DIARIO DE BURGOS 10 ABRIL DE 2021

Texto: J. Ángel Gonzalo

Fotos: Miguel Ángel Valdivielso

 

No lejos de la legendaria Peña Amaya y casi pegada a Peña Castillo se alza la maciza mole caliza de este sinclinal loriego que domina el valle de Valdehumada. Albergó uno de los mayores castros prerromanos europeos.

 

  La legendaria Peña Ulaña, no lejos de la soberbia Peña Amaya, es otro de los enclaves, sin duda, más míticos dentro de la arqueología y la historia del norte de España. Esta increíble atalaya natural, situada entre las localidades de San Martín de Humada, los Ordejones y la propia Humada se asemeja – es ineludible la comparación – a un enorme transatlántico varado en un verde más interior. A lo largo del recorrido se abren unas impresionantes vistas panorámicas sobre los paisajes cercanos y además se puede observar una rica y variada flora y fauna adaptadas a vivir en las duras condiciones que estas peñas imponen. Buitres, águilas y otras rapaces diurnas y nocturnas, anidan en los cantiles por lo que es importante no acercarse a los cortados en época de cría. Hay que tener también en cuenta que estamos en la Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA Humada-Peña Amaya), además de Lugar de Interés Comunitario (LIC). Estas son las dos razones por las que esta área del Geoparque de las Loras se ha librado del impacto visual de esos altos aerogeneradores que se otean en el infinito paisaje.

 

Geológicamente hablando, la Peña de la Ulaña es un típico sinclinal colgado que se eleva unos 230 metros sobre el terreno circundante, pero ahí arriba, en esa elevada plataforma y en sus cinturones escalonados, se esconde un castro datado en la segunda Edad del Hierro, y que tuvo ocupación altomediefal. Esas casi seiscienta hectáreas que ocupa le convierten en el mayor de la Península y uno de los mayores de Europa, como apunta Nicolás Gallego, geólogo y miembro de la Asociación para la Reserva Geológica de Las Loras (Argeol), que nos acompaña de nuevo en esta descubierta viajera por tierras de Amaya. Aunque la ruta más cómoda parte del pueblo de San Martín de Humada, existe otra más esforzada, por los cortados de Peña Ulaña, junto a las ruinas del molino del tío Bernabé, en Ordejón de Abajo. Además de aceña, posta y parada de coches de línea fue, como recuerdan, incluso paritorio de urgencia para muchas embarazadas sin tiempo para dar a luz en sus casas.

Las cristalinas aguas del potente manantial del arroyo de los Ordejones surgen sobre las rocas a pocos metros del molino, y eran desviadas por el cauce molinar y remansadas en una alargada balsa. Arriba, libre de maquilas aún, el arroyo discurre por la ladera de este bello sinclinal, acompañando con su rumor el ascenso a Peña de la Ulaña. Utilizando una improvisada pasarela de madera, que sustituye al pasadero hecho de piedras, discurre también una senda que conduce a la espectacular torre natural de Peña Castillo, una solitaria lora desprendida ligeramente de la faja rocosa que protege en todo su perímetro de Ulaña. Albergó – de ahí el nombre- una alta fortaleza que dominaba el valle de Humada, cabeza del alfoz de los Ordejones. Nunca se encontró – a pesar de las catas y excavaciones realizadas – el pellejo de cuero con las monedas de oro que dicen que estaba escondido en sus entrañas, pero la leyenda del tesoro sigue viva en la comarca. No lo busquen con detectores de metal si no quieren acabar en el cuartel de la Guardia Civil de Villadiego porque – al igual que la Ulaña – es zona arqueológica protegida. En medio de dos gigantes el cantil parece inexpugnable, pero es inexpugnable, pero es accesible por, eso sí, un empinado sendero que rodea Peña Castillo, que presenta un punto débil en el costado norte. Por una grieta se accede a la meseta donde hay evidencias de que también existió un castro celtibérico y asentamiento romano cántabro, anterior al castillo medieval.

Senderos naturales

Volviendo a los cortados de la Peña de la Ulaña, un escarpado y bello sendero natural, en algunos tramos excavado en la roca, y en el que no faltan masas boscosas y roquedales, permite acceder a esta emblemática lora. Por una y otro ruta, el caso es plantarse en la meseta superior de este castro y tener la suerte de que la niebla no la cubra, porque es especialmente querenciosa con ella, según cuenta Nicolás Gallego. Relata que en verano ha habido días en que los que ha subido abrigado con ropa de invierno porque el aire, por estos lares, además pega fuerte. Por cierto, hay un vallado de alambre de espino que hace de mojón entre los términos de los Ordejones y San Martín de Humada, pero tiene accesos.

En la rocosa planicie son aún visibles y detectables, a pesar de su ruina, los paños de la muralla de piedra que se elevó allí donde la peña no era inexpugnable. Desde el sur resulta orográficamente casi imposible alcanzar la plataforma a lo largo de tres kilómetros, ya que existen una serie de farallones naturales que en muchos casos alcanzan los 60 metros de altitud. El castro y el “cinto” se estima que tenían una extensión total de 586 hectáreas, de las cuales 285 se desarrollan en la meseta y las restantes pertenecen a la vaguada exterior que conectan con la parte más “baja” del yacimiento, donde, por cierto, se han encontrado algunos restos arqueológicos. Las excavaciones realizadas hasta 2012 por equipos de la Universidad de Cantabria han permitido descubrir vestigios cerámicos y metálicos – una fíbula de bronce, un regatón  de hierro, un denario de Turiaso, … - de ese largo pasado. Algunos objetos y materiales hallados se encuentran en el Museo de Burgos. Hoy las catas y depósitos investigados están protegidos por tierra y es que en esta zona, a pesar de estar declarada Bien de Interés Cultural desde 2006, ha sido objeto de numerosos expolios.

Los investigadores cuentan que hubo una muralla transversal de unos 257 metros aproximadamente, con una anchura de 3.5 metros. Se cree que la altura podría oscilar entre los cuatro y cinco metros. Nada de acarrear ni trabajar la piedra, con la caliza de la alta paramera y un relleno de cantos – y si acaso algo de arcilla como socorrida argamasa – se construyeron estos paños y las casas de las que hoy sólo se conservan algunas ruinas.

