su permiso me voy a acostar,

mi cabeza tengo como un fuelle

y al año 2.000 no pienso llegar.

 

BONITA SOTA

 Todo soltero me escuche

la letrilla de esta plana

que voy a decir verdades

de lo que pasa en España.

 

Daremos principio 

por las solteritas

que aunque sean feas

parecen bonitas,

parece mentira 

pero no lo es

con esta letrilla 

lo voy a hacer ver.

 

De catorce a quince años

ya quieren tener marido

y por no se menos que otras

tratan de hacerse un vestido

y lo hacen elegante

de rico percal

pero las enaguas 

son de algún costal

si lo digo todo

me muero de risa

mucho de vestido

poco de camisa.

 

De quince a los dieciocho

ya les gusta la función

bailes, comedias y toros

suelen ser su diversión, 

se pintan la cara,

míranse al espejo

se van por las plazas

si hallan un cortejo

ellas lo que quieren 

tener un buen novio

teniendo dinero

aunque sea un vicioso.

 

De los dieciocho a los

veinte todas quieren casar

pero el tiempo lo pasan 

arreglándose el altar,

salen a la calle

con mucha belleza

aquél que las mira 

parecen marquesas

mucho ringorrango

mucho rigodón

y ninguna sabe 

coser un botón.

 

Vicentita, mi vecina,

sabe mucho presumir

pero la infeliz no sabe

un par de huevos freír,

el otro día por suerte

vi las enaguas

y hasta en los ribetes

lleva telarañas,

lleva la camisa 

igual que el carbón

porque hace tres meses 

que no se mudó.

 

Hay mozas que dan la coba

a la majestad divina

no saben coger la escoba

para barrer la cocina,

pasean las calles 

con mucha finura

alerta mocitos 

todo es compostura

su tipo y su garbo

va muy compuesto 

pero la bonura 

la llevan por dentro.

 

Las mocitas de hoy en día

se gastan unos zapatos

que no sé como se tienen

con ese tacón tan alto

con esos escotes

esta es la razón

llevan unas faldas

¡qué barbaridad!

de tan apretadas

no pueden andar.

 

María, la Candelaria,

es una mujer valiente

pero que la gusta mucho

el vino y el aguardiente

y jugando al burro

 se pasa los ratos

y al pobre marido

le lleva descalzo.

 

Aprendan los hombres

de esta satirilla

y de cada palo

fuera una costilla.

 

Segunda parte

 He dicho de las mocitas

por el modo de vestir

también las casaditas

queda mucho que decir.

Sale Juan de casa 

para su taller

y ellas, entonces,

comer y beber.

Se beben el vino

se comen las magras

y luego se acuestan,

dicen que están malas.

 

Hay mujeres que se casan

sin saber la obligación

el trabajo de su casa

ni pegar un mal botón,

el pobre marido

ha de trabajar

y luego la casa

tiene que arreglar,

ha de hacer la cama

y después fregar

y por la mañana

sacar el orinal.

 

Yo conozco a una casada

que bien se sabe arreglar

ni encender el fuego sabe

cuando se pone a guisar, 

de comer acaba,

toda se embelesa

se duerme en la silla

sin quitar la mesa

si a barrer se pone

la grande gorrina

a pares de coces 

aparta las sillas.

 

Lo que una soltera tiene 

para saberse arreglar

lo tiene de desdichada

cuando se llega a casar.

Yo conozco una 

que se componía 

y ahora se compara

con la porquería,

lavarse no quiere,

del agua se aleja

ya le nace la hierba

detrás de las orejas.

 

Vivir alerta mocitos

que esto no es ponderación

el que pretenda casarse

le sirva esto de lección.

Si alguno se casa,

que no sea torpe,

para reglamento

que compre una garrota,

que aprenda a coser

y a hacer de comer

y si no el pellejo 

se vuelve al revés.

 

He dicho de las mujeres

el arte de enamorar

pero también de los hombres

tenemos algo que hablar, 

que hay algunos hombres

que a sus mujercitas

las mandan, a veces, 

a varias visitas.

Comen bien y beben,

viven a lo trino

cuántos garrotazos 

merecen algunos.

 

Vivir alerta mocitas

la que se quiera casar

que aquel que parece ermita

resulta ser catedral,

que hoy algunos hombres

buscan la mujer

para después hacerla

ganar de comer.

Ellos lo que quieren

tener siempre un duro

y a la mujer darle

palos como a un burro.

 

También hay algunos hombres

que tienen mucha afición

a estar siempre en las tabernas,

venga vino y venga ron

y al llegar a casa

con la filoxera 

bailan los platos,

ollas y cazuelas.

Si la mujer habla,

con toda razón, 

le coge un garrote

y hace la instrucción.

 

BANDO DEL ALCALDE DE VALDESIERRA

 Yo, D. Cerilo La Garra,

alcalde de Valdesierra

y sus barrios adyacentes

y demás icétera, icétera

hago saber y dispongo:

Que en verano y primavera

cuando suben los calores

y se princpia la siega

no se consienta a las mozas

que ya pasen de quinceañeras

vayan con los brazos desnudos

y con las piernas sin medias

por los paseos de Soto

ni por las calles ni plazuelas

salvo a mujeres perdidas

que perdieron la vergüenza

que éstas, como hijas del diablo,

tienen “pa” eso licencia

con tal que no se presenten

por la plaza o por la iglesia

puesto que público sano 

no consiente la indecencia

y cuando ocurra que alguna

sea del pueblo o de fuera

se presente de esa facha

de “zarramandusca” fresca

entonces todos los chicos 

y chicuelas de la escuela

preparen bueno manojos 

de ortigas que llaman meñas

y a las que infrinjan el bando

les froten brazos y piernas.

 

                                  Vuestro alcalde

                                  Cerilo La Garra

 

DADO EN VALDESIERRA

 El pastor me hace señas

con la zamarra

qué querrá ese demonio

tan de mañana.

 

De tres días casados

me dijo el mi Juan

venderé los coralitos

que no hay para pan.

 

La pastora responde

muy enfadada

venderé el zurrón primero

que la zamarra.

 

Venderé hasta la lezna

si es de menester

aunque me hace falta

como la mujer.

 

La chiflita no la vendas

por amor de Dios

que es el mayor consuelo

para entre los dos.

 

Porque si al monte voy

a llevar comida

con ella me despiertas

si estoy dormida.

 

Vamos a lo que trajiste

al casamiento

tú trajiste

una cabra con dos cabritos,

la cabra que llamamos 

los resbalitos.

 

Tú trajiste un perro

y ocho cencerros

y unas tijeras grandes

de afeitar viejas.

 

Con esto me dispido

de vos señores

que este es el testamento

de los pastores.

 

 

LOS SACRAMENTOS

 Si quieres oír madama

los sacramentos cantar

incorpórate en la cama

los vamos a principiar.

 

El primero es el Bautismo

ya sé que estás bautizada

que te bautizó el cura

para ser buena cristiana

 

El segundo es confirmación

ya sé que estás confirmada

que te confirmó el obispo

para ser purificada.

 

El tercero penitencia

esa que me echan a mi

que el hablar contigo a solas

no lo puedo conseguir

 

El cuarto es la comunión

recíbela con anhelo

que si la recibes bien

derechita irás al cielo.

 

El quinto es la extremaunción

la que dan a los enfermos

a mi me la pueden dar

que por tus amores muero.

 

El sexto es el sacerdote

nunca lo he podido ser

toda mi vida estudiando

en los libros del querer.

 

El séptimo matrimonio

el que dan a los casados

si tú quieres y yo quiero

juntos seremos velados.

 

RECETAS CURATIVAS

Para el dolor de cabeza

Se coge trementina y cocaína, lengua de una gorrina, el rabillo de una boina, un metro de muselina, una caja de vaselina una lata de sardinas, una espuerta de tragaminas.

Todo esto bien mezclado se echa en un barril de mata de perejil, los colmillos de un jabalí, los pelos de un puerco espín, las escurriduras de un barril esencia de calcetín, el palillo de un pirulí, se mueve con una caña, se empapan cinco pañuelos, se pone en el cerebelo. Y si no se cura usted con este invento del demonio prepárese un equipaje que le espera el manicomio.

 

 Para el dolor de muelas

 Se cogen tres sanguijuelas, seis zarpas de cazuela, el pávilo de un vela, cinco pedazos de suela, el refajo de mi abuela, las tripas de mi casera, un pedazo de éster. Después se coge almidón , pellejo de salchichón, las llantas de un camión, las pepitas de un melón, el pitorro de un balón, las lanas de un colchón, tres pastillas de almidón, los flecos de un mantón. Todo esto bien mezclado con escamas de pescado y escarabajos machacados. Se amarra a la muela con un cordel de siete metros. Se echa usted en la boca lo que dice la receta y por la gloria de mi madre que se vuelve majareta.

 

Para los callos

 Se coge nitrato, orina de gato, suela de zapato, legañas de gato, lengua de chivato, cincuenta gusarapos. Se meten en un saco, se amarran con un trapo. Después se coge el pie, la sierra de un carpintero, la gorra de un cochero, la mano de un mortero, un pellejo de vino, las tripas de un cochino, cincuenta o cien pepinos. Se llevan a un molino, se muelen con tocino y si no se cura usted con esta gran receta no compre más medicinas y cómprese una muleta.

 

Para el estómago

Se coge una col, las manillas de un reloj, cinco bolas de alcanfor, los palillos de un tambor, los cuernos de un caracol. Todo esto, bien molido, se echa en un hornillo con cinco arrobas de sal, los alambres de un bozal, un cuarto kilo de cal, los calzoncillos de un rajá, medio litro de aguarrás, una araña disecada. Se machaca en un mortero con cascarones de huevo, las tripas de un borrego y la coleta de un torero.

El que padezca de estómago que lo toma al acostarse y, por la salud de mi suegra, que no vuelve a levantarse.

 

 

 

Rebeca Calvo es una escritora íntimamente relacionada con Humada pues convivió entre nosotros durante parte de su niñez y adolescencia a finales de la década de los cincuenta e inicio de los sesenta del siglo pasado.

 Los que ya tenemos juventud acumulada recordamos a aquella niña vivaracha y sencilla, hija de don Gregorio, entregado profesional que ejerció la medicina en nuestro pueblo, y de doña Nuncy. 

 Entre los recuerdos de nuestra infancia nos viene a la memoria cuando, las tardes de los domingos, después del rosario, nos juntábamos en su casa cerca de una decena de chavales para ver en la tele las aventuras de Ben, y sus hijos, Adam, Hoos y Joe protagonistas de la serie Bonanza, siendo siempre atendidos con amabilidad y paciencia por sus padres.

 En la escuela del pueblo aprendió las primeras letras, “la maestra que me desasnó fue Aurora”, afirma, y tras hacer el bachiller en Burgos, estudió derecho en la Universidad Complutense de Madrid, pero su gran pasión es la Historia, herencia de su padre, carrera que debiera haber cursado según reconoce.

Rebeca, aunque madrileña de nacimiento, siempre aprovecha cualquier ocasión para poner de manifiesto su afecto y estima por nuestro pueblo. “Yo estoy en Madrid ahora pero mi corazón está allí» afirma cuando se le pregunta por su estancia entre nosotros. Tanto es así que nuestro pueblo y muchos de los vecinos de aquella época aparecen en sus novelas.

 La producción literaria de Rebeca no es extensa pero no por ello exenta de calidad, decantándose por la narrativa histórica y el ensayo. Entre los títulos de sus novelas destacan: “El fantasma del corral de la Pacheca”“La gran Berengaria” y “Las recetas de Solita” o la cocina de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.

Últimamente ha escrito una novela histórica titulada"Amalasunta"

 A continuación recogemos una breve sinopsis de estas novelas

  •  EL FANTASMA DEL CORRAL DE LA PACHECA

En El fantasma del Corral de la Pacheca se refleja la cotidianidad del Madrid barroco, destino de gentes en busca de sus ideales, ciudad en plena ebullición y crecimiento en la que todo estaba por hacer y donde todo podía ocurrir. 

Argumento:

El morisco Alcarramanán Said llega a Madrid desde su Málaga natal en busca de trabajo y libertad. En la nueva capital en construcción conoce a Quevedo, pasando a trabajar a sus servicios. Said empieza a frecuentar los divertidos corrales de comedias y en el de la Pacheca conoce a Teodora, su gran amor. Pero un consejero de la Suprema anda por medio y se truncarán todos sus planes. En las cocinas del actual Corral de la Pacheca ocurren cosas extrañas y M. Flores, su cocinero, está dispuesto a averiguar quién es el responsable. Así conocerá a Said. Miguel decide escribir la historia que el fantasma del Corral de la Pacheca ha decidido contarle, incluyendo las recetas culinarias que predice serán magistrales. El fantasma accede a acompañar a Miguel durante la producción de su libro con la condición de que le deje utilizar la cocina del tablao. Comienza un viaje histórico por diferentes etapas. De este modo se establece una relación entre ambos, que ayudará a Miguel a conseguir sus sueños y alejarse de sus frustraciones.

  •  LA GRAN BERENGARIA

Rebeca dedica su segunda novela a la reina Berenguela, aunque el aborto y la Sábana Santa completan el hilo argumental.

Berenguela I de Castilla, conocida también como la Gran Berengaria, asumió el trono castellano en 1217 y fue reina consorte de León entre 1197 y 1204.

Sobre Berenguela circula una leyenda negra que le atribuye la muerte de su hermano Enrique, de tan sólo trece años, para quedarse con la corona. En esta época eran frecuentes las políticas matrimoniales y las intrigas palaciegas, llegando a veces al asesinato de consejeros, reyes y príncipes.

Sin embargo al poco de tomar posesión como reina en el año 1217 abdicó a favor de su hijo Fernando III el Santo. Pese a que no quiso ser reina, Berenguela actuó como consejera, interviniendo en la política del reino de forma indirecta.

Sobre este personaje histórico Rebeca opina que “era una mujer muy sensata, diplomática, inteligente y amante de la cultura. De todas formas la reina Berenguela no está en el lugar que le corresponde, aunque es algo que pasa con la mayoría de las reinas”

Aunque, como hemos indicado más arriba, la Gran Berengaria ocupa el lugar central de la novela no es el único pilar de su argumento. El origen y la veracidad de la Sábana Santa y el aborto, dos temas relacionados con una indulgencia que otorga la Iglesia a las mujeres que peregrinan a Turín, están también presentes en el libro.

 Para entenderlo, o al menos para saber por dónde van los tiros, basta leer la declaración de principios que la escritora narra en el apartado de desagradecimientos: «No tengo nada que agradecer a todos aquellos que me han puesto zancadillas a nivel personal y de forma genérica por ser mujer. Entran en este apartado todos los dirigentes de cualquier religión que en el mundo son o han sido. A pesar de sus buenas palabras sólo han entorpecido el caminar de la mujer por la vida».

 Burgos tiene un papel protagonista en La Gran Berengaria.. Rebeca describe la ciudad como un «oasis cultural», una urbe luminosa que contrastaba con la sordidez y mala cara que mostraban el resto de villas castellanas.

 Argumento

Sara, una señora cercana a los cincuenta, casada, madre de tres hijos y católica practicante, que viaja a Italia para implorar su perdón al Papa tras abortar. En Turín, con motivo de visitar la Sábana Santa conoce a un sacerdote quien le regala un manuscrito que es la traducción de un becerro escrito por un monje del monasterio de San Juan de Burgos en el que narra los hechos acaecidos durante la vida de Berenguela. Este monje, por casualidad, descubre el verdadero origen de la Sábana Santa.

 

 

  • LAS RECETAS DE SOLITA: LA COCINA DE LOS EPISODIOS NACIONALES

En homenaje a Benito Perez Galdós, Rebeca Calvo ha hecho un repaso minucioso de la gastronomía en los 46 tomos de los Episodios Nacionales. El punto de partida es el recetario de Soledad Gil de la Cuadra (Solita). Rebeca también describe los establecimientos gastronómicos y principales personajes que aparecen en la obra de Don Benito.

 Han pasado casi cien años desde que Galdós expresase su sentir culinario en los Episodios Nacionales. Él decía que en España no se comía, se engullía. Describió en sus 46 tomos -que, por cierto, son muy amenos a pesar de la “fama” que tienen- el comer diario en todos los estratos sociales de la época y lo que abunda es llenar la panza para saciar el hambre, tan endémico en nuestro país según opinión galdosiana. Abundaban grasos pucheros y sopas caldudas como le gustaban a don Juanhondón, en detrimento de los consomés introducidos por Lhardy y preferidos por Rivas Guisando.

 Han pasado casi cien años y las cosas han cambiado bastante en nuestro panorama gastronómico. Ahora nos hemos pasado al lado contrario y comemos, sin rechistar, tortillas desestructuradas que se cuajan en la boca, extraños gazpachos de ingredientes impensables,. Creo que la virtud está en el medio, como siempre. Pero al menos se ha dejado de engullir.

 Dos amores son los que me han llevado a escribir este libro: por un lado mi afición a la gastronomía, no sólo es divertida, también ayuda a conocer otras culturas, otros momentos históricos. Precisamente la historia es el nexo de unión que me lleva a mi otra pasión: Los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. En ellos se describen hechos históricos, así como todas las facetas de la sociedad española del siglo XIX, incluyendo, cómo no, restaurantes, tabernas, fondas, cafés, puestos callejeros…y la cocina casera.

 Si debo destacar algo de La Gastronomía en los Episodios Nacionales, son Las Ordubres, palabreja de la época para designar los entremeses y que Don Benito describe magistralmente en su episodio Montes de Oca. Por supuesto me he apropiado del vocablo para encabezar las recetas que aparecen en “Las Recetas de Solita”.

La autora.

 

  • AMALASUNTA

En otra página de esta web publicamos esta novela, aún inédita, que Rebeca nos ofrece en primicia.

 

En Amalasunta, narra la historia de esa reina ostrogoda. Gran mujer, inteligente, culta que regentó Italia tras la caída del Imperio Romano de Occidente. En dicha página encontraréis más información al respecto proporcionada por su autora.

 

Aprovecho la ocasión para agradecer a Rebeca su colaboración, ya que como dijimos esta web pretende ser de, por y para quienes Humada significa algo más que el pueblo que nos vio nacer.

 

 

 Rebeca Calvo nos invita, en primicia, a leer su última novela

Como ya hemos indicado en otra página Rebeca es una escritora íntimamente relacionada con Humada donde pasó parte de su infancia y adolescencia.

 Su pasión por nuestro pueblo es tal que aprovecha sus obras para introducir alguna referencia a Humada, ya se narrando sus costumbres y forma de vida de mediados del siglo pasado, o asignando a sus personajes nombres de los convecinos que vivieron en nuestro pueblo en aquellos años.

 Pero mejor que sea ella misma quien nos haga una breve sinopsis de su producción literaria y nos presente su último libro, aún no publicado, y que nos presenta en exclusiva.

 Creo  que es de agradecer la deferencia de Rebeca para con los seguidores de esta web ofreciéndonos la posibilidad de ocupar parte de nuestro tiempo en esta época de vacaciones disfrutando de su lectura. 

 "Mi curriculo como escritora es corto, pues, aunque haya escrito desde siempre y tenga en el cajón bastantes manuscritos, sólo he podido publicar tres libros ("El Fantasma del Corral de la Pacheca"; "La Gran Berengaria"; y "Las Recetas de Solita" o la comida en los Episodios Nacionales de B. Pérez Galdós). El negocio de la edición es tortuoso y hace falta moverse mucho y tener un nombre en la literatura para que se llegue a publicar un libro propio. No es mi caso, pues no he insistido ni he hecho relaciones públicas, ni marketing; sólo he escrito.

 Este libro que quiero forme parte de la página web de Humada es la historia de una reina ostrogoda, Amalasunta. Gran mujer, inteligente, culta que regentó Italia tras la caída del Imperio Romano de Occidente.

 Tenemos una idea equivocada de los godos, creo que es debida a una mala enseñanza de la Historia. Sólo nos acordamos de las famosas listas de reyes visigodos que nos hicieron estudiar de pequeños. Así, cualquiera odia a esos señores. Pero debemos pensar que eran seres humanos como nosotros, con sus odios, amores, ambiciones...

 Siempre me ha interesado la Historia (herencia paterna) y en particular las historias de las reinas, creo que se conoce poco de ellas. Por eso dentro de la colección Galería de Reinas, el segundo volumen está dedicado a la reina ostrrogoda, Amalasunta.

 Como siempre que puedo introduzco algún comentario sobre Humada, en este libro tampoco podía faltar mi referencia a Humada, a quien llevo siempre en mi corazón."

 

                                                                                                     Rebeca C.

 

 

 

 

ÁRBOL GENEALÓGICO DE AMALASUNTA 

 

                                                  La fortaleza del lago

A pesar del tibio sol de la tarde, Amalasunta da un paseo solitario por la orilla. Las olas, más grandes que de costumbre, mojan los bajos de su túnica granate, pero no le importa, los pensamientos cruzados que pueblan su cabeza no quieren marcharse y ocupan toda su atención. Le gusta sentir en la cara el cecius* soplando fuerte  portando aromas de su querida Rávena. ¿Habrá llegado su nota a Casiodoro?  Rodeada de enemigos es incrédula al respecto, puede que el esclavo al que se la dio ya esté muerto. Le dejan andar libremente y sin escolta porque es imposible salir de la pequeña isla en la que está presa; incluso puede pasear fuera de la fortaleza en la que vive y caminar por la orilla. Las frías aguas del lago Vulsinio (actual lago de Bolsena) son la mejor barrera que frena a Amalasunta para iniciar la huida. Tan convencido está su primo de que no podrá escapar de allí que sólo la vigilan diez soldados y una cocinera. El sacerdote mandado llamar por la Reina aún tardará en llegar, pues tiene que pasar un examen de fidelidad y Teodato no está seguro de encontrar alguno en todo el reino que cumpla esas condiciones.

Oscurece, y Amalasunta entra en su prisión; una fortaleza en la isla Martana propiedad de su primo Teodato; desde su habitación aún sigue escuchando el rumor de las olas que le recuerdan su querido mar, cuando jugaba de pequeña con otras niñas en las cercanas playas del Adriático. Hasta parece sentir su aroma a salitre. Ahora, en su estancia, recostada en el lecho y con las olas de fondo se siente sola, profundamente sola; sí, sabe que es querida entre su pueblo, que los romanos también la quieren, que tiene un nutrido grupo de amigos, senadores, prefectos, gente importante apoyándola, a pesar de ser mujer y reina de los ostrogodos, pero ¡qué sola se siente! No tiene a nadie cercano de verdad, sólo le quedan Casiodoro, su hija, Matasunta,  por supuesto su fiel Marcelina y ¡cómo no!, su perrita, Frida junto a los restantes perros. Todos los demás han muerto o no sabe de ellos; su querido hijo, Atalarico, muerto en plena juventud cuando acababa de cumplir dieciocho años; su amado padre, Teodorico; su marido, Eutarico; Boecio, su buen amigo, que pasó por el mismo trance en el que está ella ahora…Todos, han muerto.

 Aunque no está segura de su futuro y puede que hasta sea liberada, pues no sabe qué decisión tomará Teodato, vive su prisión con incertidumbre; en cambio Boecio supo casi desde el principio que sería condenado a muerte, como así fue. Qué valor el de su amigo, estar condenado a muerte y pasar el tiempo que le quedaba escribiendo un libro, su mejor obra, la mejor obra filosófica de la época “La Consolación de la Filosofía”. Con qué cariño relee las letras que le regaló el propio Severino Boecio cuando fue a visitarlo a la cárcel de Pavía; ¡cuánto intercedió ante su padre para que le perdonara la vida a su amigo y compañero de fructíferas charlas!. Los tres, Amalasunta, Aurelio Casiodoro y Severino Boecio, compañeros de estudios los dos primeros y todos amigos, se reunían casi a diario para comentar y discutir sobre cualquier cosa, daba igual si el tema era una decisión real, un decreto sobre el senado antiguo o el de su padre, una disputa cristológica…, hasta sobre temas culinarios discutían, todo por el afán de aprender unos de otros, pues los tres eran conocidos entre ostrogodos y romanos como grandes eruditos. ¡Cuánto debió sufrir Boecio! Cómo le dolió su muerte a Amalasunta,  impotente y frustrada al no conseguir que su padre cambiara de opinión. Ni siquiera el recuerdo de la famosa laudatio* sobre Teodorico pronunciada por Boecio al comienzo de su reinado le hizo cambiar de idea.

De magister officiorum a morir apaleado en Pavía, el trece de octubre del año 525, previo encarcelamiento esperando la decisión senatorial. En realidad Teodorico ya había tomado la decisión de ajusticiarlo, debía dar ejemplo a su pueblo y forzó al Senado de Roma para que dictase  la sentencia de muerte.

- Nadie, por muy alto que esté, debe ser sospechoso de traición.

- Pero padre, sabes que no se ha hecho una verdadera indagación de los hechos; que todo son conjeturas, pues el favor de Boecio a Justiniano no está probado. Fuiste vos quien lo mandó a Constantinopla… En cuanto a las otras acusaciones de mago y sacrílego, sabes muy bien que son calumnias, conozco muy bien a Severino y sé que son mentiras. Si se ha acercado a la cultura pagana o a ritos mágicos es sólo por estudio, no por creencia.

- Amalasunta, déjalo, no quiero entablar una discusión contigo, aunque dialécticamente vencieras, sabes que el poder lo ejerzo yo.

Es todo cuestión de poder.

Con tanto como amaba a su padre, en aquellos momentos le hubiera abofeteado como a un esclavo pillado en falta. Hubo un antes y un después en el afecto que sentía por su padre, ya nunca fue igual, una especie de frío había entrado por sus venas recorriéndo todo su cuerpo y los abrazos de Teodorico nunca le supieron tan cálidos.

Cuando a Amalasunta le tocó ser reina, una de las primeras cosas que hizo fue restituir bienes y honores a la familia de Boecio; consolar a Rusticiana, la viuda obligada a vagar por las calles en busca de un mendrugo para poder comer, pues NADA le dejaron. Era costumbre desposeer de bienes a la familia del condenado, cuanto más si lo era por traición. También restituyó los bienes de la esposa de Símaco, suegro del filósofo mandado también ejecutar por Teodorico.

Cómo se acuerda de su amigo; tumbada en el lecho de su prisión que para una prisionera es hasta lujoso, se acuerda del amigo, del filósofo y de la víctima. Como ella, víctima de un error propio, de un error al haber unido en el poder al resentido de su primo; víctima de unas leyes que le impiden ejercer el poder por el único y pequeño detalle de ser mujer. Ella sabe que está mejor preparada para ejercer el poder real que la mayoría de hombres de su alrededor, pero en el mundo godo es impensable que una mujer sea reina titular, siempre será consorte. Aunque lo sea de un mal rey.

Se le pasó por las mientes, cuando todavía vivían su marido y su padre, proponer cambiar la ley, igualar mujer y hombre en el trono, pero ni pudo empezar a desarrollar la idea frente a su padre, éste le soltó un exabrupto y dio por zanjada la cuestión. Su marido, Eutarico, en cambio, era más proclive, pero murió pronto sin ni siquiera poder reinar. La dichosa ley sálica de Clodoveo era una de las muchas razones por las que siempre le tuvo manía, la otra…, la otra era de carácter sentimental, Clodoveo fue el asesino de su gran amor de adolescencia, Máximo.

En su habitación de la fortaleza Martana le da tiempo para pensar en todo, los pensamientos se suceden cómo relámpagos en plena tormenta. Apenas ha cenado. ¡Con lo que le ha gustado siempre comer!, pero el viento le ha quitado el apetito y esta noche sopla más fuerte que de costumbre.

Es la segunda noche que pasa prisionera en la fortaleza de su primo en el lago Vulsinio y comienza a darse verdadera cuenta de la magnitud de los hechos recientes, siente una punzada lacerante en el pecho que casi le impide respirar.

Aún resuenan en su cabeza las zancadas de los soldados que fueron a prenderla haciendo ese ruido característico con sus botas sobre el mármol del palacio real. Se arrepiente de no haber estado prevenida, de no haber escuchado las voces que le aconsejaban contra su primo, pero ya es tarde para arrepentimientos. Iban armados con sus grandes lanzas y las espadas desenvainadas para repeler una posible defensa; pero estaba sola, únicamente acompañada por Frida y su querida Marcelina, que es más que su madre para la Reina; pues, excepto parirla, siempre ha estado junto a ella en todos los instantes de su vida, en los buenos y en los malos. Sus consejos siempre fueron puros, desinteresados y casi siempre acertados. Luchadora como el dios Marte a pesar de su pequeña talla latina, a los ojos de Amalasunta es la persona que está más alta en su consideración. Cuando los soldados obligaron a la Reina a vestirse para llevarla prisionera, Marcela quiso acompañarla pero, a petición de su niña, como siempre la llamaba, se quedó para cuidar a su perrita Frida y a Matasunta, la única de la familia que todavía quedaba con vida.

Ahora está apesadumbrada de no tenerla a su lado, de no poder sentir el consuelo de sus charlas y cotilleos; sólo el pensamiento de que cuidará de su hija mejor que el más fiero gladiador  la consuela de su soledad; por supuesto la pequeña Frida y los demás perros estarán bien en manos del ama.

Muchas veces jugaba con Marcelina a leerse la mente, una pensaba en una flor y la otra debía adivinarla en tres intentos; los días que se les daba bien lograron acertar casi siempre a la primera al menos cinco flores distintas. Otras veces eran animales, números o nombres de personas lo que se debía adivinar; de las dos, era Marcelina quien demostraba más poder adivinatorio.

 En su segunda noche de prisión, sobre el lecho, Amalasunta hace ejercicios telepáticos con su ama, intenta por todos los medios trasmitirle un mensaje:”llama a Justiniano”, “llama al emperador”. Es su única manera de poder comunicarse con el exterior, lo hace sobre todo para tranquilizarse, para poder entrar en el sueño que le aislará durante unas horas de la terrible realidad en la que vive.

No es que desconfíe de Casiodoro, a pesar de su amistad con Cipriano sabe que la quiere de verdad, pero el poder del emperador bizantino es más efectivo y si se enterara de que Teodato ha encarcelado a Amala caería como un trueno sobre la codiciosa cabeza de su primo.  “Marcela, llama a Justiniano”, “llámale”, sigue con su cantinela.

Qué larga se hace la noche cuando no se puede dormir.

No debo dejarme llevar por las preocupaciones ni por los malos pensamientos-se dice a sí misma para animarse-. A pesar de todo, mi pueblo me quiere y hará algo para sacarme de este terror. Qué tonta fui al elegir a Teodato, creí que había olvidado, que no era vengativo, que compartir el trono habría cubierto su ambición. No debo desesperarme, Marcela, Matasunta, Casiodoro, Totila, Wulfredo… no estarán quietos, seguro que están preparando mi liberación de alguna forma.

Amalasunta está en lo cierto y el gran grupo de amigos y partidarios que tiene, una vez en conocimiento de la fortaleza en la que está presa, se han movilizado para reunir el número suficiente de soldados y acudir en su ayuda. Pero la empresa no es fácil, Teodato se ha atrevido a dar un paso definitivo y tiene que llegar hasta las últimas consecuencias. Ella lo sabe y espera con la angustia de la incertidumbre, esa incertidumbre que anida en nuestro ánimo cuando esperamos la posibilidad de una mala noticia; espera que en cualquier momento la ejecuten, sabe que es un rehén peligroso. Lo que le extraña es que no lo hayan hecho ya y ese pequeño resquicio en su duda, es lo que le hace concebir alguna esperanza.

Los minutos se deslizan despacio durante la triste noche, la anhelada luz matinal no acaba de explosionar, no sabe cuánto le queda a la noche pero para ella es demasiado. Ya ha aprendido que el día amanece cuando los primeros rayos del sol entran por el alto ventanuco situado a la derecha de su cama, y lo mira fijamente, hipnotizada, esperando ver la más mínima claridad. Cuando se pasa una mala noche, ya por problemas, por dolencias o por cualquier otro motivo y llega el día, ¡cuánta alegría!; es una tontería porque los problemas siguen ahí, pero el día hace que nos enfrentemos a ellos de otra forma, con más energía, los problemas parecen empequeñecer con el sol aunque sean los mismos. Esto le pasa a Amalasunta, la noche le hace temer cosas que de día se ve con fuerzas para afrontarlas, por eso es tan importante que duerma, pero no lo consigue. Cualquier ruido que llega desde el exterior la sobrecoge, nota cómo se apodera el miedo de ella, empequeñeciéndole como un ovillo entre la ropa de la cama para pasar desapercibida. Cada tres horas cambia la guardia de la fortaleza y el estruendo de las pisadas de los soldados sobre el pavimento retumba en el corazón de la Reina dejándolo dolorido durante un rato.  Se levanta y da paseos alrededor de su habitación, se arrodilla bajo el ventanuco y reza desesperadamente para que el sueño inunde sus sentidos, para que los anestesie, para que pueda adormecerse aunque sea sólo un rato. Tiene la tentación de rezar el credo arriano, pero se detiene, es católica y se pregunta si convencida, “Creo que hay un solo Dios Padre y en su Hijo unigénito…”. No tiene ganas de entablar una de tantas discusiones religiosas consigo misma y se acuesta sobre el lecho, cansada, pero sin sueño. Sólo le queda una última baza para poder dormir, a la que recurre con frecuencia cuando está desvelada con ese zumbido en la cabeza que machaconamente le hace obsesionarse. Se mete en la cama, se tapa bien hasta la barbilla y se sube lentamente la túnica de dormir que la llega hasta los pies.

Comienza por los pezones, retorciéndolos con firmeza hasta notar cómo se endurecen, después, mientras sigue con la mano izquierda tocándose los pezones, con la derecha baja hasta la entrepierna abierta esperando las maniobras que tan bien conoce, sobre todo desde que quedó viuda. Ninguno de sus múltiples esclavos le hizo surgir el deseo. Se acaricia con la mano el vello rojo como su pelo, el sólo contacto con sus rizos la eriza el pelo de la nuca, poco a poco introduce un dedo hasta alcanzar esa zona que lamía con pasión su marido. De pronto cruza su pensamiento la tosca y bisoja cara de Teodato y, rápida como un relámpago,  escucha el ruido de las armas cuando fueron a prenderla. Tiene que hacer un gran esfuerzo para concentrarse y volver a las placenteras sensaciones onanísticas, quién sabe si por la última vez. Pasan por su mente los dos hombres que ha amado, de entre todos no olvida a Máximo que murió en la batalla de Vouillé; a pesar de ser romano luchó junto a su padre. Pero Amalasunta nunca pone cara al hombre que piensa la va a penetrar cuando se masturba, prefiere imaginar sólo un cuerpo con un buen miembro enhiesto que se introduce en sus entrañas en el mismo instante del clímax. Cuando termina, se relaja y se adormece pensando en qué hubiera pasado si Máximo no hubiera muerto en Vouillè.

Duerme poco pero al menos ha descansado algo; en tensión pero descansada. En el ventanuco ya es de día y espera que la cocinera le traiga el almuerzo. Sofía es griega y, a pesar de haber sido puesta por Teodato para vigilarla, ha  simpatizado en seguida con Amalasunta, hablan las dos en griego, cosa que parece unirlas aunque se conozcan desde hace tan sólo unas horas. Sofía procura cocinar platos sabrosos que supone gustan a la Reina; esta mañana le trae higos rellenos con frutos secos machacados, leche agria al estilo oriental endulzada con miel, y mojama del Tirreno, de las lejanas tierras de su añorado mar.

A pesar del poco apetito que tiene sabe que Sofía se esfuerza en servirla bien, con agrado y se come todo; en cierto modo ella también está prisionera en la isla sin poder salir ni si quiera a comprar víveres. No se sabe por cuánto tiempo la vida de las dos mujeres discurrirá paralela, pero ambas intuyen que la de Amalasunta pende de un hilo, o puede que de una cuerda, la incertidumbre corroe a la Reina por dentro. Todavía es pronto pero cuando haya necesidad de alimento, serán los soldados quienes vayan a tierra firme y compren en el cercano mercado de Valentano, o en la feria que el pueblo de Volsinii celebra cada lunes.

La isla Martana no es demasiado grande, aunque sí lo suficiente para albergar además de la fortaleza en la que está prisionera la Reina una pequeña iglesia y unas pocas casas y huertos de campesinos que se han marchado por orden de Teodato mientras su prima permanezca presa en la fortaleza. Toda precaución es poca,  Teodato se sabe en falta y tiene miedo. Nunca ha sobresalido por su valentía, de lo contrario se hubiera enfrentado a su prima abiertamente, sin tapujos. Pero no, con alevosía ha estudiado primero el momento en el que Amalasunta estuviera indefensa para entrar en el palacio y llevarla prisionera a su fortaleza del lago; y  sabiendo que su prima estaba sola con los gardingos, mandó a prenderla con un batallón de soldados fieles a él.

Una vez tomado el ientaculum*, la Reina, que quiere mantener en lo que pueda sus costumbres, se acerca a la cocina y pide a Sofía que le caliente agua para el baño. Contrariamente a los usos de su pueblo, ella se baña a diario; sólo cuando surge algún imprevisto o si está visitando a sus tropas o haciendo un viaje largo es cuando perdona el baño. Además de por otros motivos ha sido criticada entre algunos ostrogodos por “esa costumbre romana de bañarse”, hasta en eso se ha romanizado, no le basta con hablar latín, comer frecuentemente a la romana, escribir poemas en latín, leer a Cicerón, Tito Livio, o a cualquier otro escritorzucho latino; no le basta con haber sido amiga de Boecio, serlo del Senador Casiodoro…No, encima tiene que bañarse a diario. Una buena y honesta mujer goda no debe bañarse nada más que después del parto y de la menstruación, si quiere. Los hombres, en cambio, sólo se bañarán el día de la boda y si se han manchado excesivamente de sangre y barro tras la batalla.

Como es fácil observar, Amalasunta despierta amores y odios tanto entre su pueblo godo como entre los latinos; no es una mujer que pase desapercibida. Ya desde pequeña destacó, en el palacio de su padre Teodorico, ante el maestro que iba a enseñar a los pequeños de la Corte. Inmediatamente se dio cuenta el maestro de la inteligencia, la curiosidad intelectual y la gran capacidad de estudio de la `pequeña  Amalasunta.

- Es excepcional, majestad –dijo el maestro a su madre, Audofleda-, la princesa está capacitada para todo lo que se proponga, incluso alcanzar la cima del poder. Sé que nunca podrá reinar por ella misma, las leyes lo impiden, pero sería una magnífica reina. En mis largos años de enseñanza nunca he tenido un alumno tan aventajado como vuestra hija.

- Lo que tiene que ser ante todo es piadosa y obedecer a su marido.

- Lo comprendo, majestad, pero si casa con un necio… Su esposo deberá ser hombre instruido y…

- Con que respete su credo…– cortó secamente Audefleda al maestro-, y ahora, puedes retirarte.

Audofleda nunca valoró la capacidad intelectual de su hija, para ella carecía de importancia el saber, pues el conocimiento sólo estaba reservado a cuatro estrafalarios; incluso en los hombres valoraba más la fuerza física que la destreza intelectual. Para ella lo importante en una mujer siempre fue la devoción religiosa y la obediencia al hombre, padre, marido o hermano. La mujer debe estar protegida por un hombre y sometida a él, lo que los romanos llaman estar tutelada, pobre de la viuda que no quiera volver a casar o ingresar en un convento.

Como princesa franca, pues Audofleda es hija de Childerico I, rey de los francos salios y de Basina de Turingia, tuvo acceso a un nivel de educación superior a sus coetáneos, hombres y mujeres, pero Audofleda lo usó para volcarse en su lucha contra la herejía arriana. Era lo único que le molestaba de su esposo, que permaneciera arriano a pesar de sus muchos intentos para convertirle a la fe verdadera del catolicismo.

Por eso cuando el maestro de Amalasunta alabó su inteligencia, Audofleda no pudo reprimir un rechazo instintivo que le hizo sentir culpable; a los hijos hay que quererlos, como así nos enseña nuestro señor Jesucristo, pues también son prójimo, pero algunos son más difíciles de querer que otros. Ese sentimiento de culpa por querer menos a su propia hija, sangre de su sangre, que a sus hijastras Ostrogota y Tiudigota, hijas de un primer matrimonio de Teodorico, lo pretendía expiar rezando constantemente en la capilla de palacio, o en cualquier iglesia de Rávena, aunque siempre prefirió la pequeña capilla del baptisterio neoniano. Allí se encontraba sola frente a sí misma y podía pensar en los sinsabores de la vida; bien es cierto que ella no se podía quejar, pues tuvo suerte de haber nacido princesa y ser la esposa de un gran hombre que además era rey, aun así ya se sabe que el ser humano nunca está feliz del todo y a Audofleda le atormentaba más de lo que hubiera querido la mala relación con su hija. A veces se sentaba en la parte más oscura de los ocho lados que tiene el baptisterio (uno para cada día de la semana y el octavo para conmemorar la Resurrección) y se quedaba traspuesta mirando la imponente figura de San Juan bautizando a Jesús.

Siempre acababan surgiendo excusas para el desamor hacia su hija; por ejemplo recordaba cómo de pequeña Amalasunta, cuando caía enferma, sólo quería que su padre le contase alguna historia sobre batallas en las que él hubiera intervenido, aunque no fueran muy fiables, le consolaba la voz de su padre y se creía a salvo de la enfermedad simplemente escuchando bajo las mantas cualquier historia que él le contaba, eso a su madre le dolía; también estaba el tema de la edad, sus hijastras eran de su misma edad y las consideraba como hermanas. En cambio, frente a Amalasunta sentía una especie de responsabilidad que le pesaba en el ánimo, quizás fuera porque la veía demasiado parecida a su padre, con la misma firmeza de carácter y la misma curiosidad intelectual de Teodorico. Entre los dos se entendían a la perfección, a veces hasta sin palabras se comunicaban padre e hija, cosa muy molesta para Audofleda, que notaba cómo nacía en su pecho un calor precursor de la rabia y representante de los celos.

 

Piensa Amala, como así la llamaba a veces su padre, en muchas cosas. El baño es buen momento para dejar libre el pensamiento, que fluyan incoherentes  las ideas, los recuerdos, los miedos… Recuerda a su madre y le duele haberse dado cuenta del desamor que siempre la tuvo, haber sentido que sólo la quiso casi por obligación (aunque siempre sea preferible saber y conocer la verdad; cuando las emociones y sentimientos están por medio es casi mejor permanecer en la ignorancia). Con el amor tan grande que siempre sintió hacia Audofleda, a veces le parecía que le iba a estallar el pecho de cariño cuando miraba cómo su madre, sentada junto al ventanal de su pequeña y coqueta habitación de labores, bordaba primorosamente o cómo se cepillaba la larga y negra cabellera antes de meterse en la cama; casi todas las noches, Amalasunta brujuleaba a su alrededor para asistir al ritual del cepillado. Cuando su madre terminaba, se peleaba con la esclava para limpiar el cepillo o el peine que había usado. El ritual seguía con los rezos ante el crucifijo que había junto a la pequeña ventana de la habitación; las tres, arrodilladas, daban gracias a Dios por haber llegado al final del día y rogaban que la noche fuera plácida y el nuevo día sin sobresaltos. La esclava quitaba el brasero de mango largo que calentaba el lecho y Audofleda, tras despedirse de su hija, se metía en la cama. Amala marchaba a su habitación contenta por haber participado junto a su madre en los ritos que más parecían gustarle a Audofleda, el cuidado del pelo y los rezos. Para Amalasunta su madre fue el referente a imitar en casi todo; por eso le acompañaba a menudo a rezar; por eso no dudó en bautizarse como católica aunque no comprendiera muy bien eso de que el Padre y el Hijo sean una misma persona. El arrianismo, demasiado arraigado en su corazón, luchaba por permanecer en su espíritu.

Las discusiones religiosas fueron frecuentes en la juventud de la princesa goda; sus amigos Boecio y Casiodoro eran los otros integrantes del polémico y discutidor trío de estudiosos que pasaban juntos la mayor parte del tiempo. Qué alegría siente al recordar esas veraniegas tardes sentados en los jardines de la casa de Casiodoro, charlando de cualquier cosa, arreglando la situación política del momento, o intentando dilucidar cómo el Padre y el Hijo pueden ser el mismo dios. De pronto se sobresalta Amalasunta al percibir un aroma familiar y antiguo; es el olor dulce de las higueras y alhelíes del jardín de Casiodoro. Tan intensamente está imbuida en su recuerdo que hasta el olor parece materializarse junto a ella.

Pero no, la realidad es bien distinta, ya no son los tiempos del aprendizaje, aunque es cierto que nunca se termina de aprender, decía su padre ansioso como estaba siempre de cosas nuevas. El rey analfabeto, siempre quiso aprender.  Ahora tocan tiempos de brumas, hierro y frío.

- Gracias, Sofía, ha sido un baño reconfortante, me ha terminado de quitar los restos del cansancio que tenía por no haber dormido bien. ¿Le has echado alguna hierba especial? Olía muy bien.

- No señora, sólo lleva un poco de agua de rosas que he hervido para estas ocasiones o para que se lave las manos durante la comida. Aquí al lado, en una de las casas de los labradores, hay un jardín con muchas rosas y aunque ahora no sea todavía tiempo de flores, hay un rosal que se ha adelantado y está plagado de rosas blancas. ¿Le pongo el ungüento en el pelo?

Amalasunta duda un momento y se queda pensativa, ¿merece la pena cuidarse el pelo en esas circunstancias? Realmente no tiene ganas de estar un rato con ese mejunje en la cabeza para que el pelo esté más limpio y suave. Pero como tantas veces en su vida, a pesar de su carácter, dice y hace lo contrario de lo que piensa, quiere y siente, sólo a nivel intelectual ha sido casi siempre fiel a sí misma.

- Sí, pónmelo Sofía, me sentaré en este taburete para estar a tu alcance –lo dice porque sabe el trabajo que ha tenido su cocinera-ama de compañía y cuidadora para mezclar despacio la ceniza de madera de haya con grasa de cabra.

- Los galos, aunque un poco brutos, en algunas cosas acertaron, este ungüento es mejor que el jabón egipcio hecho a base de agua, aceite y grasa; deja el pelo mucho más sedoso. Y vos tenéis un pelo precioso, no sólo por el maravilloso color rojizo.

Es cierto, Amalasunta, como buen ejemplo de la dinastía amala, oriunda de las lejanas tierras del norte, luce una larga y ondulada cabellera pelirroja, herencia paterna y que en privado lleva suelta llegándole hasta la cintura. De su madre ha heredado la palidez de la piel, el fino óvalo de la cara y la esbeltez del talle que, junto a la elevada altura para ser una mujer, le hace parecer como salida de cualquier página de una saga nórdica. Ella ha aportado a la herencia de sus progenitores una seriedad acogedora en el trato, pasión por todo lo que le rodea, incluido el sexo contrario, gran fuerza de voluntad para el trabajo y carácter firme, configurando una personalidad sugerente y atractiva que no deja indiferente a quien la trata. Por algo su nombre significa “la fuerte Amala”.

Acostumbrada a una intensa actividad (con lo que también hace honor al significado de su dinastía,  pues Amal quiere decir laborioso), no sabe cómo emplear el mucho tiempo libre del que goza en su encierro del lago Vulsinio, sobre todo por la incertidumbre de su destino que merma su característica capacidad de concentración.  Pero intenta sobreponerse a la congoja agarrada al pecho con la fuerza de una zarpa y pide a sus carceleros, por medio de Sofía, que le dejen escribir; en caso afirmativo tendrán que proporcionarle algún pergamino, plumas y tinta. Por su parte Amalasunta se compromete a no intentar mandar mensajes al exterior y dejar libertad para que se lea lo escrito si es que hay alguien que sepa hacerlo. Como privilegio le han dejado tener en su encierro el libro de su amigo Boecio, pues estaba en sus manos cuando fue hecha prisionera. Se lo sabe casi de memoria, “Quien con ánimo sereno sabe poner el destino implacable bajo sus pies y mira impasible la mudable fortuna, permanecerá inmóvil ante la furia amenazadora del Océano…”

Teodato, aunque gran estudioso de Platón, se extrañó que no quisiera llevarse las Sagradas Páginas y prefiriera un libro profano de un filósofo para estar en la fortaleza de la isla Martana. No sabía que su prima encontraba más consuelo en las palabras de Boecio que en los escritos religiosos, fueran arrianos o no. Para ella la Filosofía estaba por encima de la religión, pero eso sólo lo sabía su querida Marcelina.

La Filosofía fue siempre el gran consuelo de la Reina que lee a los grandes griegos en su propio idioma ya que habla y escribe correctamente latín, griego, godo y franco.

Se siente orgullosa de poseer una vasta biblioteca. En sus dependencias del Palacio Real de Ravena, construido por su padre, tiene acumulados centenares de rollos, muchos de ellos originales, como los de su amigo Boecio; del matemático Marino de Nápoles, o de su otro amigo Casiodoro; de Porfirio de Tiro, filósofo griego discípulo de Plotino; y del filósofo Damascio, último integrante de la Academia de Atenas, al que invitó a vivir en Rávena cuando en el año 529, mal año aquel, el emperador Justiniano ordenó clausurar dicha Academia. También tiene escritos jurídicos, otros sobre medicina y varias versiones de las Sagradas Páginas, entre ellas la llamada Biblia de Ulfilas, obispo arriano que tradujo al godo el texto sagrado…

 

La Escuela de Atenas fue una escuela filosófica fundada por Platón sobre el año 388 antes de Cristo en los jardines de Academo; olivar sagrado dedicado a la diosa de la sabiduría, Atenea, a las afueras de la ciudad de Atenas. La finalidad de la Academia era profundizar y estudiar el conocimiento, también fue donde se desarrolló todo el trabajo matemático de la época. En su entrada se podía leer  “Aquí no entra nadie que no sepa Geometría”. Durante novecientos años la Escuela de Atenas fue el foco del saber en occidente, manteniendo viva la llama del conocimiento y curiosidad intelectual. Fue el Alma Mater de numerosos filósofos y científicos, siendo el más conocido Aristóteles. Dicha escuela pasó por varias épocas, desde la Antigua con discípulos directos de Platón, la Academia Media representada por Arcesilao de Pitana y la Academia Nueva representada por Carnéades, hasta Damascio estudioso de las obras de Platón y Aristóteles, que fue el último filósofo de la Academia.

El emperador Justiniano para conseguir la hegemonía en su imperio anuló todo pensamiento contrario al suyo y supuso que la Filosofía griega era su gran enemiga, ya que hacía pensar. En el año 529 promulgó un edicto por el que se proscribieron el paganismo, el judaísmo, numerosas sectas y se prohibió la enseñanza de la Filosofía griega, ordenando cerrar la Academia de Atenas.

Así empezaron los Tiempos Oscuros dominados por la religión.

 

Amalasunta es católica por educación y por agradar a su madre a quien adoraba pero en su pensamiento y corazón piensa como su arriano padre y ni siquiera eso, ella tiene sus ideas al respecto de la religión que sólo sus dos grandes amigos conocen.

Hasta que llegue o no la orden de permitirle escribir, la Reina pasea por la pequeña isla convertida en cárcel; le acompaña Sofía que no siempre fue cocinera y tiene una conversación amena. Suben por el camino bordeado de romero hacia la pequeña iglesia que hay en la cumbre del promontorio central de la isla Martana. Amalasunta quiere ver la iglesia por dentro; de origen arriano ahora está dedicada al culto católico, por lo que hay un mosaico encima de la puerta de entrada que representa al Padre y al Hijo en distintas alturas, ya que aún no ha sido sustituido por el Pantocrátor que quiere poner el sacerdote encargado de la iglesia.

Hace viento y las dos mujeres aprietan el paso hacia la cumbre. Qué pena -piensa Amala-, en qué circunstancias terribles estoy conociendo esta pequeña isla; seguro que está preciosa en verano, quién sabe si llegaré a conocerla en esa época, pueda oler el aroma de sus flores y recrearme con la belleza del paisaje.

Llevan consigo la llave proporcionada por un soldado y abren la puerta de la iglesia;  les recibe el gélido aliento de los templos cerrados, pero al menos están al abrigaño del viento que la primavera aún no ha calmado, a pesar de estar a mediados de abril.

- Me recuerda a la pequeña iglesia de mi pueblo, toda dorada.

- ¿De qué pueblo eres, Sofía? No sé nada de ti. Sólo que eres griega, nada más.

- Nací y me crié en un pequeño pueblo cercano a Plakias, en la isla de Creta. Pero la vida da muchas vueltas…

- Cuéntame, Sofía, cuéntame algo de tu vida, ¿cómo has terminado en esta otra isla tan alejada de Creta?

La cocinera es parlanchina y no hay que forzarla mucho para que se suelte a hablar. De pequeña correteaba por los campos de su aldea y, al igual que todas las niñas de su edad, ayudaba a labrar la tierra, cuidar el rebaño de ovejas familiar y a las labores de la casa. Es la tercera de cinco hermanos, tres hombres y dos mujeres. Como se llevan poco tiempo entre ellos  jugaban a menudo juntos a cualquier cosa, pero lo que más le entretenía era bajar a la cercana y pequeña ciudad de Plakias y bañarse en las cálidas aguas del Egeo. Sofía siempre estaba dispuesta a acompañar a su madre al mercado para vender las famosas hortalizas de su huerta. Tras la venta paseaban un poco por la ciudad y retornaban a su aldea. Cuando tuvo edad bajaba sola a vender lo que su madre le ponía en un serón.

Un día de los que se le dio bien la venta, a buen precio y rápidamente, y ya enfilaba el camino de su pueblo de vuelta a su casa, contenta, pensando en lo guapo que era el vendedor de vinos, compañero de mercado, se fijó en un gran barco que maniobraba en el puerto y del cual desembarcaban unos soldados. Sofía vio de lejos el brillo de sus cascos y de sus armas bajando del vistoso barco que acababa de atracar. Curiosa, volvió a la ciudad y se dirigió al puerto para poder ver en primera fila el acontecimiento. El pequeño puerto de Plakias sólo era frecuentado por barcos de pescadores y apenas de vez en cuando por algún carguero. No le dio tiempo a llegar al puerto; los soldados que había visto de lejos estaban capturando a los jóvenes que tenían a mano; los varones serían entrenados como soldados de Bizancio y las niñas vendidas como esclavas a cualquier noble bizantino o incluso para la Corte.

Ariadna, la emperatriz bizantina de entonces, mujer intuitiva y gran conocedora de los hombres, vio con temor que el ardor de su esposo por ella ya no era el de los comienzos de su relación. No pretendía que le amase como el primer día, sabía Ariadna que eso es casi imposible, pero también sabía que si el viejo Zenón tenía a mano novedades sexuales no querría buscar más lejos, y a ella no le importaba compartir a su esposo con cualquier esclava. Así le tenía entretenido. Pero los soldados bizantinos también se dedicaban a raptar jóvenes de ambos sexos y venderlos por su cuenta a nobles o a generales para sacarse un sobre sueldo. La carne joven producía buenos dividendos. Serían destinados a esclavos, gladiadores o soldados para engrosar las filas de los ejércitos.

Cuando Sofía quiso darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor ya estaba en una de las bodegas habilitadas en la panza del barco junto a otras cuatro adolescentes de Plakias. Se sentía tan asustada que ni siquiera pudo llorar; pensaba sobre todo en su madre esperando su regreso, sentada en la puerta de la casa mirando al horizonte, con esa resignación que le caracterizaba ante uno de los frecuentes dramas de su vida. Una arruga más sería para ella el rapto de su hija, en eso quedaría su desaparición, en una gran arruga añadida a las muchas otras que surcaban su cara. Cuando se mirase en el arroyo que había detrás de la huerta se tocaría la nueva arruga y con un suspiro pronunciaría su nombre, Sofía. Menos mal que le quedaba su hermana Aspasia para consolarla y acompañarla; los hermanos seguro que estarían en otras cosas. Dentro de la bodega del barco Sofía quería seguir imaginando las arrugas de su madre, pero estaba tan cansada de forzar el pensamiento para no derrumbarse que se desplomó dormida sobre la paja.

-  Tardé en darme cuenta de lo que pasaba, era demasiado joven y constantemente protegida por mi familia. El tiempo que estuvimos en el barco siempre será un enigma. Los mareos, las vomitonas, las llantinas y los miedos de las cinco jóvenes que estábamos en el mismo compartimento nos impidió darnos cuenta del tiempo que permanecimos en aquel barco.

Una luz cegadora abrasó los negros ojos de las jóvenes cuando las sacaron a trompicones de las entrañas de la nave. Uno de los soldados de brillante casco las condujo, en una pequeña barca, a la orilla de una playa parecida a la de Plakias. Sofía pensó si todo habría sido un mal sueño y volvía de nuevo a su casa, pero no, el rudo hablar del soldado, que parecía eternamente enfadado, la devolvió a la temida realidad del rapto. Fueron conducidas a un palacete rodeado de bellos jardines y, tras una breve charla con un gigante de pelo negro, llevadas ante una mujer.

  Era Aurelia,  la cuidadora de las esclavas sexuales del amo.

- Como comprenderás, mi Reina, estábamos todas aterradas. Arrancadas de nuestras familias que estábamos seguras no veríamos nunca más. NUNCA MÁS. NUNCA MÁS. No son sólo palabras, describen una situación a la que es difícil adaptarse. Estábamos muertas para nuestras familias.

Menos mal que Aurelia era una buena persona y nos hizo la estancia en la casa del senador menos mala de lo que podría haber sido.

Amalasunta escucha la historia con tanta atención que se ha olvidado por completo  de su gran problema, por llamarlo así, pues ella sabe y nosotros también, que su situación es verdaderamente trágica. Pero el ser humano ante las situaciones dramáticas que nos depara la vida procura evadirse para no sufrir demasiado, aunque no haga nada para ello y sólo el pensamiento sea el que se ponga en marcha. En este caso, Amalasunta, se ha metido literalmente en la piel de la cocinera griega que su primo la ha asignado en su forzoso encierro. Siente el mismo desamparo que Sofía sintió cuando fue raptada y vendida a aquel senador del que la cocinera nunca supo el nombre, pues siempre se le llamaba Senador, por su profesión o puede que fuera su nombre. ¿Sería Casiodoro, que se hacía siempre llamar Senador? Todos sus escritos estaban firmados por Casiodoro Senator. Si sale del atolladero en el que se encuentra,  hará averiguaciones al respecto.

Una vez instaladas todas las jóvenes en sus aposentos, consistentes en dos grandes habitaciones, una de ellas con una piscina a modo de bañera siempre a punto y otra con divanes y camas para descansar, se relajaron un poco y se durmieron. A la derecha de las camas había un gran ventanal que daba al magnífico y cuidado jardín que personalmente mimaba el senador ayudado por un hábil jardinero, a veces también Sofía se ofrecía para cortar alguna flor, podar los naranjos o cavar para plantar alguna especie nueva. Siempre le gustó la azada y en su pueblo era ella quien se encargaba de cuidar el huerto familiar.

Con tal brusquedad comenzó una nueva etapa en la vida de las cinco jóvenes.

Demetria y Sofía tuvieron más suerte que las demás pues fueron destinadas una a la cocina y otra como cuidadora de las hijas pequeñas del senador. Las otras tres participaban, a su pesar, de las grandes comidas y fiestas que se daban en la casa.

- Yo fui la destinada a cuidar de dos preciosas niñas que tenía el senador. Su madre bien poco se preocupaba de ellas, sólo de vez en cuando aparecía en las estancias infantiles y preguntaba protocolariamente por los avances de sus hijas. Desde el principio le tuve especial manía a esa mujer tan altanera, distante y poco afectuosa con sus hijas. Pero nunca se debe juzgar a nadie, eso ahora lo sé porque soy perra vieja. Más tarde me enteré que la Senadora, como así la llamábamos, vivía con un miedo atroz a quedarse sin hijos. Había tenido once hijos que fueron muriendo por diversas razones y sólo le quedaban esas dos niñas con  las que no quería encariñarse demasiado para no sentir su pérdida, pues estaba segura que también morirían.

Cuando fui vendida al que sería mi marido y marché de la casa del senador,  Livia y Daría, ya se habían convertido en dos preciosas adolescentes que gozaban de buena salud.

Para poder hacerse cargo de las niñas, a Sofía se la obligó a aprender a leer y escribir en griego, y por supuesto en latín, también tuvo que estudiar matemáticas, leer filosofía y aprenderse la Eneida y la historia de Roma haciendo hincapié en la época republicana,

- La mejor época de Roma, según el senador - dice Sofía, impostando la voz, tratando que parezca masculina.

Conoció a través de los clásicos romanos, y en especial de Marco Tulio Cicerón, su país, Grecia. Supo que había sido la cuna del saber occidental, leyó a Homero, a los trágicos griegos (Sófocles era su favorito), a Aristófanes. Plutarco le enseñó cuán grande había sido Alejandro Magno.  Aprendió a amar el conocimiento y ese amor fue el que transmitió a Livia y Daría. Por supuesto las niñas tenían un maestro que vivía también en el palacio, pero su madre quería que la cuidadora también fuera instruida.

Sofía se veía a sí misma como un Virgilio cualquiera protegido por Cayo Cilnio Mecenas, pero a ella le faltaba no sólo más cultura sino inspiración para escribir. De todas formas comenzó a estar conforme con su vida; su querida aldea junto a Plakias no se le iba de la mente aunque cada vez aparecía en su memoria más desdibujada y lejana. Se imaginaba a su madre tal y como la dejó, sin esa arruga que seguro le habría salido por su ausencia.

Persona inquieta, además de la jardinería le tomó gusto a los fogones y peroles, motivo por el que pasaba mucho tiempo ayudando a Demetria como pinche de cocina. Con el tiempo le sería muy útil todo lo que aprendió en casa del senador.

Supo que el palacio del senador se encontraba en el norte de Sicilia y que la alta y lejana montaña de nieves casi perennes era un volcán llamado Etna. Por esa zona estuvo también su compatriota Esquilo y cuando lo supo se le puso la piel como carne de gallina, con el vello erizado como cuando conoció a Gualterio, su futuro marido.

 

La convivencia entre godos y latinos no fue tan mala como pudiera parecer a primera vista, pues los primeros no eran tan brutos como se nos ha hecho creer, ni los segundos tan arrogantes como pretendían los primeros. De hecho los dos pueblos acabaron fusionándose, pero eso sería más tarde.

Ya se sabe que la historia está escrita por los vencedores, en este caso los bizantinos. Así vemos cómo el historiador Procopio de Cesarea, que a pesar de ser bastante objetivo no pudo resistirse a colgar los carteles de brutos a unos y arrogantes a los latinos, aunque algo de verdad sí hubiera en ambos casos.

Tampoco hay que olvidar que eran tiempos convulsos de muchos cambios, no sólo políticos sino también religiosos, se estaban perfilando los pilares del catolicismo que ganó la partida al arrianismo, la religión de los godos y de los demás pueblos bárbaros cristianizados.

Un ejemplo de convivencia fue la voluntaria colaboración del pueblo latino con los ostrogodos de Teodorico el Grande cuando estos acudieron a la llanura de Vouillé, en ayuda de los visigodos que estaban sufriendo una gran derrota infringida por los francos de Clodoveo I.

Hubo un antes y un después de Vouillé para los visigodos; en dicha batalla murió su rey Alarico II y tuvieron que replegarse hacia Hispania, cambiar la capital de Tolosa primero a Barcelona y después a Toledo, quedándose sólo con una pequeña franja entre los Pirineos y la costa Azul.

También hubo un antes y un después de Vouillé para las dos mujeres de la isla Martana. Amalasunta perdió a su querido Máximo, su gran amor romano, mal visto por la corte goda. Pero quién sabe, puede que su padre hubiera accedido y se habrían podido casar.

A Sofía también le influyó dicha batalla ya que hubo un grupo de visigodos que, tras la derrota, en vez de dirigirse a Hispania, como hizo la mayoría, se unieron a los ostrogodos de Teodorico y se marcharon a vivir con éstos a Italia. Al fin y al cabo, todos eran godos. Entre este grupo estaba Gualterio, que decidió bajar al sur de la península Itálica en busca de trabajo como soldado de algún ricachón que quisiera protección.

La casualidad hizo que le contratara el senador para el que trabajaba Sofía, y en la alegre tierra siciliana surgió el amor.

- La primera vez que lo vi -contaba Sofía- y me miró con sus dulces ojazos azules como el cielo en verano, me corrió un cosquilleo por todo el cuerpo… y, tonta de mí, no supe articular palabra. Asustada, corrí para esconderme de mi propia vergüenza. Era muy guapo –seguía recordando-, de anchas espaldas y largo pelo rubio. Un verdadero godo. Y tan alto que yo le llegaba por el pecho.

Cuando Gualterio hubo ahorrado el suficiente dinero para poder comprar a Sofía, lo hizo y en vez de mantenerla como esclava se casó con ella.

Estuvieron un tiempo más en Sicilia y después marcharon hacia tierras del norte donde se establecieron. Decidieron vivir en Breguzzo, pueblo alpino en el que también vivían familiares de Gualterio, allí pusieron un negocio de comidas que prosperó rápido gracias a las habilidades culinarias de Sofía.

- Los mejores años de mi vida los pasé en esa aldea entre montañas ¡quién me lo iba a decir!, yo, que soy de mar, viviendo entre esas montañas tan altas, y tan frías, casi siempre nevadas, pero fui feliz criando a mis dos hijos. Ahora ellos tienen su propia familia y viven aún más al norte, en las lejanas y frías tierras de Scania. Iba a marcharme con ellos pero mis cansados huesos protestaron y me tuve que quedar. Más tarde pasé al servicio de vuestro primo como cocinera –se quedó pensativa-, sólo he visto a mis hijos una vez desde que marcharon con sus mujeres a comenzar sus vidas. No han salido guerreros como su padre y huyen de los constantes enfrentamientos unas veces contra los bizantinos, otras contra los latinos, o en guerras fratricidas.

No puede seguir con su relato; aunque ya lejana la muerte de su marido le sigue doliendo sobremanera en el centro del pecho, sobre todo si rememora el trance. Por ese lado está tranquila, sus hijos no son guerreros, prefieren el comercio a las armas. En algo se tenían que parecer a ella.

- Tranquila – consuela Amalasunta a Sofía -, yo también perdí a mi gran amor, Máximo. Quiso acompañar a mi padre para ganarse su favor y una francisca* le abrió la cabeza en dos. Teníamos intención de casarnos aunque fuera tarea difícil porque él era romano y no sé si sabes que una princesa goda de sangre amala sólo se puede casar con un noble godo y mejor si es de sangre amala. Por supuesto si no hubiera quien reuniese esos requisitos se buscaría simplemente entre nobles godos. Antes los matrimonios mixtos estaban prohibidos, hasta que yo derogué la prohibición.

- Soy una mujer como todas, con los mismos sentimientos, los mismos miedos, las mismas emociones…, sólo que he tenido la suerte de nacer de padres nobles y no tengo que trabajar de sol a sol escardando, ni limpiando cochiqueras o cuidando los rebaños. He podido estudiar, instruirme, cosa muy importante para mí. Pero en cuanto al casamiento, también las nobles somos moneda de cambio para nuestros padres como parte de pactos, acuerdos, treguas, y pobre de nosotras como no tengamos hijos varones. Mira lo que me ha pasado a mí, cuando mi querido hijo Atalarico murió, me vi obligada a asociarme en el trono. La ley impide que reine sola. Mala elección hice. Pensé que mi primo sería más noble ya que por él también corre la sangre de los Amalos.

De pronto sintió  un gran pesar y un atroz arrepentimiento, le recordó al miedo que sentía de pequeña cuando se tiraban al mar desde una gran roca que había al final de la playa. Al principio, delante de sus amigas se hacía siempre la valiente y se ofrecía a ser la primera pero, conforme iba trepando por la gran roca para el salto ya estaba arrepentida; su cuerpo se negaba a seguir subiendo, así que ella lo obligaba con disimulo para que nadie se diera cuenta del temblor de sus piernas. Una vez arriba, sobre la gran roca, con la roja cabellera enmarañada por el viento, miraba abajo y veía la espuma de las olas romper contra la mole de piedra. Era el momento álgido, el miedo era ya pánico, ya no podía volverse, su orgullo se lo impedía, ¿qué dirían sus amigas? Así que sin pensarlo más se tiraba con la mano apretándose la nariz para que no se le metiera mucho agua.

Ya en el agua, entre la cascada de burbujas formadas por su cuerpo y viendo que seguía viva y entera, se juraba a sí misma no volver a tirarse desde la gran roca. No merecía la pena pasar tanto miedo para dejar boquiabiertas a sus amigas, aunque sabía que lo volvería a hacer para presumir de valiente, era más grande su vanidad o su inconsciencia que su miedo.

Tampoco ha merecido la pena asociarse con su primo. Debería haber elegido a un buen y fiel noble godo con el que se hubiera podido casar. ¡Qué tonta ha sido!

- Vamos a echar una ojeada por la iglesia. Mira - observó Amala curiosa -, parece que han dejado un sarcófago bajo el ara ¿De quién será?

- No tengo ni idea; mira, mi Reina, en esta habitación hay un armario, pero está vacío. Antes debían guardar los hábitos religiosos.

- Sí, eso parece. Pero volvamos a la fortaleza, el frío de la iglesia se nota demasiado en los huesos.

Bajan por el lado contrario a la subida, el viento ha amainado y un poco de sol quiere acompañar a las dos mujeres que caminan muy juntas para darse abrigo, aunque los grandes nubarrones que aparecen por el norte parecen que ganarán la batalla a los tibios y titubeantes rayos de sol. Callan y piensan. Amalasunta observa el paisaje, quiere memorizarlo, ¿para qué? ¿Para describírselo a Matasunta? ¿A Marcelina? No. Quiere memorizarlo por costumbre, está habituada a estudiar y retener en su gran memoria cuanto lee o ve. Cree que el paisaje de la isla plasmado en sus retinas será el último que vea, aún así sigue haciendo el ejercicio. No sabe qué habrá tras la muerte ¿más muerte? Después de muchos razonamientos y charlas con sus amigos Boecio y Casiodoro, Amalasunta se ha hecho sus composiciones y ha llegado a la conclusión de que cuando morimos no vamos a lugar alguno sino que volvemos a la naturaleza. No recordamos ni vemos ni sentimos, hay simplemente la nada, consoladora a veces y en otros momentos aterradora. Como es lógico, son pensamientos que no exterioriza, ni sus más allegados saben cómo piensa al respecto  de la muerte y la vida eterna. Cuando estaba casada con Eutarico quiso alguna vez sacar el tema para ver qué pensaba su marido, pero no era muy propicio a las discusiones filosófico-religiosas y se escabullía con besos. Eutarico tenía dos formas de eludir conversaciones; mediante el sexo o diciendo que estaba muy cansado y se mareaba si hablaba demasiado e incluso si escuchaba demasiado.

Era una pena que no le gustase discutir sobre cualquier tema, cosa que le apasionaba a ella. Eutarico fue más un hombre de armas que de palabras. Allá en Hispania, en su Amaya Patricia natal se hizo hombre trotando por las peñas y practicando la guerra en los cercanos campamentos romanos de Segisama Iulia y Albacastro. A base de ejercicio llegó a tener esas espaldas tan anchas sobre las que le gustaba recostarse a Amalasunta; se sentía segura junto a aquel hombretón tímido que la miraba con arrobo. Más alto que la mayoría de los godos, y mucho más que los latinos, llevaba siempre el cabello recogido en una rubia coleta, idea de su esposa que quería verle bien los azules y expresivos ojos y los hoyuelos que se le formaban en la cara cuando reía. Sí, era un buen ejemplar godo del oeste, es decir visigodo.

- Háblame de Hispania –preguntaba Amalasunta, curiosa y relajada tras una sesión de sexo.

- No sé qué decirte, es muy variada. Amaya Patricia, donde yo nací y me crié hasta los dieciocho años, es un lugar bonito, con altas peñas que forman un valle donde nace un pequeño río, el Áutruca (actual Odra), que en verano se llena de renacuajos. Mi familia, harta de guerras a pesar de su estirpe guerrera, llegó a Amaya Patricia buscando un lugar tranquilo. Se hablaba de antiguas batallas entre cántabros y romanos, pero fueron otros tiempos. Había pocos godos en esa zona ya que casi todos prefirieron quedarse en el este de Hispania, pero mi familia y varias familias más siguieron hacia el norte y llegaron a Amaya, les gustó y se quedaron. Mi madre, embarazada de mí, agradeció a mi padre, el noble Vitericus, que no siguiéramos buscando. Al poco de llegar nací yo y cuando tuve la edad de andar y correr aprendí a caerme y levantarme entre los riscos serenos de la gran peña. Había un grupo de niños de parecida edad que siempre jugábamos juntos. Nos hicimos amigos de unos soldados romanos del vecino campamento de Segisama Iulia, el pueblo de los canteros. Estos soldados nos enseñaron técnicas de lucha y a pesar de ser romanos nos llevábamos bien con ellos. No tenían el orgullo de su raza, sabían que la Roma de siempre llegaba a su fin. Estamos en el fin de una época. Se consideraban, ante todo, hispanos. Nos contaban historias de los tiempos de Pompeyo el Grande y del emperador Octavio Augusto que fue a Segisama Iulia con varias legiones para luchar contra los cántabros que no querían someterse al poder de Roma. Otras veces subíamos a lo alto de la gran peña y andurreábamos entre las ruinas celtas y cántabras de los antiguos moradores; nos imaginábamos enzarzados entre cántabros y romanos, luchando a brazo partido, unos a favor de Roma y otros del pueblo cántabro, cogíamos palos a modo de espadas y comenzaba la lucha. Ya sabes que esas guerras las ganó Roma, pero nosotros ignorábamos la Historia y unas veces ganaba un grupo y otras veces otro. A veces bajábamos de la peña llenos de moratones que tratábamos de esconder sin éxito a nuestras madres También nos poníamos al abrigaño para protegernos del viento y contar historias de batallas. Éramos un grupo de niños muy bien avenidos. A veces caminábamos hasta reventar, llevábamos un poco de tocino y pan y llegábamos hasta el Pisoraca (el río Pisuerga), pero eso era en verano; salíamos al alba, con nuestras talegas llenas de comida a la espalda y cuando el sol acababa de salir y estaba sobre el pico de la peña de Albacastro sabíamos que faltaba poco; los árboles que anunciaban la proximidad del río nos daban la señal para salir corriendo a ver quién era el primero en bañarse en las frescas aguas del Pisoraca.

- Cuéntame alguna otra historia .pedía zalamera Amalasunta.

- En otro momento, ahora quiero mirar tu hermoso cuerpo y deleitarme en él Mira, toca, estoy preparado para un nuevo asalto. Te mataré de placer.

Sería otro día cuando le contase historias sobre Pompeyo el Grande, el emperador Octavio Augusto o simplemente algunas batallas.

 Eutarico acercó sus labios a los de su mujer y lentamente comenzó a lamerlos y saborearlos, retiró el rojo cabello que tapaba parte del rostro de Amala y  la miró con pasión; ella se dejó caer sobre las blancas pieles que cubrían el lecho y cerró los ojos esperando las caricias que tan bien le proporcionaba Eutarico; éste sabía cómo convencerla para iniciar esos juegos que les gustaban tanto a los dos hasta llegar al clímax sexual. Mientras se acariciaban el uno al otro se cuchicheaban al oído historias inventadas, jugaban a ser otra persona, dos desconocidos que coincidían en un mercado y se gustaban; dos parientes que se reencontraban y, a escondidas de los demás, se besaban apasionadamente; otras veces jugaban a esconderse en un pajar para guarecerse de la lluvia; siempre había un juego que se susurraban al oído mientras sus manos revoloteaban por el cuerpo del otro. A Amala le excitaban las palabras, para ella el deseo nacía primero en la mente para trasladarse, después, al cuerpo. Tuvo suerte con Eutarico; supo seguirla en sus juegos eróticos sin escandalizarse por muy subidos de tono que parecieran.

Pena que muriera en la plenitud.

Los visigodos no llegaron de golpe a tierras hispanas, sino que llegaron en oleadas sucesivas a través de los Pirineos.

La familia de Flavio Eutarico Cillica era de noble sangre Amala, y entre sus antepasados se podían contar al menos dos reyes: Hermaricus y Unimundo.

Ya se sabe que la corona entre los godos no se heredaba, sino que el rey era elegido por el consejo de nobles, ya fuera por sus dotes guerreras, por su habilidad política, por su gran personalidad o por cualquier otro motivo que le confiriera la categoría de ser Primun inter Pares. A pesar de ello el pertenecer a una familia noble en la que hubiera reyes en su árbol genealógico hacía que se tuvieran muchas posibilidades  de ser elegido rey, como en el caso de Teodorico el Grande,  o en el de Atalarico. Pero la Fortuna no acompañó durante mucho tiempo a Eutarico Cillica, cuando parecía que estaba todo encarrilado; cuando el Senado le admitió con la aprobación del emperador bizantino Justino y llevaba tres años siendo senador; cuando su vida familiar era plena con una esposa a la que adoraba y dos hijos que parecían asegurar la estirpe…, entonces murió en el 522, con cuarenta y dos años.

- ¿Honrarás la memoria de tu marido enterrándole con pompas católicas? –Audofleda seguía en su línea respecto a su hija-, espero que no harás caso a tu padre que sigue empeñado en no desechar la herejía arriana.

 - Madre, Eutarico era arriano convencido, respetaré sus convicciones.

Ese fue todo el apoyo que recibió Amalasunta de su madre, cada vez más consumida  según ella por la cabezonería de su esposo al no querer abandonar el arrianismo. Pero, según la esclava de confianza de Audofleda, estaba comida por un fuego interno que la torturaba y le llevaba a odiar su entorno; de ahí tantos rezos expiatorios, tantos mea culpa y tantas limosnas en nombre de Dios. Se la veía vagar por el inmenso Palacio Real como si no viera a nadie, con los ojos perdidos, a oscuras junto a la Columna del Abrazo (por tener un brazo pintado rodeando la columna) del primer piso, tapada con una cortina. Así horas y horas, sin hacer absolutamente nada.

Amalasunta se refugió en la compañía de sus amigos, Boecio y Casiodoro, y en la de sus hijos Matasunta y Atalarico. Gracias a ellos pudo salir del marasmo que le produjo la muerte de su marido. Los hijos, sobre todo si son pequeños,  proporcionan fuerza ante una pérdida tan grande. Amalasunta decidió no derrumbarse y ayudar a su viejo padre en el ejercicio del poder para entregárselo a su hijo cuando estuviera preparado para ello. 

Ahora, en la fortaleza de la isla Martana, le parece que todo aquel dolor de la muerte de su marido aún no se ha ido; cree encontrarlo agazapado en un rincón del pecho oprimiéndola y esperando salir  al exterior rasgándole la carne. Quiere chillar, pero se contiene, no quiere que piensen que es por estar prisionera.

Es distinto del recuerdo, también doloroso, que su gran y primer amor Máximo la dejó. Era todavía una cría de trece años con todas las hormonas en efervescencia  cuando su padre le dijo que Máximo había muerto en la batalla de Vouillé; creyó que moriría tras él. Fue la primera vez que tuvo esa sensación de ahogo de la que tanto hablaba su madre, no podía respirar, parecía que el aire no quería entrar en los pulmones hasta que alguien le daba unos golpes en la espalda y el azul de la cara desaparecía. También comenzó a notar dolor inaguantable en la nuca, dolor físico en el pecho y estómago, insomnio… Fueron semanas en las que Amala iba arrastrándose por el palacio igual que un fantasma. Ella misma se dio cuenta de que empezaba a parecerse demasiado a Audofleda y se asustó.  Amaba mucho a su madre a pesar de conocer sus manías y defectos, pero no quería ser una segunda Audofleda, ella era distinta y así lo notaba. A pesar de ello le era imposible cambiar, salir de ese marasmo que la inmovilizaba; el nudo que sentía no le dejaba pasar la comida y apenas probaba bocado, adelgazó mucho hasta el punto de alarmar no sólo a Teodorico sino también a su madre que dejó un poco de lado los rezos para atender a su hija empeñada en ir al lugar de la batalla para buscar los restos de Máximo.

- Tiene que comer algo y pasear por la playa –decía Teodorico a su mujer-, a ti te encargo encarecidamente que lo consigas.

- Me la puedo llevar a la iglesia de…

- No, nada de rezos, y menos entre el penetrante olor de los cirios. Haz lo que te he dicho, mujer. Cuando se reponga un poco que conozca a otro chico para que se le quite el latino de la cabeza.

- ¿Le buscamos un marido?

- Hablo de enamoriscamientos; ya habrá tiempo de maridos.

Muy a regañadientes Audofleda se encargó de ir con su hija a pasear por la orilla del mar; ella hubiera preferido pedir a Dios su curación en San Apolinar, en el Baptisterio, o en cualquiera otra iglesia, pero el arriano de su marido… ¡más que arriano parecía ateo!, se comportaba como si sólo importase lo que ocurre aquí en la Tierra. ¡Cuánto sufría Audofleda con su marido! Cómo envidiaba a su cuñada, Clotilde que convirtió al catolicismo a Clodoveo convenciéndole para que se bautizara junto a tres mil súbditos francos en la Navidad de 496.

Los pocos kilómetros que separan Ravena del Adriático los hacían madre e hija acompañadas por el primo Teodato en un buen y lujoso carro mullido para no sentir el traqueteo y no hacerse daño en los huesos. Llegaban a la orilla del mar y elegían destino, playa de San Apolinar hacia la desembocadura del Rubicón o hasta el valle del Comaquio o bien, si hacía bueno y el mar estaba tranquilo, daban un paseo en barca por todo el litoral.

Amalasunta casi siempre elegía marchar en dirección al Rubicón, aunque estuviera más lejos, ella no perdía la esperanza de llegar un día y traspasarlo, como Julio César, aunque fuera en sentido contrario.

Le gustaban estos paseos a la princesa goda, sobre todo porque iba con su madre a quien adoraba, aunque tuviera que aguantar a su primo que no la dejaba ni a sol ni a sombra y le pedía, una y otra vez, que le contara historias sobre Julio César, uno de sus personajes preferidos. Con trece años no es fácil captar el desamor materno; la mayoría de los hijos achaca ese desapego a la forma de ser de la madre, está cansada, no se encuentra bien, está triste, tiene muchas preocupaciones…, pero nunca piensa el hijo mi madre no me quiere. De eso se da cuenta cuando es mayor y tiene, a su vez, hijos.

Todo se le viene a la memoria en estos días aciagos, lo recuerda sin reproches, sin ira, con la tranquila frialdad que da el paso del tiempo. Sabe que no se puede quejar, a pesar de haberlo hecho muchas veces.

Ha tenido mucha suerte en su vida, aunque sólo sea por el hecho de haber nacido princesa. Pero también está agradecida por haber conocido el amor; por haber querido y haberse sentido querida; agradecida por haber sentido curiosidad intelectual y haber tenido acceso al aprendizaje. Siente gratitud por no ser ciega y poder ver los colores, por mirar el sol cuando nace y cuando tramonta, por poder ver el mar tranquilo y embravecido, así como el esplendoroso cielo, plagado de estrellas tratando inútilmente de contarlas en esas embriagadoras noches veraniegas. Está agradecida por haber tenido y mantener todavía amigos que le han escuchado, consolado y querido desinteresadamente, al menos cree que ha sido así; amigos que la han animado en momentos de flaqueza; que han comido, bebido y charlado con ella en esas inolvidables cenas en los jardines de Casiodoro o en los del palacio. Agradece a la vida además de poder ver, poder sentir el aroma de las flores, de la hierba recién cortada, el aroma fuerte de la savia de los pinos, el salitre del mar, todos los perfumes que nos rodean sin que nos demos cuenta, hasta el olor a cuadra le agrada. El único olor que le disgusta es el de las multitudes, por eso se pertrecha de un pañuelo mojado en esencia de flores cuando tiene que asistir a una reunión cortesana con sus nobles godos. El aroma a humanidad llega a ser irrespirable. Hasta en las terribles circunstancias en las que está, agradece poder charlar en griego con Sofía, que le dejen salir a pasear por la isla, confía en que le vayan a traer  pergaminos y le dejen escribir. Cualquier recuerdo que se le venga a la cabeza quiere plasmarlo para que, al menos, su hija sepa cómo piensa su madre, cuáles son sus anhelos, cómo ha sido su vida, que sepa la verdad, su verdad por ella misma. Por supuesto Matasunta sabe casi todo de la vida de su madre, han tenido una buena relación y Amalasunta ha ejercido de transmisora de las costumbres y chascarrillos familiares y propios. Ha querido mucho a sus dos hijos, pero ha visto a Matasunta más desvalida por ser la pequeña de los dos, por ser mujer, por ser menos arisca que Atalarico…, quien sabe. El hecho es que madre e hija han estado muy unidas hasta el momento en que los soldados de Teodato la sorprendieron en su palacio y la llevaron presa a la isla Martana.

No puede remediar comparar los paseos con sus hijos por la playa de San Apolinar con los que daba con su madre cuando tuvo mal de amores. Recordaba la expresión de cansada en el rostro de Audofleda que le confería un rictus extraño, de impaciencia, con ganas de terminar el paseo. Ella, en cambio, jugaba con sus hijos a cualquier cosa sin importarle si se ensuciaban o no, a veces regresaban los tres medio mojados y llenos de arena por todas partes pero con una enorme sonrisa de satisfacción.

Tenía un poco de obsesión con no parecerse a su madre.

Procuraba no gritarles ni reñirles cuando se portaban mal o desobedecían. Siempre razonaba, nunca gritaba. Y cuando razonaba utilizaba el latín o el griego, así, poco a poco iban aprendiendo.

Esa fue otra de las quejas constantes de la nobleza goda, “educa a sus hijos como a romanos” y ellos querían que al menos Atalarico fuera el paradigma de  hombre ostrogodo. También a su padre le acusaban de estar demasiado romanizado, latinizado, pero al gran Teodorico nadie se atrevió a echárselo en cara. La defensa que hacía Amalasunta ante esas acusaciones era siempre la misma, no pasa nada por saber demasiado, un rey tiene que saber cuánto más, mejor.

Aunque no sirvió de nada y acabaron quitándole a Atalarico para hacer de él un verdadero godo.

Fue el principio del fin.

 

Bajan deprisa de la iglesia, agarradas para protegerse de la fina lluvia que ha comenzado a caer. Por fin los nubarrones se han instalado sobre el lago formando una gran cúpula gris oscura que ha oscurecido el paisaje tornándolo plomizo y difuminando la línea del horizonte, por lo que apenas de distingue el cielo de las también grises aguas del lago.

Llegan a la fortaleza con las capas empapadas, menos mal que el hipocausto* está encendido así como la gran chimenea de la sala de armas donde se convive aunque ella procura estar en su habitación y en la cocina, con Sofía. No le molestan los soldados que prefieren el calor del gran salón a estar en la planta baja de la gran mole que es la torre de la fortaleza, ellos también se calientan al abrigo de la chimenea.

Amala agradece la compañía de una mujer, es mucho más consoladora, parece que las mujeres saben escuchar mejor; con los soldados apenas cruza alguna palabra de cortesía y poco más, no tiene nada en común con ellos.

Es la hora del almuerzo y mientras Sofía lo prepara Amala va a su estancia para cambiarse de ropa. Además del libro de Boecio, también le han dejado llevar dos mudas de ropa interior y otro vestido, lo que indica una estancia larga y tranquilizadora para la Reina, su primo no la quiere ver muerta demasiado pronto. Confía en aclarar este punto lo antes posible.

Antes de subir a su estancia se quita la capa granate oscura y la pone sobre la parte del suelo por la que pasa el tiro del hipocausto para secarla, se quita las botas y se calienta los pies también sobre el suelo caliente. Es un gran invento esto del hipocausto, piensa la Reina, los romanos han sido un gran pueblo, no sé cómo han llegado a la situación actual; sí, por la corrupción tan grande, la ambición de unos pocos sin importarle que el pueblo se muera de hambre y por la apatía del resto que no ha movido un dedo para evitar los desmanes. Si logro salir viva de aquí y puedo seguir reinando prometo no caer en los mismos errores. A mí sí me importa la gente, sin distinción de razas ni religiones; si logro salir viva…

Esa frase ya no le abandona durante todo el día, “si logro salir viva”, le martillea el cerebro como si estuviera febril. Me volveré loca si sigo con este caos de emociones, recuerdos, pensamientos y miedos.

Pero no puede controlar el caos, siempre fue disciplinada y voluntariosa y si se propone doblegar un pensamiento o un deseo lo consigue. Aunque nunca se ha encontrado en la situación actual, por otra parte ¿qué conseguiría con ello? Si de verdad va a morir prefiere revivir sus recuerdos y si logra salir viva ya retomará su disciplina otra vez.

La voz de Sofía preguntándole si quiere comer en la habitación o si prefiere salir a comer  la saca de sus pensamientos.

- Bajaré para comer, así me distraigo un poco.

- He preparado una buena comida, espero que te guste, reina del pueblo ostrogodo.

- Una reina en pésimas circunstancias, Sofía, - sonríe Amala.

La cocinera quiere servirle la comida en la sala de armas pero Amalasunta prefiere comer con ella en la cocina.

- Se está más caliente, la cocina es más acogedora que el gran salón, los soldados pueden comer ahí, yo prefiero comer contigo.

 Ruborizada, Sofía sirve la sopa en unos cuencos de madera de boj, está muy caliente y entona el cuerpo de las dos mujeres. Tras la sopa toman un sabroso guiso de ganso de los que se crían libres en el patio de la fortaleza, cuyo alcaide, en la época en la que está presa Amalasunta, ha sido destinado a Castrum Cryptarum, uno de los pueblos ribereños del lago.

Muy de mañana Sofía sale al cobertizo que hay junto a la pared norte y deja en libertad gallinas, cabras y una vaca; las ocas y los gansos pueden entrar y salir del cobertizo por una trampilla que permanece siempre abierta, aunque frecuentemente están en el patio picoteando y sólo entran en el cobertizo para guarecerse del frío de la noche.

Al estar en una pequeña isla en medio de un lago, la fortaleza no está rodeada del foso característico de estos edificios, ni tampoco posee gruesas murallas de piedra, sino que sus muros son una doble empalizada de madera a la que se adhieren en su interior varias estancias, un cobertizo para los animales, otro cobertizo para guardar aperos, la entrada de una lóbrega bodega, la casa de los siervos que ahora está vacía pues se han marchado junto al alcaide, la casa del barquero que también está vacía y la gran leñera en la que además hay paja. En medio del patio rodeado por la empalizada se yergue la pesada mole de piedra de dos pisos que sirve de refugio en caso de ataque, pero también es la vivienda del alcaide con su familia y de Teodato, duque de Tuscia, cuando pasa temporadas en la región. Tiene varias fortalezas más diseminadas por los pueblos de la comarca pero la de la isla Martana es una de sus preferidas.

 

Corre el año 535 y los primeros castillos o fortalezas medievales como los conocemos hoy aún tardarán dos siglos en construirse. Ya sabemos que son tiempos de cambios y transformaciones; una forma de pensar, sentir, vivir, de amar y hasta de morir está dejando paso a otra de costumbres muy distintas. Por lo tanto también se está transformando la manera de construir; el pueblo godo ha tenido una forma de vida seminómada hasta que se estableció en las actuales Italia y España. Antes vivían en poblados formados por chozas que abandonaban para trasladarse a otro lugar. Cuando se asentaron por fin en las dos penínsulas y se hicieron agricultores, asimilaron parte de la cultura romana adaptándola a sus costumbres. Los godos admiraban la demostración de fuerza y todo lo que recordara a ella, por lo que comenzaron a sustituir fortalezas de madera por mazacotes de piedra hasta llegar a los castillos y fortalezas medievales, como los conocemos nosotros. Pequeños burgos dentro de altas murallas donde convivían los nobles dueños del castillo, con toda una población que los servía y que, a su vez, era protegida por los soldados pertenecientes al ejército del noble, que también vivían en el castillo.

Los ostrogodos dejaron pocas edificaciones que se conserven. Se dedicaron (sobre todo Teodorico el Grande y Amalasunta) a restaurar acueductos, anfiteatros, vías, calzadas…, y todo tipo de construcciones romanas, gracias a lo cual muchas han llegado hasta nuestros días. Sí hay que destacar el gran mausoleo de Teodorico el Grande, el Baptisterio arriano y la iglesia de San Apolinar Nuevo. Todos en Rávena, capital ostrogoda.

En cuanto a los visigodos, al permanecer más tiempo en España que los ostrogodos en Italia, sí dejaron más vestigios, como son S. Juan de Baños y la iglesia rupestre de Olleros de Pisuerga, en Palencia, así como la cripta de S. Antolín de la catedral de Palencia; S. Pedro de la Nave, en Zamora; y Sta. Comba de Bande, en la provincia de Orense.

 

Teodato iba a menudo a su fortaleza del lago Vulsinio, que había construido con mentalidad mixta, torre goda de piedra cercada con empalizada de madera, al estilo romano. No era el único castillo que poseía el duque de Tuscia, hombre acaudalado al que le gustaba atesorar muchas propiedades. Actitud demasiado frecuente en muchos seres humanos.

Una especie de prurito patrimonial parecía haberle atacado ya desde su juventud que le hizo ser amonestado por Teodorico y más tarde por Amalasunta. El duque de Tuscia, no contento con los bienes propios, constreñía a los dueños de las propiedades colindantes para que le cedieran parte de ellas o si no, se las quitaba a la fuerza. Motivo por el que fue acusado y condenado por Teodorico de “alienarum rerum turpis ambitio”.

Cuando Amalasunta tuvo poder por ser la regente de su hijo, se enfrentó a su primo y le ordenó que parara en la rapiña obligándole a devolver parte de lo adquirido ilegalmente.

Desde aquel día la Reina supo que tenía un enemigo más.

 

El ruido de las barcas al atracar en el pequeño puerto de la isla saca a Amalasunta de la somnolienta modorra; el monótono trajín de Sofía arreglando la cocina y preparando la siguiente comida relaja a la Reina hasta tal punto que apenas atiende a la conversación y sus contestaciones se han vuelto maquinales. Terminada la comida las dos mujeres charlan animadamente mientras Sofía recoge la vasa y la friega en un caldero con arena y otro con agua; junto a la iglesia hay un pequeño hueco en la tierra de donde se saca la arena para limpiar los pocos cacharros de cocina de uso diario. Amala ha perdido el hilo de la conversación y comienza a dar cabezazos, quiere ir a su habitación pero se está tan caliente en la cocina que no acaba de arrancar.

Un ruido de barcas en el pequeño embarcadero de la isla hace que las dos mujeres salgan a enterarse de lo que ocurre.

Dos grandes barcazas acaban de atracar trayendo fruta, verdura fresca y legumbres para unos días más y nuevos soldados de refuerzo ¿pensará mi primo que diez son pocos y ya los he envenenado? Pero no son soldados de refuerzo, sino de reemplazo. Se sorprende que los diez soldados sean sustituidos por otros diez nuevos que llegan. Mi primo está nervioso y no sabe lo que hace, no se debe fiar de nadie.

Efectivamente, los soldados que la llevaron a la isla montan en las grandes barcazas a la vez que otros, con caras de despistados, bajan a tierra firme mirándolo todo con curiosidad.

Entre los nuevos soldados, recién llegados, se destaca una capa marrón negruzca cuyo dueño es el sacerdote pedido por Amalasunta para poder tener consuelo espiritual, aunque ya sabemos que ella prefiere algún escrito filosófico y por supuesto poder hablar con Boecio, cosa del todo imposible pues hace ya diez años que ha sido ejecutado por orden de su padre, el gran Teodorico. Los hombres grandes también se equivocan.

Agradece tener alguien con quien poder contrastar opiniones, alguien que no se pliegue a su voluntad, Sofía no puede entrar en esa categoría, con sólo dos días de conversación con su Reina, pues es ya “su” Reina, está totalmente rendida a su voluntad.

La reverencia que los nuevos soldados y el sacerdote hacen a Amala, le produce un cosquilleo de placer en el estómago. No está todo perdido, si fuera así estos soldados ni me mirarían a la cara, saben que las tornas pueden cambiar, que la diosa Fortuna puede hacer girar la rueda y volver a tener yo el poder, o al menos perderlo Teodato.

Se inclina ante la comitiva y sonríe.

- Majestad –se adelanta el hombre de la capa marrón-, soy el sacerdote que habéis pedido. Me llamo Félix; vuestro primo el rey Teodato me ha ordenado que venga para ofreceros consuelo espiritual.

- Acomódate en un aposento del segundo piso, elige el que quieras menos en el que veas ropa sobre una banqueta, en ése no, es el mío. Me alegro mucho de que hayas podido venir.

- También creo que has pedido algo para escribir –alargó un buen rollo de pergamino y varias plumas-, la tinta tendremos que fabricarla nosotros.

- No te preocupes, en la isla hay suficientes gallarones* para hacerla.

Toma con verdadera unción el rollo de pergamino, lo huele con los ojos cerrados, una sensación placentera llena su cuerpo, como siempre le ocurre ante un pergamino en blanco; coge con su otra mano las plumas y sube a su habitación.

 

                                                              Teodora

 

Los negros ojos de la augusta emperatriz de Bizancio parecen perderse entre las flores que adornan el peristilo cercano al pabellón administrativo, también llamado edificio Dafne. Ha terminado su labor de gobierno y le gusta descansar antes de la cena. En Constantinopla la primavera llega antes que en el lago Vulsinio y los jardines están cuajados de rosas, lilas, peonías  y multitud de hierbas aromáticas que al atardecer desprenden un aroma embriagador. Teodora está pensativa, no ha dicho nada, nadie sabe que está preocupada; sólo su fiel Eudoxia ha adivinado el motivo que atormenta a la bella emperatriz.

Teodora tiene celos.

Está en la plenitud de su belleza a la que ha sacado partido desde muy joven, sobre todo a sus ojos, esos ojos negros, infinitos, a los que mima con cariño porque sabe que son su mejor arma. Todas las mañanas, después del baño en agua de rosas, Eudoxia peina su ondulada y negra cabellera trescientas veces, para que siempre esté brillante. De tez morena, no usa polvos para emblanquecerla, prefiere su color de piel natural nutrida con aceite de argán. Largas caravanas de mulos llegan a Bizancio directamente desde Esauria, en el norte de África, cargados con las duras semillas de argán. Una vez en palacio varias mujeres especializadas en la fabricación del preciado aceite comprueban que las semillas hayan sido recolectadas directamente de los árboles y no sean producto de la digestión de las cabras,  éstas tienen un olor característico a cabra que las inutilizan para fines cosméticos. Después, parten los huesos sacando las tres semillas propiamente dichas que suelen tener cada hueso. Tras machacar las semillas, forman una bola con el aceite espeso que sale de la molienda y, por último, van apretando poco a poco las bolas para extraer las gotas de un aceite claro, dorado, sin apenas olor y que es el producto definitivo para la belleza de la Emperatriz. A veces añaden pétalos de rosas, esencia de canela o semillas de clavo para que tenga un poco de perfume.

Una vez que el aceite de argán ha penetrado en todo su cuerpo y rostro, se aplica  con una pequeña brocha sobre los párpados superiores una fina capa de kajal y con un palito de ébano se hace la raya por dentro del párpado inferior con kohl, así realza sus ojos y su mirada parece más soñadora. Teodora sabe que es primordial tener buen aspecto; ha comprobado que se hace más caso a las personas bien arregladas, lo aprendió siendo muy niña en los alrededores del hipódromo por cuyos subterráneos  deambulaba junto a su hermana mayor Komito. Más tarde lo corroboró cuando ayudaba a su hermana a poner y retirar la silla en su espectáculo de contorsionista.

Cuando Teodora considera que está bien arreglada come algo de fruta y se enfunda la túnica que le tiene preparada Eudoxia y que previamente ella ha elegido. Como toda persona que ha pasado de niña apuros económicos, a Teodora le gusta adornarse con buenas y llamativas joyas, regalo no sólo de su marido, sino también de embajadores, nobles y ricos comerciantes que piden su intercesión ante el emperador.

No saben que casi siempre quien toma las decisiones es ella, Teodora, emperatriz de Bizancio y antigua prostituta en Constantinopla; la Augusta, como a ella le gusta ser llamada.

Arranca varias flores del peristilo y forma un ramo para dárselo a Justiniano cuando le vea en la cena. Es lo único que le regala a su marido, flores; flores y su cuerpo, perfecto, elástico, sensual, de treinta y cuatro sabios años que hace enloquecer a Justiniano. Ni todas las joyas del mundo valen lo suficiente para igualar el cuerpo de Teodora, aunque ella sabe muy bien que su preciado valor no es su cuerpo sino su mente, utiliza al primero para conseguir algo cuando la segunda falla.

Pero Teodora, la mujer con más poder de todo el Imperio Romano, está intranquila, se dirige al comedor privado del edificio Sygma, donde se hallan también los dormitorios imperiales, con esa preocupación que desde hace tiempo no se le quita de la cabeza ni del pecho. Ella es quien más trabaja, quien impulsa leyes que plasma posteriormente Justiniano, tiene su propio sello imperial, su propia corte, tiene su funcionarios particulares, sus escribas, pero el emperador es él. Y como tal puede pedir el divorcio y casarse con otra mujer, por ejemplo Amalasunta.

 A primera vista parece un disparate, no se conocen, sólo se escriben desde hace tiempo contándose problemas de sus respectivos reinos, preocupaciones personales o cosas nímias del día a día; pero pensándolo bien hay más afinidad entre el emperador y la reina goda que cosas que los separen, ambos son instruidos y hablan correctamente el latín y griego cultos (Amala, además habla dos lenguas más, el godo y el franco), desde pequeños han leído a grandes filósofos… , Amalasunta ha pedido protección a Bizancio y Justiniano está deseoso de proporcionársela; dicen que es muy guapa, alta, de larga cabellera roja, como Antonina la mejor amiga de Teodora. Le han llegado rumores de sus ojos penetrantes, soñadores de un  azul profundo y tez de nácar, para colmo también se rumorea que la reina goda es inteligente y buena gobernadora. Lo que más le duele a Teodora es que Amalasunta sea de sangre real, con antepasados reyes, que sea princesa goda hija del gran Teodorico y de una princesa franca. Ella puede competir con la goda en casi todo, incluso es emperatriz consorte de un gran imperio, toma decisiones importantes (como en los recientes disturbios entre Verdes y Azúles, en los que gracias a Teodora su esposo se pudo mantener en el trono; Justiniano ante el cariz que tomaron los acontecimientos quería huir. Fue el coraje de Teodora el que arregló la situación llamando al mejor general del momento: Belisario), en cambio la goda es sólo reina de los ostrogodos, federados del imperio y consentidos por Bizancio. Eso será hasta que yo quiera -piensa temerosa Teodora llegando ya al comedor donde su marido la espera-. Pero no eres de sangre real, le dice una vocecita en su cabeza, ella tiene mejor genealogía que tú, aunque tú tengas más joyas, más dinero y tu poder sea más extenso.

- Las he cogido para ti. Estás siempre en mis pensamientos y espero que yo también esté en los tuyos.

 -Sabes que sí, Teodorina mía, desde que te conocí en aquella fiesta junto a Antonina y te vi al día siguiente, hilando con tu rueca, nunca he estado con otra mujer. Sólo tú eres la reina de mi cuerpo.

 - ¿Y de tu mente? –preguntó suspicaz.

 - Por supuesto. Pero ¿a qué viene este improvisado interrogatorio? ¿He dado muestras de abandono o indiferencia para contigo?

 - No, tonto, simplemente me gusta que de vez en cuando me digas cuánto me quieres. Tengo ya treinta y cuatro años puede que no me encuentres tan deseable como antes.

 -Termina pronto los dátiles. Quiero demostrarte cuanto te deseo. No sé si podré aguantarme o te arrancaré de tu triclinio y te arrastraré hasta la cama, te vas a mear de gusto.

Cuando Justiniano se excitaba le gustaba utilizar un lenguaje barriobajero que también compartía su mujer. Escuchar palabras vulgares y expresiones sólo usadas en la intimidad del lecho excitaba a ambos cónyuges. En su juventud Justiniano fue muy mujeriego, todas las mujeres eran pocas para satisfacer su apetito sexual, pero a sus cincuenta y dos años el sexo había pasado a un segundo plano siendo sustituido por las preocupaciones del imperio, además la religión católica le prohibía cometer adulterio; una ley promulgada por él mismo (pero promovida por Teodora, como la mayoría) penaba el adulterio.

Teodora nunca fue una católica convencida, a pesar de favorecer y ayudar a la Iglesia Católica reconstruyendo una de las iglesias más hermosas del mundo, Santa Sofía, ayudando a diversas comunidades religiosas y mandando construir iglesias y monasterios por todo el imperio.

Su alma pagana y su experiencia adquirida en los burdeles de Bizancio, cuando joven, consiguieron que la emperatriz supiera utilizar su cuerpo de forma magistral. Sólo su amiga de siempre, Antonina, esposa del general Belisario, podía hacerle sombra en el plano sexual. Así, pues, Justiniano estaba bien servido y nunca necesitó de otra mujer para calmar sus ya esporádicos ardores.

 - Basta ya, Teodorina, me vas a destrozar. No soy Hércules, ni tengo la décima parte de su fuerza física. Por esta semana y me atrevería a decir que por este mes ya voy bien servido.

- Soy una loba, una leona, una perra y necesito más, más, mucho más.

En realidad Teodora no se refería a sus necesidades sexuales, era su inseguridad la que hablaba, necesitaba reforzar su poder, no sólo como emperatriz, sino como mujer en el corazón de su marido.

Amaslasunta se había cruzado en su camino y para la emperatriz de Bizancio se terminó la tranquilidad.

Y  Amalasunta sin saberlo.

 

                                         El Sueño de Amalasunta

“Eleva tu espíritu,

 que no se hunda en la tierra tu inteligencia con el peso de la materia,

 que no quede por debajo de tu cuerpo,

mientras él camina erguido”.

No hace falta que Amala consulte el libro de Boecio, lo ha releído tantas veces que se lo sabe de memoria y plasma en el que ella quiere escribir  las últimas palabras del último verso de la Consolación de la Filosofía. ¡Qué agradecida le está, cuánto consuelo encuentra en su lectura!.

La luz que entra por el ventanuco de su habitación es insuficiente para poder escribir bien, por lo que decide bajar a la gran sala de armas donde hacen la vida los soldados-carceleros. Coloca la pequeña mesa rectangular, auxiliar de la grande,  junto a un ventanal frente a la chimenea permanentemente encendida,  y comienza a escribir.

En ese momento los soldados se calientan junto a la enorme chimenea del salón, callan ante la presencia de su Reina, pues así la consideran aunque sean visigodos.

 Aunque esté prisionera.

No es la primera vez, ni será la última, que un rey preso recobre la libertad y vuelva a ocupar el trono. Por lo que es mejor no malquistarse con ninguno de los dos, ni con Teodato, ni con su prima. No están muy bien enterados de los motivos por los que Teodato ha encerrado a su prima, lo poco que saben es lo que les han dicho los soldados ostrogodos que los han conducido a la isla, pero no se fían mucho de dichos soldados por ser fieles a Teodato, de todas formas sus sentimientos están divididos; lo han hablado mucho entre ellos paseando por la orilla del lago, unas veces piensan que Teodato ha hecho bien en recluir a su prima en la isla, al fin y al cabo es una mujer, circunstancia que la incapacita para reinar; en cambio, otras veces, creen que Amalasunta tiene razón cuando quiere que todos los godos aprendan a leer y escribir. Aunque, bien mirado, ¿para qué sirve? Si casi nadie necesita ni siquiera rubricar documento alguno y si hiciera falta para eso están los escribas que redactan de maravilla y con poner tan sólo una cruz debajo del nombre es más que suficiente. Aprender a leer y escribir quita demasiado tiempo, tan necesario para practicar el arte de la lucha con la espada, la lanza, el hacha y el arco sobre el caballo, cosas útiles de verdad. Pero –tercia otro soldado- si no se sabe leer ni escribir, ¿cómo sabremos lo que pone en un documento? ¿Y las leyes? ¿Expresan de verdad lo que se nos dice? Tenemos que fiarnos a ciegas, aunque sean mentira. Creo que es una forma de estar vendido en manos de los que sí saben al menos leer, es como un ciego que no ve y se tiene que fiar de lo que se le dice. Callan otra vez dejándose salpicar los pies por las pequeñas olas de la orilla, rumian los soldados la última frase de su camarada sin saber muy bien cómo digerirla.

Félix, el sacerdote enviado por su primo, ha recolectado y machacado varios gallarones para hacer la tinta negra a la que ha añadido unas gotas de vino agrio como fijación, la pone en un recipiente de cerámica y se la entrega a la Reina. Para hacer la recolecta de gallarones ha tenido que pedir prestado el bote atracado en el pequeño puerto natural que hay en la parte noroeste de la isla e ir hasta la isla de al lado llamada Bisentina, un poco mayor que la Martana, donde hay un bosque de grandes robles que le han proporcionado los gallarones. Le acompañó un soldado, por motivos de seguridad, no sólo del sacerdote sino para tener la certeza de que no se comunicara con el exterior, es decir seguridad para Teodato.

Amalasunta le hace una pequeña reverencia a modo de agradecimiento por haberle traído los útiles de escritura que le permitirán plasmar algún pensamiento o escribir una historia. Es entonces cuando se fija en el sacerdote y le parece que ve a Máximo, su gran primer amor. Está casi segura de que sería muy parecido a Félix si siguiera viviendo si aquél hacha francisca no le hubiera partido la cabeza en dos. El mismo pelo ondulado, negro de joven y ya plateado, los mismos ojos negros, las mismas espaldas. Qué extraña es la vida –piensa la Reina-, la imagen de Máximo muriendo me ha estado atormentando durante muchos años, aunque no haya presenciado su muerte sí he visto visiones como relámpagos de Máximo con la francisca clavada en la cabeza, tambaleándose hasta caer desangrado sobre su propio charco de sangre. Y ahora que soy yo quien tiene la espada pendiendo sobre mi cabeza, Máximo viene a verme en forma de sacerdote católico. ¿Será una señal de que pronto me reuniré con él? ¿Qué pasa cuando morimos?, interiormente creo que no pasa nada, volvemos simplemente a la tierra y nada más. Puede que me equivoque y sí veamos a nuestros seres queridos, no lo creo pero ¡quién sabe!