A un centenar de metros del aparcamiento, valladas, se elevan al cielo un enjambre de antenas, junto a una construcción. Más al fondo se halla la basa del punto geodésico (1.126 metros), pero en el medio del pedregal – de punta a punta de la plataforma de la peña hay cinco kilómetros – si se observa con atención se ven las estructuras habitables dispersas por la altiplanicie. Se han encontrado caso trescientas. Las excavaciones realizadas han permitido considerarlas como prerromanas, existiendo una gran variedad en cuanto a su forma. Algunas son ovaladas, otras rectangulares o circulares incluso se han hallado algunas en forma de la letra griega “pi”. Tanto la muralla transversal, que divide en dos el castro como en el flanco sudeste, se aprecian estructuras tumulares de piedra que pudieran ser necrópolis de la Edad del Hierro.

A lo largo del recorrido, desde distintos miradores se puede disfrutar, asomados con precaución a los cantiles, unas magníficas vistas panorámicas de toda la comarca oeste burgalesa, Las Loras, por supuesto – y la nevada Montaña Palentina así como los altos picos de la Demanda -  en una día despejado. Un atractivo adicional y que tiene que ver con la luz solar es que, dependiendo de las horas, cambia y mucho la visión. Este sinclinal colgado cuenta con algunoz chozos de pastores que están reconstruyendo vecinos de San Martín de Humada por prestación personal. No hay otros refugios aunque, según comentó Nicolas Gallego, hay un proyecto para rehabilitar en el futuro unos de los pequeños edificios para este uso. Esta cima, una gran superficie  prácticamente plana, está salpicada de pequeños bosquetes de encina y pinos de repoblación, incluso en la entrada, sobre la roca, se puede ver un pequeño tejo que lucha por sobrevivir. Además hay una pequeña laguna que está al albur de las lluvias. Además, en los cielos es fácil  contemplar el pausado vuelo de los buitres leonados, alimoches, milanos, … y, si acaso, la majestuosa y elegante silueta del águila real aprovechando las corrientes cálidas. Corzos, jabalíes, gatos monteses y zorros también habitan a ras de tierra en estos lares. La peña de La Ulaña no sólo esconde en sus entrañas ese castro prerromano, su secreto mejor guardado, es también una lección de geología y de naturaleza además de un magnífico mirador natural. Las cristalinas aguas del potente manantial del arroyo de los Ordejones surgen sobre las rocas a pocos metros del molino del tío Bernabé.

Situación

El municipio de Humada se encuentra situado en el noroeste de la provincia de Burgos, en la comarca de Páramos. Dista tan sólo 20 kilómetros Villadiego y a 59 kilómetros de Burgos. En sus 85,19 kilómetros cuadrados, además de Humada, que es la capital, suman territorio como pedanías: Congosto, Fuencaliente de Puerta o Fuencalenteja, Fuenteodra, Los Ordejones – formada por dos localidades: Ordejón de Abajo o Santa María y Ordejón de Arriba o San Juan – así como Rebolledo de Traspeña, San Martín de Humada y Villamartín de Villadiego. Entre todos suman un censo de 158 habitantes. Desde 2017, el municipio se encuentra incluido en el Geoparque de Las Loras, el primer geoparque de la Unesco en Castilla y León. Humada atesora una bella ermita románica, que suma a las iglesias de San Julián, en Rebolledo de Traspeña, y de San Martín, en San Martín de Humada. En la zona se dispone de varias casas rurales así como de restaurantes para descansar y disfrutar de la rica gastronomía, especialmente en Villadiego, cabecera de la comarca.

 

Entre peñas y verdes valles

El geoturismo es un concepto relativamente novedoso y bastante desconocido entre muchos senderistas, pero está en un momento de auge tras la declaración por parte de la Unesco como Geoparque Mudial de Las Loras.

Las características geológicas de un lugar no son menos interesantes que su medio ambiente, su patrimonio y su cultura. El sentido de lugar importa y también conocer a fondo el territorio. Para conocer todos los atractivos geológicos, naturales, históricos y también etnonógicos nada mejor que visitar en Villadiego en centro de intrepretación y recepción de visitantes del Geoparque de Las Loras, que además de ser el motor dinamizador es un auténtico escaparate de los múltiples atractivos y las posibilidades para realizar senderismo y otras actividades en los 16 pueblos de Burgos y Palencia incluidos en su demarcación.

La planta baja es una suerte de puerta de entrada al geoparque, puesto que está diseñada como una gran sala de usos múltiples para acoger exposiciones itinerantes, charlas, talleres y todo tipo de actividades de promoción y divulgación.

La primera planta es un espacio multimedia, con paneles informativos y audiovisuales en los que se explicarán al visitante todos los contenidos e historia geológica de un territorio único como el de Las Loras. Hay espacios también museísticos en el que se muestran fósiles. Nicolas Gallego es uno de los miembros de Argeol que están dispuestos a enseñar, aunque eso sí, cuando se levantes las medidas restrictivas sanitarias a causas de la pandemia.

En este mosaico de páramos descarnados, vallejos profundos, cascadas, montañas con el perfil de chinchetas y laderas de estratos a la vista, capa sobre capa, como si los hubiera montadola mano de un maestro pastelero, destacan las loras de Amaya, la Ulaña y Peña Castillo. Las tres son piezas fundamentales del Geoparque Mundial de la Loras y ejemplos antológicos de estos sinclinales colgados y del relieve que originan, pero hay más peñones que apuntan al cielo, entre ellas la de la Santa Cruz (1.096 metros), que se eleva en el corredor de los Ordejones. No tiene el predicamento de sus hermanas, pero este peñón posee también sus encantos porque albergó, al igual que el resto, un castro en la Edad del Hierro y ocupación romana. El acceso natural es por Ordejón de Arriba, que antaño figuraba en el nomenclator como San Juan (Ordejón de Abajo se llamaba Santa María, por cierto). Es la ruta más sencilla y cómoda al decir de los senderistas y deja a un lado la loma de Las Navillas. Una vaguada – sinclinal dicen los geólogos – se extiende entre las dos crestas y por ella se accede a la planicie de la cumbre, desde la que se abre unas panorámicas magníficas del valle de Humada y de toda la comarca.

El entorno natural de Las Loras no se termina en estas impresionantes formaciones rocosas sino que tienen en el agua otro protagonista. Además de la Yeguamea hay una veintena de surgencias más en la paramera loriega. En estos altos parajes nacen numerosos ríos como el Odra, Brullés, Lucio y Villela, todos pertenecientes a la cuenca del Duero en el que desembocan a través de su principal afluente, el Pisuerga, mientras que el Hormazuela y el Úrbel lo hacen a través del Arlanzón. Y por el norte el río Hurón que se convierte en Barrio Panizares en el Rudrón, prestando su agua al Ebro.

Además de piedra, historia y agua el territorio loriego encierra una gran diversidad de formas de vida, que han sabido adaptarse al medio. La escasa humedad y unas temperaturas extremas no han sido impedimento para el desarrollo de un roca flora y bosques de encinas, robles, … En las praderas, esas mismas en las que aún pastan ovejas, vacas y caballos, abundan los gamones, orquídeas, peonías y un sinfín de plantas.

La avifauna rupícola – buitres leonados, alimoches, águilas, búhos reales, … - y la que puebla los bosquetes y las riberas de los ríos  y arroyos añaden atractivos para los visitantes que se adentran por sendas y trochas. Si a todo ello añadimos su patrimonio arquitectónico y artístico – iglesias, castillos, torres y casas solariegas – la excursiones salen redondas.

El río Odra, tras su nacimiento y su paso por el pueblo de Fuenteodra, después de cruzar la fértil vega del valle de Valdehumada,  logra abrirse paso entre las rocas calcáreas formando un largo desfiladero hasta salir junto al pueblo de Congosto. En el trayecto sus aguas cristalinas han dado lugar a interesantes fenómenos geológicos (rápidos, ollas  o marmitas, remansos, saltos, pequeños meandros…) que configuran un paisaje de singular belleza.

Antiguamente existía un sendero, paralelo al río que servía de comunicación entre Congosto y los restantes pueblos de Valdehumada. Recuerdo, en mi niñez, que el panadero lo recorría a caballo, para abastecer a los congosteños.

Hoy en día la maleza ha invadido dicho sendero haciéndolo intransitable por lo que es preciso dar rodeos para recorrer el trayecto de unos siete kilómetros, lo que da un carácter de aventura salvar la distancia entre el valle de Humada y Congosto.

Antes de proseguir con la ruta quiero hacer un pequeño inciso para agradecer a la asociación Voluntarios x Congosto la ilusión y el interés que están poniendo en recuperar el antiguo sendero y permitirnos disfrutar de este singular paisaje. Desde estas líneas nuestro agradecimiento a este grupo de personas, que de forma desinteresada están llevando a cabo una encomiable tarea en pro de la recuperación y disfrute del entorno natural.


LOS PISCÁRDANOS

El origen del llamativo nombre de los Piscárdanos, tiene varias teorías: para unos significaría "pies cárdenos" por lo agreste del camino, para otros, provendría del topónimo cántabro "pis" con el significado de río y "car" roca, con lo que sería "río de rocas"..

La ruta de los Piscárdanos es la consecuencia de la asociación de río y roca, con una vida vegetal y animal que hace suyos estos elementos. La vegetación surge en este ambiente de agua y suelos y crece unas veces exuberante y otras escasa, según las condiciones edáficas en las que se desarrolla lo que determina la presencia de distintas especies animales cuyas formas de vida se pueden observar directamente o a través de sus huellas o de sus rastros.   

RECORRIDO

El recorrido  no presenta grandes dificultades orográficas por lo que es practicable en cualquier época del año. La única dificultad es, como hemos reseñado anteriormente, es que, en su mayor parte, no trascurre por caminos; solamente alguna vereda marcada por el ganado nos sirve de guía. Es una ruta para aventureros, para ir abriéndose camino. Al tener que cruzar el río Odra en ocasiones es aconsejable hacer la ruta cuando el río no lleve mucho caudal: verano y otoño  llevar calzado adecuado.. La distancia a recorrer, como hemos indicado anteriormente, es de unos siete kilómetros, por lo que se puede realizar perfectamente en una mañana, sin olvidarnos de que deberemos detenernos frecuentemente para ir observando los valores paisajísticos que conforman su flora y fauna.

 

CONGOSTO

Nuestro punto de partida es el pueblo de Congosto. Congosto es una palabra española procedente de angosto, del latín “coangustus” y que define el Diccionario de la Lengua como desfiladero entre montañas. Este topónimo hace clara referencia a las circunstancias físicas que rodean el lugar y las mismas que nos acompañarán cuando, al realizar la ruta, descendamos por el curso del río Odra que abre paso entre desfiladeros antes de llegar a la amplitud de la llanura.

Iniciamos el recorrido desde el mismo pueblo de Congosto, buscamos el camino que al final del pueblo sube a los pies de la iglesia, continuamos por él y, cuando se bifurca, tomamos el de la derecha, caminando por un ancho camino entre verdes prados.

 

Se asciende a media ladera mientras observamos el estrecho valle abierto por el río. Caminamos pisando unos terrenos rojizos en los que hay encajados unos grandes cantos rodados de naturaleza calcárea; corresponden a los conglomerados terciarios procedentes de la erosión de las calizas del secundario situadas más al norte. La vegetación circundante es de aulagas, tomillos, espliegos, gamones y enebros que van colonizando las laderas y densificándose hasta constituir pequeñas masas compactas.

El desfiladero se intuye cercano ya que divisamos una gran muralla vegetal frente a nosotros flanqueada por paredes rocosas camufladas entre la espesura. Entramos en el desfiladero. El camino se convierte rápidamente en senda y caminamos sin dificultad por la orilla dejando el río siempre a nuestra derecha. El Odra se va encajonando y estrechando entre escarpadas peñas a los dos lados. Al ser su naturaleza caliza, como todas las montañas de las Loras, hay multitud de cuevas y oquedades en sus paredes.

 2.- LA CUEVA DE LOS CARTUJOS

Tras recorrer apenas un kilómetro, la muralla rocosa forma un amplio arco a nuestra izquierda. Arriba divisamos grandes oquedades en la roca. Una de ellas, la más visible, es la llama Cueva del Cartujo porque cuenta la tradición que en ella vivió durante algún tiempo un ermitaño de esta orden. Es fácil encaramarse por la ladera y llegar hasta ella, ubicada unos 100 metros ladera arriba. Una cuerda en la entrada de la cueva, nos ayuda a penetrar en su interior donde hay restos inconfundibles de habitación y de haber servido de vivienda. Las vistas del desfiladero desde aquí son magníficas.

 

Descendemos y nos incorporamos de nuevo al camino y continuamos por la margen del río penetrando más en el desfiladero, cada vez más espeso de vegetación.

El camino está señalizado como PR (pequeño recorrido) y en cierto punto, señalizado, debemos cruzar el río. No hay gran dificultad porque en el punto indicado el Odra forma un pequeño vado. Sin duda en épocas lluviosas puede resultar dificultoso pues las orillas son bajas.