Como es lógico Amala sólo ha hablado del tema con sus amigos del alma, Boecio y Casiodoro. Con nadie más se ha atrevido a expresar sus pensamientos religiosos, que no son ni arrianos, sino ateos y producirían gran escándalo. Está tentada de comenzar una discusión religiosa con Félix, el sacerdote que le ha enviado su primo, sólo por el gusto de provocarle, pero son tantas sus ganas de comenzar a escribir que lo pospone para otro momento, si lo hay.

Toma en sus manos el cuenco con la tinta, afila bien la pluma de ganso, desenrolla el pergamino, se sienta en una silla frente a la mesita auxiliar y comienza a escribir,

Tengo una ilusión, no sé qué pasará con mi vida, me es igual, tengo una gran ilusión. A primera vista parece fácil de conseguir pero cuando se intenta la cosa se complica. Exponerlo es bien sencillo, consiste en aunar mis dos culturas, fusionar la cultura latina con la goda. Tomar lo mejor de cada una y si puede ser también añadir algo de las  culturas griega y bizantina.

Una verdadera mezcla.

A mi esposo, Eutarico, no le gustaban las mezclas, decía que las ovejas tenían que estar con ovejas, las vacas con las de su especie, y los hombres con los de su misma raza, educación, religión y cultura. No le gustaban las mezclas que consideraba como experimentos peligrosos o, al menos, arriesgados. Decía que “los experimentos con agua del Pisoraca”.

En cambio a mí me parecen enriquecedoras, creo que de la mezcla de personas sale una nueva raza reforzada, sin taras, más inteligente, con mayor facilidad para adaptarse a cualquier circunstancia. La Naturaleza es sabia y nos enseña casi todo lo importante, podemos comprobar que ante cualquier temporal de nieve, viento o lluvia, sobrevive mejor el frágil junco, la insignificante hierba que el árbol más alto y fuerte, pues éste no se aviene a las circunstancias sino que ofrece resistencia a las inclemencias y acaba partiéndose porque no se adapta. Si un ejército sólo tuviera armas de una clase, perdería todas las batallas; es necesario que haya caballería e infantería con muchas clases de armas estratégicamente dispuestas. Si desde pequeños vivimos todos mezclados no nos extrañarían las diferencias. Ya estaríamos acostumbrados.

Qué felices seríamos todos, si en vez de buscar la confrontación buscáramos la afinidad, al fin y al cabo somos sólo personas. Al fusionar las costumbres de uno y otro pueblo acabarían mezclándose de tal forma que no se podría distinguir a qué pueblo se pertenece. Para llegar a esta situación lo primero es mezclarse las personas, propiciar los matrimonios mixtos que estaban prohibidos, así los hijos y nietos de estos matrimonios verán como normales costumbres propias de cada uno de sus progenitores.

Que ambos pueblos frecuenten tanto las iglesias arrianas como las católicas y no permanezcan separados como apestados.

Ya he comenzado esta futura unidad derogando algunas leyes de mi padre que considero injustas, como por ejemplo la ley que prohíbe a los latinos tener cuchillos y sólo permite a los godos la tenencia de armas. ¿Cómo pueden comer sin cortar los alimentos? Los godos nos hemos educado, ya no somos aquellos gautas que salimos de Götaland, ni siquiera los mismos que vivimos junto al Ponto Euxino, ni aquellos godos bajo el gobierno de nuestro primer rey, Athanerik.

Por ese motivo ordené derogar la ley que prohibía los matrimonios mixtos, entre godo y latina, o entre goda y judío, de ahora en adelante podrán contraer matrimonio quien quiera y sea libre para hacerlo.

Otro sueño que tengo es que mi pueblo no sea analfabeto, que aprenda a leer, a escribir y entienda lo que lea. La figura del escribano debe desaparecer o quedar circunscrita a la Corte. Todos los Godos, al menos los del Este, tienen que valerse por sí mismos para escribir, leer y entender cualquier documento.

Se debe construir una gran escuela para instruir y formar maestros que viajen por todo el reino y enseñen a los niños pequeños al menos los conocimientos básicos de las letras y de las ciencias. He observado que los niños pequeños son como esponjas, todo lo absorben y lo aprenden enseguida. Esa gran escuela estará en Rávena o Roma, o puede que en las dos ciudades; será la Escuela Mater de la que salgan riadas de maestros, incluso también hacia Hispania, para enseñar a los visigodos”.

Tengo que pensar bien cómo estructurar la Escuela Mater –deja de escribir mientras echa arena sobre la tinta para que seque, y se queda pensativa mirando por el gran ventanal con la vista vaga, hacia el horizonte, donde está el pueblo de Visentium-, me cuesta concentrarme pero al menos he arrancado. Continuaré después.

Las últimas luces del día reflejadas sobre el lago transforman sus aguas en una gran superficie dorada y plateada por la que parece poderse andar. Los pescadores vuelven con la pesca hacia el puerto de Visentium, donde multitud de personas  esperan para comprar pescado, recién capturado; esa jornada ha sido buena para la pesca de lucios y anguilas; pero en el lago también hay truchas y otros peces de agua dulce.

- Antes que anochezca del todo voy a dar un paseo por la orilla, ¿vienes Sofía?

- Bien quisiera ir con vos, pero estoy limpiando la verdura que han traído fresca y quiero hacerla para la cena, también he matado cinco pollos para guisarlos a la griega.

- ¿Puedo ir yo? - Intervino Félix, el sacerdote.

- Si quieres, no seré yo quien te lo impida. Tendremos que abrigarnos un poco, esta refrescando un poco. Y cojamos también una antorcha por si oscurece del todo.

Salen los dos embozados con sus respectivas capas y bajan hasta la orilla del lago.

- Vamos a dar un paseo por la orilla, quiero ver la vida que hay en los pueblos, parecen tan cercanos que hasta se puede escuchar el murmullo de la gente cuando el viento es propicio.

Félix asiente y comienzan la marcha en silencio, ninguno se atreve a romperlo. Las primeras estrellas aparecen en el inmenso cielo que ya es cobalto intenso, como los ojos de la Reina. Ha sido un día frío pero luminoso, típico de primavera, con la característica bruma matinal que se forma en el lago para luego desaparecer  dejando paso a un cielo azul claro.

Aún se aprecian resquicios de ese cielo; son jirones más claros entremezclados con el cobalto cada vez más oscuro y con alguna franja rojiza creando un aspecto irreal.

Se sientan sobre una gran piedra volcánica de las muchas que hay en la isla, pues todo el lago es de origen volcánico, así como la cercana cadena colinar formada por los montes Volsinos.

Amala mira con una mezcla de tristeza y curiosidad las luces que salen del interior de las casas de Castrum Cryptarum, la antigua Tiro de los etruscos, el pueblo que está frente a ellos. Piensa en la gente que habita sus casas, unos estarán preparando el condumio para cenar, otros dando de comer a sus animales, ordeñando el ganado, otros estarán ya acostados y puede que amándose o quién sabe si peleándose. Pero todos están viviendo. Ella también vive, por ahora. Se acuerda de su querida Marce y vuelve a su machacona plegaria: “Marce, llama a Justiniano, llámale, por favor”.

¿Qué estarán haciendo los suyos? Quiere pensar que están todos bien y se imagina a su hija, Matasunta, jugando con Fryda y con los otros perros y a Marcelina riñendo a Matasunta para que se siente a la mesa que, como siempre, será abundante y sabrosa.

La voz del religioso le saca de su ensimismamiento.

- Señora, cuando quieras seguimos el paseo, nos enfriaremos si nos quedamos más tiempo aquí sentados. La verdad es que la vista es muy bonita, pero está muy oscurecido.

- Tienes razón, ya daremos la vuelta a la isla completa en otro momento, si se puede. ¿Has visitado la pequeña iglesia que hay en la isla? –Pregunta Amalasunta para desechar el miedo que le produce la idea de si tendrá o no otro momento  de volver  a la pequeña iglesia de la isla.

- Pues no, aún no me ha dado tiempo, aunque conocí al sacerdote que oficiaba los servicios religiosos, vivía en la isla Bisentina donde también se ocupaba de la iglesia que hay allí. Era muy mayor y enfermó, así que se fue a su pueblo natal para morir. Creo que las dos iglesias están vacantes esperando que algún otro párroco quiera hacerse cargo de ellas. Yo lo estoy pensando y puede que le pida a nuestro obispo Cerbonio que me deje ser el sacerdote de las islas. Veremos qué dice.

- Ya llegamos, a ver qué nos ha hecho Sofía para cenar, es una gran cocinera. En eso no me puedo quejar, mi primo no parece que quiera matarme de hambre y esperemos que de ninguna otra cosa.

Dejan las capas en sus respectivas habitaciones y bajan a cenar a la cocina, junto a Sofía. El sacerdote prefiere unirse a las mujeres que comer con la soldadesca, además de la conversación, que promete ser más amena, está el asunto del frío húmedo que se respira en toda la isla incluido el interior de la fortaleza. Aunque en el espacioso salón además del hipocausto haya una gran chimenea constantemente avivada caldeando la estancia, la cocina es más reducida y como el hogar está también siempre encendido el calor es mayor.

Sofía sirve un gran plato que pone en medio de la mesa para que puedan acceder todos los comensales que en la cocina son tres. Lleva otros dos grandes y humeantes platos para los soldados. Son coles y puerros cocidos rehogados con piñones y ajos.

Somos como una gran familia –piensa Amala mientras toma con su mano derecha una porción de la mezcla de verduras y se lo lleva a la boca-, podría vivir así mucho tiempo. Arreglaría la iglesia y construiría una casa junto a ella para que el sacerdote encargado de la misma pudiera vivir, si quisiera, así no tendría que desplazarse hasta la otra isla, -sigue Amalasunta dándole vueltas a la historia, siempre le han gustado las elucubraciones acerca de personas, edificaciones o situaciones. Sabe que lo que piensa o sueña es difícil realizarlo, es solamente eso, un juego; pero le gusta ése juego que se apodera de ella en numerosas ocasiones-. También mandaría agrandar y adecentar el pequeño puerto de la isla y pondría, al menos, una embarcación que realizara el trayecto hasta la costa para no estar tan aislados. Quién sabe, puede que sí haya una barca y mi primo la haya quitado para evitar tentaciones. Como es lógico enviaría a por Matasunta, Marce y los perros.

- Esta realmente delicioso, Sofía. Nunca me ha parecido tan sabrosa la col.

- Sí, está muy buena –dice también el sacerdote que come a dos carrillos.

- Recuerdo que cuando fui madre de Atalarico y de Matasunta, me daban mucha col para comer porque dicen que ayuda a tener más leche.

- Eso he oído –contesta Sofía que no para en la banqueta, levantándose constantemente para comprobar cómo va el guiso que servirá después y atendiendo otra cazuela que hay en una trébede junto al puchero del guiso.

- El pan también está muy bueno.

- Es de farro –aclara Sofía. Sí, ya sé que ahora se estila más el de otro cereal, como la cebada o el trigo, pero a mí el farro me gusta mucho.

- ¿Lo has hecho hoy? –pregunta la Reina conociendo ya la respuesta, pero quiere hacer sentir bien a la cocinera por su esfuerzo. Es bueno alabar el trabajo bien hecho aunque sea la obligación de cada cual. Lo fácil es decir lo que se hace mal y a la Reina no le gusta lo fácil.

Cuando el plato central está vacío Sofía lo retira y trae en su lugar un cuenco grande con el guiso de pollo al estilo griego. Reparte los cuencos y las cucharas de madera y deja junto al cuenco del guiso una cuchara grande, que aún se sigue llamando con el nombre latino de  lígula*, para que cada cual se sirva lo que guste. Como es lógico los soldados también tienen la misma comida.

- Está buenísimo, Sofía, te doy la enhorabuena. No sé si mi primo quiere que esté tan bien alimentada, no es propio de una prisionera.

- Muchas gracias, lo hago muy gustosa. Ya que debemos estar en esta fortaleza, al menos que tengamos buena comida.

- La salsa está deliciosa.

- La he hecho con leche agria, muy usada allá por mi tierra.

El sacerdote calla y asiente con la cabeza, parece que sea la primera vez que come caliente.

- Señora, antes en el paseo me has preguntado si conocía la iglesia de la isla. Y no, no la conozco, pero me gustaría hacerlo. He oído rumores de que están escondidos los restos de una joven mártir muerta hace muchos años. Estaba sepultada en el vecino pueblo de Castrum Cryptarum, pero ante el miedo de que se perdiera su cuerpo durante todas las invasiones sufridas, creo que la escondieron en esta isla.

- Somos todo oídos, ¿verdad, Sofía? Queremos escuchar todo lo concerniente a esa joven mártir.

- Eso será después del dulce que he hecho para terminar la comida y acompañar al vino sin aguar.

Toman un nuevo dulce que ni Amala ni Félix habían probado anteriormente, pencas de acelgas fritas rehogadas con miel y canela, ¡hasta canela había en la cocina! Se sorprenden gratamente con su sabor y comienzan con el vino y la charla. Momento que aprovecha Sofía para recoger la mesa y fregar los cacharros; primero los mete en un balde con arena y después en otro con agua.

- He escuchado –comienza el sacerdote-, que allá cerca del año doscientos, siendo emperador Settimino Severo, vivía en el pueblo de Tiro una jovencita de once años llamada Cristina. Tan hermosa era que su padre, un oficial del emperador llamado Urbano, no la dejaba salir de la torre en la que vivía, ni siquiera aunque fuera acompañada de muchas sirvientas. Y eso que no sabía todavía que era cristiana. Cuando lo supo la obligó a renunciar a su fe, primero por las buenas y no lo consiguió. Así que la flageló y después la entregó a las autoridades que la torturaron y encarcelaron en una lóbrega mazmorra para que meditara y se decidiera a la renuncia. Ella seguía firme en sus creencias, triste pero firme; un día acudieron a la mazmorra tres ángeles para consolarla y cuidarla.

Sofía, enganchada ya por la historia de la santa, deja los cacharros y suspira. -

- Ya los terminaré de fregar mañana, yo no tengo ángeles que me ayuden. Siga, siga ya me callo.

- Pero ella no renuncia a su fe –sigue Félix dándose importancia-, por lo que es conducida al suplicio final. Le atan una gran piedra al cuello y la tiran a las aguas del lago. Pero la piedra, sostenida por los ángeles, flotó hasta la orilla donde llegó Cristina sana y con su fe intacta. Al poco, el padre muere y es de nuevo apresada y torturada, siempre sin obtener el resultado deseado, hasta que un día la matan con una lanza.

- Pobrecilla –comentan ambas mujeres, solidarizándose con la niña-, cuanto sufrimiento.

- En su pueblo empezaron a venerarla, pues decían que una vieja recobró la vista cuando se lo pidió a la virgen mártir Cristina. Por eso guardaron sus restos en una cripta, sin enterrarla bajo tierra, y cuando los hérulos de Odoacro ocuparon las tierras del Imperio, trasladaron sus huesos aquí a la isla Martana. Lo lógico es que estén en la pequeña iglesia.

- Qué historia tan interesante –comenta Amala que piensa en su hija Matasunta, aunque sea seis años mayor de los que tendría Cristina al morir, piensa en ella. ¿Cómo estará? ¡Marce, ponte en contacto con Justiniano, sé buena y recibe mi pensamiento!

Quedan los tres un rato pensando cada cual en sus cosas hasta que el murmullo de la charla de los soldados los saca de su ensimismamiento. El vino y la buena comida propicia alegres conversaciones y si es junto a un buen fuego o sentado en el suelo de un buen hipocausto se asemeja un poco a la felicidad.

Todas las mañanas, de madrugada, antes de comenzar con los quehaceres diarios, Sofía acarrea la leña que considera suficiente para encender el fuego que alimenta el hipocausto. En el suelo de una pequeña estancia, situada junto a la gran sala de la chimenea, hay un hueco rectangular de un metro por un metro y medio de tamaño, más o menos. Dicho hueco está cerrado por una trampilla que se abre para poder atizar el hipocausto, y del que parte el tiro de la chimenea que recorre, como si fueran varios túneles, el suelo de la gran sala de armas y las estancias de dormir. En la pared de una de las habitaciones del segundo piso hay una chapa para poder abrir o cerrar el tiro de la chimenea; de ésta forma, cuando desde la estancia contigua se enciende la leña del hipocausto, y mientras se está atizando, el tiro debe permanecer abierto para que el fuego arda bien. Una vez terminada de quemar toda la leña, o la paja, se empuja la chapa de la pared (llamada tiro) un poco hacia adentro para cerrarla, también se cierra la trampilla del suelo de la pequeña habitación contigua para que el calor se quede en los túneles del suelo y paredes, entre las dos chapas.

A los soldados que están en la fortaleza Martana, vigilando a la Reina, les gusta atizar el hipocausto pues les recuerda a los de sus lejanos pueblos, por ello han eximido a la cocinera del acarreo de leña,  encendido y vigilancia del fuego. De esta forma se entretienen por las mañanas durante dos o tres horas y como son un poco exagerados echando tanta leña hay partes del suelo de la gran sala que están muy calientes.

Cuando la conversación en la cocina languidece, Amala se traslada a su mesita junto al gran ventanal de la sala de la chimenea y saca sus bártulos para escribir otro poco. Está demasiado espabilada para poder dormir, tiene miedo a la noche e intentará aprovechar al máximo las horas nocturnas para concentrarse en su escritura.

Los soldados se van a acostar, menos los dos que hacen guardia; también  se van a acostar Sofía, que está derrengada y piensa caer en el catre como un plomo y Félix, el sacerdote, dice también estar muy cansado.

Bajo la luz de una antorcha, en silencio, queda pensativa Amalasunta. ¿Qué ha hecho mal? ¿En qué se ha equivocado? En querer la unificación de los dos pueblos no, desde luego. Cuando se siente algo muy dentro del corazón y se persiste en dicho sentimiento hay que intentar realizarlo, con seguridad se está en el buen camino. Amala siempre sintió una necesidad imperiosa de realizar su sueño unificador que ya había manifestado a la muerte de su padre, cuando accedió al trono como madre y regente del rey, su hijo, Atalarico.

Entonces envió unas misivas en ese sentido, aunque para que se tomaran más en cuenta, las envió en nombre de Atalarico, el rey. Una se la envió a Justino, el entonces emperador de Bizancio; otra al Senado de Roma, remachando la ascendencia Amala de Atalarico e intentando reanudar buenas relaciones con el Senado, para lo cual envió al conde Sigismero con el deber de prestar juramento al Senado “porque queremos mantener inviolablemente aquello que prometemos con público empeño”. Tras la muerte de Boecio y Símaco dichas relaciones se habían enfriado bastante.

Envió otra carta al pueblo Romano prometiendo respetar la Justicia y tener la misma clemencia para godos y romanos. Otra fue para diversos romanos asignados a la península Itálica y a Dalmacia solicitando el pleno consenso entre los dos pueblos; envió una carta para diversos godos asignados a la península Itálica, a quienes  el pequeño rey se presenta como heredero del viejo rey Teodorico. Otra misiva fue enviada a Liberio, prefecto del pretorio en las Galias, ofreciéndole consuelo por la muerte de su abuelo (no hay que olvidar que las cartas se enviaron en nombre de Atalarico), pues era gran amigo de éste. Y por último envió otras cartas al gobernador, a la corte de Rávena y a todos los provinciales asignados a las Galias, con la recomendación de que “los godos ofrezcan juramento a los romanos y éstos confirmen con juramentos a los godos de ser, todos juntos, devotos de nuestro reino”.

Todos parecían contentos.

Debí haber huido cuando Ubaldo, Gumersindo y Teodomiro, se rebelaron contra mi poder por ser mujer, e intentaron sublevar a sus soldados contra mí. Cualquiera de ellos quería ser el rey de los ostrogodos; debí haber escapado a Bizancio y dejar que se masacraran entre ellos. Entonces fue cuando comenzaron a ser más frecuentes las epístolas entre Justiniano y yo, a pesar de que entre el pueblo ya se murmuraba…, siempre se ha murmurado la existencia de negociaciones entre el emperador y yo. Pero el pueblo murmura sin fundamento, sólo por el placer de cuchichear de cualquiera y ¿quién mejor que su reina para hacerlo? Los vecinos  están demasiado vistos y criticados.

Todos esperaban, tanto en Roma como en Rávena, que al quedarme viuda, volviera rápidamente a elegir esposo para que me ayudara a gobernar. “No puede hacerlo ella sola, ¡es una mujer!” se escuchaba en cada esquina de cada calle de cada ciudad. “Es demasiada responsabilidad sobre sus espaldas, necesita a su lado un rey que tome las riendas y, llegado el caso, tenga mano dura”, escuchaban mis espías diseminados por todo el reino. Por ellos, precisamente, me enteré de la conspiración de Teodomiro, Ubaldo y Gumersindo, tres de los más importantes “pares” de los ostrogodos que se preparaban para derrocarme y con seguridad matarme.

No tuve más remedio, no me dejaron otra alternativa que adelantarme y demostrar mano dura mandándolos decapitar, yo hubiera querido hacerlo a plena luz del día y en medio de la gran plaza de Teodorico, pero mis consejeros dijeron que era mejor enviarlos a una misión y que allí murieran; de manera que los mandé a los Alpes con el pretexto de que los francos estaban a punto de invadirnos. Con la muerte de los tres “pares” se terminó la conjura y demostré que no me importaba ejecutar con tal de mantener al pueblo ostrogodo unido. Así lo expresé en el discurso que, a modo de explicación, no de excusa, dirigí desde las gradas del Palacio Real, a mi gente.

Ahora sólo recuerdo retazos.

“Los godos somos un gran pueblo, hemos conquistado muchos territorios gracias a nuestra unidad. Hasta con los godos que se han asentado más al oeste estamos en buenas relaciones considerándonos un solo pueblo. Cuando éstos han querido escindirse del pueblo godo de Teodorico se equivocaron y esa equivocación la han pagado en sus carnes, han sido derrotados y se han visto en la necesidad de reducir su reino.

A los godos no nos importa dónde estemos, qué territorio hayamos conquistado o en qué país nos hayamos establecido. Lo importante, lo primordial, no es la tierra sino el pueblo; no es la casa sino las personas que conforman el hogar, esa es la idiosincrasia o esencia del pueblo godo. Podemos cambiar de lugar, de dinastía, de actividad, nos podremos convertir en sedentarios, pero siempre seremos el pueblo godo. De forma que cuando en el seno de nuestro pueblo surge un ánimo diluyente, alguien que quiere dividirnos, debe ser eliminado, aunque haya demostrado coraje en la batalla, debe ser apartado del pueblo. Porque una cosa es asimilación de costumbres beneficiosas y otra bien distinta es división pura y dura.

Pensad, para terminar, que quienes os gobiernan lo hacemos siempre en nombre del pueblo godo, somos reyes de los godos, no de Hispania, Galia, Dalmacia, o de cualquier otro territorio, sino simple y llanamente reyes de los godos, allá donde estemos.

¡Viva el Pueblo Godo! ¡Vivan los Godos del Este!”.

Se fija Amalasunta en la historiada clepsidra sujeta por una especie de argolla a uno de los  grisáceos muros de la estancia, a la derecha de la gran chimenea que aún permanece encendida. El agua de la clepsidra ha llegado casi a la mitad de su capacidad, quiere decir que ha transcurrido un poco menos de tiempo del que queda para que amanezca. Cada noche, cuando por fin la oscuridad se hace negra, un soldado, o ahora el sacerdote, revisa que tenga suficiente agua el reloj y lo pone en la posición adecuada para comenzar a contar las horas de oscuridad. Cuando el agua torna a su fin significa que la noche está a punto de terminar y que por el este comienza a clarear el cielo; con las últimas gotas de la clepsidra aparecen los primeros rayos de sol. En los días nublados o lluviosos, sobre todo si son invernales, hay que llenar con un poco más de agua la clepsidra debido a que la oscuridad es mayor y las noches más largas. Es frecuente que en plazas y junto a los muros de iglesias, palacios, fortalezas y casas señoriales haya un reloj de pie para el día, ya que funciona con sol, y dentro de la casa una clepsidra para la noche. En la fortaleza del lago el reloj de pie está en un extremo de la plaza de armas.

Amala decide recoger su pergamino y marchar a dormir pero, de pronto, un dolor entre el estómago y el pecho, que reconoce perfectamente por no ser la primera vez en padecerlo, hace que se quede parada junto a la chimenea para ver si se le pasa. Es la ansiedad concentrada, como si fuera una piedra ardiente oprimiéndola bajo el esternón y que achaca a su incertidumbre. Estaba distraída escribiendo, sin acordarse de que está presa, pero en sólo un segundo ha vuelto a la realidad y ha comenzado el dolor que, finalmente, le hace desenrollar otra vez el pergamino y desplegar sus aperos de escritura para seguir plasmando sueños, inquietudes, recuerdos…

“Creo recordar que no mencioné en aquel discurso la mano firme con la que actué pues lo dejé bien claro con la decapitación de los conjurados. Mi mano fue firme pero mis emociones se desbordaron en la soledad de mi estancia recordando las tres cabezas de los conjurados que fueron traídas a mi presencia; la expresión inánime de sus acuosos ojos abiertos, indicando sorpresa o terror, no lo supe distinguir bien, me impresionó sobremanera. Sólo quise mirar lo imprescindible para cerciorarme que fueran ellos. Di las gracias a sus ejecutores, también les di unos sólidos de oro, recién acuñados en nuestras cecas de Ravena y de Roma con la efigie de Atalarico y en el reverso las inscripciones de costumbre: “Felix Ravenna” e “Invicta Roma”. Cuando estuve sola me eché sobre el lecho y por fin el llanto pudo aflorar; estuve toda la noche llorando sin poder parar. Esa parte del ejercicio del poder no la quería, no me gustaba, es más, me repelía, nunca he sido amiga de la violencia, sé que la mayoría de las veces todo se puede arreglar transigiendo, dialogando. Pero el poder es así y hay que aceptarlo entero, no se puede apartar lo que no gusta; el poder tiene esas dos vertientes, por un lado puede ser excelso, pero por otro destroza y envilece el alma de quien lo ejerce, no para conseguirlo (es otra historia), sino simplemente para usarlo y administrarlo. El poder se va apoderando de la persona y la ofusca, la trastorna, la obnubila haciendo que cambien sus valores, la envanece de tal forma que acaba sintiéndose portadora de la verdad absoluta, terreno peligroso ese de la verdad absoluta. Sabemos que, de existir, sólo un Ser podría ser portador de la verdad absoluta.

Es muy difícil dejar el poder cuando ya se ostenta y se ha probado su dulzor. A pesar de ello yo pensé en abandonar el poder y huir a Bizancio, no con el tesoro de los godos, como mis enemigos han dicho. No me hacía falta, tan sólo lo suficiente para el sustento del viaje y mantenerme los primeros días en la capital del Imperio. Tengo recursos para ganar mi oro sin tener que robarlo a mi pueblo. Además estoy segura de que Justiniano me habría ayudado económicamente, a pesar de Teodora y a pesar de lo tacaño que pueda ser a veces.

No, a mí no me ha podido la ambición sino el afán de proteger a los míos y el miedo a terminar como mi tía Amalafrida, la hermana de mi padre, torturada antes de ser asesinada por carecer de poder.

El poder es un arma de dos filos, por un lado protege pero por otro es objeto de codicia; yo sólo pensé que siendo reina me protegería de otras conspiraciones pues tenía mecanismos de defensa para ello. Debí haber escapado, no pensé que el daño vendría precisamente de quien favorecí uniéndolo al trono.

Pero fui tonta y no huí, a pesar de haber ordenado que un barco me esperara en Epidamno, la primera ciudad bizantina en la que ya me protegía el emperador.

Pero no hui…”

Ya seguiré en otro momento y añade esa coletilla que desde el comienzo de su encierro usa hasta la saciedad, “si es que ese otro momento llega para mí”. Enciende un hachón nuevo y sube a su estancia para intentar dormir algo o al menos descansar

Amalasunta no huyó porque se creyó a salvo tras la muerte de los tres jefes que conspiraban contra ella, creyó que con la muerte de Ubaldo, Teodomiro y Gumersindo se terminarían las conjuras de los disidentes. No pensó que su primo fuera el cuarto conjurado, sobre todo porque acababa de ser unido al trono para cogobernar juntos.

Cuando su hijo Atalarico mostró los primeros síntomas de su enfermedad mortal, los consejeros de Amalasunta, con Casiodoro a la cabeza, le aconsejaron que ante un posible desenlace fatal de la enfermedad del pequeño rey (como así ocurrió), se casara con un noble godo o uniera a su primo, también de la dinastía Amala, al trono. Un cambio de leyes para que las mujeres pudieran gobernar solas era impensable entre el pueblo godo.

Amala no quería volver a casarse (el asunto de Justiniano era otra historia, si el emperador le pedía en matrimonio, debía doblegarse y aceptarle. Pero todo eran conjeturas y habladurías), por lo que eligió a su primo para unirlo al trono y correinar juntos.

 

                                                  Tusciae Rex

Es fácil tomar la decisión acertada a posteriori, cuando ha pasado tiempo desde que han ocurrido los hechos por los que más tarde nos arrepentimos. En el momento de la disyuntiva lo hacemos pensando que elegimos la mejor opción, será más tarde cuando confirmemos la bondad de nuestra elección o nos rasguemos las vestiduras por haber sido tan tontos de haber hecho aquello que ahora aparece ante nuestros ojos como claramente erróneo.

Desde que Amalasunta está presa en la fortaleza Martana, no hace más que reprocharse el haber elegido la opción equivocada. Recuerda que allá, muy en el fondo a la izquierda de su corazón, una vocecita le advertía contra su primo y le decía que no era de fiar, que huyese tal y como había pensado en un principio o bien se casase con un noble godo que estuviera a su altura intelectual y con el que pudiera conversar de cualquier tema en las largas noches de invierno. Pero tanto su razón como los consejeros que le ayudaban a tomar decisiones de gobierno, inclinaron la balanza a favor de la opción segunda, unir a su primo como corregente.

Incluso algún consejero insinuó a Teodato que pidiera la nulidad de su matrimonio con Ermenfrida para casar con Amalasunta. Mas se quedó únicamente en eso, en una leve insinuación que cuando la Reina tuvo conocimiento de ésa supuesta solución, rechazó de plano; el sólo pensamiento de consumar el matrimonio con su primo le produjo un asco infinito. Por un momento cruzó por su pensamiento la cara de Teodato sobre la suya mirándola con sus ojos bizcos, besuqueándola, palpándola los senos e intentando penetrarla con la torpeza que le caracteriza en todos sus actos, y  le entraron ganas de vomitar. No, no la obligarían a casar con Teodato, no valía tanto el trono como para aguantar eso. A pesar de ser una mujer bastante sosa, la esposa de su primo parecía quererlo, o por lo menos aguantarlo. No sería ella quien se interpusiera entre los dos y mucho menos obligar a su primo a anular o ignorar su matrimonio

Repulsión es el adjetivo que mejor caracteriza lo que siempre ha sentido Amala por su primo.

 

Sin embargo, años después, comenzaría a circular una versión opuesta a la realidad, cuyo responsable fue Gregorio, obispo de Tours e historiador de la iglesia de los francos y de Auvernia. En su “Historia Francorum” arremete contra Amalasunta como si tuviera algo personal contra ella, cosa del todo imposible pues el obispo nació tres años después de morir Amalasunta.

Esa aparente escrupulosidad con la que narra sus crónicas desaparece respecto a ciertos personajes y momentos.

Uno de ellos es la reina Goda.

Es cierto que cuando se refiere a hechos acontecidos antes de que empezara a narrar su Historia Francorum escribe de oídas, pero también es cierto que hace más caso de algunas historias que de otras, sin contrastar las fuentes. De todas formas lo verdaderamente importante para el obispo de Tours era la fe, el dogma católico y desde el punto de vista religioso narra los hechos anteriores y contemporáneos suyos. Así vemos que se empecina en describir a Amalasunta y a su madre Audofleda como arrianas recalcitrantes, cuando es sabido que eran católicas; Amala por amor a su madre y ésta por ser princesa merovingia de rito católico amiga de Clotilde, responsable de la conversión al rito católico de su marido Clodoveo I y de tres mil francos más, un veinticinco de diciembre del año 496

El rito católico estaba en expansión entre los francos en detrimento del rito arriano. Quienes siguieron siendo arrianos convencidos fueron el padre de Amala, Teodorico el Grande, y Eutarico Cillica, su esposo; sin embargo Gregorio de Tours nada peyorativo escribe de ellos; en este caso achaca a las mujeres la poca influencia intencionada que ejercieron sobre sus esposos para que éstos abandonaran la herejía arriana y se convirtieran al catolicismo que desde el concilio de Nicea era la doctrina dominante.

El obispo de Tours sigue fabulando contra Amala para desprestigiar su imagen y el recuerdo que pueda tener de ella la Historia utilizando el principio tan usado de “calumnia que algo queda”. Y como lo escrito por el obispo franco ha sido uno de los pilares en los que se han sustentado muchos de los historiadores para describir y referir hechos y personas de la Europa del siglo VI, las mentiras del obispo han ido pasando de generación en generación dando por buena la información de Gregorio, hasta llegar a nuestros días, en los que, tímidamente, se está poniendo en duda parte de la Historia Francorum.

Además de considerar a Amalasunta arriana, que para el de Tours es algo gravísimo, también propagó otra serie de mentiras, como el matrimonio de Amala con un esclavo llamado Traguilla, al que su madre Audofleda mandó asesinar cuando se enteró de que se habían casado en secreto. A pesar de ser falso, este dato se puede todavía encontrar en alguna enciclopedia actual.

Otro tanto ocurre con su primo al que se describe como rey de los ostrogodos por su “matrimonio” con la reina Amalasunta, y se suele añadir “a pesar de estar casado”, dando a entender que su prima le obligó a contraer matrimonio con ella para poder seguir reinando en la península Itálica. Esta versión semioficial deja en muy mal lugar a Amala, pues no sólo aparece como ambiciosa sino como irreverente que desprecia las leyes al obligar a su primo a ser bígamo.

No se puede saber si Gregorio de Tours tenía conocimiento de la frecuente figura de la corregencia, ya conocida y practicada en el antiguo Egipto, suponemos que sí pero no quiso hacerse eco de la misma en este caso concreto y prefirió hacer bígamo a Teodato e irreverente con la ley a Amalasunta.

Otra cosa que el obispo franco no perdonó a Amala fue el apoyo que proporcionó a los visigodos de Hispania contra los francos a los que él defendía a ultranza por ser también él franco. Pero lo que de verdad le molestaba al de Tours era la retahíla de alabanzas tanto personales como intelectuales que escuchaba a la gente del pueblo y las que leyó en escritos contemporáneos de la Reina, sobre todo a Casiodoro. Los adjetivos más usados junto al nombre de Amalasunta eran buena, inteligente, culta, muy guapa, deseable, buena gobernante…  Para él, religioso medieval al uso, una mujer no debía destacar, debía ser sumisa, estar a lo que se le ordenara, aunque fuera noble, a la sombra de un hombre que la guiase. Para él los varones son de superior inteligencia; las mujeres son tentadoras ya que a través del sexo consiguen cuanto se proponen, esa es su única habilidad. Era frecuente escuchar en las iglesias y conventos medievales arengas contra el pecado de la carne y, por ende, contra la mujer como incitadora del pecado que más atormentaba a monjes y religiosos de la época.

Gregorio de Tours no iba a ser menos.

 

Teodato no perdonó ni una sola de las consideradas por él afrentas recibidas por parte de Teodorico o de su hija. Puntilloso al máximo iba echando en un saco imaginario los resentimientos siempre presentes en su alma. Era un saco que sólo se llenaba y nunca vaciaba. Y cuando un resentido detenta el poder, ya sea mucho o poco, lo utiliza para su venganza personal.  Ya desde pequeño, cuando correteaba por el palacio de su tío Teodorico y éste le reprendía por algo, comenzó a llenar su saco. Ni siquiera su madre Amalafrida podía llamarle la atención y reconvenirle cuando hacía algo indebido, se lo tomaba muy a mal.

Como es fácil suponer, en ese saco imaginario de afrentas había muchas de su prima Amalasunta. Cinco años mayor que él y conviviendo en el mismo palacio de Rávena ella lo mangoneaba como si fuera su hermana mayor; sin saber que su primo estaba enamorado de ella casi desde que tuvo uso de razón.

Por las noches la espiaba cuando Amala estaba en la habitación de su madre viendo cómo la esclava cepillaba el  cabello a Audofleda y cómo después rezaban madre e hija. La misma esclava acompañaba a la princesa hasta su dormitorio, calentaba la cama con la tumbilla y la peinaba un poco el largo y rojizo cabello. Después, su prima se metía corriendo, de un salto, en la cama y se tapaba hasta los ojos, sin sospechar que la mayoría de las veces su primo Teo entraba sigilosamente en su dormitorio y se quedaba mirándola hasta escuchar el sonido regular de la respiración de Amalasunta, indicando que dormía.

Después de esas aventuras nocturnas, Teodato, se iba a dormir tranquilo. Nunca se atrevió a hacerse notar por miedo a las reprimendas que tan mal llevó siempre. Como era pequeño y pocos le hacían caso en el palacio de su tío en Rávena, donde vivía grandes temporadas con su madre Amalafrida y su hermana pequeña Amalaberga, se acostumbró a mimetizarse con el mobiliario y entre las grandes columnas del palacio. Andaba, silencioso, como un gato, apareciendo de pronto junto a cualquiera dándole un susto de muerte, cosa que alegraba al niño.

Muchas mañanas, cuando su prima ya se había levantado, vestido y salido de su habitación, entraba Teodato y se metía en la cama para soñar y respirar el aroma dejado por Amala. A veces se quedaba dormido y así le encontraba la sirvienta que iba a arreglar la habitación y hacer la cama.

Nadie se percató de la obsesión que el niño sentía por su prima.

Fue el primero que se dio cuenta de la pasión surgida entre Amala y Máximo, no le pasaron desapercibidas las ardientes miradas con que su prima obsequiaba al latino. Alguna vez los sorprendió besándose en la oscuridad del jardín palaciego o apoyados contra alguna de las grandes columnas que circundaban el grandioso atrio del palacio. Se arrepentía enormemente de ser tan joven, quería poder estar en el lugar de Máximo al que odiaba con todas sus fuerzas. El romano, con su sola presencia, era capaz de llenar el saco de los rencores aunque no le hubiera hecho nada. Uno de los días más felices de su vida fue cuando llegó la noticia de la muerte de Máximo en la batalla de Vouillé. Antes de alegrarse quiso cerciorarse, pero cuando vio a su prima vagar por el palacio como un fantasma supo que era verdad y una risa nerviosa comenzó a llenarle el pecho obligándole a expulsarla. Un rival menos.

Entonces ideó hacerse el imprescindible, buscaba a su prima para que  le explicara los textos de Platón, del que se haría un estudioso o le contara historias de la Roma republicana, sobre todo de Julio César, o cómo murió Boecio, al que también comenzó a admirar. Sabía lo aplicada y amante del estudio que siempre fue  su prima y con su afán imitatorio Teodato comenzó a interesarse por los estudios, en especial por la Filosofía y la Historia, quería ser tan culto como su Amalasunta.

- Anda, Amala, cuéntame cómo se fundó Cartago, así cuando vuelva junto a mi padre, a su palacio cartaginés, podré presumir delante suya,   aunque sé que no valora mucho los conocimientos, pero…

-  Si ya te lo contado muchas veces, Teo, qué pesado eres.

-  Ya sé que me lo has contado pero no me acuerdo muy bien, te prometo que esta será la última vez. Anda. Sé buena.

Y Amala se sentaba, con paciencia, sobre el suelo caliente del hipocausto de la sala familiar palaciega. Su primo, muy callado, sentado junto a ella y reposando la cabeza sobre las piernas de la princesa goda la escuchaba embelesado.

- Como ya te he dicho más de tres veces, cuenta la leyenda que Cartago fue fundada por la princesa Dido, hermana de Pigmalión, rey de Tiro, hombre ambicioso que codiciaba el tesoro de Siqueo, esposo de Dido. Como hermano mayor y rey la obligó a que le revelase el lugar donde guardaba su cuñado el tesoro que poseía. Pero Dido, que no tenía un pelo de tonta, engañó a su hermano y le indicó otro lugar; mientras, ella desenterró el tesoro y huyó con unos servidores y un séquito de doncellas.

- ¿Qué pasó con Siqueo? ¿Por qué no huyó con ella?

- Sabes muy bien Teo –éste lo sabía perfectamente- que a Siqueo lo mató Pigmalión antes de ir a por el tesoro que, por supuesto, no encontró. Haz el favor de no interrumpirme más o no te contaré ninguna otra historia.

- Me callaré, no te preocupes, sigue por favor, por favor.

- Dido embarcó y llegó al norte de África hasta la región habitada por una tribu de libios cuyo rey era Jarbas al que pidió hospitalidad y un trozo de tierra para poder asentarse con su séquito. El rey contestó que le daría tanta tierra como ella pudiera abarcar en una piel de toro; pero ya sabemos que Dido era muy lista y con la piel de toro hizo finísimas tiras con las que pudo abarcar un extenso perímetro dentro del cual hizo erigir una fortaleza a la que llamó Birsa y más tarde se llamó Cartago.

- ¿Qué pasó después?

- Conoces la historia mejor que yo, Teo, otro día continuamos con los amores de Dido y Eneas, hoy estoy cansada.

- Gracias, prima, me gusta mucho cómo cuentas las historias.

Teodato abrazó a su prima, restregó su cabeza en un gesto cariñoso y se marchó a la sala de estudio para llegar a ser tan instruido como ella. Teodorico el Grande, a pesar de ser casi analfabeto tenía mucha curiosidad por el aprendizaje y obligaba a todos los niños que vivieran en su palacio a aprender, al menos, lo más rudimentario de la enseñanza. Por eso cuando construyó su gran palacio cuyas obras revisaba personalmente, se cercioró de que hubiera una buena biblioteca y junto a ella una gran sala de estudio para poder estudiar con tranquilidad y otra sala para recibir enseñanza. Siempre había en palacio dos maestros, al menos, para poder atender la demanda escolástica. A pesar de sus muchas actividades, Teodorico estuvo constantemente pendiente del aprendizaje infantil; prefería maestros griegos pues tenían fama de ser los más instruidos y los mejores enseñantes.

En su encierro del lago Vulsinio, la todavía reina recuerda a su primo de pequeño frecuentemente pegado a ella y parecía que queriéndola. ¿Qué es lo que ha cambiado entre los dos? ¿Es sólo cuestión de poder? ¿A qué obedece este encierro? Amalasunta cree que ha sido el miedo el motor incitador de la actuación de su primo, por mucho que le dé vueltas no acierta a comprender los motivos por los que la ha encerrado en la fortaleza Martana.

Pero ¿miedo a qué?

Al unirlo al trono y hacerlo rey de los ostrogodos le ha regalado la más alta posición que se puede tener en un reino, en el caso del reino ostrogodo sólo debe dar explicaciones al Imperio y a su emperador, Justiniano. Si algo perturba el ánimo de Teodato, que mire hacia Bizancio, pues es de donde puede venir el peligro, no de Amalasunta que con la muerte de los tres nobles godos ha superado con creces sus acciones violentas. Está muy arrepentida de haberlos mandado ejecutar, no porque le remuerda la conciencia, es la Reina y por lo tanto dueña de las vidas de sus súbditos, es por sus familias, por sus esposas que han quedado indefensas.

En el siglo VI las ejecuciones ordenadas por el rey o por la autoridad eclesiástica del lugar, no se consideraban ni delitos ni pecados sino el ejercicio normal del cargo que ostentaban. Los primeros por ser considerados descendientes del rey David y de Jesucristo, y los segundos por ser los representantes de la verdadera fe, del vicario de Cristo que a su vez es el representante de Dios en la Tierra y poseedores de la verdad absoluta.

No, el arrepentimiento de la Reina viene del daño causado a las familias de los tres ejecutados. La figura masculina es fundamental en la sociedad goda y si desaparece el padre, el hermano o el hijo mayor, la mujer tiene que volver a casarse si está en la edad o debe profesar en un convento; si permanece sola será objeto de murmuraciones. Piensa, Amala, en la desventura de las esposas de los “pares” godos, obligadas a contraer nuevo matrimonio para poder sacar a sus hijos adelante, pues los tres tenían descendencia

Por muchas razones hubiera sido mejor haber embarcado desde Rávena hasta Epidamno y Bizancio y haber pedido el amparo del emperador. Pero no lo hizo y ahora está presa de su primo en la fortaleza del lago Vulsinio..

Puede que el miedo de su primo hacia ella se base en que sea él quien tuviera intenciones espurias. Aún a su encierro del lago le han llegado noticias de los desmanes que Teodato lleva a cabo entre ostrogodos y latinos, rapiñando todo lo que puede e impartiendo injusticia en los tribunales.

Pero no se siente de corcho como cuando murieron sus seres queridos, ahora se nota dolorida, con esa sensación física de opresión en el pecho tan habitual en los últimos tiempos de su vida. Se lo merece, piensa mirando las tranquilas aguas del lago, se lo merece por haber bajado la guardia y no haberse dado cuenta de que tenía el enemigo junto a ella, precisamente a quien ha encumbrado. Podía haber elegido el matrimonio con un noble en lugar de unir al trono al ambicioso y cobarde de su primo. Se lo merece por haber sabido y, a pesar de ello, permanecer inmóvil en una especie de limbo en el que se sucedieron los acontecimientos fatales que la han llevado a su situación actual. Amalasunta sabe que su dolor se agudizará sin dar lugar a que se cronifique, y espera, espera como un castigo las consecuencias de su anterior inmovilismo producto de autoexcusas.

 

El rey de bisoja mirada, “el Bisojo”, como es vulgarmente apodado, es una persona resentida, así lo manifiesta en el ejercicio de su autoridad, pero además se ha rodeado de una corte de hambrientos de poder y avarientos de dinero que lo aconsejan conforme a sus propios intereses, sin importarles las necesidades del pueblo godo. Sólo han tenido una preocupación desde que Teodato ha subido al trono, preocupación compartida por el rey, que el emperador no se entere de nada de lo que suceda en el reino ostrogodo.

Por ese motivo cuando el senador Alejandro llegó a la península Itálica, junto a los obispos Demetrio de Filipo e Ipacio de Éfeso, embajadores enviados por Justiniano desde Bizancio, el flamante rey ostrogodo intentó distraerles con un programa apretado de actividades. A los obispos los envió a Roma para que participaran y discutieran cuestiones teológicas en la curia romana; al embajador Alejandro, lo acompañó a Rávena para que se entrevistara con  Amalasunta, verdadero motivo del viaje, pues Justiniano estaba preocupado por la tardanza de la Reina en llegar a tierras del Imperio. Oficialmente el motivo de la entrevista era “la cuestión de Lilibeum” (actual Marsala) y otros asuntos. El Lilibeum era un problema que venía coleando desde el gobierno de Teodorico pero que le estalló a Amalasunta cuando era la Reina, como tutora de su hijo.

Aunque había perdido parte de su antiguo esplendor (“splendidissima civitas”, la llamaba Cicerón cuándo fue cuestor en Sicilia) como ciudad más importante de Sicilia, Lilibeum seguía siendo una de las ciudades claves de la isla por su situación estratégica y ser la ciudad más cercana a las costa africanas.

Cuando Amalafrida, hermana de Teodorico, se casó, el rey godo le entregó a su hermana, como dote, la ciudad de Lilibeum. Al enviudar y volver a casar con Trasamundo, rey de los vándalos, la ciudad pasó a ser gobernada por el segundo marido de Amalafrida. Al morir primero Trasamundo, y después ser asesinada Amalafrida, la ciudad debía ser restituida a la corona goda, pero los vándalos no quisieron devolver tan importante ciudad ya que su gran flota tenía como centro el puerto de Lilibeum.

Por otro lado a Bizancio, como a todo gran imperio, le llegó la hora de la expansión conquistando territorio tras territorio, país tras país; primero marchó contra el enemigo más débil, el pueblo vándalo, que demostraba ya su rotunda decadencia bajo el gobierno de su rey Gelimer. Los vándalos aún conservaban el sur de Hispania, el norte de África con capital en Cartago y algunas ciudades en Sicilia, entre ellas Lilibeum, de la que no se querían deshacer a pesar de pertenecer a los godos, en concreto a Atalarico, el pequeño rey hijo de Amala.

Ante esa situación, la reina goda decidió ayudar indirectamente a Bizancio, permitiendo que el general bizantino Belisario y su flota se guarecieran en puertos sicilianos como paso previo a la invasión contra los vándalos de África y, posteriormente, del sur de Hispania.

Tras la derrota de los vándalos, los bizantinos atracaron su flota en Lilibeum  quedándose en lugar de los vándalos, cosa que no gustó nada en la corte goda de Rávena considerándolo como un abuso contra el rey niño, Atalarico.

Gran diplomática, Amalasunta, no quiso nunca enfrentarse al Imperio Romano de Oriente del que dependía su reino. Nunca se sabe si alguna vez se decidiría a viajar hasta Constantinopla en busca de refugio, si fuera otra vez necesario. Pero aprovechaba sin dudar un segundo cualquier minucia para hacer frente a Bizancio, aunque fuera en pequeñas cosas. Por eso acogió a diez desertores hunos huidos del campo vandálico que se refugiaron en Campania. Se puso de acuerdo con Uliano, gobernador godo de Nápoles (la antigua Parténope), para esconderlos y más tarde los alistó en su ejército que luchaba contra los gépidos, en el frente balcánico, cerca de Sirmium.

Eran mercenarios contratados por los vándalos, por lo tanto al perder la guerra contra Belisario se rescindió el contrato quedando libres para alistarse en otro ejército. Pero los bizantinos opinaban de distinta manera considerándolos prisioneros de guerra, igual que otros vándalos, por lo que reclamó su entrega insistentemente ante la corte de Rávena, sin obtener resultado alguno.

Por último, Amala tuvo que escuchar otra queja de los labios del embajador Alejandro: en la campaña de godos contra gépidos, persiguiendo los primeros la retaguardia gépida, entraron en territorio bizantino llegando hasta la ciudad de Graciana, atacando a sus habitantes. Lo que fue considerado por Justiniano una violación injustificada, y con razón.

Tras la exposición de todos estos pequeños conflictos, Alejandro pasó al tema principal, al que verdaderamente le había llevado a Rávena, el retraso del viaje  de Amala a Epidamno y le entregó una carta de Justiniano con todos los temas ya expuestos por el embajador, incluida la inquietud del emperador por la seguridad de la Reina.

Con sus profundos ojos azules miró detenidamente al embajador y, sonriéndolo, le invitó a pasar unos días de descanso en la corte goda de Rávena, habilitando la estancia destinada a los huéspedes importantes.

- Espero que estés cómodo, te hará bien estar unos días de asueto. Así podré preparar tranquilamente la contestación al emperador.

A pesar de estar acostumbrado al lujo de la corte bizantina, Alejandro se sorprendió gratamente con la acogedora decoración de la habitación y  la serenidad que en ella se podía respirar, pero lo que más llamó su atención fue el gran mosaico que decoraba el muro frente a la cama; se trata de una gran cenefa de mosaicos pegada a la pared encima de un arcón en el que se guarda la ropa de la cama. Es un esmerado mosaico característico del arte godo representando la llegada de Teodorico a Rávena que ocupa una banda cercana a los dos metros de ancho y que va de lado a lado de la pared. Es de los pocos mosaicos con motivos civiles que hay en el palacio Real de Rávena; casi todos los mosaicos, y son muchos, son de carácter religioso como el gran mural de la entrada representando a los apóstoles.

En casi todas las estancias palaciegas hay algún motivo grande o pequeño, a modo de cuadro, hecho con pequeños mosaicos característicos de la época. También los suelos de la mayoría de habitaciones están decorados con mosaicos; como el dormitorio de Amalasunta, en cuyo piso aparecen dibujadas  las nueve musas. Ella ha puesto el lecho de forma que a los lados del mismo estén Clío, musa de la Historia y Euterpe, musa de la Música, así lo primero que hace al despertar es saludar a sus dos musas preferidas.

Cuánto añora su habitación con sus queridos muebles de nogal, oscuros, sobrios pero confortables. No se puede quejar de la habitación que tiene en la fortaleza Martana, pero añora despertarse en su cama, saludar a sus musas, asomarse al balcón que hay a la derecha y ver a lo lejos el mar, tan azul, tan tranquilo como está siempre el Adriático, tan ensoñador…Y qué bonito es su gran armario, con su ropa bien ordenada y dos grandes cajones, abajo, en los que guarda la ropa de la cama. A la izquierda, el tocador con los afeites que usa para acicalarse,  su gran peine de plata, y a la derecha el bonito espejo en el que tantas veces se ha mirado y se ha gustado. Siente especial cariño por ese espejo con la trasera adornada de mosaicos azules y dorados como si fueran olas marinas; fue un regalo de su medio hermana Tiudigota cuando Amala cumplió once años y comenzó a menstruar.

- Ya eres toda una mocita casadera – se presentó con el regalo en la habitación de su hermanita.

- Aún me queda mucho para casarme, antes debo aprender muchas cosas - contestó Amala muy seria, para parecer más mayor -.  Además, pensándolo bien, no quiero casarme, te obligan a hacerlo con hombres que no conoces  y son muy viejos.

- Tonta pero luego te gusta, yo tampoco quería casarme con Alarico II, pero cuando lo conocí, acabé enamorándome de él.

- Y ¿para qué sirve el matrimonio? –Preguntó Amala, ignorante en ese tema.

- Pues para muchas cosas -contestó su hermanastra, mayor que Amala-. Si logras vivir sin la familia de tu esposo y tienes casa propia, eres la dueña de tu casa y puedes mandar en los esclavos. Si hay una suegra por medio…, es otro asunto. Claro, depende de cómo sea, yo he tenido suerte con mi suegra Ragnagilda, no interfiere en nuestras vidas…

- Pero, para algo más servirá el matrimonio, digo yo, porque para ser dueña de una casa…Ya no soy tan pequeña Tiudigota, he escuchado conversaciones y algo me imagino, pero quiero que alguien de confianza me lo diga y no me mientas, sabes que te lo noto en seguida.

- Sé a lo que te refieres Amala –Tiudigota baja la voz y cierra bien la puerta de la habitación para contestar-. Ahora todavía eres muy joven, aunque hayas empezado a menstruar. Ya verás cómo a partir de ahora te cambiará el cuerpo, te crecerán los pechos y te gustará tocarlos, aún más, que un joven guapo te los toque –no me interrumpas-. También ensancharán tus caderas, tomando las formas de mujer. Y empezarás a notar como un cosquilleo entre las piernas, en tu sexo, que se cubrirá de vello, en tu caso rojizo porque eres pelirroja, yo como soy morena, lo tengo negro.

- ¡Negro! –se admira la niña-, ¡a ver, enséñamelo!

- No seas tonta, Amala, es igual que el tuyo pero con vello.

- Sólo quiero saber cómo será el mío cuando crezca.