Continuamos por la otra orilla, ya por terreno más despejado, ya que la senda se eleva unos metros sobre la ladera lo cual nos facilita el progreso. Las vistas sobre el desfiladero son mejores ya que estamos unos metros sobre el nivel del río.

Poco a poco vamos progresamos dentro del desfiladero y dejamos atrás los tramos más angostos.

 

 

3.- EL POZO DE LA OLLA

Ya cerca de su extremo norte, pasaremos junto a un lugar llamado elPozo de la Olla, en el cual el río forma una pequeña cascada que cae sobre un profundo pozo del que cuenta la leyenda que hace muchísimos años se cayó un carro con los bueyes desapareciendo debajo de las aguas sin que se volviera a encontrar ningún rastro de ellos

 

Seguimos y abandonamos el desfiladero atravesando una angostura entre enormes paredones rocosos, saliendo ya a campo abierto.

En este tramo nos encontramos una pequeña caseta que mide el aforo del río. Es la señal de un viejo proyecto que hubo a comienzos del siglo XX para construir un embalse en este punto y que ha vuelto a replantearse no hace muchos años.

 

Desde aquí, no hay ya caminos marcados, y lo mejor es continuar siguiendo como referencia la margen del río, que queda ahora oculto bajo una muralla vegetal a nuestra izquierda y debemos cruzar. Buscamos el mejor sitio, tarea nada fácil ya que el lecho del río es profundo y la vegetación forma una espesa muralla difícil de atravesar. Con mucha precaución, encontramos un pequeño vado en el que conseguimos pasar a la otra orilla, incorporándonos a un camino que rápidamente gira a la izquierda.

 

El camino, gira hacia el oeste, ya a la vista de la Peña Amaya que queda frente a nosotros.

4.- EL VALLE DE HUMADA

Seguimos por el camino que deja atrás las encinas para seguir paralelo a unas estrechas tierras de cultivo. Un poco más adelante, nada más atravesar unas paredes rocosas, abandonamos el camino que continúa en dirección a Villamartín de Villadiego y cruzamos hacia la derecha unas pequeñas praderas hasta avistar el amplio valle de Humada. Desde aquí, Amaya se sitúa a la izquierda, la peña Ulaña a nuestra derecha y al frente vemos la Lorilla cuyas laderas están pobladas de robles. Diversos pueblos se dispersan por el valle. En frente, Humada, debajo de la peña Ulaña, al resguardo de la peña Amaya, Villamartín. Un poco más lejos se encuentra Rebolledo Traspeña y, a su lado, Fuenteodra. Mientras, dominando todo el valle es muy fácil observar en el cielo la silueta del buitre debido a que existe una nutrida colonia que anida en las peñas cercanas. Iniciamos el descenso hacia el valle siguiendo una estrecha vaguada en dirección a un puente por el que cruzamos el Odra para situarnos en su margen izquierdo, continuamos por el camino hasta una pequeña loma donde el camino hace una pequeña curva. Desde aquí buscamos el límite entre las tierras de cultivo y las praderas bajamos por ellas hacia la derecha hasta encontrar un camino que tomamos y que seguimos hasta encontrar el río al que seguiremos, desde este punto, en su curso descendente.

Medio atravesada la llanada, dirigimos nuestra vista hacia la derecha y veremos un pequeño cerro en el que se conservan restos de un antiguo poblado de la Edad del Hierro. Es el castro de San Quirce. Los restos visibles que hoy quedan son los pertenecientes a su muralla y diseminados algunos fragmentos de cerámica en su superficie. Los castros son pequeños poblados ubicados en lugares altos, dominando una llanura o un punto estratégico, rodeados de farallones rocosos y amurallados en las zonas de acceso. La población que vivió en San Quirce no fue muy numerosa, pudiendo ser muy bien un asentamiento estacional para proteger el paso hacia el valle de Humada.

Este camino realmente se dirige al pueblo de Villamartín de Villadiego, ubicado en la misma base de la peña, por lo que debemos salirnos de él por una linde tierra para ascender hacia las elevaciones rocosas directamente sobre el desfiladero, que queda ahora a nuestra izquierda oculto. La subida por caminos inciertos es sencilla y sin ninguna dificultad. Desde esta altura, contemplamos mirando al norte el Valle de Humada, hacia el oeste las Peñas Amaya Albacastro y hacia el el este las Peñas Castillo y Ulaña.

Por este cordal rocoso, emprendemos el regreso definitivo hacia el sur. La orientación es fácil porque siempre tendremos el desfiladero y el río a nuestra izquierda y la inconfundible silueta de la Peña Amaya como referencia a nuestra derecha.

En seguida, visualizamos un camino que viene por nuestra derecha, al cual nos incorporamos. Por él, llegaremos al pueblo de Congosto en apenas quince minutos.

 

La angostura y la dificultad del camino ya recorrido se nos ha hecho presente en los topónimos de Congosto y Piscárdanos pero, pese a todo, hemos recorrido uno de los rincones de mayor interés de la comarca.

Para destacar el sentido de alejamiento e inaccesibilidad de este lugar, en algunos pueblos de la comarca, entre ellos Grijalva, usan el dicho “está en los Piscárdanos” cuando algo o alguien se encuentra muy lejos... lejísimos. Una vez en Congosto podemos leer el fragmento de esta poesía escrita por un congosteño que conocía y sentía profundamente la naturaleza que rodeaba su pueblo.

Hermano pastor,

feliz congosteño:

tu empresa es hermosa,

la conoce el cielo...

y el águila errante

que cruza en silencio

el páramo triste.

Y aquel negro tordo,

tozudo parlero,

que en el alto chopo

desgrana su canto

en marzo, en febrero,

al caer la tarde o de madrugada.

Lo sabe el jilguero,

lo sabe el milano,

lo sabe el vencejo

y la golondrina

que allá, en el alero

de la pobre casa

construyó su nido

para los pequeños.

Y también lo sabe

el pardo mochuelo,

que en la oscura noche,

al llegar febrero,

lanza sus chillidos

desde el viejo olmo

y asusta al viajero.

Y hasta la guandilla

conoce el secreto,

cuando allá en el aire,

traza enormes círculos

muy cerca del cielo

y aquel feo buitre,

torpe, carroñero,

que, tras el banquete

de carne asquerosa

apenas si puede levantar el vuelo.

Y lo sabe el lobo,

el lobo protervo,

que se esconde astuto

detrás de la carrasca

o que se desliza,

goloso y hambriento.

PEDRO PÉREZ

Fuente

http://sendasdeburgos.blogspot.com.es/

Libro: Caminando por las Loras

 

 

http://sendasdeburgos.blogspot.com.es/2013/12/pena-castillo.html

 

   

Espectacular torre natural desprendida ligeramente de la faja rocosa que protege en todo su perímetro a la lora de Ulaña ( 1.226 m ) dominando el valle donde se asientan las aldeas de Ordejón de Arriba ( 970 m ) y Ordejón de Abajo ( 940 m ). 

 

En la provincia de Burgos abundan las peñas llamadas Castillo, con sus variantes Castillejo, Castillos, Castillete... De entre todas, destaca por su aspecto la emplazada en la comarca de las loras. Se trata de una aislada peña ubicada entre las dos gigantes de la comarca, las peñas Amaya y Ulaña. Pese a su aspecto inexpugnable, es fácilmente accesible y en su cima amesetada existió un castro celtibérico y cántabro.


Morfológicamente se trata de un cantil rocoso desgajado de la cercana Peña Ulaña, de la que le separa un ancho pasillo. Sus mejores vistas se disfrutan desde esta última.

 

Sus paredes verticales cercan la altiplanicie superior, levemente reclinada hacia el NE y cuya superficie apenas superará la hectárea. La impresionante muralla sólo presenta un punto débil en el costado Norte donde una grieta le permite dar, mágicamente, fácil acceso. En la cima debió existir un castro: El Castro de Ordejón.

 

 

CÓMO LLEGAR

 

Desde Burgos saldremos por la N-120 hasta Villalbilla de Burgos donde la autovía de León (A-231) para desviarnos en Villanueva de Argaño por la C-627 hacia Villadiego y desde allí, por la BU-621 seguir con dirección a Humada. Al llegar al pueblo de Ordejón de Arriba, ya se divisa la inconfundible silueta de Peña Castillo.

 

 

Pasado Ordejón de Abajo, junto al Km. 15,600, divisamos el molino del Pisón, hoy rebautizado como el molino de Bernabé, punto de inicio nuestro trayecto.

 

 

RUTA

 

Un camino, a la derecha,  nos lleva a la entrada de un pintoresco desfiladero de donde surge el arroyo que alimentaba al molino.

Sin penetrar en el mismo nos dirigiremos hacia la peña para situarnos en su base sin dificultad. Sobre la vertiente Norte existen dos grietas que dan acceso a la cima, siendo la ruta más sencilla la situada más a poniente.

 

Se trata de una empinada canal, entre los muros laterales de la peña, por donde con cierta precaución se asciende superando los escasos 100 metros de desnivel. Si observamos con precaución, podemos intuir pequeños escalones y estratégicos rebajes en la roca para ayudar a la subida. Y es que la cima, una meseta de 150 metros de amplitud, fue asentamiento de un cántabro, como lo fueron todas las loras y peñas de los alrededores.

La cima es herbosa y no es posible detectar ningún rastro de asentamiento humano. Lo mejor son las excepcionales vistas de las dos loras reinas de la comarca: la Peña Ulaña si miramos al este, cercana, y la legendaria Peña Amaya hacia el oeste, semejando un barco navegando entre los campos, detrás de ella la no menos majestuosa Peña de Albacastro.

 

 

 

Desde arriba se entiende bien su posición estratégica, ya que es totalmente inaccesible por todos sus lados excepto el tajo entre las rocas por donde hemos subido, por otra parte fácilmente defendible. Estamos a 1132 metros, altitud algo menor que sus vecinas Amaya y Ulaña.

 

 

 

 

 

 

Si queremos continuar nuestro paseo por peña Ulaña, la ruta no tiene demasiadas complicaciones. Descendiendo por el mismo paso que en la subida se alcanza el collado  que nos separa de una alargada cresta rocosa que debemos trasponer para tomar hacia la derecha hacia un nuevo collado. Justo de frente encontramos un acceso que nos lleva a la parte superior de peña Ulaña.

 

 

Este bello paraje se encuentra enclavado muy cerca del pueblo burgalés de Fuenteodra y cerca, asimismo, del nacimiento del río Odra, localizado en  la fuente de la Magdalena perteneciente al pueblo de Rebolledo Traspeña.

 

 

 Esta zona, configurada por un gran circo o anfiteatro de terrenos calcáreos, donde, debido a un proceso kárstico, se han originado una sucesión de surgencias que originan fuentes, rápidos, ollas o marmitas y cascadas típicas del paisaje kárstico. Nos encontramos con un claro ejemplo de una red de interconexión de la capa freática en las entrañas de la meseta de La Lorilla. El conjunto de todos estos manantiales configuran el nacimiento del Odra.

Es particularmente interesante la cascada de Yeguamea, que mana violentamente desde una pared lateral, flanqueada a ambos lados por dos surgencias de menor caudal conocidas como los potrillos.  Es una pena que, por su carácter intermitente, no podemos disfrutar de ella todo el año, manifestando toda su belleza en época de lluvias abundantes, de nieve o deshielo.

Imprescindible acercarnos a la fuente Manapites, también condicionada por las lluvias y nieves, donde brota el agua de forma que parece hervir. Este fenómeno hace que las piedras angulosas, al erosionarse, se transformen en pequeños cantos redondeados y finos, conocidos en la zona como “pites”. De ahí el nombre de Manapites.

También debemos tener en cuenta otros accidentes geológicos muy próximos como el “pozo del Corral”, el “pozo de las Aceites” y la fuente de la Magdalena, abundante manantial que surte de agua a los vecinos de Rebolledo Traspeña y Fuenteodra y lugar de nacimiento del río Odra como hemos indicado anteriormente.

 

 

CUÁNDO IR

Se aconseja realizar esta ruta en invierno o principios de primavera después de una época de lluvias. El agua de lluvia, tras filtrarse en toda la superficie de la meseta de la Lorilla, rebosa formando cascadas. Éste es el motivo de su intermitencia y el de por qué es importante escoger bien la época de realización de esta ruta para así poder disfrutar plenamente de su belleza. En primavera podemos disfrutar tanto del agua como del mosaico florístico que la vegetación de la pradera nos brinda. La ruta presenta alguna dificultad en la parte superior de Yeguamea por lo que hay que hacerla con cuidado y un calzado que no resbale.