- Si nos ve alguien, ¿qué creerá? Va a pensar lo que no es.

- Mira, Tiudigota, cierro la puerta con el pestillo, ya no puede entrar nadie –y de un brinco se acercó a la bonita puerta de nogal para echar el pestillo.

- Bueno, pero sólo un poco y a modo didáctico, como te gusta decir a ti.

Su hermanastra se subió la túnica y se bajó, un poco, los pantalones blancos y estrechos al estilo godo que llevaba debajo descubriendo un pubis poblado con el vello negro, rizado, característico de las partes sexuales.

Amalasunta, con sus once años recién cumplidos se maravilló del pubis de su hermana, tan poblado, tan negro, tan rizado. ¡Ella quería tenerlo igual!, ¡quería tenerlo ya!, sin esperar, ¡ahora!, que le creciera el vello de un día para otro.

- Tendrás que esperar un poco, hermana, al menos unos meses. Pero no te impacientes, que todo llega. De todas formas con esto de enseñarnos nuestras partes pudendas se me ha olvidado que el motivo de venir a tu habitación es el regalo de tu cumpleaños, mira, este espejo que mi suegra me regaló hace tiempo, perteneció a Gala Placidia.

- Gracias hermana. ¡De Gala Placidia! Siempre me ha gustado visitar su mausoleo y rezar por su alma.

Se fundieron en un abrazo maternal del que estaba tan necesitada la princesa goda; tenía más confianza con Tiudigota que con su madre, Audofleda sólo le hablaba de rezos y demonios.

Cuando se quedó sola aún estaba sorprendida por el pubis de su hermana, era el primero que veía perteneciente a una mujer mayor y, como una autómata, cogió el espejo de Gala Placidia que acababa de regalarle su hermana y se observó con detenimiento su pelona entrepierna. Inmediatamente notó cómo la envidia entraba en su cuerpo.

Aunque fueran medio hermanas y se llevaran ocho o nueve años Tiudigota y Amalasunta estaban muy unidas, sobre todo cuando la reina visigoda enviudó de Alarico II y volvió a vivir en la corte ostrogoda de su padre, en Rávena.

Su otra hermanastra, Ostrogota un poco mayor que Tiudigota, tuvo menos relación con Amala por vivir al sur de la Galia al estar casada desde muy joven con Segismundo, rey burgundio.

Recuerda cada minuto de su infancia; ya se ha convertido en una vieja que se acuerda más de su niñez que de lo pasado el día anterior. Estoy vieja y cansada, piensa Amala, que esa noche finalmente no ha podido dormir y se la ha pasado pensando y rememorando caóticamente momentos de su vida, sin conexión entre ellos. Ya queda poco para que comience a clarear, siempre lo hace por la derecha del ventanal que da al lago, el agua de la clepsidra está a punto de terminarse y su espíritu, que ha estado en su palacio de Rávena, donde casi siempre ha sido feliz, regresa a la triste realidad de la isla Martana.

Amala sigue sin saber la respuesta que se hizo al comenzar la noche. ¿Qué pasó entre ella y su primo para llegar a la fortaleza del lago en calidad de prisionera? ¿En qué momento se rompieron los afectos? Seguramente nunca los hubo o puede que fueran más débiles que la ambición y con seguridad mucho más que el miedo. Por miedo se hacen cosas que sin él sería impensable llevarlas a cabo.

Cuando Boecio fue encarcelado y sentenciado a muerte, Amala quiso despedirse de su gran amigo y lo visitó en la cárcel. Ante la sorpresa de la entonces princesa, Boecio estaba tranquilo, sereno, a ella le pareció que hasta un poco contento.

- Es que no tengo miedo, Amala, no tengo miedo a morir ni he tenido miedo a la sentencia, ni al juicio, no tengo miedo porque siempre he actuado bien, conforme a las reglas sociales y a las leyes por las que nos regimos. Cuando una persona no siente miedo, pero de verdad, de verdad, no para aparentar frente a los demás, bien, cuando una persona no siente miedo, obra conforme a las leyes de la naturaleza y procura no hacer mal a nadie. Tu padre, Amala, me ha condenado porque él sí ha tenido miedo, ha creído que yo estaba conspirando en contra suya, que me puse en contacto con Bizancio para destronarle; el miedo a perder todo su poder, su posición, el miedo a verse mendigando o encarcelado, ÉSE MIEDO, es el que hizo que me condenara.

En realidad es un miedo interior que nos sale afuera ante lo que creemos una amenaza. Una de las peores emociones del hombre es el miedo. Por supuesto hay que tener miedo, pero a un peligro real, no a las historias que pensamos en nuestra mente y que casi nunca se corresponden con la realidad. Tu padre era valiente frente al enemigo en la batalla, pero sentía otra clase de miedo, era cobarde frente a los miedos internos, más difíciles de  identificar.

Después de pensar, recordar y razonar, Amala llegó a la conclusión de que estaba allí encerrada por miedo, por el miedo que su primo la tenía. No fue por las llamadas de atención que tanto ella como su padre le hicieron para que dejara de robar las tierras de sus vecinos o restituyera las aprehendidas injustamente. No, no fue el resentimiento, aunque ayudara, fue el miedo a ser asesinado como aquellos pares que se le enfrentaron. Lo que nunca supo Amalasunta fue que hubo un cuarto noble participando en la conjura, su primo “el Bisojo”. Pero Teodato no estaba muy seguro de ésta última circunstancia y pensó que su prima estaba al tanto de la conspiración.

Al morir en los Alpes Teodomiro, Ubaldo y Gumersindo y enterarse por su prima que había sido ella quien los mandó asesinar, Teodato comenzó a preocuparse; como alguien que quiere sonsacar información, hacía preguntas aparentemente tontas a su prima para comprobar qué es lo que la Reina sabía a cerca de la conjura que llevó a los tres nobles a la muerte. Por aquel entonces Atalarico ya estaba enfermo sin que los físicos supieran de qué, fue cuando en el horizonte apareció la remota posibilidad de ser unido al trono y comenzó a rumiar.

El también llamado Tusciae rex estaba casado con Ermenfrida, hija de Gumersindo, uno de de los nobles descontentos con la Reina por la educación tan romanizada que le proporcionaba al pequeño rey Atalarico. A pesar de que Teodato había recibido enseñanzas parecidas y admiraba profundamente a Platón y la cultura romana, logró unirse al grupo de nobles que sembraba el malestar entre los godos para que se le privara a Amalasunta del derecho de educar a su hijo.

Porque hay que saber que Teodato era mal considerado tanto entre su propio pueblo godo, como entre los latinos, todos recelaban de él. Ese fue el motivo por el que la nobleza goda no quería que participara en la conspiración contra Amala, no se fiaban de él, no porque fuera primo de la Reina o perteneciera a la misma dinastía amala, sino porque era vox populi su desmesurada ambición y su capacidad para traicionar en el último momento. Si logró formar parte de la conjura contra Amalasunta fue gracias a su esposa Ermenfrida que intercedió ante su padre Gumersindo.

Cuando los nobles lograron separar al hijo de la madre y comenzaron a educarle a lo godo, precisamente fue Teodato quien inició a su primo segundo, Atalarico, en una vida de francachela constante y, como las armas no eran del gusto del Bisojo, dejó a otros nobles que enseñaran al rey el manejo del hacha, la lanza, la espada y el arte de la defensa personal.

 

                                               La Corte de Rávena

        

La primera noche que el embajador Alejandro pasó en el palacio Real de Teodorico -siempre se llamaría así-, durmió como un bebé. No recordaba desde cuando había descansado tan bien. El sol mañanero le despertó lleno de energía y alegría sin motivo alguno, no entendía a qué venía tanto optimismo, no se lo podía explicar, pero no pensaba protestar ante nadie por ello, la vida es demasiado seria y a menudo demasiado triste como para protestar por estar contento. Simplemente estaba gratamente sorprendido. Se asomó a la ventana que daba a un jardín perfectamente cuidado y del que se desprendía un suave y dulce aroma que llegaba hasta la habitación de Alejandro. Como todo en Rávena sea igual, pensó el embajador bizantino, creo que permaneceré bastante tiempo y a poco que se descuide el emperador, me quedo a vivir aquí.

Después se entretuvo en mirar detalladamente el gran mosaico que representaba la entrada de Teodorico en la ciudad donde instalaría su Corte y haría el centro de su reino. Era muy colorido (como casi todos los mosaicos repartidos por la ciudad), pero predominaban los tonos azules y rojizos dando mucha fuerza a la composición. Frente a la ventana había una puerta que Alejandro abrió con precaución, no fuera a ser que diera a otra estancia y estuviera ocupada. Era una pequeña habitación rectangular con dos letrinas al estilo romano, una matula (orinal), una bañera al fondo, un mueble con una palangana, su aguamanil y una mesa rectangular, alta, que le llegaba hasta la cintura, ¿sería una cama de repuesto?

Decididamente Alejandro quería vivir en aquel confortable palacio.

En Bizancio era mayor el lujo, y más ostentoso, pero al ser más grande también la suciedad se notaba más que en la capital goda. No hacía mucho Rávena había sido una ciudad del Imperio Romano de Occidente, con habitantes en su mayoría ciudadanos romanos y, aunque el Imperio ya estuviese en plena descomposición, muchas costumbres propiamente latinas se mantuvieron e, incluso, fueron absorbidas durante algún tiempo por los llamados pueblos bárbaros entre los que se encontraban los godos. Más tarde, con el avanzar de la Edad Media, esas buenas costumbres fueron, poco a poco, despareciendo como consecuencia del paso atrás que sufrió la civilización en Europa.

Siempre que ha ocurrido un estancamiento o retroceso socio cultural europeo ha estado por medio el pueblo germano.

Ahora nos referimos por ejemplo a la salubridad e higiene, en la antigua Roma estuvo mucho más avanzado que, por ejemplo, en el siglo X. El sistema de letrinas públicas y privadas bajo las cuales corría el agua para arrastrar la suciedad, era muy sofisticado y ayudaba a la limpieza tanto de las calles como de las casas de los adinerados.  En las casas más humildes se usaban las matulas cuyo contenido era depositado en grandes tinajas vaciándose periódicamente en pozos negros que también se limpiaban cada cierto tiempo.

Por eso no es de extrañar que en el palacio Real de Rávena hubiera instaladas en muchos dormitorios una o dos letrinas que solían ser de mármol, e incluso algunas de madera. También gozaba, al igual que otras muchas ciudades romanas, de sistema de alcantarillado, ya conocido por los etruscos.

Cuando el embajador bizantino iba a entrar en la sala de baño, llamó a la puerta un esclavo para ayudarle con el baño. Son órdenes, explicó el esclavo muy decidido.

- ¿El señor embajador quiere usar la letrina?

- Pues mira sí, ahora que lo dices, tengo ganas. Pero primero dime cómo te llamas.

- Mi nombre es Amintas, pero todos me llaman Amin.

- No pareces godo, eres mucho más moreno.

- No, soy cartaginés, de una pequeña ciudad llamada Gori, aunque mi familia es de origen griego.

Mientras hablaba, el esclavo se sentó sobre el orificio de una letrina y ante el asombro de Alejandro, explicó que era para calentar el mármol, así cuando se sentara el embajador no estaría tan frío.

- En Bizancio no han llegado estas costumbres tan sibaritas.

- Es característico de Roma, a la Reina le gusta todo lo romano. Ya podéis sentaros. Cuando termines, te puedes limpiar con esta esponja que hay colgada y me llama para el baño.

- ¿Y esta mesa tan alta?

- Es por si queréis un masaje.

- No, creo que con el baño será suficiente.

Cuando el embajador terminó de usar la letrina, volvió Amin con unos calderos grandes de agua que echó por un canalillo bajo la letrina. Después volvió con más calderos, esta vez de agua caliente, para el baño al que añadió hojas y flores de romero que aromatizaron la sala. El romero también es bueno para los músculos.

Ya vestido y acicalado, Alejandro salió de su habitación, quería ver detenidamente el palacio, pero Amin le condujo al comedor, una gran sala con varias mesas de madera, unas redondas y otras rectangulares, en las que algunas personas estaban tomando fruta fresca, frutos secos y leche agria. Era el ientaculum, la primera comida del día.

En una mesa redonda, junto a otras dos mujeres, estaba Amalasunta con su perrita Frida sentada a su lado, charlaban distendidamente mientras desayunaban. Conforme el embajador bizantino se acercaba a la mesa de la Reina, unas risitas se escaparon de las amigas de ésta que no pasaron desapercibidas para nadie. A Teodato, sentado en la mesa contigua desayunando con su hijo mayor, se le torció el gesto, una de las risitas pertenecía a Ermenfrida, su esposa y ayudante palaciega de la Reina. Siempre dispuesta a la chanza, esta mujer mía es una simplona –pensó Teodato-, menos mal que al menos se porta bien en la cama y accede a todo lo que le pido.

- Señora –se inclinó levemente Alejandro ante Amala -, estaré eternamente agradecido a vos por la acogedora hospitalidad que me brindáis.

- Sentaos* con nosotras y comed un poco para reponer fuerzas. A veces las noches cansan demasiado - más risas, esta vez más sonoras y acompañadas de miradas de complicidad entre las mujeres.

- Lograréis ponerme nervioso…

-¿Cómo es la emperatriz? ¿Cómo es Teodora? - Amalasunta cortó el azoramiento del embajador, conocía bien a sus compañeras de mesa y sabía que lograrían  inquietarlo, hasta Casiodoro que era conocido como “el Tranquilo”, se salía de sus casillas cuando Ermenfrida y Adalsinda, las nobles ayudantes palaciegas y compañeras de la Reina, empezaban con sus cuchicheos, risitas y provocaciones.

- Es una gran mujer, casi como vos, Majestad.

- No seáis zalamero, embajador. Dejad la diplomacia y las conversaciones oficiales para la Sala del Trono. Quiero saber qué carácter tiene, qué inquietudes…Creo que sois un hombre con buen criterio y me diréis la verdad.

- Como sabéis la emperatriz es de origen humilde y tuvo unos comienzos difíciles. Quedó huérfana muy pequeña. Se ganaba la vida primero ayudando a su hermana Komito en las funciones teatrales y después ella misma actuó de manera provocativa en el teatro de Constantinopla. Consiguió fama representando a Leda, tumbada en el suelo del escenario e invitando a los asistentes que le echaran por encima de su cuerpo, casi desnudo, granos de trigo que comían con avidez unas ocas mientras Teodora se retorcía de placer.

- Se trata de la leyenda griega de Leda y el Cisne ¿No es así?

-  En efecto, mi Reina, pero como no tenían cisnes utilizaban ocas. Poco después conocería a Antonina, que como ya sabéis es la esposa del general Belisario y ambas entraron a trabajar en un prostíbulo. Desde que Bizancio es el centro del imperio recibe mucha gente, el trasiego de personas es interminable cosa que beneficia a todos, incluyendo a las meretrices. Fue entonces cuando conoció a Hecébolo, oficial sirio que se dirigía a Cirenaica  para ocupar el cargo de gobernador.

- ¿Dónde está Cirenaica? –preguntó Amalasunta interesada en la explicación del embajador.

  - En el norte de África, era la antigua provincia romana de Creta et Cyrenaica, aunque su origen es muy anterior. Ahora, como es lógico,  pertenece a Bizancio.

- Como es lógico –ya sólo era  Amalasunta la que escuchaba, ante la seriedad que la conversación iba teniendo, sus ayudantes palatinas pretextaron obligaciones y huyeron-. Sigue, sigue.

- Permaneció los cuatro años que duró el cargo junto a Hecébolo con quien tuvo una hija. De vuelta a Constantinopla Teodora prefirió quedarse en Alejandría y después en Antioquía para finalmente llegar a Constantinopla. A su hija le dejó con su padre, no se sentía con fuerzas para criarla.

Cuando entró por la Puerta Aurea, Teodora contaba veintidós años reales y muchos más de experiencia.

No quiso volver al prostíbulo y se hizo hilandera estableciéndose en una casa cerca del palacio, allí conoció al que sería su esposo, Justiniano, sobrino del emperador Justino. Su gran belleza cautivó al futuro emperador desde el primer momento que la vio. Pero no pudieron casarse, como era su deseo, porque la ley Constantiniana, aún vigente, impedía el matrimonio entre actrices y oficiales gubernamentales. Hubo de esperar a la muerte de la emperatriz Eufemia que aunque quería mucho a Justiniano estaba en contra de su matrimonio con la antigua actriz. Al morir Eufemia, Justino se dejó convencer por su sobrino y aunque a regañadientes derogó la ley, pues apreciaba de verdad a Teodora; sabía que haría feliz a su sobrino y se comportaría siempre con decoro. Como así es.

  -¡Qué vida tan intensa! - Exclamó un poco envidiosa Amalasunta. Ella siempre ha estado en Rávena, aunque haya viajado por todo su reino su hogar siempre ha sido el mismo y le da un poco de rabia. Su mundo siempre fueron los libros, el estudio… Si conocía otras civilizaciones, otros tiempos, otros lugares, otros personajes era por haberlos estudiado e imaginado. En cuanto pudiera emprendería un viaje a Hispania, la tierra de su marido, lo tenía decidido, viajaría hasta Amaya Patricia y se llevaría a sus hijos para que pisaran por donde lo había hecho su padre y sus abuelos. Quién sabe, puede que encontrara algún familiar. Salió de su ensimismamiento y comenzó a jugar con Frida.

- Es muy simpática, la perrita.

- Y más inteligente que muchas personas –contestó Amala cogiendo a Frida en brazos besándola hasta atosigar a la pobre perrita-. A pesar de su tamaño, tan pequeño, es grande en el afecto que me tiene y yo a ella. No os escandalicéis, pero es casi como mi tercer hijo. ¿Queréis dar un paseo por la ciudad?

- Estoy deseando, mi Reina –como buen diplomático, Alejandro sabía tratar a las personas, en particular a las mujeres.

Cuando salieron del comedor camino del gran pórtico de entrada seguidos de dos esclavos, dos soldados, sus fieles gardingos y de Frida, se encontraron con Matasunta, la hija menor de Amala, una jovencita de quince años muy parecida a su madre, pero de cabellos morenos. Esbelta y alta, como la Reina, llevaba el cabello suelto sobre una gran capa violeta que le llegaba hasta los pies resaltando su figura y el color oscuro de su rizada y larga melena. Sus penetrantes ojos negros le conferían un halo de misterio que ella sabía explotar mirando de una forma muy particular y serena que le hacía parecer más mayor.

-  Buenos días madre, ¿dónde vas?

- ¿Conoces a Alejandro, embajador de Bizancio?

- Algo he oído, pero no hemos coincidido.

- Llegó ayer y se va a quedar unos días con nosotros. Hay que ser amables con él, no vaya a contar cosas malas de nosotros al emperador. Que conozca la hospitalidad goda.

- Estoy tan gratamente sorprendido por la acogedora recepción y trato que me parece voy a alargar unos días más mi estancia en Rávena, si vos me lo permitís.

- Matasunta –preguntó la Reina-, ¿quieres venir con nosotros? Quiero enseñarle al embajador nuestra pequeña ciudad.

Tras una detenida ojeada al embajador, la princesa aceptó. Era mucho mayor que ella, pero muy atractivo y Matasunta estaba en esa edad (contaba quince años) en la que gusta tontear con los todos los hombres en general, pero sin atarse a ninguno en particular. Debía aprovechar que su madre no le había buscado marido. Ya se sabe las princesas y nobles son buenas monedas de cambio.

Pero Matasunta conocía perfectamente a su madre y sabía que haría todo lo posible para que su hija casara con quien ella libremente eligiera.

Salieron del gran Palacio de Teodorico, giraron a la derecha y fueron a pié hasta la vecina iglesia arriana del Salvador, también llamada de San Apolinar. Subieron al campanario para poder disfrutar de las maravillosas vistas de la ciudad y del mar. Todos jadearon al llegar, menos Amalasunta que con su característico dominio de sí misma y su afán de despuntar en todo, disimuló el cansancio y los latidos acelerados de su corazón acercándose al borde de la torre y exclamando acerca de la belleza de las vistas.

- A pesar de no ser un día muy claro, es precioso, nunca me cansaré de las vistas. ¡Mirad, qué bien se ve la terraza del palacio!

Después de ver bien la maniobra de atraque de un barco que entraba en el puerto ravenés de Classe, bajaron a ver la iglesia llena de mosaicos de la vida de Cristo, de imágenes de profetas, de Cristo separando a las ovejas de las cabras a semejanza del mosaico del Buen Pastor que hay en el mausoleo de Gala Placidia, y muchas otras imágenes de nobles godos, varias del rey Teodorico, un gran mural del Palacio Real y otro del puerto de Classe, mandado construir por Augusto siendo el mayor puerto de todo el Adriático, con tres embarcaciones alineadas y amarradas y las murallas de Rávena.

Después se dirigieron hacia el mausoleo del gran Teodorico, una mole en la que estaba enterrado el rey godo y seguramente se enterrarían también Amalasunta y a sus hijos.

- Aquí vengo algunas veces a hablar con mi padre, sobre todo cuando estoy preocupada por algún asunto de gobierno –dijo Amala al llegar al mausoleo de su padre.

- Menuda fortificación –se asombró Alejandro-, es difícil de destruir.

- Sí –terció Matasunta para que se notara que ya podía opinar-, yo también vengo a veces de paseo con mis amigas, pero casi nunca entro, los muertos me producen desasosiego. ¿Vamos a enseñarle el de Gala Placidia?

- Otro día, Matasunta, le vamos a cansar con tanto andar y tanto enseñar.

- Por mí, encantado, me gusta ver cuanto más mejor. Allá donde fueres, pasea hasta caer rendido.

- De acuerdo, vayamos a ver a Gala Placidia, es un mausoleo más pequeño, pero más acogedor, también vengo a hablar con la emperatriz romana, pero a ella le pregunto acerca de temas más personales. Desde pequeña venía cuando tenían algún problemilla del corazón. Hace mucho que no la visito.

- He oído algo sobre ella, sobre su rapto por los godos y su matrimonio con Ataulfo, muerto éste se volvió a casar con  el emperador Constancio y…

-Sí –atajó la Reina-, tuvo cuatro hijos con Constancio, anteriormente había tenido otro con Ataulfo, y también…

- Gobernó en nombre de su hijo durante doce años ¿no es así? –Esta vez fue el embajador quien interrumpió a la Reina.

- Veo que estáis muy enterado de todo lo que pasa por estos lares.

- Es mi obligación, cuando visito cualquier país o cualquier ciudad me informo previamente de su historia, sus costumbres, en fin, de todo lo que pueda.

- Debíais trabajar para mí, me gusta estar rodeada de personas responsables, competentes y cultas.

Iba a decir y bien parecidas, como vos; se abstuvo, no eran buenos tiempos para distraerse con tonteos masculinos. Si hubiera sido en otro momento puede que esos bonitos ojos color miel y esa sonrisa tan pícara le habrían despertado el deseo, pero la maraña de problemas en la que estaba inmersa la absorbían por completo.

Llegaron al mausoleo de Gala, esa Gala Placidia con la que Amala se identificaba en algunas ocasiones; también fue regente de un hijo pequeño, aunque vivió más aventuras que la reina goda, si bien eso no sea siempre bueno. Haré ese viaje a Hispania, tengo que hacerlo, pensaba mientras entraban en el mausoleo para que lo viera el embajador bizantino.

Tras los comentarios frecuentes en estos casos (ya desde antiguo el ser humano piensa y siente lo mismo ante iguales estímulos), salieron y vieron a Matasunta con un perrito pequeño en brazos.

- ¡Mira, madre!, mira qué cachorrito tan bonito, parece perdido.

- Se habrá escapado de su madre.

- Lo voy a llevar al palacio, ¡quiero quedármelo! ¡Qué pena me da, pobrecito! Mira cómo me da besos.

Amalasunta no trató de convencer a su hija, ni mucho menos de enfrentarse a ella para que dejara al cachorrito, sabía la fortaleza de sus convicciones respecto a los perros y nada ni nadie le haría cambiar de idea. Por algo era hija suya. Bueno, Frida tendría un compañero de juegos, aunque más parecería un hijo, pues la perrita de Amalasunta contaba, ya, nueve años y se estaba convirtiendo en una solterona gruñona de morros blanquecinos.

De vuelta al palacio, Matasunta no dejó que nadie llevara al cachorro, era absorbente, cuando quería a alguien lo quería para ella sola. Una vez en casa, le dio un poco de sopas de leche y le puso una manta a los pies de su cama. Tendré        que pensar cómo lo voy a llamar. Ya está lo llamaré Ulises como el pelirrojo rey de Ítaca, siempre me ha gustado su inteligencia y su prudencia.

Cuando Frida descubrió al cachorro comenzó a olisquearlo y a darle pequeños toques con la patita. También aparecieron en la habitación de Matasunta los otros perros que habitaban en palacio, uno había sido de Atalarico, era grande, peludo y blanco, un pedazo de pan; otro, el más viejo, el que parecía un burro -tan grande era-fue de Teodorico; el otro era callejero y cobijado. ¡Menuda jauría! Y la que mandaba en todos ellos era la pequeña Frida, que los tenía a todos a raya.

Otro de los motivos de crítica hacia la Reina por una parte de su pueblo era su amor a los animales, a los godos les parecía desproporcionado e impropio. Su afecto llegaba hasta el punto de prohibir pegar a los burros, caballos, perros, gatos, aunque fueran propiedad del pegante; también obligó quitar el pincho de todas  las aguijadas de la península itálica, ¿entonces cómo se podría trillar? Los bueyes se pararían y no habría manera de hacerlos andar. Pero no fue posible hacerla cambiar de idea, si algún campesino era pillado con el pincho sin quitar, se le imponía una multa. Una aguijada sin pincho perdía el sentido de su nombre y, además, era una mariconada.

Amalasunta conocía la opinión de la mayoría de sus súbditos, le daba igual. Ya curtida en las lides del poder, sabía que si no la criticaban por ese motivo sería por cualquier otro, como su afán de culturizar a todos, en concreto a los niños, para los que estaba preparando un plan de estudios con ayuda de Casiodoro. Otro motivo de crítica era tener demasiado apego a todo lo latino, y otro…, siempre había algo. Como ya sabemos a Amala le gusta conciliar culturas, hermanar pueblos, le gustan las mezclas, pues son enriquecedoras, no se cansaba de repetirlo cuando la ocasión así lo permitía. Pero chocaba frontalmente con su propio pueblo, con los godos, que sabiéndose menos cultivados que los latinos andaban siempre recelosos. La fuerza era suya, lo demostraban siempre que podían, pero no eran tan refinados, tan maricones decían ellos, tan cultos, ni de mente tan abierta como el pueblo romano, cosa que les molestaba sobremanera.

No es que estuvieran descontentos de la prosperidad que su Reina  parecía tener la habilidad de proporcionarles, tampoco les parecía mal la austeridad de la Corte de Rávena, había muchas cosas con las que estaban contentos pero ERA UNA MUJER quien los gobernaba y no estaban dispuestos a consentir que se cambiara la Ley para que pudiera hacerlo.

Qué distinto era en Bizancio, donde hasta se había cambiado una ley para que el futuro emperador pudiera casarse con una actriz, antigua trabajadora en un prostíbulo. Amala estaba deseando que llegaran las tres y media para acribillar a preguntas a Alejandro mientras cenaban. En la corte de Rávena se seguía la tradición culinaria romana, el ientaculum y el almuerzo eran ligeros, pero la cena duraba varias horas y se comía en abundancia; a veces, tras los postres, se cantaba o se leía algo interesante, aunque la mayoría de las veces se conversaba si había ganas. Esa noche hubo muchas ganas de conversar con el embajador y todas las preguntas de Amala iban dirigidas a conocer la corte bizantina, sus costumbres, funcionamiento y, sobre todo, a Teodora.

- Perdonad que saque a colación el monotema de Teodora, pero es que de verdad, de verdad, me interesa todo lo referente a la emperatriz

- No os preocupéis, mi Reina, comprendo que os interese, pues sólo hay dos mujeres verdaderamente importantes actualmente en nuestro mundo, Amalasunta y Teodora, es lógico que queráis saber la una de la otra. También os tengo que decir que vivís en dos sociedades completamente distintas y no sólo en lo externo. Por ejemplo creo que en Bizancio se os valoraría más.

- No quiero lisonjas.

- No son lisonjas, es la pura verdad. Justiniano valora mucho las opiniones de su esposa, le hace caso en casi todo. De hecho ha delegado bastantes asuntos en manos de su esposa. En honor a la verdad, es una mujer inteligente que toma buenas decisiones.

- ¡Qué suerte! –dijo Amala con admiración, decididamente le estaba tomando mucha tirria a la dichosa emperatriz.

- Un ejemplo, hace un año ha habido una revuelta en Constantinopla, no sé si lo sabéis.

- Algo he escuchado.

- Os lo contaré brevemente, ya sabéis que en el hipódromo hay dos partidos rivales, los Azules y los Verdes. Son rivales en todo, en política, en religión, en carreras de carros, en…, todo. Hace falta muy poco para que salte la chispa entre ellos como así ocurrió el año pasado; lo que comenzó como una inocente discusión por una carrera entre las dos facciones, derivó en una rebelión que casi le cuesta el trono a Justiniano. Teodora lo salvó.

La discusión traspasó los límites de las carreras, pasó a discutirse de religión, los Verdes son monofisistas y los Azules, entre los que se encuentra Justiniano, practican el cristianismo oficial y tras la religión surgió el descontento. Pero no fue un descontento corriente, detrás de esas discusiones subyacía un gran descontento  ante la inminente subida de impuestos para poder comprar la paz a los persas con quienes se estaba negociando en aquellos momentos. Después del descontento comenzaron los disturbios, las revueltas, los incendios, prendieron fuego a Santa Sofía y a otros edificios públicos. Hubo muertos. Los sublevados llegaron a nombrar un nuevo emperador, Hipatio, sobrino de Atanasio, el emperador anterior a Justino.

¡Niká! ¡Niká! (¡victoria!), iban gritando como locos por las calles de la ciudad, cada vez más rebeldes. Cuando se cruzaban con alguien de los Verdes se gritaban ¡Niká!

Ante el cariz que estaba tomando la rebelión e incapaz de controlar a su pueblo, Justiniano y sus oficiales comenzaron a hacer los preparativos para huir.

En esto apareció Teodora, majestuosa, ricamente vestida, como le gusta a ella y se plantó en el dintel de la puerta de una de las salas del edificio Dafne. Con su sola presencia llamó la atención de los consejeros que habían sido congregados para discutir la mejor forma de escapar.

¿Es lo que parece? –Comenzó la emperatriz dirigiéndose a su esposo-, nunca imaginé que fuerais un atajo de gallinas. ¿Qué queréis? Es lógico que el pueblo se rebele, le estamos haciendo la vida muy difícil con tanta subida de impuestos, lo que no sé es cómo no ha sucedido antes. Están cumpliendo con su deber: rebelarse. El emperador también deberá cumplir con el suyo, controlar la revuelta, para ello nadie mejor que Belisario. Lo último que debe hacer un rey, ¡qué digo un rey, un emperador!, es huir para vivir en el exilio, escondido como un conejo que no sale de la madriguera por miedo a ser cazado. Es mejor morir luchando que vivir escondido.

Entonces fue cuando pronunció la frase que la ha hecho famosa en todo Bizancio “la púrpura es una excelente mortaja”.

La frase, la decisión de la emperatriz, su coraje, o que recapacitó, pero el caso es que Justiniano decidió no escapar y ordenó a Belisario y a Mundus que atacaran a los rebeldes del hipódromo.

El resultado seguro que lo conoceréis, mi Reina.

- Sí, no sé si serán ciertas pero las noticias que han llegado a Rávena, es de treinta mil muertos.

- Efectivamente, así es, murieron unos treinta mil rebeldes y la ciudad quedó casi destruida.

- Qué horrible, ¡cuánta sangre!

- También ajusticiaron a Hipatio, aunque él nunca quiso ser nombrado emperador. Pero Teodora insistió. No quiso dejar ningún cabo suelto.

- Qué carácter. Yo creo que nunca podría ordenar matar a tanta gente –se quedó pensativa, Amalasunta, recordando la muerte de los tres nobles godos-, pero quien sabe de lo que se es capaz de hacer en ciertos momentos.

Y admiró a la que hacía poco aborrecía. No es que hubiera comenzado a amarla de pronto, pero se dio cuenta de la fibra con la que estaba hecha Teodora, y la admiró, y la envidió, y se entristeció por no ser como ella.

Amala pertenece a ese grupo de personas que se autoanalizan con frecuencia para, según ellas, conocerse mejor y pulir sus defectos. La Reina sabe que es de firme convicciones consiguiendo, la mayoría de las veces, ser justa; sabe que tiene buenas ideas para su pueblo, también reconoce que es soberbia y le cuesta mucho dejar de serlo y sabe sobre todo que en el fondo, aunque lo trate de disimular, es de corazón blando, demasiado débil para ser reina de los godos. Le gusta convencer con la razón, no con las armas. Las pocas veces que ha usado la fuerza, como en el caso de la muerte de los tres nobles conjurados, se arrepiente y se echa en cara no haber tratado de solucionar aquel problema de otra forma. Su mente lógica le dice que hizo bien, para gobernar hay que tener mano dura y si hay que matar, se mata. Sigue contándole su mente que incluso debió mandar asesinar a las familias de los conjurados para evitar futuros problemas, también a su primo Teodato; más de una vez le ha sorprendido mirándola de una forma que no le gustaba nada. No por su mirada estrábica. Pero ella sabe que no fue capaz de dar esa orden, bastante drama es quedarse sin hombre en la casa que mantenga a la familia para ahuyentar el fantasma del hambre y la maledicencia que pesa sobre las mujeres sin marido y las familias sin padre, como el buitre vuela en círculo sobre la carroña o el águila sobre su presa.

El recuerdo de lo mal que lo pasó Rusticiana, esposa de Boecio, cuando enviudó al ser ejecutado su marido y ser desposeída de todo teniendo que mendigar para poder subsistir, y el pensamiento de lo mal que lo pasan todas las mujeres que enviudan es el motivo por el que convocó a su magister officiorum, Casiodoro, para que articuláse una ley que derogara la actual, en la que se ordenaba despojar a la viuda de un ejecutado, por cualquier delito, de todos sus bienes condenándola a mendigar.

No, Amalasunta es incapaz de mandar matar o ejecutar, sólo en casos extremos ha ordenado tal cosa.

Ya encerrada en el lago Vulsinio se arrepentirá de haber sido y seguir siendo tan débil, de sentir tanto dolor por las penas ajenas. No puede ser, se dice a sí misma en todo momento, tengo que sobreponerme al dolor. La vida es dura, aún para mí que no debo quejarme, soy una privilegiada a pesar de haber perdido un hijo en la flor de la vida. Pero no puedo permanecer impasible ante tanta desgracia, es superior a mis fuerzas. Ya que tengo poder trataré de arreglar algo, sólo un poco, es mi obligación, será por egoísmo pero necesito apaciguar el dolor que llevo dentro ayudando a mi pueblo.

Aún estuvo Alejandro unos días más en la corte goda de Amalasunta esperando el regreso de los dos compañeros de viaje, Ipazio, obispo de Éfeso y Demetrio de Filipo que habían ido a Roma para asistir al sínodo en la curia pontificia y discutir sobre cuestiones teológicas relacionadas con el arrianismo, tan extendido por todo el imperio.

Cuando los dos obispos llegaron a Rávena se unieron a Alejandro y embarcaron hacia Constantinopla*. Todos llevaban noticias para Justiniano, el embajador las de Amalasunta, que le habían sido confiadas durante sus muchas conversaciones más o menos formales. Amala le había manifestado sus sentimientos e intenciones; estaba cansada de la incertidumbre en la que vivía en la corte goda, siempre pendiente de intrigas para acabar con su vida, quería hacer un trueque con el emperador: ella le ofrecía su reino a cambio de protección, de vivir tranquila en la corte bizantina.

Por otro lado los obispos también eran portadores de ofrecimientos, esta vez de Teodato, que por haber estado  implicado en la conspiración contra su prima vivía en constante zozobra por miedo a ser arrestado y asesinado. Por todo ello ofrecía al emperador todas sus vastas posesiones en Tuscia a cambio de una cantidad de dinero y de la dignidad de senador para poder vivir en Constantinopla con holgura y consideración.

 

                                             La Dama del Lago

Hace rato que a la clepsidra se le ha terminado el agua y Amalasunta tiene los ojos resecos y pegajosos por el llanto. Parte de la noche la ha pasado llorando de pena por no estar con los pocos seres queridos que le quedan ¡echa mucho de menos a Matasunta, a Marcelina, a Frida, a Ulises y a…! Llorando por no haber sido perspicaz cuando era necesario, por no haber hecho caso a ese instinto que le decía lo retorcido y malvado que es su primo, ha llorado de rabia, ha llorado de impotencia, ha llorado y se le ha desgarrado el alma por sentirse en un callejón sin salida en el que se ha mentido ella sola, ha llorado de soledad. Ya ni se acuerda por todo lo que ha llorado.

Cuando se da cuenta de que ha amanecido recoge presurosa los útiles de escritura y sube a su habitación para adecentarse un poco, está presa pero debe mantener el decoro. En las escaleras se cruza con Sofía que baja a calentarle el agua para el baño y a comenzar con sus quehaceres cotidianos.

- ¿Has estado toda la noche despierta?

- Sí, Sofía, he querido escribir un poco, pero he estado meditando.

- Y llorando, Señora, no puedes disimular esos ojos pitañosos. Ahora mismo voy a preparar una tisana para que te laves los ojos y te pongas un emplasto.

- Gracias, eres mi consuelo en estos tristes momentos.

Se calla antes de romper otra vez a llorar; quiere cortar el círculo vicioso en el que peligrosamente está a punto de entrar. Sólo en dos ocasiones ha estado en parecida situación anímica. Las recuerda con terror; son episodios que afortunadamente pasaron sin dejar secuelas; comenzaron llorando desconsoladamente, sin poder dejar de llorar, como ahora, alimentando con las lágrimas su dolor que iba creciendo, creciendo e invadiendo el cuerpo convertido únicamente en dolor. Dolor cada minuto del día y de la noche, dolor tan insoportable que sólo otro dolor aún mayor, si cabe, es capaz de mitigarlo, sólo un poco y por poco tiempo. Al menos es un respiro hasta que empieza de nuevo el círculo vicioso.

Es la hora de las autolesiones.

Con la muerte de Máximo se infligió cortes en el brazo, era lo único que le consolaba un poco. Bajó a las cocinas de palacio y con disimulo cogió un pequeño cuchillo muy afilado, después, subió a su habitación y en la penumbra del crepúsculo se hizo unos cortes casi paralelos en el antebrazo izquierdo. La sangre surgía coloreando la piel e hipnotizando a Amala. Inmediatamente notó cómo ese dolor que le desgarraba las entrañas se apaciguaba durante unas horas; tiempo que aprovechaba para pasear, leer y pensar en la forma de quitarse el dolor definitivamente, siempre llegaba a la misma conclusión, la muerte. Sólo desapareciendo de la vida dejaría de sufrir, no sentir, eso era lo que quería, no sentir. Envidiaba a su madre porque era una persona que parecía no sentir ni padecer, al menos era la impresión que ella tenía. Mientras decidía cómo suicidarse tenía el pequeño cuchillo para los cortes, en las piernas, en los brazos…Cuidaba bien de esconder las heridas, pero un día, hablando acaloradamente de cualquier tema con su amigo Boecio, éste se dio cuenta.

- Amala, ¿qué tienes en el brazo? ¿Quién te ha hecho estas heridas? Pero bueno, a ver, enséñamelas que las vea.

A pesar del forcejeo, no le quedó más remedio a la princesa que enseñar los brazos a su amigo, las piernas no. Tuvo que contarle el porqué de la escabechina. Boecio la abrazó con ternura, como a una hija.

 - Te tendré que reñir, pero ahora lo importante es que salgas de esta tristeza que  te provoca las ganas de hacerte daño. Tranquila que no diré nada a tus padres, sabemos el genio de Teodorico y de lo que es capaz. No e   s cuestión de que vivas encerrada en una celda de cualquier cárcel. Verás cómo leyendo esto comienzas a curarte. –Le entregó el libro de poemas “De Rerum Natura” de Tito Lucrecio Caro, que recoge la moral y pensamientos de Epicuro.

- Imagino que lo conoces, es un buen libro que es necesario releer de vez en cuando.

- Gracias – acertó a responder Amala dentro de su vergüenza-, no, no lo he leído. No te preocupes que lo haré, leer es lo que menos esfuerzo me cuesta.

- ¿Sabes lo que propugnaba el maestro de Samos?

- Sí, Epicuro es uno de mis filósofos preferidos.

- Pues no estaría mal que recordaras más a menudo su doctrina. Venga, vamos a recordar sus enseñanzas entre los dos.

- Otra vez, gracias, Severino, eres muy bueno conmigo.

- No me lo agradezcas tanto y vamos.

En seguida entablaron una conversación a cerca de las doctrinas epicúreas recogidas por  Lucrecio. El de Samos fue uno de esos filósofos que comenzó a tener mala prensa por ser sus pensamientos y enseñanzas contrarios a la doctrina que los sacerdotes predicaban desde los púlpitos.

 

El poder que un religioso tenía en el Medievo, cuándo desde su púlpito sermoneaba a sus fieles, sólo era comparable al del general arengando sus tropas. Ni el poder real podía parangonarse con el religioso. Por ese motivo cuando las flechas de los sermones empezaron a dirigirse hacia los filósofos, éstos fueron arrinconados (algunos más que otros, Epicuro fue uno de los más denostados), y sus libros destruidos o escondidos en lóbregos sótanos de conventos y palacios. Sobre todo a partir del cierre de la Academia de Platón en 529.

Por aquellos años de esta historia ya había, por toda Europa, un número considerable de monasterios que seguían la regla de San Pacomio y comenzaban a trabajar copiando en el scriptorium comunal los libros que los abades elegían ¿de dónde? Es fácil adivinarlo, del montón que había en el sótano. Rebuscaban y el que les parecía mejor era copiado.

El círculo de la vida también llegó al saber por medio de los libros, la pena es que algún jirón se quedara en el camino. Por un lado, y por influjo eclesiástico, Justiniano clausuró el mayor centro del saber, del razonar y del pensar durante ochocientos años, y por otro, comienza en el seno de los monasterios cristianos un movimiento “salvador” del saber del momento, gracias al cual se pudo guardar parte del conocimiento.

Gracias

 

A  la princesa le consoló aquella conversación con Boecio. Éste le hizo recordar que para Epicuro el fin en la vida es procurar el placer y evadir el dolor, siempre de una manera RACIONAL, no lo olvides Amala –decía su amigo-, hay que evitar los excesos pues la mayoría de las veces, por no decir todas las veces, provocan sufrimiento, dolor. Hay que buscar los placeres del espíritu ya que son superiores a los del cuerpo. También hay que procurar llegar a un estado de bienestar corporal y espiritual, al que él llamó ataraxia.

Recuerda, el maestro de Samos criticaba tanto el desenfreno como la renuncia al placer carnal, ambos son peligrosos y de nefastas consecuencias. Y no olvides que decía “el que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo”.

A partir de aquella charla Amalasunta mejoró y cuando cicatrizaron las heridas y cayeron las últimas postillas desapareció el dolor en el pecho.

La segunda vez que su mente le obligó a autolesionarse fue tras la muerte de su hijo, Atalarico. Con los años el dolor parece mayor o se soporta peor o puede que sea por ser un sufrimiento presente y el del pasado, de igual o mayor intensidad, ya no se recuerde. Para Amalasunta, como para cualquier madre, la muerte de su hijo fue lo peor que le pudo pasar; a pesar de estar distanciados y de no vivir ya juntos, Amala no podía aguantar el dolor de la desaparición de su hijo. Quería expresar el desgarro de su cuerpo y de su espíritu a ver si de esa forma se aliviaba un poco, pero su mente se negó a buscar las palabras para describir la pena que sentía. Recordó cuando de jovencita su gran amigo Severino Boecio le ayudó a superar la crisis por la muerte de Máximo, su primer amor. Esto era distinto, su propia sangre había muerto, su alma, su prolongación, sus ilusiones, y había muerto con tan sólo dieciocho años. Para ella sus hijos eran la inmortalidad. Con qué gusto se hubiera cambiado por su hijo. Tanta gente vieja, inútil, y sigue viviendo…, en cambio su hijo, en la flor de la vida, dieciocho años. Si hubiera seguido viviendo conmigo seguro que todavía estaría vivo, yo le habría cuidado con mimo, le habrían asistido los mejores físicos, habría ido a por ellos al lugar más remoto de la Tierra. Pero cuando me enteré de su enfermedad ya era tarde y mi pobre niño murió.

Todos en la Corte sintieron pena de la Reina, hasta su malvado primo se condolió.

Comenzaron las heridas consoladoras que aún le parecieron poco a la Reina, sí, eran efectivas durante un rato, mas enseguida volvía la quemadura interna a destrozarla; físicamente se notaba como si se rompiera poco a poco en pequeños trozos, a modo de mosaicos que se caían al andar formando largas hileras que sólo ella podía ver.

Pero esta vez llegó más lejos, después de leer a Epicuro a través de Lucrecio, después de conversar con su amigo muerto Boecio (lo conocía tan bien que no hizo falta su presencia en dicha conversación), de correr por la playa hasta agotarse, después de no obtener resultado alguno para ese desgarro que la estaba matando, decidió buscar un bebedizo para poner fin a su vida. Con ese dolor tan tremendo era imposible vivir, el tiempo lo cura todo, le decía su fiel Marcelina. Amala sabía que es cierto, pero ¿cuánto más debía pasar para que el dolor desapareciera? Con la edad se tarda más en purificarse, todo va más lento, cuesta más y para la Reina era demasiado, al menos eso pensaba ella. ¡Muerte! ¡Muerte! Es lo que me hace falta, morir.

Marchó a Comaquio, ciudad de moda a unas cinco horas de camino de Rávena, en busca de una curandera famosa, el pretexto que puso a Marcelina era la compra de un bebedizo para calmar la angustia y el dolor, en cierto modo así era. A pesar de todo, Marcelina la acompañó, no dejaba a su niña ni a sol ni a sombra. No le quedó más remedio, a Amala, que ir con ella; también se autoinvitaron las damas palatinas, ¡se iban ellas a perder un viaje!, aunque fuera corto.

Al despuntar el alba y tras tomar un abundante ientaculum, emprendieron el viaje a Comaquio en dos carruajes bien mullidos. En el carro de la Reina iban Marcelina y dos de los perros que vivían en palacio, ellos tampoco querían perderse el viaje. Sabemos el amor que siempre tuvo Amalasunta por los animales y siempre que podía, los llevaba con ella. Salieron de Rávena hacia el norte por la vía Popilia Annia

- Estás muy pensativa, mi niña -espetó Marce-, qué te pasa, sé buena y cuéntaselo a Marcelina.

- Qué me va a pasar, que no se me quita la tristeza en la que me he instalado. No veo el día que levante cabeza, el sufrimiento es tan fuerte como el mismo día que Atalarico murió.

- No desesperes, da tiempo al tiempo, aún es pronto, no seas impaciente.

- Tengo que hacer tantas cosas…, necesito estar bien para poder afrontarlas,  si sigo tan mustia no sé si tendré fuerzas para ello.                   .

Qué proféticas fueron sus palabras, los meses siguientes a la muerte de su hijo estuvieron preñados de acontecimientos.

El resto del camino lo hicieron las dos mujeres en silencio, cada cual pensando en sus cosas y escuchando el paisaje, canto de pájaros, campesinos trabajando sus tierras y como música de fondo las risas que llegaban desde el otro carro.

Amala discurría la forma de deshacerse de sus acompañantes sin despertar sospechas, sobre todo debía escabullirse de Marce para poder encargar el veneno.

A pesar de sus elucubraciones se fijó en el mal estado de la calzada, hacía mucho que no se arreglaba, mucho antes de llegar su padre a Rávena. Se distrajo un poco pensando a quien iba a encargar el arreglo de la carretera.

Los ostrogodos construyeron pocas obras nuevas, se dedicaron más a conservar y restaurar las construcciones romanas gracias a lo cual muchas han perdurado durante siglos hasta nuestros días.

Por fin llegaron a Comaquio; como tenían hambre buscaron una posada para poder  saciar el apetito y pasar la noche. Amalasunta rogó a sus damas que nada dijeran de su condición, ni siquiera quienes eran ellas. Por indicación de la Reina todas se habían vestido de forma humilde. Si alguien preguntaba deberían decir que eran unas damas en busca de sus maridos destinados en Altinum, y los cuatro soldados que las acompañaban pertenecían a la centena de uno de los maridos. Quería pasar desapercibida, sin que en Rávena se enteraran de su ausencia, el ambiente comenzaba a enrarecerse y debía estar muy atenta con todo lo que se estaba fraguando. Pero si muero antes de que estalle lo que parece será una rebelión, no me enteraré.

Una vez saciado el apetito salieron a pasear por la plaza todavía animada ya que había sido día de mercado y quedaban algunos puestos de telas y de comida. Preguntaron por la famosa curandera de Comaquio cuya fama se extendía por todo el valle del Po. Como la ciudad se circunscribía a sus murallas y no era muy grande casi todos se conocían, por lo que no les fue difícil dar con la curandera, de nombre Honoria la Romana, por ser de origen latino.

Marcelina se empeñó en acompañar a su niña a casa de la curandera, sin embargo Amala logró convencerla para que se quedara en la posada.

- Me acompañarán dos soldados, no te preocupes, no me pasará nada.

- Que te acompañen los perros, el grandón impone respeto, nadie sabe que es un pedazo de pan.

- Si te quedas más tranquila me llevaré también a Nerón.

Honoria la Romana era de las pocas personas que vivían extramuros, estaba casada con Germano, el herrero, motivo por el que vivían en un bosque cercano a la ciudad. Los herreros necesitan tener cerca mucha leña, no en vano también se les llama Señores del Fuego, con toda la carga mágica que ello conlleva. En la sociedad goda no eran sólo simples herreros, sino que tenían múltiples funciones, como por ejemplo elegir el lugar donde construir un edificio, para lo cual tiraban su simbólico martillo y donde cayera se construía la casa. También celebraban algunos juicios ante la fragua de su herrería, además de curar enfermedades tanto a personas como a los animales.

Aunque la herrería estaba extramuros, junto al calor de la fragua se reunían, con frecuencia, algunos hombres de la ciudad para charlar de cualquier cosa, asuntos políticos y hasta se tomaban decisiones. Algunas herrerías de otros lugares con el tiempo se convertirían en tabernas. También era frecuente, en esa época, que para convocar una reunión importante se mandara circular el martillo del herrero de casa en casa, como señal. Por todo ello se miraba con respeto a Germano y a su mujer, Honoria.

Llegó Amala a casa del herrero y de la curandera antes de que oscureciera.

Honoria la Romana, conocía su llegada, así de rápido corrían las noticias.

La Reina bajó del carro con Frida y Nerón y se sorprendió de ver al matrimonio esperándola en el camino de su casa.

- Estamos honrados por tan noble visita –fue Honoria quien habló-, aunque no vivamos en el centro de la ciudad no enteramos de las novedades como si estuviéramos en la plaza.

- Pues entonces estarás informada a por lo que vengo a pedirte.

-  No, eso no, mi Señor.

 - ¿Por qué me llamas mi señora?

- La dignidad se os ve en la cara y sólo existe una mujer en el reino revestida de esa dignidad

 - Por lo que veo, además de curandera eres adivina.

-Sin querer alardear, un poco sí, aunque es más observación que otra cosa. Pero pasa, pasa a mi humilde hogar.

-Antes de hacerte el encargo que es por lo que he venido, quiero preguntarte una cosa. ¿Tu marido es godo?

- Sí, majestad.

- Y tú latina ¿me equivoco.

- No, no os equivocáis.

- Imagino que estaréis casados.

- Sí, pero no infringimos ninguna

- No te preocupes Honoria, no van por ahí las preguntas. Al revés, me parecen excelentes los matrimonios mixtos. Si no es demasiada indiscreción ¿qué tal os lleváis?

- Bastante bien para los años que llevamos ya juntos. Germano es un buen hombre – le propinó un codazo de cariño-, se ha ganado el respeto de todos, también el mío. Ya no nos queremos como cuando teníamos quince años pero…-se quedó un momento pensativa-, y eso que Dios no ha querido que tengamos hijos.

- Como ya te he dicho, estoy a favor de los matrimonios entre godos y latinos, quiero conseguir armonía entre los dos pueblos. Pero dejémonos de exordios, al grano, por lo que he venido a verte, quiero saber si puedes hacerme un bebedizo que sea venenoso. Me da igual si deja o no residuos. No es para matar a nadie, la destinataria soy yo.

Honoria se quedó un rato mirando a Amala con expresión interrogadora. No le cabía en la cabeza que toda una reina quisiera poner fin a su vida.

- Se me olvidaba decirte –siguió Amala-, que lo que te estoy pidiendo no debe saberlo nadie. Di a tu marido que tampoco se vaya de la lengua, me han dicho que a veces se reúnen algunos hombres junto a la fragua para charlar, que no diga nada.

- Pero…

- Nada de pero,  Honoria ¿puedes fabricarme ese veneno?

- Sí, claro, nada más fácil.

- Lo más seguro es que no llegue a usarlo, pero quiero tenerlo por si lo necesito. ¡Ah!, se me olvidaba, que sea líquido.

- Lo prepararé en seguida, para que haga mayor efecto debo cocer durante, al menos, tres horas raíz de acónito y mezclarlo con jugo de cicuta menor y cocción de frutos de cicuta mayor. Antes de tomarlo se debe agitar la botella y después beber. A los pocos minutos de beber, tan sólo un trago, se nota picor y hormigueo en la boca que se va extendiendo, poco a poco, a la cara, cabeza, dedos de las manos y de los pies,  finalmente, a todo el cuerpo –Honoria quería que la Reina conociera todos los síntomas del veneno para disuadirla -. Se nubla la vista, zumban los oídos, se pierde el olfato, la respiración se debilita... La muerte se produce en unas dos horas. No hay antídoto, cuando se tome ya no habrá marcha atrás. A pesar de ello he oído que una pócima de atropa puede contrarrestar los efectos de este veneno. Ahora os daré la bebida de atropa y mañana os llevaré el veneno donde me digáis.

-Estamos hospedadas en una fonda junto a la plaza.

- La conozco, aquí la llamamos la Casa de la Torre, al estar construida junto a una torre un poco derrumbada.

- Gracias, Honoria, te tengo que pagar. Dime cuanto te debo, prefiero pagar ahora.

- Nada, Señora, no me debéis nada. Quisiera que no llegarais a utilizarlo, ese sería el mejor pago.

- Casi con seguridad será así. Gracias de nuevo.

Amalasunta salió de la herrería y con disimulo dejó un sólido de oro junto a un martillo sobre el yunque. Subió al carro, subieron los perros, los dos soldados y marcharon a Comaquio.

Cuando llegó a la posada Marcelina comenzaba a impacientarse pero al ver a su niña sana y salva le cambió el gesto que tornó a su estado natural.