 

CÓMO LLEGAR

Para llegar al pueblo de Fuenteodra, tenemos dos posibilidades: a través de Villadiego-Sotresgudo hasta Humada o por la carretera de Aguilar de Campoo desviándonos en Talamillo del Tozo hasta Humada. Desde Humada tomamos la carretera que nos lleva a Fuenteodra cuyo indicador está perfectamente señalizado.

 

FUENTEODRA

Fuenteodra es uno de los núcleos de población diseminados por el valle de Valdehumadas que conforman el hábitat de la zona y que tienen las características propias de un pueblo de montaña. Su nombre nos indica claramente que es donde nace el río Odra. Formado por casas de piedra con patios interiores y grandes corrales. Entre las casas, aún podemos ver el potro donde se herraban las vacas, los hornos comunitarios donde se hacía el pan y, desde cualquier punto del pueblo, la mole de su iglesia renacentista dominándolo todo. Lo primero que podemos observar, en las inmediaciones del pueblo, son las praderas y huertas en su mayoría ya abandonadas, limitadas por paredes de piedra de sillarejo. Era tradicional el cercar pequeñas parcelas, cercanas al pueblo, con una pared de piedras superpuestas pero sin argamasa.

 

 

ITINERARIO

Un poco antes de llegar a Fuenteodra, desde la carretera, mirando hacia la derecha ya podemos divisar, al frente la cascada de Yeguamea, que brota de la pared rocosa en época de lluvia, nieve o deshielo. Tomamos  a la derecha, un camino de concentración que cruza la carretera. Una nave ganadera, situada a borde del camino, nos sirve de orientación.

A la izquierda por el centro del valle discurre impetuoso y de aguas cristalinas el río Odra. Ya antes de llegar a las paredes rocosas, veremos cómo desde el hueco de la parte superior de una pared, cae una cascada y oiremos el estruendo del agua al chocar contra el suelo, es la cascada de “Yeguamea”.

 

 

CASCADA YEGUAMEA

 Seguimos avanzando por este camino y tras una corta ascensión vemos ante nosotros el anfiteatro en en cual aparece la cascada de la Yeguamea, que es espectacular ya que surge como un chorro de la misma roca, aunque sólo en épocas de deshielo o lluvias fuertes o prolongadas. Podemos observar, a ambos lados de la cascada principal otras dos de menor caudal, son los “potrillos”.Para apreciar mejor la belleza de este singular paraje dejamos el camino y nos acercamos a la cascada.

 

Para disfrutar del momento que nos brinda, pasando por detrás de ella pegados a la roca. El único inconveniente es que cuando sopla el viento hay que pasar deprisa y aún así podemos mojarnos un poco. El ruido del agua al chocar con la roca del suelo es impresionante y sobrecogedor.

 

 

FUENTE MANAPITES

Ascendemos y, de nuevo, retomamos el camino que habíamos dejado. Atravesamos un corte natural hecho por la erosión del agua y por el que se sube hasta la Lorilla y que servía de comunicación con el valle de Valdelucio. Dejamos el camino y giramos hacia la izquierda bordeando la cascada por su parte superior para dirigirnos a la fuente Manapites. Esta zona, aunque posee senderos bien delimitados,  en días de lluvia, nieve o hielo,  puede ser peligrosa pues corremos el riesgo de resbalarnos por lo que es conveniente extremar las precauciones y llevar un calzado adecuado y no acercarnos demasiado al borde del precipicio.

Seguimos caminando teniendo el río Odra a nuestros pies hasta llagar a la fuente Manapites, surgencia intermitente que mana en invierno y primavera. Su nombre viene porque mana “pites”, es decir, cantos rodados de pequeño tamaño. Esta característica se debe a la fuerza con que sale el agua cuyos borbotones mueven las piedras más pequeñas del fondo y al cabo del tiempo, por erosión, suaviza sus caras formando cantos redondos y finos conocidos como “pites”. Debajo de “Manapites”, vemos cómo el agua se precipita y cae en el “Pozo de la Olla”, con formas típicas de la erosión producida por el roce de las piedras.

 

 

 

POZO DE LAS ACEITES Y POZO DEL CORRAL

Siguiendo aguas arriba llegamos al “Pozo de los Aceites”, llamado así por el color verde aceitoso del fondo, desde donde vemos como se precipita el agua desde arriba. Si se pone atención, se puede ver en el cauce del río la huella del caballo de Santiago Apóstol y de su cachaba. Según la tradición local parece ser que también pasó por estas tierras. Desde este punto, sale un camino a la izquierda que atraviesa esa zona llamada “Cervigadero”.

 

 

 

  

Siguiendo aguas arriba, hay una bifurcación del río; la de la izquierda, apenas lleva agua más que en época de crecida. Se sube por la ladera para seguir este cauce y vemos en la zona baja una chopera y el “Pozo del Corral”. Esta zona de continuas cascadas y pequeños pozos labrados en la roca, e incluso cuevas y galerías hundidas, ha dado origen a numerosas leyendas como la ya citada que cuenta que una gigantesca serpiente vivía enrollada en el “Pozo del Corral” y fue Santiago Apóstol quién acabó con ella.

Otro aspecto a tener en cuenta es que en esta zona encontramos gran cantidad de fósiles marinos lo que nos indica que en épocas pasadas estos terrenos estuvieron sumergidos bajo las aguas marinas.

Retrocedemos mientras volvemos por dónde hemos ido subiendo y volvemos a ver alguna de las cascadas por las que hemos pasado: cascada sobre el Pozo de las Aceites y  Pozo del Corral y seguimos por el camino de la derecha, cerca del depósito de agua para llegar al pueblo por detrás de la iglesia.

 

 

FUENTE

http://www.villadiego.es/sites/www.villadiego.es/files/turismo-y-ocio/rutas/caminandoporlasloras0405yeguamea.pdf

http://sendasdeburgos.blogspot.com.es/2014/11/fuentes-del-odra.html

http://tierrasdeburgos.blogspot.com.es/2014/04/escultura-del-agua-nacimiento-del-odra.html

 

 

http://sendasdeburgos.blogspot.com.es/2013/05/pena-amaya.html

http://tierrasdeburgos.blogspot.com.es/2012/03/ruta-de-senderismo-pena-amaya.html

 

'Harto era Castilla pequeño rincón

cuando Amaya era cabeza y Fitero mojón'.

Anónimo.