Tomaron carne de ave y frutos secos con miel para cenar y se fueron todas a dormir. El día había sido agotador.

La mañana siguiente amaneció fría y nublada. Apenas se podían ver los canales que discurren por Comaquio, los cristales empañados indicaban el frío del exterior. Cuando Amala estaba terminando de vestirse llamaron a la puerta de su pequeña estancia y resultó ser Honoria con el encargo. Una botella de cristal azul en forma de pera y cubierta por una bolsa de lana, para que no se rompa si se cae, dijo la curandera con la mirada fija en los ojos de Amala como queriendo transmitir algo, algo que ambas sabían muy bien.

- Muchas gracias por la moneda, no debíais haberlo hecho, pero la acepto. Gracias y cuidaos bien. Como soy un poco adivina os diré que os cuidéis de los vuestros.

Se marchó con la rapidez del rayo, sin que Amala pudiera preguntar más acerca de quién son los vuestros. Pocos vuestros me quedan. Tengo más seres queridos muertos que vivos. No, no quiero seguir con ese pensamiento, se calzó las botas verdes que tanto le gustaban y bajó al comedor comunal. Escuchar las risas de sus damas y el refunfuño de Marce le dio consuelo. Ellas, junto a su hija, eran su familia. Al poco bajaron los soldados y se unieron a las mujeres.

- Después del ientaculum, regresaremos a casa. He estado pensando que en vez de volver por la Popilia Annia, podríamos ir por el litoral, casi seguro que se tardará más pero puede que sea más divertido ¿qué os parece?

A todas les pareció bien menos a Marcelina, pero con ello había contado. Cuando salieron a la plaza, la niebla se había disipado dejando un día con promesa de salir el sol.

Montaron en los dos carros y tomaron el camino del mar. Tuvieron que atravesar un pequeño bosque de pinos con el suelo plagado de piñas de todos los tamaños. Amala pensó en Cibeles, pues el pino era su árbol favorito, también pensó en los coribantes danzando al ritmo de panderos, cuernos y flautas, portando sus largos bastones en cuyo extremo superior había una piña para celebrar el culto a la diosa. Y entre los árboles creyó, sólo lo creyó, ver correr a Silvano, el espíritu tutelar de campos y bosques.

Ante la insistencia de todos, esta vez incluso Marcelina estuvo de acuerdo, pararon a recoger piñas para comer los piñones y para encender el hipocausto o la lumbre de la cocina. La mañana se había transformado en un bonito y luminoso día del recién estrenado otoño que aún no había dorado las hojas de los árboles. El sol todavía calentaba y tuvieron que desprenderse de las capas y del sobrevestido de lana sin mangas y escotado que era costumbre llevar encima del vestido propiamente dicho. Entre las clases nobles solía ser de seda y con mangas largas, pero como iban disfrazadas de damas esposas de militares, los vestidos eran de lino. Cuando tuvieron los carros llenos de piñas reanudaron la marcha.

El camino era bastante arenoso ya que discurre entre el mar y las tres grandes lagunas, la más grande es la de Comaquio, después la mediana y por último la de Rávena. A pesar de tener que ir más despacio por la arena, al ser más directo que la vía Popilia Annia, tardaron menos en llegar.

Cuando ya se distinguían las torres de Rávena, decidieron hacer otro alto en la playa y correr un poco por la orilla del mar, ese mar tranquilo y de un  azul limpio y claro, el Adriático, el que la Reina tiene grabado en la memoria per secula seculorum.

 

Cada vez que mira el lago a través del gran ventanal de la sala de armas, imagina ver su querido Adriático en un día cualquiera, cuando era pequeña o cuando iba con sus hijos, también pequeños, y jugaban a tirar piedras o nadaban; así mismo recuerda el regreso de Comaquio con sus amas, Marcelina, Nerón y Frida, jugando por la playa en aquella pequeña excursión para comprar la pócima venenosa que por fin no tomó, ni la usó para Teodato; se quedó guardada en el arcón de la derecha de su habitación, en Rávena. ¿Cómo estará mi habitación ahora? ¿La ocupará alguien? Y Matasunta, ¿qué estará haciendo? ¿Qué estarán haciendo todos? Marce, escribe al emperador todo lo que me está pasando. ¡Escúchame!, Marce, siempre has sido muy buena receptora.

Sofía le ha preparado el baño y Amala se mete en la bañera para relajarse y reponerse de la noche en vela que ha pasado. El agua tiene unas gotas de aceite de espliego que la cocinera ha echado porque dice que el espliego es relajante. Además hace soñar y huele bien, piensa Amala que cierra los ojos y permanece largo rato con la cabeza apoyada en una especie de almohada adaptada a la bañera para estos menesteres. Ahora mismo está en su Rávena tomando un baño en su propia bañera, en su habitación. Le vienen imágenes de su pasado, de su infancia, hasta de Hispania a pesar de no haber estado nunca, pero recuerda los agrestes paisajes descritos por Eutarico, allá en su Amaya Patricia natal. Los recuerda como si ella también hubiera correteado entre aquellas peñas. Son recuerdos de la imaginación. Conforme su marido le describía paisajes de su infancia, ella iba imaginando esos paisajes y, aunque parezca mentira, se parecían a los reales. No fuerza el recuerdo, deja que vague libre de un pensamiento a otro, de un momento a otro de su vida. Cuarenta años va a cumplir en unos meses y se siente un poco vieja aunque se encuentre bien de salud, ¿llegará al otoño, para su cumpleaños? Es curioso, desde que la han apresado y encerrado en la fortaleza Martana han desaparecido los restos de ese dolor tan grande por la muerte de su hijo. Puede sentir preocupación o miedo ante la incertidumbre en la que vive, pero la angustia que quemaba las entrañas ha desaparecido por completo.

Notó una leve mejoría durante el regreso de Comaquio, con su pócima bien guardada para que no se rompiera por los traqueteos del carro. Como llegaron todas muy cansadas esa noche la cena fue breve y se acostaron pronto. Al día siguiente notó que no le dolía de forma tan atroz el pecho, era un poco más llevadero y le pareció una traición hacia su hijo. Mientras tomaba el baño y se acicalaba se decía que no era malo estar un poco mejor, su hijo no iba a resucitar porque ella sufriera más, mas aunque quisiera no podía evitar el remordimiento. Me voy a volver loca, pensaba para, acto seguido, forzarse a pensar en algo referido a su hijo y seguir con el dolor lacerante que tranquilizara su conciencia. Efectivamente, me voy a volver loca.

Bajó al comedor con hambre y se encontró con su hija Matasunta que estaba tomando ya la leche agria con miel. Se sentó con ella y permanecieron un rato en silencio.

- Qué pensativa estás madre.

- Sí, hoy es día de curia y estoy un poco preocupada.

- Di a Teodato que asista sólo él.

- No quiero dejarlo solo precisamente hoy, se tomarán decisiones importantes y ya conoces al primo, es tan retorcido que hasta el último momento no se sabe a qué carta se quedará. Sé que hay un grupo de pares que, además, son seniores palatii descontentos por seguir yo en el trono. Veremos.

No sólo eran problemas de gobierno los que preocupaban a la Reina, eran de otra índole, se había fijado en los profundos y un poco tristes ojos de su hija y se odió a sí misma por haber pensado en el suicidio. ¿Cómo se le pasó por la cabeza idea tan descabellada? Con una hija tan buena e inteligente como Matasunta. Debido a su egoísmo, a su dolor, había olvidado por completo su existencia. Merecía la pena luchar sólo por ella. Seguir viva para ayudar a que Matasunta casara bien, con quien ella eligiera y a los años que ella quisiera, seguir viva para poder ver a los nietos, en caso de tenerlos, seguir viva para ayudar a su hija a ser feliz. Y ella, egoísta, sólo pensando en su gran dolor. Menos mal que no llegó a consumar sus intenciones y se quedaron en eso, en intenciones. Tengo dos hijos, uno ha muerto, me debo al otro. Tanto derecho tiene a la madre uno como otro. Demasiado es ya que carezca de padre. Abrazó a Matasunta con todo el amor de su alma y la fuerza de sus brazos y la llenó de besos. Hacía mucho tiempo que su madre no era tan efusiva y le gustó aunque, mimosa, protestó.

- Me haces daño, madre.

A partir de aquel día, gracias a los ojos de su hija, se le quitó casi por completo el dolor sin posterior remordimiento, sólo le quedó un poso que pensó le acompañaría toda la vida. Pero nada más darse cuenta de su nueva situación en la fortaleza Martana, acabó de esfumarse el resto de dolor. Las reacciones humanas son insospechadas e inexplicables pues a pesar de su difícil situación comenzó a sentirse libre como hacía mucho tiempo no le ocurría, ya ni se acordaba desde cuándo; notó una sensación parecida a la que sentía al bañarse en el mar o navegar en la cubierta de algún pequeño barco, con su larga melena rojiza al viento con la sensación de que en un instante comenzaría a volar junto a los pájaros, los animales más libres.

 

Qué guapa se sintió cuando entró en el Aula Regia, donde se iba a celebrar la Curia más importante desde la muerte de Toedorico. Caminaba despacio, junto a su primo, escoltados por Casiodoro, el magister officiorum; su sola presencia le infundía ánimo. En la sala esperaban sentados en la parte derecha los Seniores Palatii, grandes personalidades de la Corte sin cargo palatino en el Officium, y unidos a la figura del rey (en este caso los corregentes) por relaciones personales. Al fondo estaban sentados los próceres o jueces llamados para asesorar. Y completando la Curia, a la izquierda estaban los gardingos, miembros del séquito real vinculados con los corregentes en virtud de dependencia privada con carácter de vasallaje. Eran los que solían encargarse personalmente de vigilar el cumplimiento de lo ordenado por el monarca. Ya no participaban en estas solemnes reuniones los vaidilas, sacerdotes encargados de aplicar las leyes, figura imprescindible en los primeros consejos godos donde alguno de los presentes relataba sus pecados y el vaidila los agarraba por la abundante cabellera dándoles golpes con un palo, en señal de expiación.

Un murmullo de admiración inundó la sala ante la majestuosa belleza de su Reina, realzada por el rojo de su vestido de seda del mismo tono del color de su cabello sabiamente peinado formando enrevesadas y largas trenzas que sujetaban la corona real adaptada para ella por los orfebres godos. Dichos orfebres, junto a los bizantinos, eran famosos en todo el mundo conocido. Nunca les faltaba trabajo pues hasta en el rincón más recóndito se acudía a ellos cuando era necesario algún trabajo de orfebrería. La corona de Clodoveo fue hecha por unos orfebres godos de Mediolanum; esos mismos orfebres realizaron las coronas de Clotario y la de Teodorico, el padre de Amalasunta. La corona de Atalarico era la de su abuelo que Amalasunta mandó adaptar a su cabeza; así mismo salió de las orfebrerías milanesas la corona más lujosa de todas, la de Teodato, hecha de oro con incrustaciones de piedras preciosas como les gustaba a los godos. Igualmente los godos del este (visigodos) fueron magníficos orfebres; de los talleres de Cesar Augusta, y más tarde de Toledo, salieron soberbias piezas de orfebrería repujada con piedras preciosas incrustadas, tan de su gusto. La corona de Alarico II se realizó en  los talleres cesaraugustanos; cuando murió en la batalla de Vouillé, su hijo Gesaleico se hizo con la corona y con el reino, pero cuando fue derrotado y huyó al norte de África, se llevó la corona y la vendió para poder subsistir en el reino vándalo de Trasamundo, que lo acogió. Por ese motivo, cuando Amalarico (nieto de Teodorico el Grande) sube al trono visigodo de Hispania, manda fabricar una nueva corona a los orfebres de Cesar Augusta.

 

Sobre el vestido portaba Amalasunta una capa, también de seda, completamente negra, en señal de luto por la muerte de su hijo; el atuendo se complementaba con un gran broche en forma de oca, con piedras incrustadas, regalo de su esposo. El contraste del rojo y el negro confería a Amala una aureola mágica, como una valkiria salida del Walhalla.

“El rey que no rige en justicia se aparta de su nombre”, dijo Horacio.

Me encargaré de que entre los ostrogodos haya justicia, no confío en este presuntuoso, pensaba  Amala mientras caminaba despacio, con su mano apoyada en la de su primo y haciendo grandes esfuerzos para no asfixiarse con el hedor que desprendía la nobleza goda. Qué manía de no lavarse ni bañarse, este pueblo mío no tiene arreglo. No debería haber muerto Atalarico, el verdadero rey, yo estaría en condición de regente, como siempre ha sido. Se le volvió a encoger el pecho y notar el ascua incandescente que parecía haberse tragado y le bajaba, lentamente, por el tubo gástrico. Pero no pudo engolfarse en su dolor, daban comienzo las discusiones características de toda curia.

 - Como no salga de la bañera se convertirá en rana –es la voz de Sofía que le saca de sus recuerdos.

- Tienes razón, Sofía, llevo demasiado rato, pero recordaba momentos de mi vida y mi mente estaba a mucha distancia de aquí. Ni me he dado cuenta que el agua está completamente fría.

Efectivamente, tanto los dedos de las manos como de los pies los tiene completamente arrugados. Se ríen ambas del aspecto de pasa que presentan. Se seca bien con el lienzo de lino y comienza a vestirse, primero el corpiño, las bragas y después los calzones estrechos hasta la rodilla, la saya y una túnica fina de lino color crudo sobre la que se embute el vestido granate de largas mangas abullonadas encima del cual se pone el sobre vestido de dos colores, el lado izquierdo azul cobalto apagado y el derecho amarillo pajizo, la última moda en Rávena. Por último se calza los gruesos calcetines de lana y las botas, verdes.

El largo baño le ha quitado el apetito y sólo toma unos frutos secos. Los higos que hay en la isla todavía son muy pequeños y no se pueden comer. En la cocina coincide con el sacerdote que ha terminado su refrigerio pero se queda para hablar con Amala.

- Félix, si supieras cuánto te pareces a un amor de juventud que tuve. El pobre murió, seguro que de haber seguido vivo, tendría tu aspecto o muy parecido.

¿Por qué ha dicho eso? Casi nunca le pasa, decir algo sin pensar, como si la boca se hubiera independizado de la mente. Ella quería proponer dar un paseo al sacerdote y a Sofía y, de pronto, suelta esa tontería del perecido, si ya ni siquiera se acuerda de Máximo. Tan observadora como es ha notado que desde la muerte de su hijo ha tenido algún que otro lapsus como este. Deben ser las preocupaciones, se dice mientras escruta la cara del sacerdote para ver su reacción.

- Sí, es extraño eso de los parecidos. Dicen que todos tenemos un doble –se expresa con naturalidad, casi con neutralidad, sin exteriorizar sentimiento alguno. Pero por dentro, el halago, al menos así lo ha tomado él, le cosquillea todo el cuerpo.

- Es curioso, aunque fuera preferible que todos conociéramos a nuestros dobles, creo que para hablar de esto o de otras cosas es mejor dar un paseo por la isla. Hace un día francamente hermoso y merece la pena aprovecharlo.

- Yo, voy –dice Félix.

- Yo, también –añade Sofía-, iré sólo un rato, tengo qué hacer.

Se dirigen hacia la orilla para caminar por los estrechos senderos de cabras que discurren paralelos al agua. La otra orilla, la de tierra firme, está salpicada de pueblos, Volsinii, es el que da nombre al lago y el más grande de todos. Cerca del pueblo, hacia la izquierda, se ven algunos pescadores tirando las redes al agua que después sacan y por la forma de las mismas parecen estar llenas. Voy a pedir a algún soldado que vaya a ese pueblo y compre un poco de pescado fresco, piensa Sofía, por pedirlo…, el no ya lo tengo y a lo mejor me hacen caso.

Se lo dice a sus compañeros de paseo y regresa a la fortaleza, a ver si hay suerte. Amala y el sacerdote continúan su camino, callados, pensativos, observando el paisaje. Es un día claro y pueden distinguirse los trajines de la gente.

Amala piensa que podría escapar a nado, la isla Martana está más cerca de tierra firme que la Bisentina,  es buena nadadora y el kilómetro largo que habrá desde la isla puede hacerlo en poco tiempo, lo peor es la temperatura del agua, demasiado fría y puede darle un síncope. Ya se imagina sólo con la túnica o la saya, nadando, los soldados tras ella, en barca, pero como los ha sorprendido tardan en ponerse en marcha, ella llega primero, se refugia en el primer pueblo que encuentra y pide refugio ¿a quién?, ¿dónde? Es difícil, porque todo el territorio pertenece a su primo y siempre hay alguien que para ganar una moneda es capaz hasta de vender a su madre. Tendría que refugiarme en sagrado.

- ¿Descansamos un poco? –la voz del sacerdote ha sacado a Amala de sus elucubraciones.

- De acuerdo, ese acantilado parece adecuado.

- Señora, ten cuidado, no vaya a ser que acabes en el agua. Tiene pinta de estar helada.

- Sí, en los días más luminosos está más fría. ¡Qué bonito! Menudo refugio tiene aquí mi primo

Se acercaron con cuidado al borde rocoso del acantilado y se sentaron en dirección Visentium.

- Cuando terminemos de bordear la isla podríamos visitar la iglesia. Desde aquí parece que se ve una edificación pegada a la iglesia, hay que investigar.

- Me parece estupendo, siempre me ha gustado investigar cualquier cosa. Cuánto me gustaría tener todos mis libros.

- He oído decir que tienes una gran biblioteca. Es extraño en una mujer.

- ¿Qué es exactamente lo que te parece extraño?

- Nada, que una mujer sepa leer y encima le guste.

- Pienso que el saber no conoce de sexos, es la costumbre, la educación que se recibe de pequeños lo que nos va creando las aficiones. Para mí leer más que un placer es una necesidad. Lo he heredado de mi padre, él creía en el aprendizaje a pesar de que no lo tuvo y apenas sabía leer.

- Un gran rey, Teodorico.

 - Sí, y un gran padre.

Están un rato contemplando las tranquilas aguas del lago, en la orilla más lejana el agua se une con el cielo formando un todo formando una gran cueva azul; a sus espaldas el pequeño bosque desprende un agradable aroma. Algunos árboles comienzan a cubrirse de hojas, otros, con tímidas florecillas blancas anuncian el buen tiempo. También los pájaros contribuyen a decorar el paisaje atravesando el cielo buscando un lugar apropiado dónde construir sus nidos. Es el ciclo de la vida, piensa Amala mirando una gran bandada de gansos formando la característica V, es época de apareamiento, de eclosión de toda la naturaleza.

- Qué bonita es la primavera –dice en voz alta el sacerdote-, es la estación del color.

Amala lo mira atónita.

- Precisamente en este mismo momento estaba pensando la misma frase, ¡qué casualidad!

- No es difícil pensar lo mismo ante estas vistas tan bellas.

- Sí, la verdad es que son bonitas, a pesar de mis circunstancias personales aún puedo reconocer la belleza.

Tras una breve conversación acerca de la belleza, la primavera, el lago y los pueblos que lo circundan, se levantan del acantilado y siguen su paseo. Unos cincuenta metros más adelante, en una oquedad del terreno, junto a unas grandes piedras que parecen sostenidas por unos árboles, ven un agujero que bien pudiera ser la entrada de una cueva. Como es lógico no pueden dejar pasar la oportunidad y se acercan a lo que Félix llama la boca de la cueva, quitan con las manos toda la broza que pueden para poder acceder bien a la entrada. Por fin llegan, quitan dos troncos que impiden el acceso y un olor húmedo se escapa del interior, es un olor a húmedo que recuerda a la sacristía de algunas iglesias.

- Bajaré primero yo, Señora. No se sabe con qué nos podemos encontrar.

-  Qué emoción, es a la primera vez que voy a entrar en una cueva.

- Yo también, hay que volver con antorchas, no veo nada.

- Hay que acostumbrar la vista a la oscuridad, de todas formas, volveremos con antorchas. Voy a entrar yo también.

-Os ayudaré, con cuidado, hay que poner el pié en este saliente.

Amala baja y permanece junto a Félix, a unos pasos de la boca de la cueva para acostumbrarse a la oscuridad. Cuando ya distinguen algo avanzan otro poco y se paran, como el lugar es estrecho tienen que permanecer juntos, escuchándose los latidos del corazón que les late deprisa por la emoción; así están unos minutos hasta que pueden ver algo. Este hombre podría ser Máximo, piensa, e inconscientemente se acerca un poco más al sacerdote

Lo primero que distinguen es una piedra rectangular, grande, un poco mojada por algunas partes y con musgo por otras. Junto a la piedra parece que hay una gran caja, también de piedra, que tapa la entrada a otra cueva. Se quedan en esta primera estancia palpando el gran cajón de piedra.

- En esta cueva ha vivido gente, se ve la mano del hombre.

- Sí –dice Amala-, esta piedra está tallada y el cajón me recuerda a algo- Tenemos que volver pertrechados de antorchas. ¿Lo vamos a decir? ¿Vamos a contar nuestro descubrimiento?

- No sé, puede que ya esté descubierto y se sepa. Creo que es mejor contarlo, total somos tan pocos. No creo que mi primo sepa de su existencia. ¿Y  si la cueva llega hasta tierra firme? –Iba a decir esto en alto, pero calla, no vaya a ser que el sacerdote…

- Ya sé lo que es – grita Félix emocionado-, son enterramientos. Sí, es un enterramiento y esto es un sarcófago. Vámonos, tenemos que volver enseguida.

Salen de la cueva, se sacuden un poco la tierra que les ha caído encima y regresan a la fortaleza contentos, emocionados y riendo.

Atraviesan el patio entre las ocas y gansos que picotean el grano de los sacos de una de las casetas que conforman la pequeña muralla de madera y que se utiliza de almacén. La simple visión de las ocas y los gansos alegra a Amala; de pequeña cuidaba personalmente de una oca que le habían regalado. Una preciosa oca blanca con algunas plumas grises en el cogote. Como no la dejaban tenerla en el palacio tuvo que guardarla, junto a las demás ocas, en una casa que había al otro extremo del jardín palaciego y servía como gallinero. Por las mañanas Amalasunta bajaba a abrir la puerta del gallinero para que, tanto ocas como gallinas, pudieran picotear libremente por el gran corral anejo. Antes pasaba por las cocinas para recoger pan duro y otras golosinas que echaba a las aves. A la derecha del gallinero apoyado en la pared había un palomar con muchas puertas pequeñas en forma de arco y por dentro totalmente diáfano para que las palomas pudieran relacionarse. Siempre que Amala pasaba por allí se quedaba un rato admirando las pequeñas y artísticas puertas, parecía una ciudad en miniatura.

El sacerdote y Amala entran en la fortaleza y suben hasta el primer piso donde los soldados atizan la gran chimenea, saludan respetuosamente a la Reina, buena señal, que me sigan respetando; y continúan charlando de sus cosas. Amala y Félix entran en la cocina, tienen hambre y, sobre todo, prisa por comer y volver a la cueva.

Sofía está dando los últimos toques al guiso que servirá en la cena, es mejor que repose un poco, el secreto de algunas comidas simplemente es el tiempo de reposo.

- He podido convencer a dos soldados para que fueran a comprar pescado a los pescadores de Volsinii y cuando los pescadores han sabido que era para la Dama del Lago, como os llaman en la zona, pues se han enterado que estáis presa, nos han regalado cuatro anguilas bien hermosas que estoy guisando para la cena.

- Qué amables, esos pescadores no me deben odiar, a pesar de vivir en tierras de mi primo. O quizá sea porque no lo conocen.

- Entonces, ahora ¿qué vamos a comer?

- He partido un queso que podemos mojar en la miel; he cocido pan y también hay aceitunas –ofrece Sofía que termina de trastear y se sienta en la mesa para comer-, para beber hay leche agria y vino aguado.

- Te tenemos que decir una cosa.

- Sí, hemos descubierto una cueva cerca del acantilado.

- Ahora, cuando terminemos de comer, vamos a volver para investigar –Amala no puede evitar sonreír, hoy casi no ha pensado en su prisión.

- Yo también quiero ir a descubrir cuevas –dice en tono de ruego Sofía-, nunca he estado en una cueva.

Terminan rápido de comer y piden a los soldados que les fabriquen unas antorchas.

- No es para escapar de la isla –le dice Amala-, además ¿cómo servirían las antorchas para huir? -Tienen que dar explicaciones, aún así dos soldados deciden acompañarlos, más por curiosidad.

Parece una pequeña procesión de penitentes, cinco personas en fila con una antorcha encendida cada uno. Caminan deprisa, el sol está todavía alto y los días son más largos pero prefieren volver aún con un poco de luz. Llegan, quitan las ramas con las que habían tapado la entrada y comienzan a bajar.

- Con las antorchas es otra cosa –dice el sacerdote-, se ve perfectamente. Este es el sarcófago que hemos visto esta mañana.

- Cuanta humedad –comenta un soldado.

- Aquí hay una piedra con musgo, parece escrito algo.

- Convendría sacar la piedra al exterior –propone Amala-, así se podrá ver mejor lo que pone. Seguro que estos soldados tienen fuerza para sacarla fuera.

Dicho y hecho, como si fuera de madera y pesara poco, los soldados, conjuntados, con un grito como de guerra sacan la gran piedra rectangular afuera y la dejan junto a la entrada de la cueva. Después bajan de nuevo y ayudan a mover la caja funeraria que tapa un agujero. Esta vez tienen que aplicarse un poco más los dos forzudos porque el sarcófago de piedra pesa mucho.

- Es una especie de pasillo – mediogrita el sacerdote totalmente emocionado-. Cuidado que por aquí, donde estoy yo el techo está más bajo y hay que agacharse. Ahora se ensancha el pasillo y desemboca en una sala circular.

- Félix, todos vamos detrás suyo y lo podemos ver igual –comenta Sofía, también emocionada por la excursión -. ¡Cuidado, el suelo está resbaladizo!

- Es arcilloso, por eso resbala tanto. En mi pueblo la cueva de los moros tiene el mismo piso y resbala también mucho –dice uno de los soldados que también está emocionado.

Efectivamente el pasillo desemboca en una sala circular con otros tres sarcófagos más, junto a ellos, unas estelas funerarias.

- Son estelas funerarias que seguramente explicarán quiénes están enterrados aquí.

- Un momento –dice Amala, disfrutando por el descubrimiento y sin acordarse de la espada que pende sobre su cabeza -, estas letras y estos dibujos son etruscos. No hay que olvidar que estamos en Etruria, patria de los etruscos –mira a los soldados que sin esperar órdenes comienzan a sacar al exterior las tres estelas funerarias-. Buenos chicos. Aquí hay una especie de escultura, parece una cabeza, hay que sacarla también afuera.

Siguen un rato más escudriñando las paredes de piedra que en su momento estuvieron pintadas, al menos por algunos sitios, pues quedan restos que parecen de figuras humanas. Alguien ¿un soldado? ¿Sofía?, habla de mover una de las grandes losas que cierran los sarcófagos, el sacerdote se opone por parecerle sacrílego. Tiene que pensarlo, estudiarlo y dilucidarlo, por el momento son suficientes las estelas funerarias y la escultura con forma de cabeza que han sacado los soldados.

Amala, gran conocedora y admiradora de la cultura etrusca, está fascinada, toca las paredes con profunda impresión, pensar que allí han estado personas que vivieron hace mil años y construyeron la cripta que ahora están pisando ellos, una gran civilización, los etruscos. Recuerda haber leído cómo era la sociedad etrusca, sus costumbres, su religión, su organización política, el arte, el importante papel de la mujer tanto en el entorno familiar como en el gobierno de la ciudad, estaba mucho mejor considerada que por los romanos, por supuesto que por los griegos y no hablemos de los godos.

Con tantas preocupaciones se le había olvidado que están en pleno centro de Etruria, cuya capital fue Tarquinia con el lago Vulsinio como aglutinante de las doce ciudades-estado, al estilo griego; en sus orillas se reunían cada año en primavera, en el Santuario de Voltumnae, los doce jefes de las doce ciudades federadas*. Se elegía al jefe de la Federación Etrusca, deliberaban asuntos acerca de política interna y externa y, por supuesto, celebraban la fiesta religiosa dedicada al dios Voltumna. También se reunían en dicho santuario para discutir cuestiones urgentes que no podían esperar a la primavera siguiente.

¡Los etruscos! Qué fascinante hallazgo, puede que hasta algunos de sus jefes hubieran estado en la pequeña isla, las aguas del lago son tranquilas y fáciles de navegar. Un recuerdo de esos que permanecen perdidos revive en la mente de Amala, no está muy segura pero le parece haber escuchado que su primo cuando mandó construir la fortaleza habló de ruinas etruscas. Tiene que enterarse, hablar con Teodato para informarse bien. De pronto cae en la cuenta de su realidad, está presa en la isla; con tantas emociones se le ha olvidado por unas horas su condición de prisionera. Es tan curiosa intelectualmente que antepone el afán investigador a la preocupación por su supervivencia. Sólo deseo, se dice mentalmente, que mi hija esté bien, que respeten su vida y su condición de princesa goda. Les sirve mejor viva que muerta, siempre la pueden utilizar como moneda de cambio para conseguir una tregua, la paz o cualquier otra cosa casándola con algún noble o algún rey. Para eso sí se nos considera a las princesas, para pactar y conseguir alianzas. Se acuerda, con angustia, de la vez que unos piratas (así se definían ellos, pero Amala siempre sospechó de sus propios nobles) secuestraron a Matasunta durante dos días. Aprovecharon un pequeño viaje que se empeñó en hacer, junto a sus damas, hacia el sur en busca de las islas Tremiti donde cuenta la leyenda que está una parte del Vellocino de Oro.

Los piratas pidieron un rescate para liberarla, que aunque no era excesivo Amala no tenía el dinero suficiente, cuánto asco se dio de ella misma, ella, Amalasunta, hija de Teodorico el Grande, madre del rey Atalarico, y para más vergüenza reina de los ostrogodos, no tenía el dinero que pedían unos desalmados por la vida de su hija. Por supuesto no quiso que se enterara Atalarico.

Fueron dos días de actividad frenética en la corte de Rávena, su primo sería la última opción, pero si tenía que pedírselo de rodillas, lo haría. Podía subir o crear algún impuesto pero se tardaría mucho en su recaudación.

Casiodoro le tendió una mano, como siempre lo había hecho, no sólo le prestó un tercio del dinero, sino que ayudó a vender las joyas de Amala. Se tuvo que desprender de colgantes, anillos, collares y broches, algunos muy queridos, pero para eso sirve el oro para poder hacer frente a imprevistos. Envió un correo con escolta a Roma para vender las joyas a comerciantes judíos, la colonia judía romana era mucho mayor que la de Rávena, donde no estaban muy bien vistos.

Cuando reunió todo el dinero se lo entregó a los piratas que estaban fondeados frente al puerto de Rávena. Fueron a entregarlo Casiodoro y ella con sólo cuatro soldados de escolta, todo se hizo en secreto para que nadie se enterara, no sabía quien participaba en el secuestro, si todo salía bien lo investigaría hasta su origen.

Llegaron al puerto de Classe (nombre del puerto ravenés) ondearon una bandera azul y esperaron unas interminables horas hasta que vieron acercarse una pequeña embarcación con varios pasajeros a bordo. Amala estiraba el cuello y se alzaba, de puntillas, para poder distinguir si iba su hija. Al ver las largas cabelleras rubias de las damas de Matasunta y el enmarañado cabello negro de su hija al viento se mareo un poco y tuvo que sentarse sobre unas redes para no caer al suelo. ¡Estaba viva! Vivía, que era lo importante. Ya en el puerto, bajaron de la pequeña barca dos hombres con las caras tapadas y pidieron el dinero, pero Casiodoro se adelantó, abrió la boca del talego lleno de monedas de oro y plata y lo enseñó. Debían bajar todas las mujeres de la embarcación y cuando estuvieran sanas y salvas, sólo así, entregarían el dinero.

Se hizo de esa forma y por fin madre e hija se fundieron en un largo y apretado abrazo, también las acompañantes de la princesa se felicitaban unas a otras besándose en la boca y atusándose las cabelleras, al estilo godo. Matasunta estaba asustada, con los ojos enrojecidos e hinchados por el llanto, apenas sobresalían dos hileras de pestañas indicando el lugar que ocupaban. Además de la amarga experiencia que acababa de terminar, temía la regañina de su madre porque desde un principio se había opuesto al viaje.

 - Señora, creo que ya has sobado, acariciado y hasta besado suficientemente la pared y los sepulcros –es Félix-Máximo quien saca a Amala de sus ensoñaciones-, pero, si estás sudando ¿te encuentras bien?

- Sí, gracias, es la humedad –mintió-, salgamos a respirar el aire fresco –piensa que si logra salir viva de la isla refrescará en sus libros lo referente a Etruria. Tantas cosas tiene que hacer si sale viva…

Suben todos a la superficie y se sientan en unos troncos de árboles caídos y en algunas rocas cercanas. Parecen como si regresaran de un largo viaje, el más agotador de todos, un viaje en el tiempo. No sólo ha sido Amala quien ha soñado con los etruscos, el sacerdote, que algo ha oído sobre ese extinguido pueblo anterior a la monarquía y república romana, también ha elucubrado acerca de la religión y dioses etruscos. Sabe que los etruscos interpretaban los rayos, función que correspondía a los arúspices (sacerdotes), así como también les correspondía interpretar diversos signos proféticos, como el vuelo de las aves. Se dice, a sí mismo, que cuando salga de la isla, alguna vez tendrá que ser, se dedicará a recopilar información y estudiar mejor a este pueblo.

Por su parte Sofía, que no tiene ni idea de la existencia de los etruscos, ha quedado fascinada con los sepulcros, los restos de las pinturas de las paredes y con las estelas funerarias.

Hasta los soldados, a pesar de su tosco aspecto, piden noticias de “ese pueblo que hacía tan magníficos enterramientos”.

La Reina y el sacerdote prometen contarles un poco de su historia.

Como las estelas funerarias pesan bastante, deciden sólo llevar a la fortaleza una, la que parece estar en mejor estado. Un soldado insiste en llevar también la cabeza de nenfro, una piedra de origen volcánico y color grisáceo, bastante usada por el pueblo etrusco para sus construcciones. La cabeza pesa menos y el soldado se la echa al cuello que realmente parece el de un toro.

Han estado en la cueva cuatro horas aunque a ellos les haya parecido mucho más. El sol está ya bajo y el cielo ha perdido su claridad para tornarse azul cobalto con franjas entremezcladas rojizas y anaranjadas. Regresan todos hablando, casi gritando, la emoción del viaje que han vivido les impide callar.

 

Llegan a la fortaleza con las últimas luces del día, los soldados bufan por el esfuerzo. Dejan la estela y la cabeza en el patio, pero Sofía los apremia sin éxito para que introduzcan los hallazgos en la entrada de la fortaleza pues teme que algún animal pueda dañar tan preciado tesoro.

Los demás soldados preguntan intrigados, a ellos no les importa mucho la estela ni la cabeza, pero ante las caras de sus compañeros empiezan a intrigarse.

- Hoy cenaremos todos aquí, junto a la chimenea, para poder hablar de nuestro viaje a Etruria.

Efectivamente, Sofía calienta el guiso de anguila que lo sirve en dos grandes fuentes para que cada cual se eche lo que quiera, también pone tres cuencos con col cocida, como acompañamiento y varias hogazas de buen pan que ella misma ha cocido en el horno que hay pegado a la torre, bajo un tejadillo que lo protege de la lluvia. Varias frascas de vino aguado están repartidas por la mesa, el vino sin agua se reserva para los dulces que consisten en masa horneada rebozada en miel, frutos secos y leche hervida con pimienta y miel.

Es la primera vez que comen todos juntos y los soldados están algo cohibidos, miran a la Reina (todavía lo es) con timidez, de soslayo, sin atreverse casi a hablar. Son sus carceleros, sí, son soldados enviados por Teodato, sí, pero no son soldados ostrogodos; hay algo en la figura de Amalasunta que les infunde respeto y admiración, además, es tan guapa…, más de uno soñará con ella, despierto o dormido.

Es Sofía quien anima a comer.

- No me he esforzado en cocinar para que se quede en la fuente o se coma frío, así que ¡venga!, a comer sin dejar nada, hay que comérselo todo.

- Me recuerdas a mi madre cuando pone la mesa para comer o cenar, si nos retrasamos, nos gruñe.

Es uno de los soldados, Hermene, el más atrevido que se ha aventurado a romper el hielo. Amala, pensativa, se fija en él, si estuviera un poco más aseado sería un hombre atractivo- Este pueblo mío, tan reacio al agua.

- Nunca he comido la anguila tan bien guisada, a decir verdad sólo he comido una vez anguila y como tenía tantas espinas no he querido repetir, esta apenas tiene, no sé cómo la has conseguido pero está muy sabrosa, Sofía, te felicito por tus habilidades culinarias. No me extraña que cuando pusiste la taberna en el norte, estuviera siempre llena.

- Gracias, Señora. Yo tampoco pensé nunca que cocinara tan a gusto para ti después de todo lo que me dijo vuestro primo.

- También a mí me indispuso contra ti, Señora –dice el sacerdote que se une a la admiración por Amala.

Los soldados se miraron sin atreverse a opinar.

Terminada la cena comienza la tertulia sobre el pueblo etrusco en la que el sacerdote y Amala llevan la voz cantante; los soldados escuchan boquiabiertos, nunca han escuchado palabra alguna sobre un país llamado Etruria. Enseguida el vino se termina y hay que salir a la bodega a por más, es el momento de retirarse a descansar, ha sido un día de emociones y eso cansa mucho.

Se despiden y cada cual va en busca de su lecho, sólo los dos soldados de la primera guardia permanecen despiertos.

Amala sube las escaleras hacia su habitación con un poco de miedo, confía en que el cansancio venza al insomnio, aunque sabe que no es garantía de que así ocurra. Duda si intentar dormir directamente o probar a escribir un poco, quiere ser constante, sabe que es la única forma de que lo narrado tenga continuidad, aunque en estas circunstancias el estilo no le importa demasiado.

Decide intentar dormir y si no puede se levantará a escribir. Ve el peine sobre el arcón que hay frente a la cama y se acuerda de su madre y del ritual que realizaba antes de acostarse, va a coger el peine para peinarse pero se queda a medio camino, no tiene ganas. Se quita la ropa, las botas, los calzones y se pone la saya de dormir, apaga la vela de la palmatoria y cierra los ojos. Inmediatamente llegan con prisa la maraña de pensamientos a la mente de Amala. Se fuerza a pensar en algo agradable para ahuyentar las preocupaciones y miedos. Sueña con el viaje que ha querido hacer a esa Hispania, ya lejana, comienza con los preparativos para tan larga andadura, todo un carro sólo para su equipaje y el de su hija, otro carro para las damas y otro más para la impedimenta de los soldados, pero el sueño la vence mucho antes de salir de Rávena. Ha habido suerte.

 

                                                 

                                                          Bizancio

Dos meses largos después de haber salido de la corte goda,  Alejandro, el senador en misión diplomática y los dos obispos que lo acompañaban, llegaron por fin a Bizancio. Han tenido las dificultades que en 534 acechaban a los viajeros, aunque éstos fueran importantes y llevaran escolta. Los caminos estaban embarrados, a veces hasta la rodilla; también estaban llenos de bandidos o de gente hambrienta a los que alguna escaramuza soldadesca había arrasado su pueblo y quemado las cosechas. Ante el hambre atroz muchos campesinos se echaban por los caminos dispuestos a todo siendo más peligrosos que los bandidos profesionales, y cuando no encontraban presa que robar era costumbre vender a los hijos como esclavos con el fin de sacarse algún dinero para poder comer y vivir. Además estaban las enfermedades que solían tardar bastante en curar, no era infrecuente que un simple catarro dejara sin actividad durante un mes. La fiebre también era un adversario de consideración, pues el remedio más utilizado para bajarla, tisana de saúco, era efectivo pero muy lento.

Al segundo día de viaje en barco comenzó el embajador, Alejandro, a notar dolor en el cuerpo, los huesos le dolían, los músculos parecían haberse transformado en piedra  ¡tanto le pesaban los brazos y las piernas!, los ojos llorosos y una brusca tos completaba el cuadro de síntomas. Motivo por el que los tres viajeros decidieron quedarse durante un tiempo en Bretia, una de las muchas islas que pueblan el Adriático, frente a las costas italianas. En el pequeño puerto de San Pedro de Bretia pidieron al capitán de la nave que atracara, necesitaban con urgencia un físico o un curandero que atendiera al enfermo. Primero buscaron alojamiento donde pudieran descansar, se trata de una  isla  pequeña cuyo principal pueblo, San Pedro de Bretia, es tan pequeño que no había ni siquiera una humilde fonda para pernoctar. Fue gracias a la generosidad del herrero que acogió a los tres viajeros en su casa, cuando pudo por fin  descansar el enfermo en un lecho. El sólo hecho de reposar en una cama en tierra firme hizo mejorar un poco a Alejandro que siempre tuvo prevención por los viajes por mar. El pequeño cabeceo del barco ya lo mareaba, además había que sumar la elevada fiebre causante de fuertes delirios que le llevaron a creer que grandes olas estaban a punto de hacer zozobrar el barco.

Quien hacía las funciones de físico en la isla era precisamente el herrero que nada más ver la amarillenta cara del embajador, escuchar la tos y los pequeños silbidos que salían del pecho al respirar, hizo su diagnóstico: es frío en los pulmones. Enseguida se puso manos a la obra para preparar tisanas y un ungüento de su invención que es infalible y no porque lo haga yo, sino porque lo he probado en muchos y a todos les ha ido bien, que lo diga mi hija.

- En efecto, ayudo a mi padre en lo que puedo, a todos los que ha untado el ungüento se han curado enseguida, ayuda a echar las flemas.

Ipazio y Demetrio se miraron con caras de circunstancias, qué iba a decir su hija, era lógico que alabara al padre. Decidieron que si en tres días no se notaba una leve  mejoría lo trasladarían en una barca a Spalato, capital de la zona, seguro que allí habría algún físico.

Lo primero que hizo el herrero junto a su bella hija, Tina, fue una infusión de malva de los pantanos que crece espontánea en la pequeña isla. Tina la endulzó con miel y se la dio a beber al enfermo que rechazaba todo alimento, pero la paciencia de la herrera (su madre había muerto hacía dos años y Tina pasó a ser la herrera) logró que Alejandro se tomara el gran cuenco de tisana. Más tarde el herrero se sentó junto al enfermo y le friccionó el pecho con su casi mágico ungüento que desprendía aromas de romero y salvia. Los dos obispos rezaban por su pronta curación.

- Es mejor que salgan a dar un paseo por la playa, aunque sea invierno nunca hace demasiado frío en la isla, aquí, en la habitación, es fácil que contraigan ustedes también la enfermedad.

Hicieron caso al herrero y siguieron con sus rezos paseando por la arena de la playa y confiando en no tener que rezar por el alma del embajador.

A las dos horas de haberse tomado la tisana y de haberle puesto el ungüento, volvió Tina con una toalla y un puchero grande en el que había cocido dos cebollas grandes, lo puso sobre un cajón y pidió al enfermo que se incorporara un poco para poder tomar vahos. Alejandro obedeció a regañadientes, pero acabó con la cabeza tapada respirando el vapor que emanaba de las cebollas cocidas.

- Esto ayuda a abrir los pulmones y a quitar la tos. Buen chico, lo estás haciendo muy bien. Y ahora un poco más de ungüento, también por la espalda, túmbate en la cama, boca abajo, así.

Como ya comenzaba a sudar un poco, Tina le cambió de camisa, le puso una de dormir de su padre, lo tapó bien y se fue.

Con ese tratamiento estuvo Alejandro hasta que comenzó a sudar como un pollo y a bajarle la fiebre; la mañana del tercer día comenzó a hablar y a preguntar qué es lo que hacía allí, en un lugar extraño entre personas que no conocía, pensó en un secuestro hasta que vio a los dos obispos entrar en su habitación dando gracias a Dios por escuchar sus oraciones. Apenas recordaba lo ocurrido, los obispos le explicaron todo lo relativo a su enfermedad, cómo tuvieron que pedir al capitán del barco que los dejara en esa pequeña isla, y cómo el herrero y su hija Tina los acogieron, dieron cobijo y le estaban curando.

- ¿Y el barco? –preguntó Alejandro.

- Ha zarpado, tenía que llevar mercancía a Constantinopla y se ha ido.

- Mejor –contesta con un hilillo de voz el embajador-, prefiero los viajes por tierra firme.

Comenzaron las toses y los obispos se marcharon a pasear y rezar para dar gracias al Altísimo por lo que parecía el inicio de curación de Alejandro. Se conocían la pequeña isla casi por completo, les gustaba sobre todo pasear por la playa de blancas arenas finas, a pesar de ser invierno el mar estaba tranquilo cosa muy del agrado de los dos obispos que se quedaban largos ratos contemplando sus aguas. El Adriático es siempre así, les dijo el herrero, es muy raro verlo embravecido.

Los caldos de gallina comenzaron a formar parte de la rigurosa dieta que el herrero recetó como tratamiento para curar el mal de pulmones que padecía Alejandro. A la semana ya se sentaba en la cama y podía charlar, sólo un poco, pues Tina, convertida en fiera enfermera, no dejaba que hablara mucho y echaba a todos de su habitación, incluidos los obispos.

- Sus excelencias disculparán, pero el enfermo ya ha hablado bastante -y los empujaba suavemente camino de las escaleras.

- Eres peor que jefe de los eunucos de mi emperatriz.

- Es que si no los echo afuera, no se van. No tienen consideración.

A las dos semanas comenzó a levantarse y andar un poco por la habitación. La fiebre había remitido del todo y la tos iba camino de ello. La curación estaba en marcha, ahora tenía que reponerse de los estragos sufridos, aún estaba convaleciente.

Fueron unas navidades extrañas, aquellas de 534, los obispos que ya se habían hecho amigos de casi todos en el pueblo pidieron las llaves de la pequeña iglesia a la señora que las guardaba. En otros tiempos había vivido un sacerdote católico que decía misa los domingos y también decía misa en las islas vecinas pero al morir no vino nadie a sustituirlo, así que los domingos los habitantes de San Pedro de Bretia montaban en varias barcazas rumbo a Spalato, escuchaban misa, daban una vuelta por el pueblo y regresaban a Bretia.

- Esta Navidad se celebrará en la iglesia de San Pedro con toda la pompa que podamos –propusieron los obispos.

La propuesta fue aceptada inmediatamente por los bretianos. Desempolvaron y arreglaron los vestidos religiosos guardados en la sacristía,  en un enorme armario de madera de caoba, los obispos sacaron del gran baúl en el que llevaban su equipaje las capas utilizadas para la visita a Roma. Adecentaron la iglesia y recuperaron la antigua costumbre de poner jarrones con romero repartidos por toda la iglesia.

El entusiasmo llegó esa Navidad de mano de un enfermo.

Tina, un poco más condescendiente, dejaba dar pequeños paseos al embajador por el jardín y el inicio del camino hacia la playa. Hasta que ella no viera que pudiera hacerlo no pensaba dejarlo bajar a la playa. Alejandro, dócil, hacía todo lo que ella mandaba, que era mucho.

Cuando el día de Navidad pudo ir Alejandro a la iglesia se llevó una grata sorpresa, el olor de infinidad de velas mezclado con el del romero lo transportó a Santa Sofía, recién restaurada por Teodora. A pesar de ser humilde, con sólo una imagen de San Cosme y San Damián, los mártires patronos de la isla, resultaba una iglesia acogedora, al menos eso le pareció a él. Notó que al recuperarse después de los delirios producidos por la fiebre y de creerse muerto apreciaba más las pequeñas cosas: un buen caldo, la pequeña iglesia, el canto de los pájaros, sentarse en la herrería y ver cómo el herrero trabajaba el hierro, nunca se había fijado pero hasta le gustaban las chispas que salían de la fragua y la sonrisa de Tina que le parecía de un ángel, un ángel con espada, pero al fin y al cabo su ángel cuidador.

Ya no tenía el tiempo de charla milimetrado, estaba casi totalmente curado y Tina le levantó las restricciones. Pidió que lo acompañara a pasear por la playa, tan ponderada por los obispos, y allá marcharon los dos mirándose de reojo para espiarse las caras, los gestos; a veces se cruzaban las miradas y las mantenían hasta que a uno de los dos le cosquilleaba demasiado la espalda. Éste era casi siempre Alejandro, que a pesar de ser hombre curtido en asunto de mujeres, Tina lo turbaba y no encontraba explicación para ello. Si eso mismo le hubiese ocurrido a un amigo suyo sabría perfectamente que se estaba enamorando, pero nos es difícil distinguir lo que nos pasa a nosotros mismos, si hay sentimientos por medio la dificultad crece. Es muy fácil enamorarse de tu médico.

Tuvieron que hablar de seguir el viaje, pues ya nada los retenía en la isla, para que Alejandro se diera cuenta de que se había enamorado de Tina. Nunca pensó enamorarse de alguien que no perteneciera a su misma clase social ¡la hija de un herrero!, sin embargo ocurrió y así se lo expuso primero al herrero y después, si este consentía en el matrimonio, se lo pediría a Tina.

El herrero comprendió que se enamorara de su hija, para él era la mujer perfecta, no sólo por su belleza que saltaba a la vista, sino por sus cualidades, su generosidad, la firmeza de carácter y…, qué iba a decir, si era su padre. Le pareció bien que su hija casara con alguien importante; le dolía su marcha pero ya se apañaría de alguna manera, se trataba del futuro de Tina y ¿qué mejor que en Bizancio? Desde luego iba a estar mucho más entretenida que en el pequeño pueblo de una perdida isla del Adriático.

Le contó a su hija que el embajador le había pedido en matrimonio y a él no le parecía mal. La reacción de Tina fue una sorpresa para todos. No quería casarse ni con el embajador ni con nadie, prefería quedarse con su padre y aprender bien el oficio de curandera y partera, así, si su padre moría, tendría un oficio con el que ganarse el sustento.

- Pero ¿no te gusta el embajador?

- Claro que sí padre, me parece un hombre muy atractivo, demasiado atractivo, pero no quiero marchar de la isla, mis ojos están acostumbrados al azul del mar y creo que si no viera más este paisaje me amustiaría, como las flores cuando llevan cinco días en un jarrón. Necesito el mar.

- Tina, en la capital también hay mar.

- Lo sé, Alejandro me ha explicado cómo es Bizancio, pero aquí salgo y a pocos metros está la playa.

- Si te casaras con Alejandro no tendrías que buscarte el sustento, piénsalo bien, hija. Es un hombre rico, con influencia, que se mueve con facilidad en la Corte.

- Lo sé, y ya lo he pensado, padre, me quedo.

Cuando Alejandro supo el no rotundo de Tina se entristeció tanto que los obispos decidieron partir enseguida para que no volviera a enfermar. En vano trató de hacerla cambiar de parecer, él que convencía a Justiniano con facilidad y hasta a Teodora, no supo convencer a la hija de un simple herrero. Cualquier mujer de la nobleza se casaría con él con los ojos cerrados.

La mañana de la partida Tina no apareció, se sentía flaquear y no quería echarse en  brazos de Alejandro como el corazón se lo pedía, tampoco quería que viera sus ojos enrojecidos por el llanto. A pesar de ser la hija de un herrero sabía leer y escribir y estuvo toda la noche escribiendo una carta para el embajador; de madrugada se la dio a su padre con el encargo de entregársela en mano a Alejandro, a continuación huyó hacia el cercano bosque de pinos. La carta debía ser leída ya en Bizancio.

Los tres viajeros emprendieron tristes la marcha, tenían apalabrada una pequeña barca que los trasladó a Spalato y de ahí a pie hasta la parada siguiente, ya siempre en tierras del Imperio.

 - Sí, que pase el senador Alejandro de su embajada por tierras godas, antes de que Teodora se entere de su vuelta, quiero ser yo el primero que hable con él –dijo Justiniano a su secretario.

Pero Teodora se había enterado de su regreso antes que Justiniano, hasta conocía los amores frustrados del embajador y le había aconsejado al respecto. Era la gran aduanera, se gustaba llamarse a sí misma, nada escapa a mis ojos y oídos, lo controlo todo, para ello pagaba de su bolsillo un ejército de espías que la informaban de cualquier hecho ocurrido en cualquier parte del imperio, por pequeño que fuera.

- Majestad -se arrodilló el embajador ante Justiniano con la cabeza rozando el suelo hasta que el emperador le dijo que podía levantarse-, anoche regresé de la corte goda de Rávena, os traigo deseos e intenciones de la bellísima Amalasunta.

- Sí, ¡eh!, ¿de verdad es tan guapa como dicen?

- Sí, majestad augusta, es una gran mujer, por fuera y por dentro.

- A la emperatriz no le digas eso, es muy celosa y comenzará a darme la tabarra.

- No os preocupéis, no le he dicho nada.

- Cómo ¿ya has visto a Teodora?

- Sí, majestad, anoche cuando llegué junto a los dos obispos, nos mandó llamar a los tres y estuvo despachando con nosotros.

- ¡Lagarta!, siempre se adelanta. Cuando soy yo el primero en algo es porque ella me deja.

- La emperatriz es una gran mujer, también por dentro y por fuera. Tenéis suerte de que esté a vuestro lado.

- Desde luego, tener a Teodora como enemiga debe ser terrible. A ver qué me tienes que contar.

Alejandro contó con pelos y señales muchas conversaciones mantenidas con Amalasunta, le transmitió el cansancio de la Reina, los miedos pasados y futuros, el porqué de no haber ido a Bizancio cuando ya tenía el barco preparado en Epidamno, los recelos respecto a su primo Teodato y sobre todo, el firme deseo de terminar sus días en Constantinopla. Estaba decidida a marcharse de Rávena para vivir en la capital imperial, pero tenía que rematar algunas cosas pendientes, después partiría y cedería su reino a Justiniano, para que recobrara su antigua estructura. No hay que olvidar, decía la Reina, que Italia ha sido el centro del Imperio.

Los obispos también comunicaron a Justiniano las palabras de Teodato y su ofrecimiento, mucho menos generoso que el de su prima, si bien Justiniano no creía demasiado en las intenciones del corregente. Hacía tiempo que se carteaba con Amalasunta y creía conocerla un poco, sabía que era persona de confianza y cumplidora de sus acuerdos. Tenía muy presente la ayuda prestada por Amala en la guerra contra los vándalos.

Mientras el embajador hablaba con Flavius Petrus Sabbatius Iustinianus, emperador de Bizancio, hacía comparaciones entre las dos Cortes, Constantinopla la magnificencia, grandes alfombras, cortinas de seda, suntuosas lámparas y mucho oro; si le pidieran que definiera el Gran Palacio de Constantinopla con un color, sin duda sería el dorado. La corte de Ravena, mucho más pequeña pero quizá más acogedora, Alejandro la vio azul, no por el color del edificio palaciego en el que predominaba el mármol blanco, sino porque la ciudad entera le parecía azul, desde luego había menos etiqueta que en la corte de Bizancio, no es que el Palacio de Teodorico fuera más pequeño, sino que había menos ostentación de riqueza, será porque ahora Bizancio es la capital imperial –pensaba Alejandro- o porque sus moradores son de otra forma de ser. A Teodora le interesa dejar claro en cada momento que ella es la emperatriz, en cambio Amalasunta, ha nacido ya princesa y no necesita demostrar nada.