 

Visitar la peña Amaya es retroceder al pasado más antiguo. Poblada desde la Edad del Bronce, fue capital de los cántabros, escenario de las guerras cántabras contra los romanos. El emperador Augusto la arrasó avanzando desde el cercano Sasamón hacia 29 a.C. Fue nuevamente repoblada por los cántabros que siempre la consideraron su capital, asomada a la meseta. Nuevamente, los godos, bajo el reinado de Leovigildo, la asaltaron en 574, matando a todos sus habitantes. Tras su repoblación, Tarik la conquistó de nuevo en 711. Finalmente, en 860 fue repoblada por el conde Rodrigo para Castilla. Tras el avance de las fronteras hacia el sur siguiendo la repoblación, pasó al olvido.

Peña Amaya es un macizo de 1.377 metros de altura situado al noroeste de la provincia de Burgos.

Se trata de una 'lora' o meseta delimitada por grandes cortados calizos de paredes verticales.

Situada al sur de la Cordillera Cantábrica delimita dos regiones geomorfológicas diferentes. La parte norte, con valles muy marcados, se asemeja al paisaje cántabro, mientras que al pie de la vertiente sur se abre una extensa planicie propia de los campos de Castilla.

 

 

 

CÓMO LLEGAR

Salimos de Burgos por la E-80/BU-30 en dirección Valladolid/Palencia/A-231/León.

Desde la A-231 tomamos la salida 145 hacia BU-406/Villanueva de Argaño/Villadiego/Estepar.

Dejamos la autovía y giramos a la derecha hacia BU-406.

Cruzamos la N-120 en Villanueva de Argaño para tomar la C-627 hasta Villadiego.

En la rotonda de la entrada a Villadiego tomamos la tercera salida en dirección Alar del Rey por la BU-601

Giramos a la derecha en dirección Alar del Rey de nuevo por la C-627 hasta Sotresgudo.

Pasado Sotresgudo tomamos, a la derecha, la BU-623 para llegar hasta Amaya.  

 

 

RUTA PEÑA AMAYA

   

 

 

Una vez en el pueblo, hay que coger una pista que sale del mismo casco urbano y bordea la peña por su flanco sur. Este camino nos dejará en un aparcamiento exactamente frente a la entrada por su lado SO.

  

 

En primer lugar, ya a pie, accedemos a la planicie inferior de la peña a través de un callejón excavado en la roca viva. Es ésta la antigua entrada que daba acceso al castro fortificado.

 

ANTIGUO POBLADO CÁNTABRO

Por nuestra derecha continúa el camino, esta vez peatonal, que nos permite acceder sin mayores esfuerzos al emplazamiento del emblemático castro celta, que data del año 900 a. C. y que constituía la capital del pueblo cántabro. Una vez en el llano, es fácil divisar restos de edificaciones, ya que se ven perfectamente alineaciones de viviendas del antiguo poblado primero prerromano y luego medieval que se emplazó aquí.

 

 

A nuestra izquierda, dominantes, las dos moles rocosas, llamadas “muelas” que componen peña Amaya: el  Castillo y Peña Amaya propiamente dicha.

 

EL CASTILLO

Comenzamos por la más cercana y de menor en tamaño: la llamada "el Castillo", por saberse que albergó una fortaleza medieval de la que hoy apenas quedan algunos fosos y restos difusos de muros.
Comenzaremos la ascensión por la ladera guiados por un atajo, poco marcado, que va subiendo hasta la misma base de la roca sin ninguna dificultad.

 

Bordeamos la roca a la búsqueda de un portillo para subir a la meseta superior y lo encontramos por su lado este. A la izquierda según subimos vemos la otra muela o peña Amaya propiamente dicha. Por una pequeña canal, ascendemos y alcanzamos la plataforma superior del Castillo.

 

Su cima es un pequeño páramo desde el que se divisa una amplia llanura hacia el sur: el inicio de la meseta castellana.

Es fácil descubrir los restos del antiguo castillo ya que se aprecian fosos y terreno muy desigual con restos pétreos que sugieren que aquí hubo construcciones.

Las vistas son excepcionales.

A nuestra izquierda la  Peña de Albacastro, de la que nos separa un profundo vallejo.

 

 

Frente a nosotros tenemos la peña Amaya principal.

 

Mirando hacia el sur, divisamos la meseta castellana sin límites. Las vistas alcanzan muchos kilómetros.

En primer plano se ven los restos del antiguo poblado.

 

 

Se comprende el por qué fue este lugar tan estratégico para los antiguos cántabros. Su posición, a modo de atalaya avanzada, servía de vigilancia hacia el sur, desde donde venían todas las invasiones y peligros.

 

PEÑA AMAYA

Desde el castillo, bajamos por otra canal entre las rocas hasta portillo que separa las dos peñas y avanzamos por el lado izquierdo de Peña Amaya por un sendero, junto a la imponente pared rocosa.

 Seguimos la estrecha senda pegada a la pared, a la búsqueda de algún portillo que nos permita subir a la meseta superior. 

 

Recorrido apenas medio kilómetro encontramos un pasillo estrecho y cubierto de hierba por donde ascendemos a la plataforma superior de la Peña.

 

La meseta superior de la peña es una inmensa planicie rocosa y llana desde donde el panorama que se contempla es de gran valor paisajístico.

 

 

En la siguiente fotografía se ve el pueblo de Puentes de Amaya, actualmente abandonado.

 

Una vez arriba nos dirigimos hacia el norte donde se encuentra un punto geodésico, un buzón de montañeros y un caseto o chozo. Estamos en la cima de peña Amaya (1377 m).

 

Desde aquí se tiene una hermosa vista sobre la montaña palentina, con el Espigüete y el Curavacas destacando en el horizonte. Frente a nosotros abajo, tras el pueblo de Rebolledo-Traspeña, divisamos la Peña Lora.

 

Observamos también las loras más cercanas. A nuestra izquierda, si miramos hacia el norte, tenemos la espectacular Albacastro, inmensa.

           

A nuestra derecha, algo más alejada, la mole de la Peña Ulaña.

 

Emprendemos el regreso por el lado contrario al que hemos ascendido a la peña. Desde la cima caminamos unos doscientos metros hacia el este para encontrar con facilidad un portillo por el que descendemos sin mayores problemas.

 

 

Bajamos por camino de piedras sueltas hasta llegar a un sendero inferior que tomamos hacia nuestra derecha, en dirección a la peña del Castillo.

Descendemos a un nivel inferior escalonado de la meseta superior y caminamos pegados a los ciclópeos muros que quedan a nuestra derecha. Avanzamos al encuentro del portillo o collado que separa las dos muelas. De esta manera circunvalamos la totalidad de la peña y exploramos todos sus costados.

Siguiendo siempre la estrecha senda junto a la pared rocosa, llegamos al collado. Según nos acercamos, disfrutamos de otra perspectiva de la peña del Castillo ya explorada antes.

Desde su base, ya solo tenemos que descender ladera abajo hacia la canaleja de entrada y retornar al punto de partida.

 

 

UN POCO DE HISTORIA

Amaya ha sido habitada desde la Prehistoria. A fines de la Edad del Bronce (siglo X a. C.) se detecta una mayor presencia humana para acabar convirtiéndose en la Edad del Hierro en uno de los principales castros cántabros. Fue conquistada por los romanos en el transcurso de las Guerras Cántabras (29–19 a. C.), quienes fundaron la ciudad de Amaya Patricia.

Ocupada en el 574 por el rey visigodo Leovigildo, se constituyó en una de las principales plazas del ducado de Cantabria y en fortaleza contra las incursiones de grupos de cántabros y vascones no sometidos. En el 712, Táriq_ibn_Ziyad toma la ciudad y vuelve en el 714 a sofocar una rebelión, arrasándola. El dux Pedro huye a las montañas del norte. Tras la rebelión bereber del 740, la zona queda desorganizada y no es hasta el 860 cuando Rodrigo por mandato del rey asturiano Ordoño I repuebla la ciudad. Rodrigo habilitó las defensas y la ciudad e hizo de Amaya la capital de una marca hostilizante y aguerrida, y así se convierte en otra fortaleza del frente asturiano. Parece ser que la ciudad se trasladó a la llanura en torno al siglo XII, aunque el castillo estuvo en uso hasta el siglo XIV.

Las comarcas occidentales del antiguo partido de Villadiego, inclinadas normalmente hacia el río Pisuerga, integraban el Alfoz y condado de Amaya, cuya fortaleza, erguida en la peña de su nombre, fue reedificada el año 860 por el conde Rodrigo de Castilla, citado documentalmente en escrituras de los años 853 y 862. ”Harto era Castilla pequeño rincón cuando Amaya era cabeza y Fitero mojón"

Si tuviésemos que elegir un enclave de leyenda en la vieja Castilla, aunque fuese por mera acumulación de gestas e historias, tendríamos que apostar sin duda por Peña Amaya. La difícil forja del Condado y después Reino de Castilla tuvo en este rincón del norte de Burgos su punto de inflexión en lo sentimental y en lo simbólico. Su posición estratégica siempre le otorgó un papel destacado desde la Edad del Bronce, cuando los primeros hombres se asentaron en lo alto de la Muela, una meseta caliza elevada y aplanada por los vientos y la erosión. Con apenas algo más de 1300 metros, Amaya constituye las primeras estribaciones de la cordillera Cantábrica hacia las amplias llanura de la tierra de Campos y la meseta del Duero y resulta visible a decenas de kilómetros desde las provincias de Burgos y Palencia, por lo que constituía una posición defensiva de primer nivel.

Las legiones romanas de Octavio Augusto rindieron la peña en el año 29 a.C., sólo tras el cerco creado por tres importantes campamentos militares, Segisama (Sasamón), Pisoraca (Herrera de Pisuerga) y Juilóbriga (Reinosa) y con la ayuda de 70.000 legionarios. El historiador Estrabón, relató historias de la encarnizada lucha y coste para someter al pueblo cántabro: "...la táctica y el número obtuvieron la victoria final, pero los vencidos dejaron pruebas impresionantes de su amor a la independencia. (...) las madres que matan a sus hijos para que no caigan en el poder del vencedor, el mozo que viendo a sus padres y hermanos prisioneros, los mata a instigación de su mismo padre, el guerrero que invitado a un convite, se arroja a las llamas, la mujer que se suicida después de acabar con sus compañeros de cautiverio, los que se envenenan con el tóxico de hierbas que llevan siempre consigo en previsión de la desgracia, y aquellos otros, mas heroicos todavía, desde las cruces donde expían el castigo glorioso de haber defendido su patria, insultan a sus enemigos y cantan alegres canciones de guerra ...". No resulta de extrañar por tanto que aquí se vislumbrara también por primera vez la gran aventura de la Reconquista.

En época visigoda fue la capital del ducado de Cantabria, una región difícil que no fue del todo sometida ni siquiera bajo el Imperio Romano. Cuando Tarik cruzo el estrecho de Gibraltar en el año 711 aquí se encontraba el rey Rodrigo y buena parte de los efectivos militares del reino, que cruzaron toda la Península para ser derrotados en Guadalete. Poco después las hordas bereberes sometieron Toledo, y la aristocracia visigoda se vio obligada a huir con celeridad refugiándose entre los muros de Amaya cargados con sus inmensos tesoros.

Perseguidos por los musulmanes, la plaza fue rendida por hambre y sed, pero de esa derrota nació el germen del primitivo reino asturiano. El hijo del duque de Cantabria que dirigió la resistencia, de nombre Alfonso, sucedería a Pelayo y su hijo Fávila al frente del pequeño bastión cantábrico. Poco podía pensarse entonces que aquellos primeros momentos serían tan decisivos, ante un enemigo mucho más organizado y poderoso que a punto estuvo de aplastar la rebelión.

En el año 860 el primer conde castellano, de nombre Rodrigo, repuebla la fortaleza y villa de Amaya que había quedado abandonada en esa frontera de seguridad que se había establecido entre los contendientes. Probablemente fue entonces cuando aquellos rudos guerreros se asomaron por primera vez a los horizontes castellanos con el objetivo de recuperar lo perdido, y cuando comprendieron la larga tarea que les quedaba por delante. Hoy apenas quedan restos del castillo del duque Pedro y algunas pocas viviendas del poblado cristiano fundado entonces.

En el siglo XII la villa se traslada al actual emplazamiento del pueblo de Amaya, permaneciendo habitado y vigilante la guarnición del castillo hasta el siglo XIV. Algunos maltrechos muros pueden contemplarse todavía en la fortaleza. Mejor conservados se encuentran los restos de las casas y de la muralla del poblado altomedieval, casi en el collado que separa La Muela de la Peña del Castillo; lo que nos resulta difícil de comprender, es cómo podían sobrevivir los hombres de la Edad del Bronce en lo alto de la dolina, expuesta a unas condiciones meteorológicas terribles y al asedio continuo de la máquina militar romana. Las gentes que vivieron en Amaya forjaron un carácter más duro que la piedra de la que está hecha, hombres y mujeres de una integridad plena a los que el historiador Estrabón hace justicia con su relato.