No iba desencaminado Alejandro, para Teodora el no haber nacido noble era una espina que no lograba quitarse a pesar de las riquezas y el poder que ostentaba.

Justiniano no se quedó del todo conforme con la embajada de Alejandro, hubiera preferido que el mensaje de la reina goda fuera por escrito, no era necesaria una gran misiva, con escribir claramente que a cambio de protección, reconocimiento en Bizancio y quién sabe si también matrimonio, ella le entregaba el reino ostrogodo, hubiera bastado. El emperador sabía muy bien que las palabras vuelan y sólo permanece lo escrito y más si las palabras eran pronunciadas por una mujer, aunque fuera tan letrada como Amalasunta.

Estuvo rumiando el asunto durante un tiempo, no quería consultarlo con su chambelán Narsés ni tampoco con Teodora, por miedo; sí, el emperador tenía miedo a su mujer, la conocía bien y sabía de lo que era capaz, sobre todo cuando se encelaba. Él nunca había dado motivos para ello, ahora en cambio entraba en liza otra gran mujer, aunque ella nada supiera.

El gran sueño de Justiniano era volver a reunir el Imperio Romano como siempre fue, pero con capital, esta vez, en Bizancio; para ello había comenzado a recuperar Cartago, Numidia, Mauritania, una franja de Hispania (el resto se le resistía), y por supuesto Grecia, Macedonia, Dacia, Pannonia, Dalmacia y todas las posesiones en Asia. No hay que olvidar que no hacía ni cien años Roma había caído en manos de hunos, vándalos y godos.

Si Amalasunta le cedía el reino ostrogodo de Italia se evitaría tener que luchar para conquistarla, con lo caras que son las guerras –pensaba el emperador-, mantener soldados, barcos, impedimenta, una guerra sale por uno ojo de la cara. Pero quería seguridad, así que decidió volver a enviar otro embajador para que trajera, esta vez,  los deseos de la Reina por escrito. Estuvo pensando en quién sería bueno para la embajada, alguien de su total confianza, no era fácil, no, junto al poder pululan siempre gentes de doble o triple cara y Justiniano lo sabe.

Por fin el elegido fue Pedro Illirico, llamado así por haber nacido en Iliria; gran abogado que participó en la elaboración del Pandectas, nombrado posteriormente magister officiorum de la corte de Constantinopla.

A pesar de que Justiniano llevó todo este asunto en el mayor de los secretos, Teodora se enteró y montó en cólera contra su marido por no haberla puesto al corriente de la nueva embajada. Era una mujer menuda pero cuando se enfadaba parecía crecer dos palmos. Fue hecha una fiera al palacio donde trabajaba su esposo y sin esperar que el sirviente de la puerta la anunciara, entró. El emperador estaba en ese momento solo, dictando al escriba.

- ¿Desde cuándo se me ocultan embajadas importantes? –los ojos le centelleaban y parecían volverse más negros, había salido corriendo de su despacho al enterarse del encargo a Pedro Illirico sin ponerse la majestuosa túnica sobre el vestido, llegó sofocada.

- Cálmate, Teodora seguro que has venido corriendo por los interminables pasillos.

- Sabes que nunca corro, simplemente he venido sin parsimonia.

- Ya, como si no te conociera, a ver, qué te trae a mi despacho que no puede esperar a la hora de comer o cenar.

- Quiero saber por qué no me has hablado de Pedro Illirico y de su embajada a tierras ostrogodas ¿qué es lo que quieres saber o hacer saber a esa reina sabionda?

- ¿Te refieres a Amalasunta? – Justiniano también sabía meter el dedo en la llaga, estaba enfadado por la interrupción y quería devolver a su esposa la misma moneda.

- ¿Hay otra? Déjate de jueguecitos y dime la embajada de Pedro -Teodora estaba tan furiosa que había perdido su proverbial frialdad.

- Conoces mis sueños de volver a reconstruir con centro en Bizancio todo el Imperio Romano, para lo cual es necesario conquistar Italia, después ya veremos si seguimos con la antigua Galia e Hispania. Alejandro me ha dicho que la Reina goda quiere cedernos –habló en plural porque sabía que le gustaba a Teodora-, su reino.

- ¿A cambio de qué? –cortó como un resorte la emperatriz a su esposo.

- Siempre hay una contraprestación, la que pide la Reina es mínima, quiere que la ofrezcamos protección.

- ¿Protección?, ¿qué clase de protección?

- Vendría a vivir aquí, a Bizancio.

- ¡Lo sabía! ¡Cómo lo sabía! Esa mosquita muerta haciéndose la pobrecita y la generosa, y lo que quiere es el trono imperial.

- Mujer…

- Ni mujer ni nada, le parece poco para ella ¡toda una princesa de nacimiento!, le parece poco el trono de un reino, ella quiere el imperial. Sobre mi cadáver, eso será sobre mi cadáver.

- No te ofusques, nadie ha hablado de tronos ni de matrimonios –nada más decir la palabra matrimonio se arrepintió, cómo se arrepintió. A Justiniano le desazonaba estar peleado con su esposa, quería tranquilidad, ya no era un chiquillo, tenía cincuenta y dos años y las discusiones lo agotaban.

- Eres tú, tú precisamente quien ha hablado de matrimonio, yo sólo he hablado de ambición, nada más.

- Venga, Teodorina, sabes que sólo tú serás mi esposa, además, tienes que estar orgullosa, pues me casé contigo por amor, me enamoraste desde el primer día que te vi hilando con la rueca, hasta ahora sigo enamorado de ti como un bobo. Pero sí te digo que si nos cede el reino, lo aceptaré, calcula el dinero que nos ahorraríamos en guerras – como colofón le dio un pasional beso a Teodora que se marchó más calmada.

Estuvo todo el día dándole vueltas al asunto, le devoraban los celos muy a su pesar. Estaba segura del amor de Justiniano, pero también conocía muy bien la naturaleza masculina tan aficionada a picar allí y aquí, había escuchado sobre la belleza de Amalasunta, y no estaba tranquila del todo, tenía que buscar una solución a su situación, no se puede vivir con el comecome de los celos.

Lo consultaré con la almohada –pensó-, de noche se me han ocurrido la solución a muchos problemas. Ya en su despacho se puso a dictar a su fiel escriba varias ideas que tenía para que se legislara a favor de las mujeres, era el trabajo que tenía en mente; por desgracia conocía muy de cerca lo desprotegidas que estaban las mujeres, para ello no necesitó la ayuda de sus innumerables espías, lo había conocido en primera persona, primero al morir su padre y tener que ponerse de ayudanta de su hermana Komito, después cuando trabajó en los burdeles de Constantinopla. De su espectáculo recreando el mito de Leda y el Cisne no quería ni acordarse aunque entonces disfrutara haciéndolo; era casi una niña sin saber muy bien qué significaba.

Lo que tenía muy claro Teodora era que quería ayudar de alguna forma a la mujer en general y a las prostitutas en particular; para ello impulsó varias leyes, una prohibía la prostitución forzosa entendiendo como forzosa la que obligaba a las mujeres, sea cual fuere su condición, a prostituirse y ganar dinero para un tercero. No se consideraba forzosa si ésta provenía del hambre. Organizó un pequeño ejército, también pagado de su bolsillo, que inspeccionaba los burdeles para controlar el cumplimiento de la ley, en caso de incumplimiento se clausuraba el burdel. En el mismo sentido fundó el monasterio de Metanoia, en la parte asiática del estrecho de los Dardanelos, donde las arrepentidas podían vivir y mantenerse con lo que producía el monasterio.

También aumentó los derechos de la mujer en caso de divorcio, ordenó que se aplicara la pena de muerte para los violadores y prohibió el asesinato de la mujer adúltera. Intervino en muchas más leyes relacionadas con la protección de la mujer menos favorecida. Su labor en ese sentido fue encomiable.

 

Efectivamente durante la noche Teodora encontró la solución para sus suspicacias y sus celos. Como estaba inmersa en el proceso legislativo ¿quién mejor que un abogado para aconsejar? Temprano, sin apenas probar bocado, hizo llamar a Pedro Illirico y ordenó a su secretario que dejara al menos dos horas libres antes de dar paso a los muchos que pedían audiencia con la Augusta; quería poder charlar tranquilamente con el abogado.

Llegó el de Iliria puntual, como siempre, sabía que Teodora era puntual y lo exigía a los demás. El abogado iba un poco temeroso por la incertidumbre de la llamada de la Augusta ¿qué querría?, se preguntaba andando detrás del eunuco que precedía a todas las visitas, recorrieron casi todo el Gran Palacio, ya que el despacho de audiencias de la emperatriz estaba en el último palacio que era el suyo propio.

Ambos se arrodillaron tocando el suelo con la cabeza hasta que la Augusta mandó retirarse al eunuco y levantarse al abogado.

-  Señora.

- Siéntate en este sillón –le señaló un gran sillón que más parecía un trono, de negra madera con un gran cojín bermellón- junto al mío, está tan hecho a mi cuerpo que los cojines toman la forma de mis nalgas – el historiado sillón de Teodora era aún más ostentoso que el otro, los cojines eran de púrpura con borlones dorados- cuando están demasiado viciados y apenas levantan un palmo los mando cambiar. Te preguntarás para qué te he mandado venir. Primero quiero consultarte una duda que tengo sobre el derecho de propiedad, sé que has ayudado a mi marido en la recopilación del Pandectas y redactas bien.

- Señora, podéis preguntar lo que gustéis.

Teodora hizo el paripé de preguntar alguna cosa que por supuesto ya sabía y con astucia fue llevando la conversación al punto que ella quería. Pedro Ilirico preguntó un poco miedoso.

- No sé si os he servido de ayuda.

- Por supuesto que sí, me has servido de gran ayuda y me servirás.

- Señora siento decir que partiré dentro de cuatro días a Italia, para entrevistarme con los corregentes.

- ¡Ah! No sabía –mintió Teodora-  y ¿cuál es el motivo? Si puede saberse.

- Llevo instrucciones del emperador para que la reina Amalasunta plasme por escrito lo que dijo a Alejandro, no se fía mucho de las palabras que se las lleva el viento.

- Sí, lo sé. ¡Qué interesante!, un viaje tan largo.

- Sí –contestó el abogado un poco cohibido-, ya estoy nervioso por comenzar más que por llegar, lo bonito de los viajes es prepararlos, hacer el camino y, después, recordarlos. Si en mi ausencia necesitas consejo legislativo o legal, llamad a Triboniano, es el mejor jurista que hay en Bizancio.

- Eso he oído. Mira te voy a proponer otra embajada, ya que vas a ver a Amalasunta, la goda –dijo la goda casi escupiendo, como si fuera una apestada.

 

Especialista en manipular, sobre todo a los hombres, no se sabe como lo hizo pero consiguió que Pedro Ilirico le prometiera cumplir la embajada que ella le propuso. Embajada difícil de ejecutar pues consistía en asesinar a Amalasunta. Muerto el perro, se acabó la rabia. Al principio el abogado se negó, se revolvió, argumentó, él no era un asesino, sólo un abogado, pero pensó en el inmenso poder de Teodora sobre cosas y personas, y por fin accedió.

El abogado salió de la entrevista con la emperatriz sudando como un pollo, a pesar de ser invierno, comenzó a subirle la bilis a la boca que se le llenó de amargor, no quería escupir en los recintos del Gran Palacio por lo que aligeró hasta la calle, por fin en la esquina, frente al hipódromo, vomitó igual que un borracho. Mareado, llegó a su casa y se echó sobre un triclinio al calor de la chimenea.

- ¿Qué tienes Pedro? Estás muy pálido –preguntó su mujer.

 

                                                      Atalarico

Una noche más en la fortaleza del lago y la primera que ha podido dormir bien, al menos se ha levantado descansada. Ha sido Sofía quien le ha despertado creyendo que le pasaba algo.

- Normalmente no duermes o duermes mal – el tuteo no era extraño en 535, y menos entre los godos. En este caso ya había confianza-, por eso me he asustado cuando no has bajado para pedirme el agua del baño.

- Gracias, Sofía, eres muy buena conmigo.

- ¡Bah! Bobadas, no tengo otra cosa que hacer. Pues el agua ya está caliente ¿la quieres para ahora?

- Sí, prefiero bañarme primero, después ya comeré algo. De todas formas como he dormido tan bien tengo poco hambre.

- ¡Cristo, qué cosas dices! Es decir, que el dormir quita el hambre ¿no?

- Déjalo, ya te lo explicaré en otro momento.

Baja a la planta baja primero para hacer sus necesidades en las letrinas mandadas  construir por Teodato al modo romano, aunque en la fortaleza Martana no haya nadie que le caliente el asiento; después pasa a la habitación del baño donde ya la espera Sofía que ha llenado la bañera con agua hirviendo y ha añadido unas gotas de aceite, esta vez de romero y tomillo.

- Para relajar el cuerpo y el espíritu –dice muy convencida la cocinera.

- Me parece que a ti, todo te relaja –contesta Amala recogiendo su cabellera con un punzón de hueso de búfalo que tiene para estos menesteres. Es un bonito hueso afinado y tallado por el maestro orfebre Wolf, el más reconocido en Rávena;  en él ha querido homenajear a la Reina y talló un pequeño busto del gran Teodorico con incrustaciones de plata. A  Amala le gusta mucho y siempre se recoge su larga cabellera con el hueso de Wolf, como lo llama ella.

La habitación del baño es de estilo romano. Está también en la planta baja, es una estancia circular, abovedada, y desde la mitad de la pared está recubierta de mosaicos azules con alguna figura marina en azul más oscuro; el suelo es, así mismo, de mosaicos azul oscuro que se van aclarando gradualmente al comienzo de las cuatro escaleras que dan paso a la bañera semicircular con una profundidad de un metro  y medio por una parte y un poco más de medio metro por otra, para poder sentarse sin tragar agua. En la pared hay unas argollas para sujetar los hachones de luz y unos pequeños salientes para posar las lámparas de terracota.

Amala aprovecha la hora del baño, que en su prisión suele alargarla, pues no tiene obligaciones de gobierno que la esperen. Pero comienza con sus preocupaciones y no quiere engolfarse en su angustia, además, recuerda que tienen que estudiar las estelas funerarias  y la cabeza etrusca encontrada el día anterior.

Sale del baño, se seca bien con el lienzo de lino que le ha dejado Sofía y se pone el corpiño y las bragas bajo la túnica para que no se trasparente nada. Inmediatamente sube a su habitación y tranquilamente se viste.

Baja a la cocina y para no enfadar a Sofía y no escuchar sus regañinas de madre, come unas sopas de leche con pan migado.

- ¿Contenta, gruñona?

- Félix, el sacerdote, ya está afuera escudriñando las piedras que trajeron los soldados de la cueva etrusca.

Amalasunta sale y ve a los soldados echando cubos de agua y restregando las estelas con una escoba de ginesta para quitar la porquería. Al ver a Amala cesan las risas acompañadas de comentarios soeces y se hace el silencio.

- No dejéis de reír por mí, la risa es buena. Bueno, Félix, qué tenemos aquí, veamos.

- Sin duda es una estela funeraria, seguramente de una familia, por lo menos hay esculpidas cinco personas. Mirad, y está firmada, pone Vulca de Veyes*.

- Es verdad –dice Amala mirando con atención la estela-, hay dos que parecen mayores, serían los padres y estos de aquí serían sus hijos –señala tres figuras que representan a tres jóvenes, dos hombres y una mujer; están ataviados con túnicas que recuerdan a las babilónicas. Tras ellos hay esculpidos unos ramos de olivo-. Creo que debían ser nobles o, al menos, gente importante, el olivo significa además de paz y prosperidad, resurrección y esperanza.

- Sí, es cierto –corrobora el sacerdote-, ¿de qué habrán muerto? y ¿por qué estarán enterrados en la isla?

- Esto último es más fácil de explicar, sabemos que estamos en el centro de Etruria y seguramente en estas dos islas vivirían varias familias, puede hasta que hubiera un pueblo. Habría que estudiar bien nuestro descubrimiento, pero aquí no tenemos dónde consultar. Bueno, ahora echemos un ojo a la cabeza.

Cuando Amala mira detenidamente la cabeza se le escapa una exclamación de sorpresa. No sé si será la isla o son sólo simples coincidencias o está condicionada por su situación, piensa la Reina, primero el sacerdote se parece mucho a Máximo, ahora, la cabeza se asemeja a la de su  hijo. La mira una y otra vez para cerciorarse, y sí, parece una escultura de Atalarico. Pero es del todo imposible, se dice a sí misma, esa cabeza ha sido encontrada en una tumba etrusca y dicha tumba no parece haber sido profanada, no se debe olvidar que los etruscos hace unos mil años desaparecieron como pueblo. Yo sólo tengo sangre goda (su madre era franca, pero para Amala no cuenta), y Eutarico, sólo tenía sangre goda, los dos somos godos casi puros ¿entonces? Qué pena, en su biblioteca de palacio tiene varios rollos sobre sus antepasados, incluidos algunos árboles genealógicos de sus dos progenitores. Está tentada de pedírselos a su primo, le serían de gran utilidad para descifrar el misterio del gran parecido entre el etrusco y su hijo.

- Señora, estás muy pensativa.

- Sí, Félix, ¿te parece que la tumba que encontramos ayer haya sido descubierta o profanada antes?

- No, nunca se tiene la seguridad sobre algo, sólo una cosa es segura, la muerte, pero estoy convencido de que nadie, antes de nosotros, ha pisado esa tumba.

- Lo digo porque la cabeza parece una escultura de mi hijo. ¿Le llegaste a conocer?

- No tuve ese placer.

- Pues te digo que se asemeja a su rostro, la forma de la nariz, grande; la separación y forma de los ojos, la barbilla, todo, todo se parece a él ¿cómo puede ser?

- No sé, es de difícil explicación. He escuchado, pero eso son tonterías, bulos, que todos tenemos un doble, yo mismo soy el doble de Máximo ¿no es así? Quién sabe si ese etrusco era el doble de tu hijo.

- Un doble mil años después, sí, es extraño que precisamente sea la madre de uno de ellos quien descubra el parecido –se queda un momento pensativa y después, como un resorte, entra en la fortaleza.

- Voy a escribir un poco –dice a modo de despedida al sacerdote.

- Yo iré a dar un paseo, hasta luego.

Entra en la fortaleza, sube la escalinata hasta su habitación, coge el pergamino, las plumas y la tinta, baja hasta la gran sala de la chimenea y se sienta cerca de la ventana por la que entra alegrando la estancia el sol mañanero.

Ha cambiado de idea, ya no quiere escribir sobre sus sueños, ahora sólo quiere desfogarse y hablar de su hijo al que acaba de ver en una tumba etrusca.

“Hoy he visto la cara de mi hijo muerto hace, ya, seis meses, en octubre hará un año. Es un misterio que quizá nunca desentrañaré, pero parecían las facciones del rey Atalarico, hijo de Eutárico Cillica y Amalasunta y nacido en Ravena en el año 516.

El número diecisiete es nefasto para la dinastía de los Amalos, nos trae mala suerte, mi esposo, Eutarico, hacía el número diecisiete de la dinastía amala, mi hijo murió con diecisiete años y mi tía paterna Amalafrida (madre de Teodato) murió asesinada un diecisiete de julio de 523. El diecisiete tiene gafe.

Qué pronto bajó Atropos a la Tierra, con sus temibles tijeras para cortar el hilo de la vida de mi hijo ¡pobre hijo mío! Quedarse sin padre a los seis años y sin abuelo, poco después. Por mucho que luché, no fue suficiente, sólo tuve el apoyo de Casiodoro, mi gran amigo y confidente, sólo él se puso a mi lado cuando los duques godos me quitaron a mi hijo. El bisojo, a pesar de estar educado como yo y de admirar la educación romana tanto o más que yo, tomó partido por la nobleza goda, como era de esperar. No me defraudó mi primo, él en su línea. Ahora sé que a sus hijos también los educa a la romana a pesar de estar muy mal visto entre la nobleza goda ¡cuánta desfachatez! Sé que la Justicia no existe, de existir sus hijos varones tendrían que ser educados al estilo godo, como hicieron con Atalarico que duró poco en manos de los nobles. Acabó consumido por la tos.

No debí empeñarme en tratar de educarlo en el amor al estudio, creí que se parecía más a mí, pero no era así y no quise o no supe verlo. Yo también me empeciné en que  estudiara y él se rebeló. Era muy rebelde, siempre fue difícil y más cuando murió su padre al que adoraba. Habría preferido que hubiera sido yo quien muriera, creo que en el fondo me echaba la culpa de la enfermedad y muerte de su padre, pobre hijo mío, cuánto sufrió. Y yo, empeñada en educarlo en el conocimiento, tuve que hacer de padre y madre, si Eutarico hubiera seguido vivo creo que le habríamos educado de la misma forma, pero Atalarico seguro que se habría aplicado. No supe ver que el origen de la rebeldía de Atalarico fue la muerte de su padre y me empeciné en doblegarlo”…

 

No puede seguir escribiendo tiene que dejarlo, el dolor es demasiado al rememorar la relación con su hijo, sobre todo porque lo amaba demasiado y puede que eso no sea bueno, se dice mirando el paisaje del lago que ya comienza a serle demasiado familiar. No, no es bueno querer demasiado, no por la posible decepción, continúa con sus pensamientos, sino por la falta de perspectiva y porque a los padres no nos enseñan, tenemos que fijarnos en nuestra propia educación y relación con nuestros padres. Siempre creí que Atalarico era como yo, amante del estudio y con verdaderas ansias de aprender, aunque no me haya valido de gran cosa, pero de eso no me arrepiento. Yo volcándome para que Atalarico estudiara y resulta que quien ha heredado esa afición ha sido Matasunta, a la que he relegado en favor de su hermano ¡cuánto lo lamento! Ella sabe que la adoro, pero me he esforzado menos con ella, he estado menos pendiente de ella, puede que por verla más resuelta, más centrada, más disciplinada, más fácil y puede que también porque nos parezcamos más y, a veces, con una sola mirada nos comuniquemos. Aún así he debido dedicarla más tiempo, si salgo de esta, SI SALGO, prometo remediarlo.

Sí, Atalarico siempre estuvo muy unido a su padre; me gustaba verlos juntos, sentados en las escaleras del jardín hablando de cualquier cosa o escuchando historias de la lejana Hispania ¡Dios mío qué lejana está ahora! Algunas veces me escondía tras los cortinajes del gran portón del Mar para escuchar sus charlas.

“Padre cuéntame algo de Hispania”, insistía como yo, pero a él sí le hacía caso y comenzaba: “Como bien sabes, hijo, nací y me crié en Amaya Patricia. Roma y Rávena son ciudades preciosas, pero la zona de Amaya es uno de los lugares más bonitos del mundo –y hacía gestos con la mano para señalar lo bonita que era Amaya-, está cerca de Segisama Iulia y Albacastro, también está cerca de un pequeño valle circundado de peñas, y sobre una de ellas se celebró, en la época de Octavio Augusto, una de las batallas más cruentas de las guerras contra los cántabros, se llama la peña Ulaña; cuentan los historiadores que los romanos no quisieron cercarla por el hambre sino que subieron la peña por las partes más accesibles hasta llegar a los poblados cántabros. Cuando los cántabros, guerreros valientes, aguerridos y diestros en el manejo de la jabalina, espada y falcata, vieron las cinco legiones romanas que subían por dos lados de la peña con sus espadas haciéndolas chocar contra los escudos como si fueran tambores y con sus gritos de guerra, comenzaron a quemar sus castros y a degollarse con sus falcatas. No querían caer en manos romanas – y hacía como si se cortara el cuello, mientras Amalasunta detrás de la cortina disfrutaba de la escena, le gustaba ver a los dos hablando como dos amigos. Seguía Eutarico, que disfrutaba mucho contando batallas a pesar de no haber asistido a ninguna, rememorando su infancia ¿Sabes qué forma tiene la peña Ulaña? No –mentía el hijo pues se lo había dicho su padre otras ocasiones, no lo sé padre ¿cómo es? Pues tiene forma cuadrada si se la mira desde el valle que enlaza con Amaya Patricia, pero si se accede por la peña del Castillo (porque tiene forma de castillo), tiene forma alargada. En realidad son dos peñas superpuestas, la de encima es la Ulaña y la de abajo se llama Mazuela, o es al revés, siempre me he confundido”.

Atalarico miraba embobado a su padre y le exigía otra historia sobre su Hispania natal, tenía fijación.

- Yo soy un poco de Hispania ¿verdad?, soy un poco visigodo.

-Sí, hijo, eres medio visigodo y medio ostrogodo, pero ambos son el mismo pueblo, sólo que unos se han marchado más lejos, hacia el oeste y otros se han quedado en Italia.

-¿Cuándo me vas a llevar, padre? Quiero ver todos los lugares de los que me hablas.

- Cuando se pueda, hijo, créeme, te lo prometo.

 

Pero murió sin poder cumplir su promesa y mi hijo comenzó a rebelarse y a culparme de la muerte de su padre, más que culparme pensaba que en el fondo me alegraba. No se paró a pensar que quien más perdía con su muerte era yo que amaba a Eutarico con toda mi alma. Pero ¿cómo podía hacérselo entender? ¿Cómo podía, si sólo tenía seis años? Aguanté su rebeldía, aunque todo tiene un límite, No me cansaba de explicarle que un rey debe ser una persona culta, que gobierne con sabiduría, con justicia, con personalidad fuerte para no dejarse influir por el ejército de buitres que se congregan alrededor del trono. El poder es muy goloso y todos quieren un trozo, hay que elegir  bien a los ayudantes más cercanos.

Atalarico se había asentado en su rebeldía y comenzó a no querer estudiar, en eso salió a su padre pero yo me empeñé en que se pareciera a mí. ERROR. Tenía que haber dialogado más con él, hablar en vez de imponer. Un día me desesperó tanto que le di un cachete, todos los nobles presentes me miraron con sorpresa ¿Un cachete al rey? Todavía recuerdo la cara de los nobles clavándome sus miradas desafiantes advirtiéndome ¡cuidado!, es el rey. Ese día supe que tendría en contra a la mayoría de los pares* godos, aunque nunca creí que llegarían a separarme de mi hijo.

Amalasunta siente  que la vida se le hace demasiado pesada, siempre solventando problemas, cuando arregla uno aparece otro en el horizonte, siempre igual y no se puede quejar, si hubiera nacido esclava…, sin poder decidir sobre tu vida, estando a merced del carácter del amo, sin saber leer y lo que es peor sin tener necesidad de ello, eso es lo único que consuela ahora su corazón triste y cansado de luchar. Quieren volver los pensamientos negativos que ya sabe dónde la conducen, piensa en su hija y se da fuerzas a sí misma. Lucha Amalasunta, lucha por tu hija, aunque estés tan decepcionada de todo, empezando por ti misma, aunque estés prisionera en esta isla, ¡lucha!

La única manera que tiene de luchar es seguir viva, seguir con la rutina que parece haberse implantado en la isla Martana, e intentar conquistar para su causa a algún soldado o al sacerdote, Sofía es mujer y no cuenta, sin embargo sería la que más querría ayudarla, pero le está terminantemente prohibido salir de la isla, ni siquiera a comprar pescado fresco.

Ya empieza a calentar el sol y Amala lo nota a través de la ventana, mira al exterior y observa el lago más azul que nunca; la mayoría de los árboles están floridos, se asombra de que casi en un día hayan florecido, el espectáculo no puede ser más bonito, parecen susurrarla que salga a respirar el aroma de la mañana y obediente es lo que hace. Se lo dice a Sofía que sigue con sus trajines en la cocina.

Sale al patio y juguetea un poco con las ocas y los gansos siempre picoteando los granos de cebada o farro esparcidos por el suelo, son tranquilos y no quieren atacarla, después sale fuera de la fortaleza y abre los brazos para abarcar todo lo que ve, el sol, el lago, los pájaros, los árboles, todo. La felicidad, piensa, es disfrutar de cosas que la naturaleza nos brinda, son pequeños y muy escasos los momentos en los que nos damos cuenta de lo importante que es no estar enferma, ni ciega, ni coja y poder disfrutar del paisaje. Ahora comprendo a los nobles latinos –comienza a andar sin darse cuenta por uno de los caminos que rodean el lago-, que prefieren vivir en el campo, claro que ellos lo hacen por motivos de seguridad, para defenderse de los saqueadores o de algunos desmanes godos; el caso es que disfrutan de la naturaleza en sus inmensas posesiones del sur, espero que alguna vez salgan de sus enormes fortalezas en las que se refugian huyendo de la inseguridad que algunos de mis godos provocan en las ciudades.

No sé cómo hacer comprender a mi pueblo la bondad de cumplir las leyes, en cuanto se sienten un poco libres comienzan a desmandarse; están dejando las ciudades casi despobladas, sobre todo las del sur porque se creen que en Ravena no nos enteramos. No se dan cuenta de que sin ciudades no hay intercambio y sin intercambio no hay comercio y sin comercio hay más pobreza, pues muchos son los que intervienen en el comercio. Dada las dimensiones del problema no me quedó más remedio que enviar una misiva a todos los nobles de las provincias de Lucania y del Aprutium animándolos a vivir en grupo y no en soledad: “los mismos pájaros viven agrupados -les dije- los estorninos siguen a los estorninos, las palomas aman las hileras de palomas…, mas los audaces azores, las águilas cazadoras aman la vida solitaria. Las fieras buscan campos y selvas, los hombres deben amar por encima de todo los patrios hogares. Terratenientes y curiales del Aprutium volved a la ciudad; en vuestras ciudades están los colonos que cultivan los campos. Dejad de estar separados del mundo rústico.” Pocos fueron los que me hicieron caso, aunque alguno sí hubo que lo hizo; le dije a Casiodoro que convenciera a los nobles sureños para que volvieran a sus ciudades, muertas, sin apenas movimiento de gente, sin celebrarse el día de mercado por ausencia de compradores ¡qué triste es entrar en una ciudad casi muerta!

Casiodoro es muy conocido por esos lares al haber nacido en Esquilache, por tener propiedades en Calabria y por acabar de terminar la construcción de un monasterio en Vivarium, cerca de Esquilache, para copiar textos y así poder coleccionarlos. Creo que es una maravilla, con lámparas de aceite provistas de un sistema que repone el aceite usado de forma que siempre tienen aceite; también hay un gran reloj de sol en forma de ojo cuyas pestañas son las horas; una bonita clepsidra entre dos columnas y una especie de embudo, sujeto por las columnas, para el agua; y no podía faltar una hermosa biblioteca para guardar sus preciados tesoros. ¿Qué será de mi biblioteca?, si no logro salir de la isla ¿será para Matasunta? A ella sí le gusta leer y sabe apreciar un libro.

¡Ah, Casiodoro!, unos pocos días en esta fortaleza y ya me parece que llevo toda la vida.

Se ha sentado en una piedra junto a la orilla y como una autómata tira piedrecitas que van haciendo círculos cada vez más grandes hasta confundirse en el agua y desaparecer. Somos círculos, las personas somos círculos como estos del agua, nacemos en un lugar, crecemos y vivimos en el mismo o en otros lugares, pero cuando ya nos va pesando la vida queremos volver a la tierra de nuestra infancia para cerrar el círculo y morir recreándonos en los paisajes que de pequeños llenaban nuestros ojos.

Qué pena de hijo mío, a pesar de haber nacido príncipe y de ser rey, no tuvo una vida muy afortunada, no quería estudiar y yo le obligaba, mas cuando fue a vivir al estilo godo no soportó esa vida, estoy convencida que tampoco le gustó.

Es muy duro sobrevivir a tus hijos. ¡Vida, dame fuerzas para conseguir lo que quiero!

Amalasunta parece estar hipnotizada por los círculos que forman las piedrecitas en el agua, se sobresalta cuando escucha su nombre en la voz de un hombre, es el sacerdote que no ha podido resistir y ha vuelto a la cueva para seguir observando las tumbas etruscas.

-  Señora, por fin has salido ¿has visto qué bueno hace?

- Sí, realmente parece casi un día de verano.

- Vengo de la cueva y he estado estudiando todos los enterramientos, es fascinante el mundo etrusco.

- ¿Has visto algo referido a la cabeza de mi hijo?

- No, aunque hay en otra estela funeraria la imagen de un joven que podría ser el de la cabeza.

- Hoy no estoy de humor, mañana quizá vaya a echar otro vistazo, puede que saquemos algo en claro – el sacerdote se sienta junto a Amala y se une a al adictivo deporte de tirar piedras al agua-. Son los círculos de nuestra vida, algunos terminan siendo pequeños, en cambio otros se hacen tan grandes que no se ve dónde acaban.

- Muy trascendental te veo, Señora, eso no es bueno.

- La verdad es que no tengo motivos para lo contrario.

- ¿Regresamos a comer? –no quiere el sacerdote escuchar tristezas y desconsuelos, ha escuchado demasiados en la última iglesia donde ejercía su ministerio.

Cuando se acercan a la fortaleza ven el rizado y blanco moño de Sofía asomándose a la puerta para ver si regresan los tardones.

- Los soldados ya están comiendo, como aquí no hay protocolo de ningún estilo y estaban muertos de hambre, han empezado a comer.

- A ver con qué nos sorprendes hoy, vayamos pues a comer –No quiere la Reina chafar la ilusión que pone Sofía en cocinar comidas sabrosas y diversas.

-  Hoy no hay pescado, estos soldados son unos holgazanes y no han querido coger la barca para ir a comprarlo. Dicen que está medio rota y entra agua.

- Déjalo, mujer, da igual, no refunfuñes más.

- ¡Umm!, qué buenas te han salido estas lentejas estofadas, me gustan más que el pescado –dice el sacerdote-, como soy de secano

- Es verdad –pregunta Amala-, no sabemos de dónde vienes, Félix, anda sé bueno y cuéntanos algo de tu vida.

- ¡Bah!, en mi vida hay poco que contar, nací en la pequeña aldea de Vitulano, cerca de Beneventum, cuna del Samnio. Ya de pequeño estuve destinado a la iglesia y así crecí hasta que conocí a una niña de mi pueblo, Annunziata se llamaba, era alta, guapa, con unos ojazos negros tan bonitos, un perfil tan perfecto y una cabellera ondulada tan preciosa que me enamoré de ella enseguida. Jugábamos todos los niños del pueblo al escondite y yo siempre procuraba esconderme con ella. Un día llegué a mi casa y dije a mi padre que ya no sería de la iglesia sino que quería seguir trabajando la tierra, igual que él. Me dio una paliza tremenda, pero los samnitas somos muy testarudos y yo erre que erre no quería ser cura. Mi padre ya tenía suficientes problemas para alimentar quince bocas y no veía la forma de que pudiéramos trabajar lejos del pueblo para aliviar su escuálido bolsillo, a un hermano mío lo colocó de palafrenero de un noble napolitano ¡una boca menos que alimentar!, otra hermana entró de ayudante del ama del señor obispo de Beneventum, ¡otra boca menos! Uno marchaba y otro llegaba, nunca consiguió mi padre que fuéramos menos de trece hijos en casa, al menos mientras yo viví con ellos. La hora de las comidas era un suplicio, escuchar constantemente las protestas y enfados de mi padre por tener que alimentar a toda la recua, mi madre callaba y lo miraba con una expresión característica mitad odio, mitad miedo. Pero por la noche, cuando nos íbamos al techado a dormir sobre la paja bien que nos ponían alrededor de ellos para que les diéramos calor, entonces no protestaba.

Cuando se dio cuenta de que yo decía en serio que no quería ser de la iglesia dejó de hablarme y cuando podía alcanzarme me zurraba de lo lindo.

- Pobrecillo –interrumpe Sofía la historia del sacerdote y así, de paso, recoge los platos y trae los dulces que consisten en farro cocido en leche con miel.

- No me importaba, el amor es capaz de aguantar lo que sea con tal de estar con la persona amada. Mientras pudiera ver todos los días a Annunziata, yo tranquilo. Pero lo bueno no puede durar eternamente y un día no la vi -será que está enferma, pensé-, al tercer día me armé de valor y fui a su casa para enterarme de su ausencia. “Ha ingresado en el convento de Santa Sofía, quiere ofrecer su vida a Dios”. Iba a protestar pero no me salió la voz ¡Annunziata, religiosa! Volví a mi casa cabizbajo sin darme cuenta de que junto a la puerta estaba mi padre que aprovechó para zurrarme, me pilló desprevenido y se despachó bien. Al poco tiempo marché yo, también a Beneventum, para hacerme sacerdote.

El día que llegué, desde mi Vitulano natal, antes de ver al señor obispo (es preceptivo que el obispo autorice tu decisión), pasé por la iglesia de Santa Sofía que está junto al convento y pedí ver por última vez a Annunziata, pero el oso que hacía las veces de madre portera me echó con cajas destempladas. Me corroía el alma pensar que ella estaba en la misma ciudad y no podía verla.

- La vida es difícil para todos –esta vez fue Amala quien interrumpió a Félix.-Todos llevamos nuestra pequeña o gran cruz.

- Es verdad –prosigue el sacerdote-, yo he llevado dos cruces en mi vida, el resto de mi existencia es demasiado corriente –duda si seguir o no, son cosas demasiado íntimas como para decirlas a cualquiera, ni siquiera en confesión las ha dicho.

Pero se decide a hablar, Sofía le merece confianza y casi seguro que después de la isla no volverá a verla, la Reina sabe que es comprensiva, reservada, si vuelve a Rávena está seguro que no dirá nada. Por último están el vino y la relajada vida de la isla para terminar de convencerlo.

- ¡Dos cruces! –exclama la cocinera.

- Pues sí, y las voy a contar –Sofía echa otra ronda de vino, esta vez sin agua-, empecé a estudiar, primero para aprender a leer, escribir y las cuatro reglas; después ya comencé con la teología y todas las materias del sacerdocio. No me había resignado a no volver a ver a Annunziata, algún día nos cruzaremos, pensaba, en alguna plaza o en alguna calle seguro que la veo, otra cosa es que pueda hablar con ella. La providencia quiso que los sacerdotes que nos instruían cambiaran de iglesia para oír misa y rezar los oficios, Santa Sofía fue la elegida. Y allá entraba yo, todas las mañanas con el cuello más estirado que una oca a la vez que disimulaba para ver si la veía. Fueron tiempos en los que desarrollé a la perfección las artes del disimulo, me tuve que emplear bien en ello el día que por fin la vi junto a otras aspirantes. ¡Qué guapa estaba!, con tan gran belleza y porte puede casarse con el noble más noble de todos –pensaba yo observándola desde la parte de atrás, junto a la pila bautismal de la iglesia-, y en cambio ha decidido entrar en un convento, claro que prefiero el convento al marido, no sé que sería capaz de hacer.

Una vez vista y sabiendo que estaba en ese convento me tranquilicé un poco y comencé a darle vueltas a la cabeza para buscar el pretexto que pudiera acercarme a ella para hablarla; por mucho que me estrujaba los sesos no encontraba la manera. Otra vez la providencia vino en mi ayuda, fue casi por casualidad, gracias a mi habilidad para dibujar uno de mis maestros me indicó que fuera al convento de Santa Sofía para ayudar al pintor que estaba decorando el refectorio del convento. “Así aprendes también a pintar, quien sabe, algún día te puede valer para algo” me sonaron sus palabras a canto de ángeles.

Me presenté en el convento, esta vez el oso que hace las funciones de portera me dejó pasar. El resto es fácil adivinarlo, conseguí hablar con Annunziata que se acordaba perfectamente de mí; recordamos nuestro pueblo, la tranquila vida de Vitulano, recordamos nuestros juegos, la reñí por no haberse despedido de los que la queremos, se disculpó y fue cuando le di un beso en los labios. Me miró seria pero no lo rechazó, adiós le dije lanzándole otro beso con la mano, salí del convento como si la providencia hubiera derramado todos los bienes sobre mi insignificante persona.

Así estuvimos unos meses, hablando en cualquier rincón del convento, besándonos con la pasión de la juventud, abrazándonos hasta que nuestros corazones parecían tocarse, fue la mejor época de mi vida, estaba vivo, ilusionado. Pero todo tiene un fin y  mi vida terminó cuando ella tomó los votos perpetuos y la destinaron a Roma. El infierno no puede ser peor que la tortura de mi alma cuando se marchó, esta vez sí se despidió. Le propuse dejar el convento y escapar donde fuera, marcharnos lejos, a Bizancio, a Hispania, a Scania, dónde a ella le pareciera mejor, iniciar una nueva vida juntos, pero aunque me quería era mayor su miedo a lo desconocido, miedo al hambre, miedo a que el señor obispo mandara perseguirnos por todo el reino y termináramos pudriéndonos en una de las lóbregas cárceles godas. Ahora con el tiempo se me ha pasado la pena y la ira que me acompañó durante varios años, sigue acompañándome la pena de no haber tenido el valor para raptarla.

- Pobre Félix –dijeron ambas mujeres a la vez.

- ¿Y la otra cruz? No te creas que se nos ha olvidado –es Sofía quien pregunta.

- La segunda cruz me pesa igual pero me causó menos dolor en su momento. Ya era sacerdote y estaba adscrito a una pequeña iglesia de Sepino, no muy lejos de Vitulano, un día vi llegar corriendo a mi hermano, Pedro, a la casa en la que yo vivía y me dijo que padre estaba muy enfermo y quería que yo le confesase. No había vuelto a ver a mi familia desde que me marché a Beneventum.

Al escuchar a mi hermano volvieron a mi mente escenas de la infancia, sobre todo las numerosas palizas sin motivo que mi padre me propinaba. Salimos rápidamente de Sepino, alquilamos dos monturas para tardar menos y, por fin, llegamos a la triste casa familiar en la que ya sólo vivían mi hermana pequeña y mi padre. Mi madre había muerto al parir a su decimo noveno hijo. “Por fin no protestará por las bocas a alimentar” - le dije a Pedro-, “no creas, ya sabes cómo es padre, protesta por todo”.

Nada más verme me reconoció, trató de incorporarse del catre pero no le dejamos.

“Quiero confesar contigo, hijo”. “Aquí estoy, padre -dejadme a solas con él, os avisaré cuando termine”. Me puse la estola, recé la oración, “devuélveme, Señor, la insignia de la inmortalidad que perdí en la prevaricación de los primeros padres y aunque indigno me acerco a vuestro Santo Misterio, haced que merezca, no obstante, el gozo eterno”, y me preparé para escuchar la confesión de mi padre. Empezó bien, él contando con un hilo de voz, y yo escuchando, agachado y con la oreja pegada a su boca; el agrio olor característico a berzas con sebo, mezclado con madera y animales, me devolvió a mis ocho años. Más tarde no sé qué pasó por mi cabeza, pero un golpe de ira me llenó el pecho y me impidió seguir escuchando a mi padre, ya sólo fueron recuerdos mezclados con emociones y sentimientos. Cuando por fin terminó mi padre la retahíla de pecados y me tocaba darle la absolución, algo en mí se revolvió y no pude absolver a mi padre. Él me lo pedía sollozando, quería morir tranquilo, no quería ir al infierno, estaba aterrado y una persona que no era yo pero usaba mi cuerpo le contestó, “tú me mandaste durante toda mi infancia al infierno, a base de palizas, ahora te toca a ti”. Guardé la estola, el manípulo y los óleos que traía para la extremaunción y salí de la habitación sin haberle dado la absolución.

 A las pocas horas murió.

Al principio me sentí en paz con mi padre, él me había tratado mal en la infancia y yo me había vengado. Pero con los años la conciencia comenzó a protestar, sobre todo porque ya no tenía remedio, mi padre estaría sufriendo en el infierno por mi causa y esa visión, a ratos, todavía me atormenta. Bueno, eso es todo, es como una especie de confesión, pero no os pido la absolución.

- Deberías confesarte, liberarte de ese tormento –aconseja Amalasunta-, no serás buen sacerdote hasta que no estés libre y tu conciencia no te reproche nada.

- Sí, deberías hacerlo –apostilla la cocinera-, nosotras, aunque quisiéramos no podemos absolverte, no es para tranquilizarte, pero yo hubiera hecho lo mismo. Por mucho que mande un padre, no tiene derecho a maltratar a los hijos.

- Félix –interviene Amala-, ¿eres creyente católico?

- Soy latino, Señora, nunca he sido arriano, nací y moriré católico.

- Entonces creerás en todos los preceptos que manda la Iglesia.

- Por supuesto, pero ¿a qué viene este interrogatorio?

- No, por nada. ¿Te has parado a pensar en la veracidad de lo que nos han contado? ¿Y si no existiera el infierno? ¿Y si fuera una invención para manejarnos mejor?

- Alguna vez he dudado de algo, pero prefiero seguir en la ortodoxia, es mejor.

- Sí –contesta Amala-, es mejor y más cómodo. Perdona que diga lo que pienso, pero no sé si sabrás que me cuestiono todo y a todos los niveles. Creo que tenemos el pensamiento y la capacidad de razonar para usarlos, si no seríamos como borregos. Si existiera Dios ¿por qué crees que nos ha dotado de razón? ¿No crees que sea para usarla? Atrevámonos a ello.

- ¡Cristo, qué cosas dices, Señora! –Sofía se santigua-. Es muy tarde y tengo que fregar la vasa de la comida y preparar algo para la cena ¡venga!, ¡venga!, dejadme sola en la cocina.

Los echó y trasladaron su conversación junto a la gran chimenea. Menos mal que al sacerdote, aunque no fuera Boecio ni Casiodoro, le gustaba disertar sobre cualquier tema, sobre todo religioso.

- Señora –pregunta interesado el sacerdote-, tengo curiosidad ¿tuviste que ver en la elección de nuestro actual papa, Juan II? Había mucha confusión en lo que se decía, he escuchado que vuestro hijo, Atalarico, marchó a Roma para controlar que no se hiciera simonía y como sé que en aquella época eras la Reina tutora.

- Has oído bien, aunque no del todo, mi hijo no llegó a ir a Roma; eres de mi misma edad, me parece a mí, entonces recordarás los trapicheos que los propios sacerdotes realizaban en muchas iglesias con los ornamentos litúrgicos. Lo vendían todo a cambio de favores o dinero. Hasta a la misma Curia Romana llegó la simonía, lo cual siempre me ha parecido escandaloso; con la cantidad de tierras y bienes que tienen los obispos ¡si son dueños de media Italia! No sé lo sabrás, pero durante los seis meses transcurridos después de la muerte del papa Bonifacio fueron vendidos por los pretendientes a sentarse en el sillón de San Pedro hasta ornamentos de los altares. Fue un completo desbarajuste.

No me quedó más remedio que enviar misivas a Roma, en nombre de mi hijo, para que su Senado articulara un decreto condenando la simonía en general y en las elecciones papales en particular. Cuando estuvo el decreto listo lo enviaron a Rávena para ser confirmado, así lo hice en nombre del rey, Atalarico. Como sabrás nunca he podido firmar por mí, cuando ha sido algo oficial he tenido que firmar siempre con el nombre de mi hijo.

- No, no lo sabía ¿es por ser mujer?

- Efectivamente, si hubiera sido etrusca podría haber estampado mi nombre en cualquier documento oficial, porque sería la Reina sin más, pero al ser goda…, aún así como he reinado en nombre de mi hijo, no me ha importado. Te sigo contando, íbamos a ir a Roma para comprobar que se cumpliera todo lo decretado y lo añadido por mí, pero al final no pudo ser, Roma se me ha resistido siempre, sólo he estado unas pocas veces. En el decreto añadí que éste fuera estampado en mármol y se pusiera en el atrio de San Pedro, a la vista de todos. También ordené que si había una elección papal disputada y se pidiera mediación ante la Corte de Rávena por el clero o por el pueblo de Roma, deberían pagarse treinta mil sólidos a la Corte para distribuirlos entre los pobres. A los seis meses de la muerte del papa Bonifacio fue nombrado papa el actual, Juan II*, siempre hemos tenido buenas relaciones con él.

 

- Cuando se lo llevaron de vuestro lado.

- Te habrán llegado a los oídos todo tipo de rumores.

- Tanto como todo tipo… - Félix se quedó pensativo.

- Venga, anímate, dime qué es lo que has escuchado.

- Poca cosa, los rumores hablaban de que lo estabas mal educando porque habías olvidado educarlo en los valores godos, entre iguales, en la lucha cuerpo a cuerpo, en la vida curtida del campamento.

- Esos rumores son ciertos, se ve que me equivoqué, pensé que primero debiera tener buena educación de la mente, que supiera quien fue Epicuro o Parménides de Elea, el buscador de la verdad, o cualquier otro filósofo clásico; que leyera Virgilio, Ovidio…, que razonara racionalmente, que tuviera conocimiento completo de los países con los que Ravena tiene relaciones, que conociera bien nuestras leyes, nuestra historia…, en resumidas cuentas que fuera un gobernante completo. Después, pensé que sería el momento de cultivar el cuerpo e hiciera la instrucción, pero los nobles adelantaron ese momento. No comprendieron, nunca han comprendido y seguramente nunca comprenderán la importancia de una buena formación del intelecto, ni de la disciplina. Por eso se escandalizaron cuando le pegué el famoso sopapo; aunque para ser sincera no debí hacerlo, hay otras maneras, aunque estuviera muy preocupada por todo lo que soportaban mis espaldas, no estuvo bien, no debí hacerlo. Parece que le estoy viendo delante de mí gritando una y otra vez “no voy a aprenderme las ciudades godas de Hispania”, desencajado, lloriqueando, “no voy a aprenderme las ciudades godas de Hispania”, una y otra vez, una y otra vez y otra vez y otra vez y se me escapó la mano.

- No te martirices, ¿a qué madre no se le ha escapado una bofetada? Mientras no fueran palizas sin sentido como las de mi padre.

- No, Félix, cuando una madre pega a su hijo es por sus propios nervios. No hay excusa.

- Pero tampoco hubo excusa para que los pares godos te quitaran a tu hijo.

- Desde luego, sobre todo para que llevara una vida degradada y de vicio a la que le indujeron, llena de vino y mujeres. Un momento, no estoy en contra del vino ni del sexo, pero siempre con mesura, como decía Epicuro, de lo contrario la consecuencia es el dolor. Desde luego en el caso de Atalarico se cumplió la sentencia epicúrea al pie de la letra: tanta desmesura le costó la vida. El cambio fue demasiado brusco, un día en palacio y al día siguiente en plena tienda emborrachándose junto a las tropas.

- ¿No pudiste hacer nada para evitarlo?

- Soy mujer, el rey era él. Por espías que introduje en el campamento itinerante, supe que a Atalarico tampoco le gustaba la vida soldadesca, pero como estaba lejos de las obligaciones impuestas por su madre, de su control, y se encontraba libre de hacer lo que quisiera, ir donde quisiera, comer y beber lo que quisiera y sobre todo no tener que estudiar, no le costó demasiado adaptarse. Si su padre no se hubiera muerto… Pero la vida no es justa, no me estoy quejando, simplemente constato una realidad.

Le convencieron para que, precisamente, un día antes de la Navidad de 533 cogiera su petate y se fuera a celebrarla con los pares que marchaban hacia el campamento de Pietra Abundantium, en el Samnio

Mejor que no viviera su padre, se hubiera entristecido con el rumbo que tomaron los acontecimientos. Recuerdo la carita de Matasunta, extrañada porque su hermano no quisiera celebrar tan señalada fecha con todos nosotros. Primero se engalanan todas las iglesias católicas y arrianas antes de celebrar la gran misa de la Navidad, después se celebra un gran banquete en el que los cocineros se esmeran en la calidad y cuantía de platos, aves de todo tipo, unas dentro de otras, comidas impensables e imposibles, una mesa llena de dulces exóticos, todo ello acompañado con buen vino; en fin que con ese banquete se come durante un mes. Cuando el banquete no da más de sí, comienzan los juegos, las teserae, el calculi, el latrunculi… Se suelen formar grupos, cada grupo en una mesa juega a lo que quiera. Hasta se dejó sus propias piedras pintadas para jugar el día que se fue.

- No te hagas daño recordando sólo lo malo.

- Lo sé, Félix, pero está demasiado reciente su muerte como para olvidar. Sé que no fue infeliz del todo, fíjate creo que hasta a veces fue feliz, pero yo sabía que era demasiado joven para esa vida y que eso le traería consecuencias. Mira si las hubo.

- Entonces no lo volviste a ver.

- Sí, dos veces, una al año y medio de haber dejado Rávena y otra poco antes de morir. La primera vez estaba yo estudiando unos documentos enviados por el Senado de Roma y, de pronto, aparecieron Atalarico, Ansila y Berimundo, los tres apestando a suciedad y vino.

- Madre, estos son dos amigos del campamento, son expertos en el manejo de la espada y de la lanza.

- Hijo, déjame que te vea, parece que has crecido, vas camino de ser todo un hombretón, como tu padre ¿Cuánto tiempo te vas a quedar? ¿Queréis bañaros? Lo digo para que podáis dormir mejor.

Atalarico miró buscando un gesto en sus amigos, estos negaron con la cabeza y mi hijo contestó.

- No madre, dormiremos igualmente, pero lo que sí haremos es comer, tenemos más hambre que nuestros caballos.

- Desde aquel momento supe que mi hijo era una marioneta en manos de sus amigos y seguramente en manos de los padres de esos amigos. Escuché que tosía y le propuse que se quedara un tiempo hasta que se le pasara esa tos, pero no quiso; además, sus amigos no se separaban de él ni a sol ni a sombra, no querían que habláramos a solas, que nos contáramos cosas, seguramente algunas no muy agradables. Le vi desaliñado, con la larga melena rubia enmarañada, más delgado, se le había afilado la barbilla, a pesar de la crecida barba se le notaba. Sus risueños ojos azules me parecieron un poco apagados y la bonita nariz recta un poco más afilada. Pero no dije nada, sabía la retahíla de protestas que me diría mi hijo, parecía estar escuchándolo, “madre no seas tan agobiante” o “eres demasiado pesada, siempre estás con lo mismo” o cosas por el estilo. Cuando un hijo de casi dieciséis años se empeña en una cosa no atiende a razones y mucho menos si es la madre quien aconseja. Callé, pero el dolor y la tristeza se escaparon de su cuerpo para llenar el mío. Estuvieron sólo una noche y partieron al alba. En el petate de mi hijo pude introducir a escondidas dos saquitos con hierbas medicinales para el catarro (malvavisco y tomillo) y un pequeño frasco de miel, no sé si las tomó, me figuro que no.

- No se sabe, puede que sí, delante de los padres se actúa de forma distinta a cuando estamos solos.

- Las compañías que trajo –sigue Amala-, no son de las que ayudan, más bien al contrario, las miradas de los amigos de mi hijo estaban empapadas de envidia. La segunda vez que lo vi estaba casi agonizando. Teodato, que ya estaba unido al trono, quiso acompañarme a visitarlo pero me negué, sabía que era la morbosidad lo que le movía y le dije no. Cuando los nobles con los que vivía vieron que estaba grave enviaron un emisario para comunicarme el estado de salud del rey. Inmediatamente mandé ensillar mi caballo, Luna, una yegua blanca regalo de mi padre y marché rápidamente hacia Cortona, cerca del lago Trasimeno, donde le habían llevado. Él quería que lo llevaran a Rávena pero su estado no lo permitió. Matasunta quiso acompañarme, me pareció bien y vino conmigo. Hicimos el viaje en unas siete horas cambiando de caballo varias veces, no quería que mi pobre yegua muriera reventada, la dejé en Forum Livii y encargué a uno de los gardingos que nos acompañaban que volviera con ella a Ravena, pienso mucho en Luna, es una yegua muy cariñosa acostumbrada a que la acariciara y la aseara, espero que Matasunta siga cuidándola, si puede, a ella y a todos los perros. No creo que Teodato llegue a impedir que se cuide de mis animales, a él también le gustan pero por hacer daño y por pasar por encima de mí es capaz de cualquier cosa.

Llegamos a Cortona a tiempo de hablar con Atalarico, aunque le costaba mucho pronunciar las palabras; apenas se le podía entender. Lo habían llevado a la mejor casa de Cortona, perteneciente al obispo. Estaba postrado en una gran cama con la almohada llena de sangre reseca que nadie limpiaba, cada nuevo vómito de sangre caía sobre el anterior formando una pequeña elevación. Por la mejilla izquierda le corría un hilillo de sangre también reseca; a pesar de sus vidriosos ojos que miraban al vacío nos reconoció a Matasunta y a mí, estaba muy delgado, con la piel completamente transparente. Nos tendió la mano, mientras Matasunta se la besaba yo pedí una palangana con agua templada y un paño para limpiarle un poco la sangre de la cara, también mandé que le cambiaran la almohada por una limpia y lavaran la manchada para tener de repuesto.

- Tengo más, Señora –era el obispo ofreciéndome la mano en la que llevaba su anillo para que se lo besara, como es costumbre, pero yo le dije que no estaba para esos rituales.

- Se lo besaré en otro momento, ahora tengo que atender al rey –contesté clavando mi mirada en su orondo rostro-. Calló y se marchó de la habitación. Matasunta se colocó a un lado del lecho y yo al otro lado cogiéndole la otra mano que también besé con fruición, así estuvimos largo rato, los tres en la habitación, callados. Sólo se escuchaban los sollozos de Matasunta que quería de verdad a su hermano y se le destrozaba el corazón verlo agonizar. Comenzó a oscurecer, alguien trajo unas palmatorias con velas encendidas y una lucerna de aceite. Seguimos los tres en silencio, yo haciéndome la fuerte para dar ánimos de los que yo misma carecía, he sido demasiadas veces fachada en mi vida. Parecíamos fantasmas plasmados en la pared por las sombras que proyectaban las velas y la lucerna. No sé cuánto tiempo estuvimos así; de vez en cuando una sirvienta del obispo entraba para preguntar si necesitábamos algo o si queríamos cenar, pero no teníamos ganas de nada; pensé que a lo mejor Atalarico sí podría tomar algo de caldo y le pedí a la sirvienta si tenía un poco. Enseguida lo trajo; incorporamos al rey e intentamos que tomara algunas cucharadas, él lo intentaba pero un gran vómito de sangre lo impidió. Otra vez el silencio con los sollozos de Matasunta de fondo. Al rato noté en la mano con la que agarraba la de Atalarico una pequeña presión, lo miré y me pidió que me acercara. Cuando lo hice me susurró que le perdonara todo lo que me había hecho sufrir.

- Ahora comprendo –me dijo-, que siempre has querido mi bien, pero nunca me he dado cuenta. He tenido demasiada rabia en mi cuerpo.

- Hijo, descansa, sólo el descanso y la buena alimentación pueden curar esta enfermedad. Duerme tranquilo, no te tengo que perdonar de nada, si acaso será al contrario, tú eres quien me tiene que perdonar el haberte agobiado con mis obsesiones.

Se quedó tranquilo y así pasó toda la noche mientras Matasunta y yo llorábamos (no pude más y cuando mi hijo me pidió perdón estallé a llorar sin consuelo), rezábamos, prometíamos, nos rebelábamos, volvíamos a rezar…, hasta el alba. Con las primeras luces del dos de octubre del año 534 el alma de Atalarico, rey del pueblo ostrogodo, y mi hijo, abandonó su cuerpo. Lo hizo con suavidad, como si la muerte no quisiera despertarlo, parecía que seguía durmiendo, con una expresión dulce, tranquila. Fue su hermana la que primero se dio cuenta. ¡Madre, qué frías tiene las manos!

- El resto es fácil adivinarlo.

- Sí –contesta el sacerdote, que ha visto morir a mucha gente, sé el gran dolor de ver morir a un ser querido, y si es un hijo, supongo que más.

- Es indescriptible el dolor por la muerte de un hijo, es parte de ti lo que se muere. Ya no se es la misma persona, por muchos años que se siga viviendo. Menos mal que me queda Matasunta, demostró ser una persona adulta. Los primeros momentos fueron terribles para las dos, pero ella logró reponerse y me ayudó con todos los preparativos. Quise levantarme del asiento en el que había pasado la noche, pero no podía, me dolía todo el cuerpo como si hubiese estado acarreando enormes piedras de un lugar a otro. Cuando por fin me pude levantar ordené preparar y engalanar un carro para transportar al rey hasta Rávena, que todos supieran quién iba en él. Puse un lecho para que fuera mejor y no sufriera con los baches. Lo sé, Félix, lo sé, estaba muerto y no podía sentir nada, pero me daba igual, quería que fuera lo mejor posible.

La comitiva partió de Cortona con el sol próximo al mediodía, íbamos todos apesadumbrados, tristes, agotados, la muerte siempre agota a los vivos. Cruzamos el caudaloso Tiberis y pasamos sin demasiada dificultad el monte Inginus, ya oscurecido paramos en una aldea para pasar la noche; buscábamos la vía Flaminia y después la Popilia, quería marchar por buenas carreteras aunque el camino fuera un poco más largo. Hacía no mucho había mandado reparar el firme de la Flaminia y la Salaria que estaban en mal estado.

Nos levantamos al alba y tras comer algo nos pusimos en marcha, esa parte de Italia está muy poblada y pasamos por muchos pueblos hasta alcanzar la vía Flaminia. Ya recogidas las cosechas, se veía mucho movimiento de campesinos en los campos preparando la tierra para la siembra de la siguiente cosecha, cuando nos veían llegar y se daban cuenta que era el cortejo fúnebre de su rey salían a nuestro encuentro y se unían a nuestro dolor gritando, llorando y alabando al rey muerto a pesar de que la mayoría no sabían quién era, ni cómo se llamaba.

Llegamos a Forum Sempronii e hicimos noche allí; a pesar de no hacer ya calor guardamos el carro de Atalarico en un gran nevero que había junto a una huerta en las afueras de la ciudad para que se conservara mejor el cuerpo de mi hijo.

Al día siguiente llegamos a Ariminum y tomamos la vía Popilia hasta Rávena, fue la jornada más larga pero todos queríamos llegar para poder descansar en nuestras camas.

Ya en Rávena lo enterramos en el mausoleo de mi padre, en el mismo sepulcro, así lo hubieran querido los dos. La ceremonia del entierro fue demasiado pomposa según algunos pares y el rey demasiado acicalado según otros, si hubiera sido por los nobles godos lo hubiéramos enterrado en una cuneta del camino. Estaba bien lavado y vestido con sus mejores galas, peinado con la larga melena cayendo por los hombros y la poblada barba recortada. Se habló de embalsamarlo, eso habría sido ir demasiado lejos. La solemne comitiva partió del gran atrio del Palacio Real. El carro fúnebre, engalanado con tela de brocados negros al igual que los caballos, marchaba rodeado de músicos tocando la lira, el aulós, la cítara. Atalarico iba dentro del ataúd que estaba abierto para que su pueblo pudiera despedirse de él; el ataúd no iba horizontal sino que se había elevado sin llegar a estar vertical para que pudiera ser visto desde afuera, detrás del carro íbamos los que de verdad le quisimos en vida, Matasunta, Casiodoro, Marcelina y yo, todos vestidos de negro; después iba el nuncio eclesiástico, que vino desde Roma, el obispo de Ravena y tres sacerdotes; detrás marchaba Teodato con su familia, los Seniors palatii, los gardingos, en fin toda la Corte y por último la ciudad de Ravena entera; creo que aquella mañana todas las casas ravenesas se quedaron vacías.

Llegamos al cementerio godo donde está la gran mole circular que es el mausoleo de mi padre, la comitiva dio tres vueltas alrededor y paró en la puerta de entrada, entonces el portero me dio las llaves de la puerta que abrí sin dificultad. Los soldados amigos de mi hijo bajaron el ataúd del carro, lo posaron sobre una mesa que hay en la entrada y le rindieron honores con las espadas y lanzas en alto, después entonaron una canción que cantaban juntos cuando realizaban maniobras en los campamentos. Acto seguido se adelantó el magister officiorum y le quitó la corona que llevaba puesta, el nuncio rezó un responso, también el obispo rezó unas oraciones y se procedió a cerrar el ataúd para meterlo en el mismo sepulcro que mi padre. Cuando ya se marcharon todos me quedé sola un rato pensando en la muerte, como es frecuente en estos casos, recordando a los que ya se han ido, elucubrando acerca de cuándo nos iremos nosotros, en qué hay después…, los seres humanos no somos muy originales y la mayoría pensamos las mismas cosas en parecidas circunstancias.

- Es cierto –contesta el sacerdote que ha empezado a mirar a Amala de una manera más carnal. Mientras estaba hablando se ha fijado en la belleza de su Reina, los expresivos ojos azules, su recta nariz, la larga cabellera rojiza iluminada por los tibios rayos del vespertino sol, un poco despeinada como si acabara de saltar del lecho, la perfecta tez aterciopelada que parece pedir una caricia, todo en ella es sensual, atractivo, no me extraña que Teodato estuviera enamorado de su prima, como todavía parece que lo está. Y para completar tan bella estampa, el interior, las cualidades morales y mentales son el complemento perfecto, seguro que tiene muchos defectos, pero yo no los he descubierto aún, ¿qué estas pensando, Félix?, se recrimina-, después de un entierro las conversaciones suelen parecerse mucho –termina la frase de forma mecánica, con el pensamiento en otra cosa.

 

 

Hispania

La sonora voz de Sofía anuncia la cena. Le gustan los comensales puntuales por lo que unos minutos antes de que se pueda ya comer apremia para que se vayan sentando en las respectivas mesas.

Ha preparado una apetitosa sopa espesa de farro, un estofado de carne y de dulce requesón con miel, y como siempre, para beber vino aguado.

Amala y el sacerdote van a la cocina para cenar pero escuchan las risas de los soldados y salen para unirse a su charla y cenar todos juntos; los soldados ya van conociendo el buen talante de Amala y no callan cuando se sienta con ellos cerca de la chimenea; un soldado se adelanta y echa dos grandes troncos al fuego para reavivarlo.

- Como eches más troncos nos tendremos que sentar junto al ventanal – dice el sacerdote mientras señala la ventana del lago, como así la llaman-, hace mucho calor.

- Mejor –contesta el soldado-, además, ahora parece demasiado calor, pero al rato de estar sentado aquí, se va notando el fresco, creo que el tiempo va a cambiar.

- Bueno, bueno –dice Amala sentándose a la gran mesa-, de modo que sois mis carceleros. Os agradezco que seáis amables conmigo y me dejéis dar paseos por la isla.

- Normal –contesta otro soldado-, la isla tiene sus defensas naturales, las frías aguas del lago, si tuvierais la peregrina idea de escaparos a nado, enseguida os daríamos alcance.

- Lo sé, pero también sé cómo suelen portarse los soldados de tropa; los que he conocido son, cómo decirlo, brutos, sin miramientos, en cambio vosotros sois amables con una prisionera.

- Que es una reina goda, no hay que olvidarlo. De todas formas nosotros también estamos en cierto modo prisioneros como vos y no sabemos si podremos salir con bien de esta isla.

- Seguro que sí –contesta Amala que no comprende lo que ha querido decir con eso de que también son prisioneros, ya se lo preguntará después-, de todas formas os estoy agradecida. Por cierto tenéis un acento extraño ¿de dónde sois?

- Somos godos del oeste, no hemos nacido en Italia, somos hispanos.

- ¡Ah, sois de Hispania!, la patria de mi marido, bonita tierra, aunque no haya llegado a conocerla. La noche es joven y quiero saber algo de vosotros. Llevamos varios días juntos y ni siquiera conozco vuestros nombres.

Respetuosamente y en riguroso orden fueron desgranando sus nombres y lugar de procedencia

- Mi nombre es Hermene, aunque nací en Arelate Sextanorum, desde pequeño he vivido en Barcino y la considero mi ciudad.

- Nosotros somos hermanos nacidos cerca de los Campos Godos, concretamente en una aldea con cuatro casas, cerca de Albacastro.

- Mi nombre es Germán, he nacido en Orippo pero de pequeño mi familia se trasladó a Barcino y allí me he criado, junto al bonito mar.

- Pues yo soy de Toletum, la actual capital de los visigodos en Hispania, ¡ah! Se me olvidaba, mi nombre es Heriberto.

-En cambio yo soy de Emerita Augusta, la antigua capital de los godos en Hispania, me llamo Ermenrico.

- Yo he nacido un poco más al norte de los Campos Godos, en Virovesca, bonita tierra a la que quiero volver en cuanto pueda, me llamo Alberico.

- Nosotros dos somos primos lejanos y somos de Barcino, nos llamamos Sisenando y Adroaldo –por último se presentó el soldado que quedaba.

- Buenas, me llamo también Ermenrico, pero todos me llaman el Toletano, o también el menor, por haber nacido en la capital y para distinguirme del otro Ermenrico que es el mayor.

- Lo que me intriga –interviene Amala, tras las presentaciones-, es cómo habéis llegado a ser mis carceleros.

Se adelanta Hermene, que parece ser el menos vergonzoso y narra la pequeña aventura que los ha llevado a tierras de los ostrogodos.

- Algunos de nosotros estábamos destinados en Toletum, que acababa de ser nombrada capital del reino por el rey Teudis, antes era Barcino.

- Y antes de Barcino era Narbo Martius –interrumpió el joven Ermenrico.

-¿Quieres callar? –gritaron varios soldados a la vez, incluso uno le pegó un pescozón al Toletano.

- Haya paz –intercede el sacerdote-, que hable sólo uno, de uno en uno-. Terminada de recoger la cocina, Sofía se une al grupo y se sirve un poco de vino, ya sin agua.

- Sigo –no grita, pero casi. Hermene se impone-. Teudis acababa de trasladar la capital a Toletum y allí estábamos seis de los que veis aquí haciendo instrucción y preparándonos para un posible ataque suevo. Corrían rumores, infundados o no, sobre una posible invasión de los suevos, querían imponer su religión católica a toda costa. Nosotros los dejábamos en paz, no nos importaba si eran católicos o arrianos, como nosotros; los suevos son obcecados.

Pero un día, sin motivo aparente, nos ordenaron a unos cien soldados trasladarnos a Barcino.

- Se te olvida decir quién era nuestro dux –esta vez es Heriberto quien apunta, es un godo de libro, alto, fuerte, de anchas espaldas, con larga cabellera rubia oscura, ojos de un azul profundo, casi negros, nariz prominente y un poco desviada, gran barba unida al bigote que tapan casi por completo la boca y los dos hoyuelos en las mejillas que cuando alguna vez se le han visto le dan un toque de simpatía. Heriberto es sensato, con gran personalidad  y sus opiniones se tienen en cuenta, motivo por el cual no le ha gritado Hermene por haber interrumpido, como lo hubiera hecho a cualquier otro.

- Es cierto, se me olvidaba decir que nuestro dux era Teudiselo, al igual que nuestro rey, es también ostrogodo.

- Es cierto –esta vez es Amalasunta quien interrumpe-, ahora me acuerdo, Teudis, el general de mi padre que marchó a ayudar al joven rey Amalarico ante los ataques de los francos.

- Así es, Señora –sigue Hermene-, bajo el mando del dux Teudiselo llegamos a Barcino donde seguimos con nuestra rutina de la instrucción diaria. Allí pensamos que nos preparábamos para luchar contra los francos de Clotario; en Barcino nos conocimos los once. Ya sé que ahora sólo somos diez, pero los que salimos de Barcino hacia Italia éramos once. Después de unos meses de instrucción, nos mandaron formar en nuestro campamento y pidieron diez voluntarios para una misión y como éramos ya amigos nos presentamos al nuevo dux, Ignildo, como voluntarios.

 

Echan varios troncos más a la chimenea y piden a Sofía que traiga una jarra de vino sin aguar, la mayoría están un poco achispados, sin embargo su cuerpo aún tolera más vino. Hermene sigue contando el viaje que comenzó cuando empiezan a llegar las cigüeñas anunciando el final de los grandes fríos, si bien esto no es siempre cierto; salieron de Barcino cuando ya habían acondicionado sus nidos de los años anteriores y se hablaban de uno a otro nido crotorando con sus grandes picos. Los soldados no sabían nada de la misión que los llevaba a tierras lejanas. Sólo el dux Ignildo conocía la finalidad de su misión, sus subordinados confiaban poder sonsacarle información durante el viaje.

A pesar de ser invierno no hacía demasiado frío, caminaban cercanos al mar para evitar malos encuentros con los francos. Salieron de Barcino y cogieron el ramal hacia Gerunda por donde pasa la vía Augusta hasta enlazar con la Domitia, que por esa parte discurre siempre cerca del mar. En los primeros días la marcha era rápida, los días claros y luminosos aunque al atardecer soplaba una pequeña brisa que secaba y agrietaba los labios; después, al quinto día, aflojó el ritmo caminando tranquilos y distendidos, como si estuvieran haciendo un viaje de placer. En Narbo Martius tuvieron que pernoctar unos días hasta que el dux se curó de una gran diarrea adquirida seguramente por beber agua en mal estado, al menos es lo que pensaban todos. El agua es mala mi dux -le comentó Germán, que parecía saber algo de medicina por ser hijo de curandera-, es mejor beber vino que mata la enfermedad. Y así se curó el dux Ignildo, a base de buen vino; bebió tanto que apenas podía levantarse del catre. Según el soldado cuando se le terminara la borrachera estaría curado de la diarrea y aunque parezca mentira eso fue lo que ocurrió.

Mientras su dux estaba casi sin sentido en la piltra llena de chinches de una hostería de las muchas que había en la ciudad (no quisieron utilizar las importantes instalaciones militares que históricamente ha habido en Narbo Martius, para que su jefe estuviera más cómodo), los soldados se divirtieron todo lo que pudieron en una ciudad tan animada como esa, ni Barcino ni Toletum podían hacerla sombra. Al haber sido un núcleo galo, después romano y por último visigodo, se notaba el rastro de esos pueblos en forma riqueza y tolerancia hacia el extranjero, todos eran bien venidos, pero si son visigodos, mejor. Las bulliciosas calles atestadas de gente cautivaron a los soldados hispanos; la mayoría sólo conocían su aldea y los campamentos de Toletum y Barcino, nada más, motivo por el que se zambulleron de lleno en la vida de Narbo Martius. Para no dejar solo al dux se turnaban haciendo guardia  acompañando al enfermo, de forma que siempre había un soldado junto a su jefe.

Ya bueno y tolerando la comida partieron de madrugada y sin demasiada prisa de Narbo Martius, siempre por la Domitia que no abandonarían hasta estar en Italia; el dux estaba débil y se cansaba pronto. Todavía no habían descubierto el motivo de ese viaje tan misterioso, sabían, eso sí, que su destino era Ravena, capital del pueblo ostrogodo, sin embargo no sabían el porqué, aunque confiaban en descubrirlo, aún quedaba mucho camino por delante para averiguarlo.

La siguiente parada fue Baeterris, como estaba cerca, tardaron sólo medio día en recorrer las veinte millas que hay entre las dos ciudades, al encontrarse el dux ya bien del todo pernoctaron en las instalaciones militares.

Ignildo seguía sin soltar prenda. Actitud que dio lugar a que entre los soldados se hicieran todo tipo de conjeturas, hasta barajaron ser embajadores casamenteros. Tanto los godos del este como los del oeste siempre tuvieron relaciones fluidas, sabían unos de otros y cualquier novedad importante rápidamente era conocida por los otros godos, en especial los visigodos que siempre miraban hacia sus hermanos en Italia, pues éstos parecían ser los primeros en recibir  tanto lo bueno como lo malo, proveniente del resto de Europa o del Imperio Romano de Bizancio. El rey visigodo Teudis estaba al tanto de todo lo que pasaba en Ravena; enseguida supo que Atalarico había muerto por una enfermedad, también supo que antes de ése terrible suceso  Amalasunta había asociado a su primo al trono; además en la corte de Toletum estaban al tanto de la belleza de la hija de Amala, en edad de casar ¿sería ese el motivo del viaje? Los soldados conocían el afecto de Teudis por Amala al ser él ostrogodo y haber sido general del gran Teodorico, lo más lógico es que fuera una petición de mano para el hijo del rey.

Fue en Nemausus cuando por fin le plantearon el asunto matrimonial de la misión y,  por fin, el dux les contó el motivo de su embajada ante Amalasunta.

Los dos primos ya eran ya corregentes, pero Teudis confiaba más en Amala, la había conocido de pequeña y ya entonces se admiró por su perspicacia, su formación y su interés por aprender. Lo que había escuchado de Teodato no le gustaba demasiado.

- Os ponéis tan pesados con vuestros cuchicheos que ya me estoy hartando, no creo que por comunicaros el motivo que nos lleva a Rávena vaya a cambiar el rumbo del universo, por lo tanto os lo diré, pero, eso sí, tenéis que jurar no decir ni una palabra a nadie, que vuestras bocas permanecerán selladas.

Sacaron todos sus espadas y sobre una gran hoguera que habían hecho en el campamento de Nemausus juraron silencio. Se pusieron en círculo alrededor del  fuego con las puntas de las espadas extendidas sobre las llamas, unas sobre otras y pronunciaron el  “aips” (juramento) solemne godo del silencio. El dux dio tres vueltas al círculo que formaban los soldados para atar bien las lenguas y dijo con voz profunda “swarip” (juran). A continuación juraron todos a la vez.

“Que el agua apague el fuego y ahogue nuestras gargantas si de ellas sale una sola letra de cualquier palabra que se nos comunique bajo juramento. De ahora en adelante somos hombres juramentados”.

Una vez hecho el juramento se sentaron, muy juntos, alrededor del fuego y se prepararon para escuchar.

          - Lo que os voy a contar no es un gran misterio –comenzó Ignildo-, sencillamente es un encargo que el rey Teudis nos ha hecho, pero en vosotros ha podido más la imaginación de algo grande, oculto, glorioso, que el razonamiento y habéis magnificado la misión –algunos se impacientaban con tanto rodeo del dux, por costumbre era bastante rollista hablando-. Tenemos que llegar a Rávena y pedir audiencia con la reina Amalasunta, me ha rogado encarecidamente nuestro rey que su primo no se halle delante, no se fía de él. Una vez en su presencia tenemos que comunicarle la propuesta de Teudis:ante la ambición del rey de los francos, Clotario, y el peligro que supone sus ansias expansionistas, creo un deber que unamos nuestras fuerzas y seamos nosotros, todos los godos unidos, quien ataquemos a Clotario. Debemos quitarnos la espina de Vouillé, pero para poder vencer a los francos hay que utilizar la sorpresa y la astucia, el valor ya lo tenemos”. El pensamiento de Teudis es formar una tenaza, que él llama la tenaza goda, para aprisionar en el medio a los francos. Si la Reina acepta, comenzarán los preparativos con el mayor de los sigilos, sólo cuando esté todo a punto se le comunicará a Teodato, el corregente. ¿Veis cómo la misión no es tan misteriosa?

- ¿Y si Amalasunta no quiere? Las mujeres no son muy amigas de de las guerras –preguntó el Toletano.

- Sé que tenéis ganas de conocer la respuesta –interrumpe Amala la narración del viaje que está haciendo Hermene, momento en el que Sofía aprovecha para sacar otras dos jarras de vino-, ya estáis delante de la todavía reina de los ostrogodos y os voy a contestar.

- Te lo agradecemos, Señora –esta vez es Heriberto quien se erige en portavoz-, es cierto que desde que supimos el correo que os traíamos, hemos estado discutiendo sobre la respuesta que nos darías. Hemos pensado que dirías de todo, sí; no; lo pensaré; en fin, estamos deseosos de conocerla de primera mano.

- No es fácil contestar a una proposición tan importante, es cierto que hay que pensarla bien para poder contestar adecuadamente, Teudis debe llevar tiempo dando vueltas al asunto hasta que se ha decidido a dar este paso, en cambio yo acabo de conocer sus intenciones y creo que también tendría derecho a disponer de un tiempo para pensar. Dicho esto y como ahora las circunstancias han cambiado y no tengo poder de decisión, es una de las características de los prisioneros, os diré que en principio me parece una buena idea. Pero, siempre hay un pero, Teudis debe saber, y si no vosotros os encargaréis de comunícaselo, que la corte de Rávena está en el punto de mira de Justiniano, el emperador quiere reunificar el destrozado Imperio Romano con los mismos países que tenía en tiempos de Diocleciano, al que admira profundamente por sus codificaciones legales, con la diferencia de que será Constantinopla la capital en vez de Roma, que pasará a ser la segunda ciudad del imperio.

Como es fácil adivinar Rávena se interpone en sus planes, aunque el emperador Anastasio reconociera a mi padre como rex italiam, y siempre hayamos sido federados de Bizancio, me consta que Justiniano quiere convertirnos en una provincia del imperio. Es uno de los motivos por el que mi padre ordenó construir una gran flota, que yo he reforzado cuando gobernaba, así como también he aumentado el número de soldados de nuestro harjis*. Todo hay que ponerlo en la balanza.

- Qué complicado es tomar una decisión de Estado – es Ubaldo; en su momento se le olvidó decir su nombre, nació en una aldea cercana a la antigua tierra de los cántabros, llamados los Campos Godos, al igual que su hermano Argimio.

- Es cierto –sigue Amala-, cualquier decisión, por pequeña que sea, hay que sopesarla mucho, informarse, escuchar, estudiar y después decidir. De todas formas quien dijera que las mujeres somos menos guerreras tiene algo de razón, nos gusta conservar y enriquecer lo que conservamos. Es cierto que protegemos más la industria, la cultura, las ciencias y el bienestar del pueblo, que el arte de la guerra. Cuando una mujer gobierna un país, éste florece y se enriquece, aunque sea pequeño. Hay varios ejemplos en la historia, los que más me fascinan son los  gobiernos de las faraonas egipcias, que hubo unas cuantas, durante sus reinados, Egipto, alcanzó gran esplendor.  En cambio he observado que los hombres prefieren agrandar los límites de su reino al bien estar del pueblo, al que poco le importa si han conquistado tal o cual territorio. El pueblo prefiere comer a diario, poder criar bien a sus hijos, ver cómo crecen sus cosechas y tener unas monedas para gastar en caso de apuro. Las guerras sólo traen devastación, miserias, enfermedades y hambrunas. Aunque comprendo que a veces sean necesarias.

Todos quedan pensativos hasta que el Toletano no puede más y salta.

- Lo veis, tenía yo razón, a las mujeres no les gusta la guerra, la Reina habría dicho que no.

El silencio es aún mayor que el anterior. Ermenrico, el Toletano, se encoge hasta extremos impensables para llegar a tener el tamaño de una pulga. Se maldice a sí mismo por ser tan impulsivo, siempre que mete la pata recuerda el consejo de su madre, “primero piensa y luego habla”. Pero no puede remediarlo, necesita decir lo que se le cruza por la mente sin pensar en las consecuencias. Inmediatamente es recriminado por sus compañeros.

- Dejad de reñir al pobre muchacho –interviene Amala-, la sinceridad es buena, está bien decir lo que se piensa siempre y cuando no dañe a alguien. En este caso a mí no me ha hecho daño. Comprendo su reacción después de lo que he dicho anteriormente. Si bien tengo que decirte Ermenrico, y para ser sincera del todo, que casi seguro querría sellar con Teudis un pacto de guerra contra los francos, por lo que pediría entrevistas entres ambos para aclarar dudas y repartir fuerzas. Pero todo esto son sólo conjeturas sin fundamento, la triste realidad es que estoy presa y nada puedo decidir. La idea de vengar a amigos que murieron en Vouillé no me parece mala.

Algo más distendidos tras las palabras de Amala siguen las típicas conversaciones cruzadas de las reuniones en las que es muy difícil enterarse de algo, aún más si hay vino por medio, como en este caso.

Ya es bastante tarde y todos deciden marchar a dormir, incluido el soldado que le toca la primera guardia. Esa noche han decidido no hacer guardia, confían en su Reina, para ellos ya es su Reina aunque sean visigodos.

 

A la mañana siguiente y a la hora del baño, también llamada la hora de las confidencias, Amala está más contenta que de costumbre, ha dormido bien y ha sido visitada en sueños por su marido, es lo que le ha dicho a Sofía.

- Sofía, ¿tú sueñas?

- Claro, como todo el mundo, creo yo.

- No lo creas, yo tenía una amiga que decía no soñar nunca. ¿Y te acuerdas de lo que has soñado?

- Algunas veces.

- Pues yo esta noche he soñado con Eutarico, creo que cuando soñamos con nuestros seres queridos es como si éstos nos visitaran. Ya sé que no, pero me gusta fantasear con la idea de que cuando quieren comunicarse con nosotros se nos aparecen en sueños. ¿Sería estupendo, verdad?

- Sí, sí que lo sería, yo he tenido temporadas de soñar mucho con mi marido, mira que si fuera cierto eso de que quieren hablar con nosotros.

- No –responde Amala-, no puede ser cierto, al menos para mí que creo en pocas cosas –no se atreve a decir a Sofía lo que piensa acerca de la muerte. Tampoco se atreve a comentar con ella el sueño de esa noche, un sueño placentero, como hacía mucho no la había experimentado. Quiere regocijarse con el sueño y dice a Sofía que la deje sola en la gran bañera, sola con sus pensamientos.

Cuando se queda sola cierra los ojos y se zambulle en el agua de la bañera que esa mañana lleva aceite de rosas ¿de dónde sacará esta mujer los aceites para el baño?, con seguridad estarían en la fortaleza, piensa mientras se aclara el pelo echándose por la cabeza el agua de unos cántaros que ha dejado Sofía junto a la bañera. Apoya la cabeza en el reposacabezas de la bañera y disfruta del baño, y rememora el agradable sueño que ha tenido por la noche; en él aparecía Eutarico como la primera vez que lo vio, montando su bonito caballo negro con una oreja rojiza, Tagr, ¿por qué le llamas Lágrima?, -fue la primera frase que Amala dirigió a su futuro marido. Él sonrió de esa forma que a ella la cautivaba, entre infantil y pillo, era un hombre risueño, no sólo reía con la boca, lo hacía sobre todo con los ojos que se le achinaban un poco y su color azul parecía resplandecer más. Después, sigue soñando que están los dos juntos en la tierra natal de Eutarico, paseando por las peñas tan bien descritas por él. Suben por caminos de cabras hacia la peña en cuya falda se erige una pequeña aldea que a Amala le gusta mucho, son sólo unas seis casas de piedra y adobe con techos también de adobe, paja y boñigas de vaca. Pregunta a su esposo el nombre de la aldea, pero éste no lo sabe, ven a una mujer acarreando agua en dos calderos y le preguntan el nombre de la aldea, les contesta pero ellos no pueden oírla, habla moviendo la boca pero no oyen nada. Es cuando deciden subir a la peña que tiene otra encima, cuadrada, se fatigan,  ya que la subida es pronunciada, descansan un rato y siguen hasta llegar a una oquedad que hay en la peña de abajo, es una oquedad redonda, enorme y con dos salientes a modo de bancos formados por la propia piedra en los que se sientan y se entusiasman con la vista de todo el valle. Es una valle grande cerrado por grandes macizos de peñas sobre montañas, Eutarico le indica con la mano, “mira, esa gran peña redonda que parece una reina con un gran vestido es la peña Amaya, abajo está el pueblo donde nací yo, después si quieres vamos a ver si está mi familia; aquella otra peña de la derecha es la de Albacastro, donde cerca nace el Áutruca”. Qué bonito es este valle, me gustaría vivir aquí, piensa Amala. Siguen la ascensión, quieren coronar la peña cuadrada, ven cerca de la oquedad una grieta que parece de fácil acceso, se meten entre las rocas y comienzan a sentir el agradable aroma dulzón de alguna planta. Cuando coronan la primera peña, se dan cuenta, asombrados, que la cuadrada está bastante lejos aunque a ellos les parecía cercana, casi encima de la primera. Se admiran de la majestuosidad de la peña y comienzan a andar hacia ella. Atraviesan un tupido bosque de pinos y robles, de pronto parece haberse hecho de noche, pero ellos siguen,  por fin salen del bosque a la luz del sol. Están bajo la gran mole cuadrada por la que es muy difícil subir, miran y ven que por un lateral parece más fácil. Empecinados, siguen el paseo, necesitan llegar a la cima, es como una necesidad, no saben muy bien porqué; tras media hora más de caminata llegan a la cima de la peña cuadrada, buscan el extremo de la gran roca para poder henchir el pecho y participar del espíritu de Dios, su presencia se nota en sitios parecidos o en la inmensidad del mar. Ven, asombrados, que todavía quedan algunas chozas de piedra en pie; es un poblado –comenta Amala-, ¡claro! –da un grito Eutarico, es uno de los poblados cántabros de hace muchos años que seguramente fue abandonado cuando perdieron la guerra contra Roma. Sé que muchos pobladores se suicidaron, otros morirían en combate y los pocos que quedarían huirían. No creo que los soldados romanos subieran hasta aquí para destruirlos.

Vieron algunas chozas a las que sólo les faltaba el techo pero con su estructura intacta, formaban pequeñas calles que terminaban en una plaza. Entraron en una choza de piedra que hasta parecía habitada, una gran chimenea central y varias habitaciones alrededor recordaba a las casas de `pastores que Amala había visto en algún pueblo. Eutarico le propuso descansar un rato antes del regreso. Un momento –y salió afuera en un brinco, Amala quedó pensativa, Eutarico volvió con una gran gavilla de hierba, salió y trajo más hasta formar una especie de catre en el que se podía dormir perfectamente. El olor de la hierba embriagaba los sentidos, parecía que estuvieran en un pajar; si llueve nos podemos guarecer aquí- dice Amala-, yo no estaba precisamente pensando en guarecerme –contesta Eutarico-, trae la mano, y la posa sobre su entrepierna. No le deja apenas contestar, la besa apasionadamente, mientras, ducho en la materia, desabrocha las cuerdas que cruzan el corpiño de Amala. Ella, excitada por la situación, por estar en una casa de hace más de quinientos años en la que se vivió y seguro que también se amó, excitada porque le gusta mucho el cuerpo de su marido y, sobre todo, excitada por el aroma de la hierba fresca bajo su cuerpo, se entrega con pasión, como siempre lo hace. Se susurran al oído obscenidades que sólo ellos conocen, eso los excita aún más; juegan cómo a ellos les gusta y cuando Amala siente el gran sexo de su marido en sus propias entrañas aúlla de placer hasta llegar al orgasmo. Es cuando se despertó para volver a la realidad gris amarillenta y parduzca en la que vive, experimenta el desconsuelo de haber perdido algo valioso. Llora por todo, lo que tiene y lo que no. Enseguida se repone, tiene que echar mano de su gran voluntad para ser la de siempre, a ello le ayuda especialmente  la sensación placentera que le acompaña durante todo el día.

Me quitarán la vida, pero esta noche no me la quitará nadie. Sale de la bañera para vestirse y tomar algo de ientaculum, es cuando percibe el agua del baño helada.

- Hoy parece que estamos de mejor humor ¿no es así, Señora? –a Sofía no se le escapa ni el más mínimo detalle.

- Así es, he soñado con mi esposo.

- ¡Ah!, ¡ya! Ya me has dicho que ha venido de visita, comprendo –esto último lo dice Sofía con cierto retintín.

Dice a Sofía que quiere comer pronto para seguir escuchando el relato del viaje que la noche anterior quedó inconcluso, no es la única que tiene ganas de escuchar a los soldados, el sacerdote también está intrigado con el viaje de los hispánicos.

- Poco después de pasar Glanum, abandonamos el mar y nos adentramos entre montañas cada vez más altas – sigue Hermene su narración frente a la ya habitual jarra de vino-, solíamos andar más de veinte millas al día, ya habíamos recuperado el ritmo. Procurábamos hacer las paradas en los lugares donde hubiera posibilidad de pasar la noche bajo techado, se iba notando el verdadero invierno y por las noche era agradable no estar al raso. Salimos de Brigantio, cerca del cruce de los Alpes, bajo una buena nevada, menos mal que la vía estaba bien señalizada y por esa parte además de las antiguas piedras miliares romanas también había pequeños postes relativamente cercanos a modo de señales para no salirse del camino cuando las nevadas igualan el paisaje. Conozco a más de uno que se ha perdido en el mar blanco –Ubaldo, siempre disciplinado, levanta la mano, como así han acordado hacer para interrumpir, apostillar o aclarar algo del discurso-. Di, Ubaldo, ¿qué quieres añadir?

- No, no es añadir, es simplemente contar que allá, en mi aldea, donde nieva mucho, cada invierno se extravía alguien en la nieve, comienzan perdiendo el camino, andando en círculo y muriendo de frío. Alguna vez hemos recogido el cadáver de alguien que para guarecerse del frío ha matado al animal, en caso de llevarlo, y se ha metido dentro de las entrañas. Eso sólo alarga la agonía, aunque dicen que morir así es indoloro, primero entra mucho sueño y la muerte llega acompañada de sueño –se queda un momento pensativo-, recuerdo que con las primeras nieves aparecían los lobos que paseaban en parejas por la aldea.

- Es cierto, en mi pueblo –dice Alberico-, también nieva mucho en invierno y es frecuente que muera alguien.

- Salimos de Brigantio –sigue Hermene un poco contrariado por la interrupción-, y a pesar de la nevada llevábamos buena marcha, veíamos poco por la ventisca, el cielo estaba negruzco a pesar de estar en las primeras horas de la mañana, cuando de pronto aparecieron unos hombres a caballo que venían en sentido contrario al nuestro. Nos preguntaron si estaba cerca Brigantium, asentimos y no sé cómo pasó pero en un momento se nos echaron encima para matarnos, eran unos doce o alguno más. Recuerdo que pensé ladrones no son porque somos soldados y saben que no llevamos nada de valor, pero resultó que sí, que eran ladrones y pensaban que éramos una patrulla que transportaba parte del tesoro godo que aún permanecía en Iulia Carcaso. Habían escuchado en un albergue del santuario de Druantium algo acerca de una patrulla goda que portaba el resto del tesoro godo para esconderlo en otro lugar o llevarlo a la nueva capital, Toletum.

Con la nevisca nos confundieron con la otra patrulla, si es que existía, y pensaban que íbamos hacia Hispania. Todo fue una gran confusión; por supuesto nos defendimos como pudimos y les hicimos huir. Matamos al menos a tres, pero nuestro dux también pereció de una estocada. Le enterramos entre la nieve, con piedras por encima, en la tierra helada era imposible cavar; pensábamos seguir nuestro camino pero nos surgió la duda de seguir o volver a Hispania ya que nuestro dux estaba muerto. Al fin decidimos seguir porque estábamos más cerca de Italia y sabíamos la finalidad de la expedición.

La sorpresa fue al llegar.

Llegamos como pudimos ateridos de frío y agotados por el cansancio al santuario de Druantium, el paso de los Alpes; estuvimos reponiéndonos dos días y al tercer día partimos rumbo a Ravena. Hemos venido por caminos y por la vía Aemilia, hasta Ravena.

 

                                            Sorpresa en Rávena

- Conforme nos íbamos acercando a Rávena los campos comenzaban a cubrirse con flores y los trigales mostraban sus orgullosas espigas verdes, parecían inmensas alfombras con dibujos intercalados formados por campos de alfalfa, farro y garbanzos. El día que por fin vimos las murallas de Rávena saltamos de alegría, por fin habíamos llegado a nuestro destino. Entramos por la Puerta de Honorio y buscamos algún lugar para dormir; antes de presentarnos ante la  reina Amalasunta queríamos asearnos un poco, pero lo primero del todo era dormir.

Estuvieron durmiendo hasta bien entrado el día, el dueño de la fonda donde se hospedaron les ofreció la posibilidad de bañarse, pero ellos declinaron amablemente la oferta y sólo se lavaron un poco la cara y los brazos, no vieron la necesidad de más.

Los godos del oeste eran tan guarros como los del este.

Eso sí, se peinaron un poco las greñas que alguno recogió en una coleta, para estar más presentable. Ya arreglados y presentables se echaron a la calle para tomar el pulso a la ciudad, estaban emocionados, ¡se encontraban en tierras extrañas!, aunque fueran todos de la misma raza, era otra tierra distinta a Hispania la que pisaban, en realidad ya desde las cumbres alpinas era territorio ostrogodo, mas para ellos la verdadera Italia era la corte de Ravena. Comieron algo en una tasca y siguieron hasta el gran palacio de Teodorico.

Nunca habían visto un palacio tan majestuoso. Se quedaron boquiabiertos frente a la gran mole con la fachada llena de arcos y columnas de mármol; la gran puerta por la que cabían varios carros apilados les sobrecogió, nunca antes habían visto una entrada con una puerta tan grande; encima de la puerta, en el primer piso había un enorme balcón enmarcado en un gran arco. La fachada tenía una franja decorada con pinturas y motivos dorados, también pendían colgaduras, pendones y banderas señalando que ése era, por si  había alguna duda, el Palacio Real.

Entraron temerosos al palacio y preguntaron a uno de los guardias que estaban en la puerta por la reina Amalasunta.

- Venimos desde Hispania, de la corte del rey Teudis,  queremos ver a la Reina pues traemos un mensaje de nuestro rey.

El soldado de guardia se quedó muy sorprendido, les dijo que esperaran y se marchó a preguntar a otro guardián cercano que estaba en un gran vestíbulo. El segundo soldado fue al encuentro de los visigodos y les hizo varias preguntas, después los llevó por pasillos eternos, decorados y llenos de columnas esculpidas, de suelos adornados con mosaicos, de pesados cortinajes recogidos con cordones multicolores… Eso era un palacio y no el del rey Teudis en Toletum, bien es cierto que el palacio ravenés tenía una solera de la que carecía el de Teudis. Aunque se llame el Palacio de Teodorico y por ése nombre sea conocido, fue el emperador Valentiniano, hijo de Gala Placidia, quien comenzó su construcción, sin embargo sería el gran Teodorico quien lo terminase y le diera ese magnífico esplendor que causaba la admiración de los godos hispánicos. Por fin llegaron al salón del trono y les dijo que esperaran un poco quedándose solos con un secretario y un escriba que trasteaba en una mesa llena de pergaminos y demás útiles de escritura. Efectivamente al rato apareció vestido con todo el lujo posible un hombre, que por llevar la corona real dedujeron sería el corregente.

- Soy Teodato, rey del pueblo ostrogodo. Me han dicho que habéis venido desde Hispania con nuevas del rey Teudis, sé que acaba de trasladar la corte a Toletum. Venid, acercaos y contadme.

- Majestad –esta vez fue Heriberto quien se adelantó para hablar con Teodato-, venimos con una misión, un encargo para Amalasunta, así nos lo ha comunicado nuestro dux.

- Bien, y ¿dónde está vuestro dux?

- Murió durante el viaje, señor, fuimos asaltados por una banda de ladrones,  creían que llevábamos parte del tesoro godo. Luchamos y matamos a tres de ellos, pero nuestro dux murió también en la pelea. Dudamos en volver a Hispania, pero como conocíamos la embajada del dux, decidimos seguir viaje.

- Entonces, contadme la embajada de Teudis.

- Señor, con todo el respeto del mundo, nuestro rey encareció al dux que sólo a la reina Amalasunta podía comunicársele la embajada. La conoció de pequeña, en la corte de su padre y le tiene cariño.

- Esto sí que es bueno –explotó Teudis, dando un golpe en el reposabrazos del trono.- ¡Cuándo se va a enterar todo el mundo que el rey soy yo, y más ahora! –dio unas palmadas y como por arte de magia salieron varios soldados de detrás de unos cortinajes-. Llevad inmediatamente a estos traidores a las mazmorras, veré qué hacer con ellos.

Los visigodos no ofrecieron resistencia, era tal su estupor que no acababan de comprender el porqué de su encierro. Ni siquiera les dio ocasión de explicarse. ¿Dónde estaba la Reina? –Se preguntaban-, ¿por qué no iba en su ayuda? Cada vez comprendían menos. Fueron llevados por oscuros sótanos y angostas escaleras hasta las mazmorras del palacio donde los encerraron en dos oscuros calabozos sin que se pudiera ver absolutamente nada, carentes de ventanucos, sin antorchas ni fuente de luz alguna, la oscuridad era absoluta.

- ¿Estáis todos bien? –Se oyó la voz de Ubaldo.

- Si te refieres  a que si estamos heridos o enfermos, no, no lo estamos. Pero si te refieres a si estamos bien en otro sentido, tampoco lo estamos –era Hermene quien contestó.

- Pero bueno, ¿por qué nos han encerrado?

- Por no comunicar la misiva a Teodato.

- Pues con decírselo…

- El dux recalcó que fuera a la Reina en persona y a solas. Teudis le dijo que no se fiara de su primo. Ya sabemos el motivo, sin venir a cuento nos ha encerrado.

- Ahora, que como salgamos de ésta vivos y podamos volver a Hispania, nos quejaremos a Teudis.

Al cabo de unas horas unos soldados les llevaron comida y dejaron una antorcha encendida en el pasillo para que pudieran ver algo.

- Al fin y al cabo sois compañeros, he preguntado el motivo de vuestro encierro y nadie lo sabe, significa que es que es por algo pequeño, si fuera importante se sabría en todo el palacio.

Al ver que ese solado era algo simpático, se decidieron preguntarle por la Reina.

- Y Amalasunta, ¿dónde está? ¿Por qué no nos ha ayudado?

-¡Ah! ¿Pero no lo sabéis?, es verdad, acabáis de llegar a Ravena, la Reina está presa, la ha hecho prisionera su primo y no sabemos muy bien dónde la tiene encerrada. Se dice que la ha llevado a Roma, otros a Mediolanum, todos son habladurías.

La sorpresa fue mayúscula, ¡Amalasunta prisionera! Entonces no podrían verla ni comunicarle su correo, tanto esfuerzo para nada. El desánimo reinó entre los bravos soldados, ni se dieron cuenta de que volvían a estar a oscuras. Intentaron dormir, pero les resultó casi imposible, buscaron a tientas una bacina para hacer sus necesidades y la encontraron, una por calabozo; como eran cinco en cada uno enseguida se llenó a pesar de que decidieron orinar en las paredes y sólo usar la bacina para evacuar el vientre. Pronto el olor se hizo insoportable, comenzaron a gritar y llamar al soldado que les había llevado la cena, pero nadie acudió a sus llamadas. Lo peor de todo es que como no se veía nada y alguno se hizo sus necesidades en una esquina por estar la bacina llena, sin querer pisaban los excrementos y comenzaban, otra vez, los gritos de asco y pidiendo que al menos les vaciaran las bacinas.

A las horas vino otro soldado, esta vez más antipático, con algo de comer, no sabían si era la primera del día o si era la comida o incluso la cena, estaban completamente desnortados, además de tristes, furiosos, deprimidos y asqueados, todo a la vez, aunque fueran sentimientos contradictorios. Al menos les dieron bacinas vacías.

Poco después vinieron más soldados, los sacaron de las celdas y, a empellones, los obligaron a subir las escaleras, llegaron a un vestíbulo y los mantuvieron un buen rato vigilados.

- ¿Dónde nos lleváis? – todos temían lo peor.

- A callar-contestó uno de los soldados que vigilaban.

- ¡Nos van a matar! Van a matarnos si haber hecho nada.

Como toda contestación un buen empujón de otro soldado mandando silencio. Quieren que nos desesperemos y alborotemos para matarnos a golpes –pensó Heriberto, y así se lo dijo a los demás. Por lo tanto hay que estar callados sin dar motivo a la represión.

Por fin vieron llegar un grupo de soldados, al frente de ellos el ya odiado Teodato que se dirigió a los visigodos con tono autoritario para infundir más miedo, le gustaba que la gente le temiese.

- He estado pensando qué voy a hacer con vosotros, no se me ha ocurrido gran cosa, desde luego no puedo dejaros en libertad para que retornéis a Hispania, quién sabe dónde iríais. Así que he pensado enviaros con Amalasunta, de ese modo podéis hacerla llegar el mensaje de Teudis. Como ya sabréis, Amala está pasando una temporada como invitada mía en una fortaleza del lago Vulsinio, ya veremos si regresa o no a Ravena, me lo pensaré. A vosotros os voy a encargar la vigilancia de la isla y de mi prima, por supuesto nadie debe abandonar la isla, mucho menos  Amalasunta. Aunque os ofrezca todo el tesoro de los godos que no tiene, no debéis dejarla escapar, entre otras cosas porque todos los alrededores del lago son de mi propiedad, son parte del ducado de Tuscia y yo soy el dux, además del rey. Con eso quiero decir que en cada pueblo tengo apostados cincuenta soldados de mi confianza, les he prometido una recompensa si matan a alguien que quiera huir, y están deseando cobrarla. Como veréis soy clemente con vosotros, en otras circunstancias os habría ajusticiado en la plaza del Pueblo, frente al palacio. Os llevarán ahora mismo y ocuparéis el puesto de los guardianes que están en la fortaleza Martana. Y tú,  ¿qué miras?, le dijo al Toletano que no podía apartar la mirada de los ojos de Teodato, nunca en su corta vida había visto una persona bizca.

- Nada, no miro nada.

Consciente de su estrabismo Teoodato no soportaba que le miraran a la cara, él procuraba hablar un poco de perfil.

Salieron del Palacio de Teodorico y de Ravena escoltados por veinte soldados fieles al rey por la puerta más antigua de la ciudad, la puerta Valentiniana. Ni se habían podido lavar un poco, tan grande era la prisa de Teodato por encerrarlos en la isla. Tomaron el camino del lago Vulsinio por la vía Popilia hasta Ariminun, donde conectaron con la Flaminia que lleva directamente a Roma. A pocas millas de la antigua capital imperial, en Interamna, se desviaron por vías vecinales, atravesaron el Tiberis y  poco después llegaron al lago, cerca de Marta, la aldea que da nombre a la isla asentada sobre ruinas etruscas.

- Fue esa noche que hubo tanto follón en la fortaleza porque unos llegábamos con el miedo en el cuerpo y otros se iban más contentos que unas pascuas; aunque fueran soldados de Teodato no les gustaba tener que ser guardianes de una reina, a nadie le gusta –es Hermene quien habla, hacía mucho que no hablaba y con lo charlatán que es no ha podido resistirse.

- Lo peor fue –esta vez ha sido Argimio quien interviene, es tímido y ha intentado hablar en varias ocasiones pero siempre se le ha adelantado otro. Amala que escucha con atención la pequeña odisea de los visigodos, se fija bien en Argimio, en sus bellas facciones, ocultas bajo las barbas que se empeñan en llevar todos los godos. A  Amala le gusta la cara rasurada de los latinos. Sin embargo, y a pesar del desaliñado aspecto, Argimio es apuesto, muy apuesto, resaltan sus ojos, no por el color azul frecuente entre los de su raza, sino por la profundidad de su mirada que no le hace falta ni hablar, sus ojos lo dicen todo. Durante el relato ha coincidido con su mirada, una o dos veces, ella ha sido quien ha tenido que mirar para otro lado. Ha comenzado a notar por la columna vertebral esa sensación extraña entre miedo y excitación que tan bien conoce y le hace protegerse la espalda. Como los caballos, que cuando notan el peligro presentan la cara y se protegen las patas traseras-. Lo peor fue –sigue Argimio-, que se llevaron todas las barcas y sólo nos dejaron una barcucha medio rota que hace aguas por todas partes. Y encima nos riñe Sofía por no ir más a menudo a comprar pescado a los pueblos, pero ¡cómo vamos a ir!

- Esto es todo, Señora, aquí estamos por fin frente a vos a la que ya consideramos también nuestra Reina.

- No seáis exagerados, creo que todos los visigodos sois muy exagerados, mi marido también lo era.

 

Ya es la hora de la cena, pero Sofía ha estado absorta escuchando la historia y no ha hecho nada, menos mal que es mujer de recursos y prepara rápidamente unas sopas de pan con huevo deshilachado y ajo; después saca tres grandes fuentes de farro cocido en leche endulzado con miel.

- Con esto os tendréis que conformar; quien tenga más hambre que se dé un bocado en el culo y comerá carne.

Las risas que provoca la frasecita disipan los posos de tristeza del ambiente. Se levantan y salen un poco al patio de la fortaleza para estirar  las piernas y airearse un poco.

Después de la cena se sientan todos junto a la chimenea y terminan de beberse el vino sin agua que Sofía ha sacado con el dulce; el ambiente es mucho más distendido que en días anteriores, se conocen todos,  al menos saben sus nombres y situación en la que se encuentran, esa sensación de vivir momentos parecidos une mucho a la Reina con los visigodos. Se forman los típicos corrillos de las reuniones, con lo que el murmullo cada vez se hace más fuerte pasando a ser casi conversaciones de mercado. Llega un momento en que el barullo es demasiado y el sacerdote pega un golpe fuerte en la mesa para hacer callar a todos, una vez en silencio propone hablar por turnos, quien quiera hablar tiene que levantar la mano para hablar cuando termine el otro, ya lo había dicho anteriormente pero no le han hecho caso. Si son varios los que quieran hablar sin llegar a ponerse de acuerdo, un moderador decidirá el turno, sin esperar más él mismo se autonombra moderador.

A todos les parece muy bien la iniciativa del sacerdote que, en su nuevo papel de moderador, cede el turno al primero que quiera hablar de lo que sea. Silencio, todos siguen callados sin saber qué decir, Félix va preguntando uno por uno, nadie tiene nada de qué contar, de pronto se les ha quitado las ganas de charla, ni a Amala, que suele estar acostumbrada a hablar disciplinadamente, se le ocurre nada, les ha entrado sueño a todos y se despiden hasta el día siguiente, hasta Sofía se ha quedado dormida con la cabeza apoyada en sus brazos sobre la mesa.

 - Sofía despierta que es tarde y nos vamos a acostar – le sonríe Amala dando unos pequeños toques sobre el hombro.

  - ¡Ah!, es verdad, me he quedado dormida con el murmullo de las conversaciones y el calorcillo de la chimenea.

Se despereza un poco y sube corriendo las escaleras hacia su habitación. Amala, tiene sueño pero también tiene miedo, desde que está en la fortaleza duerme mal y se enfrenta a la cama con prevención. ¡Bah!, se dice a sí misma, si no logro coger el sueño bajo y me pongo a escribir. Con esta válvula de escape se queda más tranquila y sube a dormir.

Ante su sorpresa enseguida le entra sueño y antes de hacer sus ejercicios mentales para relajarse se queda dormida. Pronto comienzan los sueños, sueños enmarañados en los que se mezclan vivencias del día con miedos y emociones. Primero está en Hispania que parece perseguirla en todos sus sueños; de pronto se ve luchando con los ladrones de los caminos, uno de ellos es su primo ¡cómo no! Sabe que es él por su bisoja mirada, ella le pregunta ¿por qué haces esto con lo que te gusta Platón? ¿Cómo es que te has metido a ladrón?,  tienes el suficiente dinero para poder vivir holgadamente tú, tus hijos, nietos…, hasta la sexta generación por lo menos. Su primo no contesta, no puede hablar por tener los labios cosidos. Más tarde está en el entierro de su tía Amalafrida, cuando van a meterla en un sarcófago, Amalafrida se levanta, abraza a su sobrina y le susurra al oído: “Amala, véngame”. Entonces se despierta con el pulso acelerado y el corazón parece que se le va a salir del pecho, se incorpora en la cama hasta poder ubicarse, mira hacia el ventanuco por el que sólo entra oscuridad. Consigue volver a dormir, pero es un sueño ligero en el que oye lejanos los ruidos de la noche entre los que sobresale el canto de la lechuza, la compañera de Minerva.

Se levanta con las primeras luces de la mañana y al bajar para ir a la sala de baños ve con sorpresa, a través de la ventana del gran salón, el paisaje nevado. Como no cree lo que ve, asoma un poco la cara por la puerta y, efectivamente, el patio está con un palmo de nieve. Se baña, se arregla rápidamente y baja a la cocina para hablar con Sofía, es la única que está levantada.

- ¿Has visto la nieve?

-Sí, y me extraña porque ya estamos en primavera. El tiempo está verdaderamente loco. Sólo una vez he visto nevar casi a finales de abril –dice Sofía, atareada preparando el ientaculum, como lo llaman ya todos en la fortaleza-, hablo de montañas en las que hay nieve durante todo el año.

- Qué pesadillas he tenido, Sofía.

- Yo tampoco he dormido bien –contesta la cocinera-, debió ser que anoche bebí demasiado.

- Yo bebí poco, pero a pesar de eso…-queda un rato pensativa y le cuenta a Sofía su pesadilla.

Entra en la cocina Félix con la frase de la mañana: “¿cómo puede ser que en nieve en abril?” Conforme van despertándose los soldados también se asombran por la nieve. Con la última cucharada de sopas de leche en la boca salen a jugar fuera de la fortaleza, los animales están todos guarecidos en sus cobertizos, en especial las ocas, gansos y gallinas que son bastante frioleros.

¡Qué bonito está todo! El lago ha cambiado el azul por el blanco grisáceo, igual que el cielo. Ante la novedad de la nieve salen a dar un paseo por la isla, es la primera vez que van todos juntos, nadie desde afuera diría que son presos, juegan con la nieve, corren, cantan y hasta se mojan la cara con el agua fría del lago. Es una de las pocas ocasiones en la que Amala no siente la espada sobre su cabeza, por un rato su mente parece descansar y se le nota en la expresión de la cara, gana en belleza. Ya se sabe, lo que es por dentro se manifiesta por fuera.

Deciden subir a la iglesia para que el sacerdote la vea, desde su llegada todavía no ha visitado el pequeño templo, pero se levanta una gran ventolera por lo que prefieren regresar al abrigaño de la chimenea y del hipocausto.

Con el paseo se ha abierto el hambre y apremian a Sofía para que haga pronto la comida; ya comen todos juntos en la sala de armas, la mesa es grande y caben bien. Acostumbrada a las prisas de su casa de comidas, Sofía prepara enseguida una sopa de gallina con un poco de farro; siempre tiene un perol grande con caldo de ave para estas ocasiones, con añadir pan o farro ya hay un primer plato sustancioso. Mientras, ha puesto a cocer unas berzas que rehogará con tocino, de dulce pondrá el consabido queso con miel que tanto gusta y tantas veces le ha sacado del apuro.

Devoran la comida como si no hubiesen comido en un mes cosa que alegra a Sofía, siempre le han gustado las personas de buen comer, como su difunto marido.

La comida y el calor adormecen a los soldados que desaparecen para dormir un rato, Amala también siente el sopor de la sobremesa, pero hace un acto de voluntad para no dormir, si no, por la noche dormirá aún peor. Como Félix tampoco va a dormir aprovecha para hablar y despabilarse.

- Esta noche ha venido a visitarme mi tía Amalafrida.

- ¿Cómo? –pregunta el sacerdote extrañado por la confesión de Amala. ¿Habrá perdido la cabeza?, se pregunta.

- Tranquilo –parece que la Reina ha leído los pensamientos de Félix-, estoy todo lo cuerda que se pueda estar en esta situación. Es una especie de juego que Sofía y yo tenemos, ayer estuvimos discutiendo acerca de si cuando se sueña con alguien significa que ése alguien viene a visitarnos ¿por qué no?

- No sé, nunca había pensado en ello, ¿son sólo las personas muertas, o también las vivas?

- No, creo que sólo nos pueden visitar las muertas, las vivas ya lo pueden hacer en persona.

- Entonces a mí me ha visitado muchas veces mi padre, menos mal que no me ha podido pegar –queda un rato callado-, si eso fuera cierto mi mejor amigo de estudios se habrá muerto porque de vez en cuando sueño con él.

- Pues esta noche ha sido mi tía, la hermana de mi padre, quien ha venido a verme.

- No sabía que tuvieras una tía.

- Sí, Amalafrida, madre de Amalaberga y Teodato, hijos de su primer marido, Hugo. Después de enviudar casó con Trasamondo, rey de los vándalos, y se marchó a vivir a Cartago llevando como dote, que le entregó mi padre, cinco mil soldados godos y parte de Sicilia. Todo le iba bien a mi tía hasta que enviudó por segunda vez. No sé en otros lugares pero en nuestra sociedad una viuda es peligrosa, y más si tiene hijos. La mujer que enviuda debe inmediatamente volver a contraer matrimonio o vivir en un convento. Pobre de la que se sale del patrón social establecido, yo misma soy un ejemplo. Mi tía tampoco quiso volver a casarse y el nuevo rey, Hilderico, la acusó de conspirar contra él, posteriormente la encarceló. Al poco la asesinaron después de torturarla. Recuerdo al gran Teodorico llorar cuando supo la noticia pues quería mucho a su única hermana. No pudo ayudarla y eso le dolía, los años le pesaban ya no tenía el coraje de la juventud y un año después murió, triste por no haber podido vengar a su hermana.

Una de las primeras cosas que hice cuando asumí la regencia del reino fue enviar una embajada a Cartago con la finalidad de investigar qué pasó exactamente y quién o quienes tuvieron que ver en la muerte de mi tía. No se logró sacar nada en claro, como es frecuente en estos casos los unos culpaban a los otros en un eterno círculo sin salida.

- Menuda tragedia –dice Félix-, todos tenemos que llevar nuestra cruz, cada cual a su manera pero todos tenemos una. Nos creemos que por ser reyes o príncipes son más felices, pero también llevan sus cruces.

- Bien es cierto que suelen ser más livianas que las de los campesinos, no digamos que la de los esclavos –contesta Amala que está resignada con su cruz plagada de dolor por la muerte de su hijo.

De pronto Amala siente la congoja ya tan familiar en el pecho, el pensamiento de la muerte de su tía le trae a la mente su posible muerte, “que no me torturen”, la frase se cruza en su mente con imágenes que no quiere pensar. Menos mal que los soldados llegan en su ayuda, sin la modorra encima entran buscando el calor de la chimenea, vienen alegres, despreocupados, la nieve parece haberles vivificado. Se unen a la tertulia del sacerdote con Amala que varía el rumbo, las historias familiares y amorosas de los soldados visigodos son entretenidas y eliminan el pellizco anímico de la Reina. Es lo que necesita, tener la mente siempre ocupada, si puede ser con cosas alegres o intrascendentes mucho mejor.

Quieren dar otro paseo para aprovechar la nieve, pero el gran frío del exterior los desanima y deciden quedarse a seguir la charla o jugar a cualquier cosa.

Sacan dos tableros de tesserae y latrunculi que Sofía ha encontrado en el gran armario de una estancia con muebles viejos, comprueban que las fichas y los dados estén todos y comienzan una especie de liga para ver quien se proclama vencedor. Amala no es gran jugadora y duda en escribir o participar en la liga, al final decide jugar, le da menos que pensar. En cambio el sacerdote sí es un gran jugador y queda finalista contra Ubaldo que es especialista en los dos juegos y acaba proclamándose el vencedor. No se han jugado dinero, sólo la honrilla.

 - Allá, en mi aldea, jugamos mucho –explica Ubaldo-, las tardes de invierno son largas. Fueron los soldados romanos del campamento cercano quienes enseñaron a nuestros abuelos.

- Pues en mi pueblo también se juega mucho –comenta Alberico-, también las largas y frías tardes invernales son propicias para las reuniones junto al hogar contando historias y jugando.

Con el fin de la liga la jornada se da por concluida, llenan la clepsidra y van todos a dormir. Ya no hay ningún soldado que se quede haciendo guardia ¿para qué?

 

           Todos contra la Reina

Pedro Ilirico se calmó, contó a su preocupada esposa una mentira para no inquietarla a la vez que protegerla, cuanto menos supiera de su doble embajada menos peligro correría. La cruel fama de la emperatriz, lo sabe muy bien el Ilirico, es merecida, quien ose desobedecerla lo paga caro, él o su familia. Hace y deshace matrimonios, alianzas, voluntades, a su capricho o conveniencia, como un niño mimado.  Es vox populi en Bizancio, Teodora está mimada por su poderoso marido al que, en ocasiones, supera en el ejercicio del poder. Pedro sabe que la Augusta (como le gusta ser llamada) tiene una poderosa red de fieles confidentes que le cuentan todo lo que ocurre desde Bizancio hasta el limes del imperio, e incluso más allá.

- Mujer, no te asustes, ya estoy mejor.

- Dime, ¿qué te ha pasado?, estabas amarillento como la cera.

- Nada, al venir del Gran Palacio hacia casa han estado a punto de robarme, resulta que llevaba ¡nada menos! que el rollo con el encargo de Justiniano, lo que tengo que enseñar a Amalasunta, la reina goda, con las instrucciones de las preguntas que debo hacerle. ¡Imagínate, si me lo llegan a robar!

- No pasaría nada –contesta convencida Nati, su esposa-, con pedir otro rollo de instrucciones…

- No es tan fácil, tengo la misión de partir en cuatro días y tendría que volver al palacio, esperar a que la infinidad de servidores me fueran pasando despacho a despacho hasta llegar a ver a Narsés, el secretario personal de Justiniano; ya sabes cómo es el eunuco, quisquilloso como él sólo. Me haría miles de preguntas de cómo, dónde, por qué perdí las instrucciones, llamaría a un escriba para redactar un duplicado, en fin, menos mal que nadie me ha robado nada.

Pedro Ilirico está acostumbrado a viajar allá donde haya un pleito; esta vez es distinto, tiene encomendadas dos misiones, una le preocupa sobremanera. Hace todo lo posible por parecer calmado al despedirse de su mujer aunque por dentro presienta que será su último viaje y no podrá volver a ver el bello y tranquilo rostro de Nati.

-Este viaje es el más largo que he hecho –dijo a su esposa ante la expresión interrogativa de Nati. Mujer perceptiva e intuitiva que algo barruntaba aunque nada decía-, no te preocupes que tendre todo el cuidado del mundo, además el emperador me ha asignado escolta.

Partió con paso firme hacia la plaza del gran mercado donde había quedado con los tres soldados que le acompañarían. Le tenían preparado un gran caballo gris oscuro, casi negro, con la gran cola levantada dándole un porte grácil y majestuoso. Se fijó en ese detalle y en la pequeña protuberancia entre los ojos típica de los caballos árabes. Buen caballo –pensó-, si me porto bien con él será mi amigo para toda la vida. Los soldados también montaban bonitos caballos persas, además llevaban   una mula para la impedimenta.

Era temprano cuando salieron por la puerta Aurea, la ciudad apenas había despertado y los cascos de los caballos resonaban por la ausencia de gente en las calles.

Emprendieron el camino hacia Rávena avanzado el mes de marzo del año 535.

El Ilirico no tenía mucha prisa, no hacía más que darle vueltas al dichoso encargo de la emperatriz; desde luego nunca había matado a nadie con sus propias manos y no estaba dispuesto a que hubiera una primera vez. Por otro lado estaba la orden expresa de Teodora, la de los mil ojos. ¿Qué hacer? ¿Cómo salir con bien de este berenjenal al que había sido empujado?

- Haremos jornadas de medio día, después buscaremos alojamiento y dejaremos que los caballos descansen, no quiero que se agoten.

Su idea era tantear a los tres soldados para ver si alguno de ellos sería capaz de asesinar a Amalasunta. En caso de que no fueran capaces, pensaría en pagar a cualquier mendigo o esclavo godo de Rávena para que llevara a cabo el crimen, todo menos hacerlo él.

 

Son jóvenes y les gusta la diversión. Siempre que sus obligaciones militares lo permiten se reúnen en las tabernas más populares de Rávena, casi siempre es en la famosa taberna de la plaza del Pueblo, la de Juan Tiberi, al ser su dueño judío es conocida como Tiberíades. Se come el mejor pescado de la ciudad y tiene dos sirvientas famosas por su gran belleza y sus laxas conciencias. Por todo ello los cuatro jóvenes nobles hijos de la aristocracia goda acuden a la taberna Tiberíades a cenar al menos cinco noches por semana. Tres de ellos son hijos de Gumersindo, Teodomiro, Ubaldo, respectivamente, los conspiradores mandados asesinar por Amala; la orfandad creó entre ellos un vínculo fuerte, duradero, de manera que desde la muerte de sus padres formaron una especie de clan en el que sólo dejaron entrar a Gundemaro por ser hijo de un famoso general ostrogodo y ser, él mismo, diestro en el manejo de cualquier arma conocida, habilidad ensalzada entre los godos. Sisebuto, el hijo de Teodomiro, lleva una temporada dando vueltas a una idea, vengar a su padre; eso de que una mujer, por muy reina que sea, ordene matar a un hombre casi tan noble como ella no lo ha acabado de digerir. Desde el momento que supo la noticia de la muerte de su padre comenzó a gestarse en su cabeza la idea de la venganza, si no la ha llevado a cabo es porque ha estado esperando el momento oportuno. Ahora cree que ése momento ha llegado.

Esa noche el vino corre abundante por los vasos de los jóvenes, Sisebuto está esperando el momento propicio para introducir el tema venganza en la conversación. Con la tercera frasca de vino llega, por fin,  ese momento. El ambiente en la taberna es bullicioso y el aire casi irrespirable: emanaciones humanas se mezclan descaradamente entre sí y con olores que desprenden las tripas de cerdo secándose colgadas de largos palos sobre el mostrador. Sisebuto se atreve, por fin, a hablar.

- Me consta el dolor que todavía sentís por el asesinato de vuestros padres, igual que yo aún me conduelo por la muerte del mío. ¿No habéis pensado nunca en vengarlos? - Los otros jóvenes se miran un poco sorprendidos por la gravedad del tema y la súbita seriedad de Sisebuto.

- Yo sí lo he pensado alguna vez.

-Yo también –contesta el otro, como es lógico Gundemaro no opina, con él no va esta conversación pero se queda por cotillear, le intriga el tema de la venganza y de si la cosa va en serio.

- Entonces si los tres lo hemos pensado ¿por qué no la llevamos a cabo? –propone Sisebuto.

- Porque no están fácil –comenta el más joven.

- Ahora sí lo es. Es mucho más fácil que hace unos meses, las circunstancias no son las mismas. Ahora Amalasunta está presa en la fortaleza Martana. Teodato nos ha allanado el camino.

Callan pensando en la idea propuesta por Sisebuto, el ruido de la taberna es molesto, deciden salir y dar un paseo para poder hablar tranquilamente sin que nadie los escuche. Las sirvientas de la taberna se despiden de ellos tirándoles un beso al aire y quejándose de lo pronto que se van esa noche. Salen a la calle y un gélido viento del norte los recibe con el anuncio de ventisca.

- Será mejor que vayamos a mi casa –propone el hijo de Ubaldo-, hace un frío que pela, además, llamaríamos la atención, no hay un alma por la calle.

Van a casa de Ubaldo dónde siguen viviendo la viuda con sus hijos, ahora el cabeza de familia es el hijo mayor de Ubaldo, y como tal ejerce.

- Madre, tráenos una jarra de vino sin agua. Estaremos en mi estancia.

Todos agradecen el calor que sube del suelo proporcionado por el hipocausto atizado dos veces en días de frío. Se quitan las túnicas y las casacas para estar más cómodos y ya frente a un vaso del buen vino tinto de Tuscia comienzan a plantar los pilares de su conjura.

La historia se repite.

 

Teodato está intranquilo, desde que tomó la decisión de  encerrar a su prima en la fortaleza del lago y la llevó a cabo no ha podido dormir bien, ni centrarse en asunto alguno. Ni la lectura de las Sagradas Páginas ni la lectura de Platón, del que es estudioso, pueden darle la tranquilidad que necesita para poner en orden todos los asuntos de gobierno y personales acuciantes, que exigen rápida resolución. El solo pensamiento de su prima prisionera lo solivianta. Ha llegado a la conclusión de que su prima es un engorro, una rémora para realizar sus planes, el primero de ellos es reinar solo, sin nadie que le pueda contradecir, ni discutir sus decisiones; pero no se atreve a dar el paso definitivo para quitársela de encima, con lo fácil que es –piensa-, no tengo más que ordenárselo a cualquier soldado de confianza, pero…Gracias a ese pero sigue viva Amalasunta.

Teodato es cobarde, Teodato es ambicioso, Teodato es injusto, pero Teodato no es tonto y sabe dos cosas, la primera, que mientras viva Amalasunta él corre peligro, de que se escape, de que sus partidarios (y son muchos) se unan, le destronen y hasta  puede que lo maten; la segunda es el peligro bizantino. Teodato sabe que después de derrotar a los vándalos, los siguientes en la lista son ellos, los godos; la guerra contra Bizancio está cercana, Justiniano se ha empeñado en recomponer el antiguo Imperio Romano sin división alguna, con la única diferencia de que la capital no será Roma, sino Constantinopla. Por su parte Belisario, el gran general de Justiniano, está deseoso de poder ofrecer a su señor otra victoria y demostrar, así, que él no es ambicioso y que mientras viva Justiniano no se dejará engatusar por los que quieren nombrarlo rey de la península Itálica.

 Teodato podría negociar con el emperador ofreciendo como moneda de cambio a Amalasunta, sabe que Justiniano, aún sin conocerla, le tiene cierto aprecio y siempre ha estado dispuesto a ayudarla. Descarta esta opción por ser demasiado complicada y lenta; negociaciones, embajadas, misivas, demasiado tiempo en el que Amala podría recobrar su trono, Teodato necesita solucionar sus situación lo antes posible.

No se atreve a discutirlo con nadie, pues en nadie confía; su gran amigo y confidente Adem ha muerto hace ya dos largos años. Crecieron juntos allá en la lejano Cartago; Hanon, el padre de Adem, ayudante personal de su padrastro el rey, era el noble con más abolengo del pueblo vándalo. Con Adem vivió Teodato esas experiencias que por ser las primeras quedan indelebles en la memoria, con frecuencia, ligadas a las cosas buenas. Siempre estaban juntos, jugaban juntos, aprendieron a montar a caballo a la vez, les salieron los primeros pelos precursores de la barba casi al tiempo y, ¡cómo no! Conocieron mujer el mismo día. De vez en cuando pasaban los dos, largas temporadas en la corte ravenesa de su tío Teodorico.

Al morir el padrastro de Teodato, el rey Trasamundo, y después ser asesinada su madre Amalafrida, los dos amigos dejaron Cartago y marcharon a vivir a Ravena instalándose en el Palacio Real como príncipes godos, aunque Adem fuera vándalo. El joven Adem se convirtió, con los años, en un hombre honesto, justo y valiente, todo lo opuesto de Teodato, motivo por el cual se llevaban tan bien. Cuando comenzó la rapiña para calmar su ambición del entonces duque de Tuscia, Adem fue el único amigo que le amonestó por su conducta delictiva, los demás no se atrevían o pensaban comer algún trozo del pastel.

Al igual que Atalarico, Adem murió de tisis, enfermedad endémica entre el pueblo ostrogodo, de fácil diagnóstico y difícil curación. Teodato sintió la muerte de su amigo como si hubiera sido la de su padre, al que apenas conoció, pues como tal lo quería.

 

En la fortaleza de la isla la vida discurre con más relajo que los primeros días, Amala ha perdido la cuenta de los días que lleva encerrada, le parece que son ya muchos, demasiados, siente la extraña sensación de haber vivido siempre en la isla. A veces cree estar de vacaciones, en cambio otras veces se angustia por recordar su realidad; sin embargo desde que se han hecho todos amigos y el ambiente es más distendido, Amala empieza a dormir un poco mejor.

Al día siguiente de la nevada ya no queda ni un triste copo que recuerde la nieve del día anterior. El sol ha comenzado pronto a calentar deshaciendo cualquier traza de nieve. La isla vuelve a estar tan florida como hacía dos días. La frase del día es “el tiempo está loco, un día nieva y al siguiente luce el sol”.

Hoy el sacerdote se impone y obliga a todos a visitar la pequeña iglesia de la isla, desde que ha llegado ha querido hacerlo infructuosamente, pero por una cosa o por otra ha ido posponiéndolo.

- De hoy no pasa que vaya a la iglesia, quien quiera acompañarme…

Deciden ir todos, así se entretienen un poco.

Los soldados llegan los primeros y abren la iglesia que sigue tan gélida como cuando fueron Amala y Sofía. Se respira humedad y abandono, por un lado se está cayendo la pared, la madera del pequeño coro está podrida, las pinturas de las paredes han desaparecido casi todas y apenas se pueden ver algunos trazos.

- Aquí hay que meterse de lleno –comenta el sacerdote que piensa pedir a Cerbonio, obispo de Populonia, el traslado a esta iglesia, o al menos a uno de los pueblos costeros, le está tomando cariño a la isla. Cuando acabe todo, porque tiene que acabar alguna vez y de alguna forma, digo yo, personalmente preferiría que acabara con la libertad de la Reina-, esta iglesia debe llevar mucho tiempo cerrada, sin celebrarse culto y se nota.

- Las cosas cuando no se usan se estropean más –sentencia Sofía que también ha subido.

Escudriñan todos los rincones, algunos soldados suben al coro a pesar de estar derrumbado por una parte, el sacerdote rebusca en la sacristía y descubre medio escondida entre los ropajes litúrgicos varios rollos de una biblia arriana, a pesar de lo cual la coge para leer en la fortaleza, comprobar si está entera y contrastar las diferencias con la ortodoxa.

- Félix –llama Amala al sacerdote-, aquí hay un pequeño sarcófago, ¿de quién será? Desde luego etrusco, no parece.

Félix acude detrás del altar, junto a Amala, para ver si entre los dos descubren algo sobre el pequeño sarcófago.

- Es relativamente pequeño, yo creo que es el de la niña virgen que torturaron por haberse hecho cristiana ¿recordáis la historia?

- Sí, Cristina, que primero estuvo sepultada en una cripta de Castro Cryptarum y después fue trasladada.

- Vamos a limpiarlo un poco –propone Amala-, seguro que hay alguna inscripción por algún lado que lo corrobore.

Salen a por ramas para limpiar el sarcófago, los soldados intentan levantarlo para bajarlo a la fortaleza y poder limpiarlo bien, pero pesa demasiado a pesar de su tamaño.

- ¡Qué emoción! –exclama el sacerdote que está decidido a pedir este destino si se  comprueba que los huesos pertenecen a Cristina-, esto daría categoría a mi iglesia –porque ya es su iglesia y la imagina restaurada, pintada, el tímpano de la entrada con el pantocrátor católico bien pintado y él celebrando misa para los pocos habitantes de la isla. Sí, está decidido a pedirla como destino.

Una vez limpia la piedra del sarcófago pueden leer en latín una pequeña inscripción en la parte central, “HIC IACET CRISTINA VIRGO ET MARTYR” y debajo la fecha” ANNO DOMINI CCII.

El sacerdote sufre un pequeño mareo, tanta emoción no es buena para el espíritu; pensar que sea la tumba de la pequeña Cristina a la que ya se la veneraba en los alrededores del lago como santa. Se sienta en uno de los desvencijados bancos de la iglesia, de pronto nota un cansancio extremo, como de siglos, y suda a pesar de que en la iglesia hace frío.

- ¿Se encuentra bien, Félix? –Amala, pendiente de todo, se ha dado cuenta de los sudores y la cara blanquecina del sacerdote-, ¿quieres que salgamos para que nos dé el aire?

- Gracias, Señora, ya me encuentro mejor, ha sido un mareo sin importancia, pero ya estoy bien. ¡Cuidado no vayáis a romper algo! –grita a los soldados que miran y rebuscan por todos lados sin tener cuidado-, hay que mirarlo todo como si fuera un tesoro,  en realidad lo es.

Amala se sienta junto al sacerdote y comenta el descubrimiento de la tumba de la mártir, lo increíble de haber encontrado dos sepulcros en tan poco tiempo y tan distintos, si no fuera por lo que es, mandaría buscar más enterramientos y adecentar la isla, al menos se lo diría a su primo ya que la isla es suya.

Repuesto de la emoción, el sacerdote se acerca, otra vez, junto al sepulcro dudando  si mirar su interior o no, por poder ser una profanación. Por otro lado, si la niña mártir es santa puede que sus huesos tengan poder curativo y sean considerados reliquias. No sabe qué hacer, sólo tiene su conciencia y la sabiduría de la Reina para consultar el dilema. De su conciencia duda, puede estar contaminada por sus ansias de ver y tocar los huesos de la, ya para él, santa y no se fía mucho. Confía más en la sabiduría de Amala  aunque no del todo; durante sus charlas con la Reina se ha dado cuenta que para ella la Filosofía está por encima de cualquier fe religiosa; sí, habla mucho de la providencia pero no está seguro a qué providencia se refiere si es a la Divina Providencia, es decir al conjunto de las acciones de Dios en el socorro de los hombres, o se refiere a la providencia como Fortuna, al estilo Boecio. Puede que Amala sea demasiado racional para él. No lo tiene claro, se atormenta con la duda, siempre ha odiado dudar, prefiere equivocarse a dudar; las pocas veces que le ha ocurrido ha notado hasta síntomas físicos de estupor y pesar, mucho pesar por el resultado de la decisión, si es que ésta ha llegado a producirse. Por todo ello siempre ha procurado decidir rápido y no anclarse en la duda, al final decide preguntar a la Reina, la sensatez de Amala prevalece sobre el posible descreimiento y recelos.

- Señora, ¿te parece que veamos lo que hay dentro? ¿Sería profanar el sueño de la muerta?

- No lo sé muy segura, Félix, la teología no es mi fuerte, pero creo que no es profanación, en caso contrario habría muy pocas reliquias. Si tuviera libertad, enviaría una misiva al Papa para tener la certeza, de todas formas ha habido muchos obispos y papas que han vendido hasta el alma, los unos para llegar a ser papas y cuando ya lo eran para enriquecerse. El papa Mercurio parece un buen hombre con temor de Dios, respetuoso con la religión, confío que todavía esté el mármol que hice poner en nombre de mi hijo para evitar el pecado de simonía. Ya sabrás que las reliquias son muy apreciadas y se ha llegado a pagar sumas importantes para tener una de ellas.

-Sí, también yo he llegado a la misma conclusión, si sus huesos pueden curar a la gente, ¿por qué no probar? ¿No recobró una vieja la vista cuando se lo pidió a la niña?

Una vez tomada la decisión el sacerdote descansa, sea buena o mala la resolución se ha determinado abrir el sepulcro y la odiosa duda desaparece con todos sus efectos negativos. Piden a los soldados que arrastren la losa que tapa el sepulcro para  poder ver su interior; los soldados recelan, son supersticiosos y tienen miedo de que les suceda algo malo. Félix, con impaciencia, les explica que es necesario ver los huesos de la niña, cuenta otra vez su historia para que sepan quien está sepultada y el milagro que ya realizó después de su muerte. Si están sus huesos serán considerados como reliquias.

- Estamos hablando sin haber visto nada, quizá sus huesos ya sean polvo –termina Félix su argumentación que parece haber convencido a los soldados.

Comienzan a empujar la losa, más pesada de lo que parece a primera vista, empujan con fuerza y logran moverla medio palmo; no es suficiente, hay que empujar otro poco. De pronto un quejido inmoviliza a todos, es Heriberto, uno de los soldados visigodos, quien ha emitido tan lastimero grito.

- Apenas puedo moverme, tengo agarrotados los músculos, tampoco puedo girar bien la cabeza. Me duelen muchísimo los brazos y las piernas.

- Será algún tirón por el esfuerzo –piensa al principio-, ya se me pasará.

Se queda quieto un rato, apoyado en el respaldo de uno de los desvencijados bancos, pero nota que lejos de pasarse el dolor va a más.

Le ayudan a bajar hasta la fortaleza pues apenas se sostiene, por lo que entre Hermene y Ubaldo forman una silla con sus brazos y lo bajan sentado en la improvisada silla.

Amalasunta se ha fijado en la expresión de su cara, tiene una mueca que ha visto con anterioridad, cuando era pequeña y todavía vivía su padre. Teodorico la llamó risa sardónica, las personas que padecen esa enfermedad tienen pocas probabilidades de curación, decía. Los primeros síntomas son dolor de cabeza, inquietud y contracción muscular para después encajarse la expresión de la boca, como si rieran; en realidad esta risa es muy dolorosa y apenas pueden hablar. Aparecen convulsiones. La muerte llega por asfixia cuando la rigidez alcanza la caja torácica.

Ya en la fortaleza Sofía quiere poner el catre de Heriberto junto a la chimenea para que no pase frío,  Amala prefiere que esté en una habitación oscura y ventilada pero antes hace unas preguntas a Heriberto que pese a todos los dolores y convulsiones no ha perdido el conocimiento.

- Contéstame moviendo la cabeza, no debes hablar pues te dolerá más y se te encajará más la mandíbula. ¿Tienes alguna herida?

El visigodo contesta con movimientos afirmativos de cabeza.

- ¿Dónde? –pregunta la Reina que algo barrunta; siempre le han gustado los estudios de medicina y ha leído todos los tratados que han caído en sus manos: Hipócrates, Galeno; el Tratado de Alejandro de Tralles que ejerce en Roma y con el que ha mantenido fructíferas conversaciones epistolares y en persona las pocas veces que ha estado Roma; los escritos de de Aetius y el Tratado de Medicina y Cirugía en sesenta rollos de Oribasius, que fue médico de Juliano el Apostata, entre otros. En su gran biblioteca de Rávena hay una pared llena de pergaminos sobre medicina.

Heriberto señala su pierna, la Reina pide una espada para cortar el ceñido pantalón de piel, cuando lo corta aparece la pierna hinchada por la herida infectada; un poco más arriba del talón tiene un corte que supura abundantemente, un líquido espeso amarillento verdoso inunda la herida.

- Qué brutos sois, estás con esta herida y ni siquiera te la has vendado un poco, seguramente ni sepas cuando te la hayas hecho. Hay que limpiar bien la herida, Sofía, pon a hervir un poco de romero en abundante agua, vamos a ver si podemos curarte.

Heriberto, al que le es cada vez más doloroso hablar por tener la boca completamente encajada con la risa sardonica, como si hubiera comido la venenosa planta. Ante la pregunta de Amala ha negado con la cabeza haber comido planta alguna por lo que se descarta el envenenamiento. Los gestos que hace el soldado son como de pelea, como si blandiera una espada, quiere expresar algo pero nadie lo entiende.

- ¿Sabes escribir –pregunta el sacerdote, pensando en comunicarse con la pluma.

Niega con la cabeza –está pesaroso por ello pero nunca ha tenido la oportunidad de aprender y piensa que la Reina tiene razón al obligar a todos los niños a leer y escribir.

- No pasa nada –lo tranquiliza Amala que va a la cocina para ver si ya está hirviendo el romero.

Mientras esperan, Heriberto sigue blandiendo la espada en el aire, hasta que el Toletano se da cuenta de lo que quiere decir.

- Ya sé, quieres decir que te hirieron cuando nos atacaron los ladrones y murió nuestro dux ¿es eso?

El soldado afirma con la cabeza.

Esperan otro rato grande hasta que el romero haya hervido y trasladado al agua sus cualidades antisépticas. Tumban al soldado en la mesa de la sala de armas y cuando Sofía lleva el agua y unos trozos de lienzo limpio Amala comienza con mucho cuidado a limpiar la herida. Primero sale gran cantidad de pus entremezclado con hierbajos, después agua sanguinolenta y cuando parece que ya está limpia toda la herida sale un trozo de hierro con un acumulo de pus pastosa. Es un trozo de espada, seguramente del que lo hirió. Amala hace una pequeña muñequilla con trozos de lienzo suave, la moja en agua y la introduce en la herida para que salgan todas las impurezas. Una vez limpia la herida venda la pierna y manda a los soldados subirlo a la habitación contigua a la suya y lo tiendan en el lecho, así Amala podrá vigilar su evolución.

- Debes reposar y estar lo más tranquilo que puedas, estaremos todos atentos por si necesitas algo, como no puedes hablar, te dejamos esta campanilla para que nos  llames; en caso de no poder tocarla, simplemente la empujas para que caiga al suelo.

Bajan preocupados por la extraña enfermedad de Heriberto, Amala propone hacer guardia sin que se entere el enfermo, por si necesita algo. Cada tres horas sube la Reina para controlar la evolución de las convulsiones.

Discuten, junto a la chimenea, sobre la clase de enfermedad que es, se trata de una rara dolencia, sin embargo algunos sí que han visto algo parecido con malos resultados.

- ¿Y si traemos un trozo de hueso de Cristina? A lo mejor se realiza el milagro y se cura –quien lo propone, como es lógico pensar, es el sacerdote.

- Id vosotros, yo me quedo a vigilar –dice Amala recordando la última vez que ha estado junto a un enfermo, tan sólo hace unos meses, en cambio a ella le parece que han pasado años cuando Atalarico murió.

Queda sola en la fortaleza, va a por la pluma, el tintero y el pergamino, quiere entretener su mente para que no vague por los mundos inapropiados de dolorosos recuerdos o de reproches. Se sienta en su mesita, junto a la ventana y comienza.

“Noto cercana la presencia de Atropos, escucho el chasquido de sus tijeras, no sé si viene por mí o el hilo que cortará será el de Heriberto. En caso de ser el mío, me gustaría poder estar ven paz con los míos, quiero que estos deslavazados pergaminos que estoy pergeñando sean entregados a mi hija en el caso de que sea yo la elegida. Estoy influenciada por los descubrimientos de los enterramientos y veo a la muerte por cualquier rincón, o será mi estado de ánimo que no es demasiado optimista. Te quiero mucho, Matasunta, siempre lo he hecho y si no lo has notado, te lo digo ahora, ojala pudiera decírtelo en persona para que no tuvieras duda alguna. Siempre has pensado que quería más a tu hermano por ser el rey y has sentido el mordisco de los celos. La sacrosanta verdad es que os he querido a los dos por igual. Os quiero a todos los que sois mis amigos, a ti, Casiodoro, mi amigo y colaborador, Marcelina no hace falta decírtelo, porque ya lo sabes, además te encargo que cuides de mi hija como lo has hecho conmigo. También os dejo el encargo de cuidar mis perros, mis caballos y mis aves.

No quiero engolfarme en ideas tristes, además no son tan tristes, si no vuelvo a Ravena pensad que sigo en la isla, porque eso es la muerte, estar en otro lado, sin poder ver a los seres queridos.

Todos sabéis que no creo mucho en la otra vida y que el cielo como recompensa o el infierno como castigo pienso que los llevamos nosotros dentro con nuestra actitud.

La juventud por lo general es generosa, ingenua, confiada, esperanzada, he aquí el cielo; conforme vamos cumpliendo años esos maravillosos valores se tornan en  rencor, miedo, egoísmo, manipulación, ambición y deseo del mal ajeno, eso es vivir en el infierno. Cuando hacemos el mal nos salpica en forma de tormento interior; al igual que cuando hacemos el bien también revierte en nosotros como tranquilidad de espíritu, alegría y momentos de felicidad.

Hija mía, tienes que procurar mantener los valores de tu juventud, cultivar tu espíritu con la lectura, no dejar que entren en tu corazón el desánimo, el rencor ni el egoísmo, sólo te conducirán a la infelicidad.”

Oye moverse a Heriberto, deja la escritura y sube a ver cómo está, se acerca despacio, de puntillas para no  molestarlo, se asoma un poco.

- Agua, quiero un poco de agua –pide el enfermo.

Baja a por un cacillo con agua y enseguida vuelve, pero se da cuenta de que sigue con la boca encajada y no puede sorber.

Un momento –le dice al enfermo-, va a por más trozos de lienzo que moja en el agua para escurrirlo en la boca del soldado.

- Gracias –dice Heriberto; apenas se le oye.

Amala se queda en la habitación que permanece oscura, se sienta en un taburete y observa callada las convulsiones del enfermo. Al rato escucha a los demás que vuelven de la iglesia, sale de la habitación, les ruega que hablen bajo.

- ¿Habéis encontrado algo?

- Sí –contesta el sacerdote entusiasmado-, el esqueleto está intacto, el pelo, la calavera y hasta trozos de la vestimenta. Está en perfecto estado.

- ¿Habéis traído algún hueso? –a Amala le da un poco de grima todo el asunto de los huesos y en general cualquier reliquia.

- Pues sí, hemos traído dos pequeños huesos de la mano derecha.

-Entonces, ahora ¿qué se hace?

- Nosotros hemos rezado en la iglesia por la pronta curación de Heriberto, ahora se pone debajo del colchón o cerca de él la reliquia para que surta su efecto.

Acto seguido el sacerdote sube a la habitación y mete bajo el colchón del enfermo los dos pequeños huesos de la niña mártir.

- Ahora sólo hay que esperar –dice ufano.

- Deberíamos hacer cocimientos de algunas hierbas que haya en la fortaleza o  por el campo, para que no tome sólo agua –propone Sofía, Amala se recrimina no haberlo pensado ella.

- Tienes muchísima razón, Sofía, ¿qué es lo que tenemos en la fortaleza?

- Poca cosa, sólo hay manzanilla y otras hierbas que creo que son salvia y romero.

- No, la salvia es para la menstruación, con la manzanilla valdrá y si hay espliego afuera también, ambos son tranquilizantes.

Cuecen en bastante agua la manzanilla seca y el espliego que han cogido de la isla dos soldados. Una vez bien cocido lo cuelan en dos jarras para tener de reserva.

Así va pasando el resto del día y de la noche, Amala se queda parte de la noche vigilando la evolución de la enfermedad que sigue prácticamente igual. De vez en cuando el enfermo se desvela por la fiebre, que le hace tener pesadillas repetitivas, durante toda la noche; siempre la misma pesadilla, siempre la misma pesadilla, una y otra vez, como una cinta sin fin. Cuando Amala ve al enfermo medio despierto aprovecha para hacerle beber un poco de la cocción de manzanilla y espliego, después se adormila otro rato, a veces parece relajado.

Amala se entrega a su pasatiempo favorito, fabular, imaginar, dejar que los pensamientos vayan de un sitio a otro sin control. Cuando ve que esos pensamientos se convierten en remordimientos trata de arrinconarlos y volver a sus retahílas de siempre, Ravena, Hispania, Bizancio; se imagina que en todos esos lugares le ocurren situaciones maravillosas, en Ravena sí que le han ocurrido y simplemente las recuerda. Las moiras han mezclado muchas hebras de oro para hilar el hilo de su vida; hebras negras ha habido pocas, aunque intensas, en general no se puede quejar.

Cercana el alba se levanta Sofía y sustituye a la Reina para que descanse un poco.

Es buena señal que los espasmos no vayan a más, parecen estabilizados, lo que hace albergar esperanzas. El enfermo pasa el día inquieto, pero lo pasa, que es lo importante –dice Sofía-; se turnan entre todos y siempre que pueden le dan unas gotas de la cocción.

Amala necesita soltar la tensión que nota por todo el cuerpo, aprovecha que el sacerdote está de guardia para salir un poco al aire libre. Hace un día magnífico, luminoso, tranquilo. Pasan grandes bandadas de pájaros en dirección norte desapareciendo tras las casas de Volsinii, desde la isla parecen diminutas manchas de cal espurreadas sobre la gran mancha verde de prados y bosques. Sigue la dirección de los pájaros y corre para alcanzarlos sabiendo que es imposible. Agotada por la carrera, vuelve mansamente a la fortaleza. Ahora podría alcanzar la otra orilla nadando, el agua no está demasiado fría. No lo hace, los soldados personales de su primo están acechando y no quiere dar motivos al bizco, aunque sabe que no le hacen falta motivos para asesinarla.

Al amanecer del día siguiente por fin el enfermo comienza a notar un poco de mejoría, al menos puede cerrar y abrir despacio la boca sin que le duela espantosamente, no puede todavía sorber pero sí articular algunas palabras. Sus compañeros lo celebran brindando con vino si aguar, todos están contentos, parece que la crisis ha pasado.

- Vamos a brindar, Félix –propone Hermene al sacerdote-, lo peor parece que ha pasado. Te veo un poco mustio ¿qué pasa?

- Nada –contesta-, estoy contento por la curación de tu amigo, pero un poco decepcionado porque no sé si ha influido la reliquia de la mártir. Lo lógico sería que si hubiera sido un milagro, se habría producido la mejoría total, súbitamente, no poco a poco, como parece que está sucediendo.

- Lo importante es que parece que está mejor. No te desesperes, quien sabe cómo cura la reliquia, ¿no decís vosotros que los caminos del Señor son inescrutables?

- Tienen razón, seguramente sea la reliquia la que esté curando a Heriberto, soy demasiado impaciente, a pesar de los años no aprendo.

A media tarde, después de la comida, el enfermo pide que se le baje a la sala de armas para estar con los demás; Amala, que se ha erigido en su enfermera, accede y entre cuatro compañeros lo bajan, con catre y todo, para que esté más cómodo. Bajo el suelo de esa estancia pasan los canales del hipocausto por lo que el calor traspasa el colchón de paja llegando hasta el enfermo, que lo agradece.

- Gracias –masculla despacio-, gracias a todos por haberme cuidado, gracias, Señora, te he visto durante la noche junto a mí a pesar de haber venido a la isla como tu carcelero. Lo que no me gusta es que me hayáis recortado la barba y el bigote.

- Déjate de tonterías, te prohíbo que hables más, quién sabe si la enfermedad ha dicho todo lo que tenía que decir. Hay que ser cautos. En cuanto a tus barbas, ha habido que hacerlo para poder darte de beber con el lienzo, tanto pelo nos estorbaba. En unos pocos días ya te habrán crecido otra vez.

- La impaciencia es mala –apostilla Félix-, lo dice un impaciente.

- Mejor hablamos de mujeres, con tu permiso, Señora –es Sisenando quien propone hablar de algo de lo que todos saben algo, incluido el joven Toletano.

- Lo tenéis, me voy a mi mesa a repasar y ordenar un poco lo que he escrito, os dejo hablar de lo que queráis, menos a Heriberto que no le dejo hablar de nada, ni siquiera por señas. El soldado sonríe agradecido a la Reina ante su firmeza; es disciplinado y promete estar callado, como si fuera mudo.

Amala se sienta, cansada, ante su mesita de escribir y desenrolla el pergamino para ver si puede dar algo de forma a lo que tiene escrito. Hace un esfuerzo para concentrarse, no se entera de lo que lee, por mucho que lo intente sólo llega a la tercera palabra, a partir de ahí su imaginación comienza a volar a cualquier lugar del mundo. Se ve caminando deprisa por una de las muchas estrechas calles de Bizancio y abriendo la puerta de la que es su casa, una sombra parece perseguirla aunque no llega a alcanzarla. Acto seguido está en su añorada y desconocida Hispania, junto a Eutarico y a sus hijos, aún pequeños. En Hispania se siente a salvo, el rey Teudis la ha aceptado en la corte de Toletum y le regala tierra donde ella quiera para vivir tranquila con su familia. Como es lógico elige vivir en Amaya.

Desde su mesita se oye perfectamente la conversación de los soldados y, sin ella querer, acaba escuchando las procacidades típicas de la soldadesca. Todos son iguales –piensa-, da lo mismo que sean soldados godos, vándalos, patricios, romanos, todos son hombres y piensan sólo en dos cosas, las mujeres y la guerra, aunque el orden no sea siempre el mismo.

Se fija en el grupo y ve a Sofía santiguándose y a Félix muy callado, pero no se van; mucho escándalo, mucho rezo pero siguen sentados escuchando. Una de las palabras que más usan los soldados es “tetas”, o “grandes tetas”, conversan ayudándose de gestos, también obscenos, que sin embargo a Amala le hacen gracia. Los gestos también son universales.

 

Cenan pronto y suben a Heriberto a su habitación, todavía no se puede tener de pie. Las convalecencias a veces suelen durar más que la propia enfermedad y él aún no ha llegado a la convalecencia. Cuando lo dejan arriba pide a la Reina que se quede un rato junto a él, a lo que accede Amala gustosa.

- No me riñas, Señora, ya puedo hablar mejor, de todas formas hablaré bajo para no forzar la voz.

- Tranquilo, no te reñiré, voy a tener la sensación de parecer una abuela gruñona.

- Quiero decirte que tu presencia ha sido un consuelo para mí. El miedo que tenía a morir ha desparecido cuando en ese duermevela nocturno abría los ojos y te veía sentada. Eres una buena persona, Amalasunta, reina de los ostrogodos, y quiero ayudarte a escapar de la isla para que recuperes tu trono o hagas lo que quieras. Lo hablaré con mis compañeros, seguro que me apoyarán, si no fuera así, no importa yo solo te ayudaré. Cuando me encuentre mejor y pueda sostener el mandoble con las manos nos iremos de la isla. Hay que calcular cada paso para no fracasar. En los pueblos del lago hay soldados vigilando según nos dijo Teodato, se ve que no se fía mucho de nosotros. Hace bien.

Amala se sorprende gratamente con la propuesta de Heriberto y le da las gracias con un beso en la frente, inmediatamente los ojos del visigodo se llenan de vida.

- Ahora a descansar y tratar de dormir lo mejor posible.

Ya en su habitación piensa en la propuesta de Heriberto, no estaría mal que llegara a Rávena escoltada por soldados visigodos, arrianos convencidos. Iría directamente a por su primo, pero no lo encarcelaría sino que directamente lo mandaría matar. El golpe de efecto estaría dado, sabe que en esos casos la mayoría del ejército y cortesanos se decantan por el supérstite, también le consta que sigue teniendo muchos partidarios suyos. No olvida que hay algunos nobles partidarios acérrimos de Teodato, a éstos los mandaría arrestar y ya vería.

Otra cosa que podría hacer es no ir  a Rávena, ir directamente al sur, a Sicilia,  llamar a Belisario, que desde la victoria sobre los vándalos permanece en el norte de África, muy cerca de las costas sicilianas, explicarle la situación para marchar península arriba, derrotar a Teodato, y por supuesto ejecutarlo. Tanto en un caso como en el otro si quisiera seguir en el trono debería tomar esposo, al menos para acallar a los nobles; como es lógico el gobierno seguiría en sus manos, y ¿quién mejor que un bravo visigodo como consorte? Ese visigodo puede ser de nacimiento humilde, lo importante es que su corazón sea grande y noble y da la casualidad que conoce a uno con esas características. Como hombre es muy atractivo, un verdadero godo de anchas espaldas. Entre tantas ensoñaciones y pensamientos  se queda dormida sin darse cuenta.

Al día siguiente la mejoría del visigodo es palpable, por lo que el sacerdote no para de achacarla a la reliquia de Cristina.

- No ha sido fulminante, como dicen por ahí que sucede, pero sí efectivo. Estamos ante un verdadero milagro y cuando yo sea sacerdote de estas dos pequeñas islas mandaré hacer un altar para venerar a la santa. Ya sé, el papa y la Curia Romana tienen que declararla santa, pero eso es fácil, cuando sepan este milagro y el de la curación de la vieja que recobró la vista, seguro que la hacen santa –al sacerdote también le gusta fantasear.

- El caso es que el enfermo está en vías de curación –contesta mecánicamente Amala con la mente en otra cosa.

Bajan al enfermo para que pase el día entretenido, ya puede hablar con bastante fluidez y hasta se ríe con cualquier cosa. Ha tenido la muerte muy cerca, le ha visto la cara y ha sentido mucho miedo; ahora, que se encuentra mejor, sin apenas convulsiones, le parece todo mucho más bonito, la gran sala de armas es alegre, la chimenea muy bonita, sus compañeros son magníficos, Sofía es una excelente cocinera, Félix un sacerdote muy comprensivo y caritativo. De  Amalasunta ¿qué va a pensar? Es una especie de ángel en el cuerpo de la mujer más guapa del mundo. Se siente feliz porque se está curando y no le duelen apenas los músculos, ni tiene encajada la mandíbula, se siente feliz porque sigue vivo.

Amala quiere quedarse a solas con él para hablar de SU tema, comprobar si sigue pensando lo mismo o si fue un delirio, pero le es imposible, todos quieren hablar con Heriberto, por lo que decide salir y sentarse en los escalones de acceso a la torre; coge un poco de grano de uno de los cobertizos, lo esparce a su alrededor e inmediatamente acuden ansiosas todas las aves; incluso hay una oca, la más confiada, que come directamente de su mano.

Después de la comida, con el trajín de Sofía en la cocina como música de fondo y la somnolencia de los soldados y del sacerdote, aprovecha para charlar un poco con Heriberto.

- No quiero parecerte ansiosa, sólo quiero saber si lo que me dijiste anoche sigue en pie o te parece una tontería. Comprendería el que no quisieras hacerlo.

- ¡Señora!, me ofendes que me tomes por un veleta, por un hombre sin palabra.

- No era esa mi intención. Compréndeme, Heriberto, estoy en una posición delicada, ¡qué digo! Más que delicada, vivo con una espada sobre mi cabeza, que no sé ni si caerá, ni cuando lo hará, no sabes cuánto desgasta esta incertidumbre en la que vivo desde que estoy prisionera. Sé que eres un buen godo y que mantienes tu palabra, pero ya te digo…

- Ni ya te digo ni nada, cuando esté bien del todo, a este paso será en dos o tres días, nos iremos todos donde te plazca, si el sacerdote y Sofía se quieren quedar, que se queden, esta tarde tantearé a mis compañeros.

 

                                                   

 

                                                               30 de abril de 535

La taberna Tiberíades tiene siempre una mesa reservada para los cuatro jóvenes que acuden noche tras noche a cenar y preparar la estrategia para realizar su venganza. Se han trasladado a una mesa apartada, donde no puedan ser escuchados; tampoco les importa demasiado que le vayan con el cuento a Teodato, saben que él incluso los apoyaría, tan seguros están de los sentimientos de su rey.

- Debemos partir de Rávena por separado para reunirnos en un punto que decidamos.

- ¿Por fin lo haremos con nuestras propias manos?

- Por supuesto –dice Sisebuto mirando al más joven de los conjurados, Ediulfo, hijo de Gumersindo-, si no te atreves es mejor que no escuches el plan. Así que decídete.

- Me quedo, no será la primera vez que mate con mis propias manos –dice ufano Ediulfo, no quiere ser considerado ni cobarde ni traidor, aunque en su fondo le repugna un poco matar a la Reina, por mujer y por reina. Al fin y al cabo su padre le dijo que todos los reyes son el primero entre los pares ganándose el título por méritos en la lucha, por ser hombres sabios o por otro mérito reconocido en el consejo de los dux. Es cierto que Amalasunta aporta pocos méritos, haber sido madre del rey y ser una persona con grandes conocimientos; Ediulfo no sabe si tener grandes conocimientos significa ser sabio. En todo caso es mujer y está de acuerdo en que eso la incapacita para gobernar bien, pero matarla…, le parece ir demasiado lejos. Sólo un rey puede asesinar a otro –decía su padre-, cosa distinta es matarlo en batalla.

- Bien –sigue Sisebuto, el cabecilla de la conjura-, me alegro de que decidas seguir con nosotros, así podremos charlar por el camino. Lo mismo que le he dicho a Ediulfo, os digo a los demás, este es el momento de marcharse.

Nadie se mueve de la mesa, se miran de reojo para observar sus caras y encontrar alguna mueca de reparo, mas las caras de los conjurados parecen haberse vuelto de piedra, nadie quiere demostrar lo que piensa o siente. Tras unos segundos de silencio Gundemaro alza su vaso y propone un brindis.

- Por el éxito de la empresa.

- Que así sea –contestan los demás con los vasos en alto.

Después del brindis llegan los preparativos que son interrumpidos por uno de los esclavos de Sisebuto, su esposa está de parto y le llama con urgencia junto a ella. Es su primer vástago.

- Dice la señora que tiene miedo de morir y necesita verlo –el esclavo se aturrulla pero acaba entendiéndose el recado.

- Tendrán que posponerse los preparativos para mañana, es mi primer hijo y quiero ser quien primero lo sostenga entre mis brazos. Mañana nos volvemos a ver aquí, si no pudiera venir por algún motivo extraordinario, os lo haré saber.

Con la partida de Sisebuto se quedan todos un poco desangelados sin saber qué decir, la conversación se vuelve intrascendental, el alma de la idea (no les gusta llamarlo conjura o conspiración) es Sisebuto, sin él no pueden planificar nada por lo que deciden terminar el vino sin agua y marchar cada cual a su casa.

Al día siguiente los amigos de Sisebuto, intranquilos, se acercan a casa de éste para saber si por fin ha sido padre; precisamente en el momento que llagan acaba de nacer su hijo, al que todavía no ha pensado cómo llamarlo. Ha sido un parto largo y costoso que casi se lleva a la madre por delante. Por suerte no ha sido así –piensa el orgullosos padre-, ama a su esposa desde el primer momento que la vio en Roma. La esposa de Sisebuto es una noble de origen latino, y el suyo uno de los primeros matrimonios celebrados tras la derogación de la ley que prohibía los matrimonios mixtos. No, si Amalasunta  gobierna bien el reino y tiene buenas ideas –piensa de vez en cuando Sisebuto-, pero mandó matar a mi padre y eso no tiene perdón. La excusa que puso para llevar a cabo tan horrible crimen fue decir que mi padre y los otros conspiraban contra ella ¡mentirosa!, Teodato nos ha dicho que no conspiraban contra ella, simplemente no estaban a gusto regidos por una mujer, es su propio primo quien lo dice. Y vuelve con más ahínco a la idea de la venganza.

Esa noche se reúnen todos los conjurados en la taberna alrededor de su mesa para perfilar el plan.

- He estado pensando que podemos quedar para vernos en Forum Livii, o en Ariminun –esta vez es el hijo de Ubaldo quien comienza a hablar, Sisebuto está un poco despistado con su estrenada paternidad y no consigue centrarse como suele hacerlo-, los dos lugares están bien. Saldremos tal y como se había acordado, cada cual por un lado para que nadie relacione el viaje.

- Tardaremos unos cuatro o cinco días –interviene Gundemaro-, en el caso de que espoleemos bien a los caballos y los cambiemos por otros de refresco. Lo sé porque yo he hecho alguna vez ese trayecto, tengo un hermano que vive cerca del lago