© Universidad de Salamanca Zephyrus, LXII, julio-diciembre 2008, 151-162 152 A. B. Marín Arroyo y M. Cisneros Cunchillos / Consideraciones económicas sobre el oppidum de La Ulaña...

Ana Belén MARÍN ARROYO* y Miguel CISNEROS CUNCHILLOS**

* Leverhulme Centre for Human Evolutionary Studies. University of Cambridge. The Henry Wellcome Building. Fitzwilliam Street. CB2 1QH Cambridge, UK

** Grupo de Historia y Arqueología del Mundo Antiguo y Medieval. Departamento de Ciencias Históricas. Universidad de Cantabria. Avenida de los Castros, s/n. 39005 Santander. Correo-e: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Recepción: 2007-11-20; Revisión: 2008-02-25; Aceptación: 2008-04-17

BIBLID [0514-7336 (2008), LXII, julio-diciembre; 151-162]

RESUMEN: El oppidum de La Ulaña, que tiene una extensión de 285 ha, es el mayor de los asentamientos de la Península Ibérica durante la Segunda Edad del Hierro. Los trabajos arqueológicos han puesto en evidencia un sistema defensivo que combina elementos naturales, como un gran foso de 301 ha, que rodea el yacimiento y que tiene una serie de muros que lo compartimentaban, limitando la circulación y el acceso a los recursos hídricos, y estructuras antrópicas, como una muralla en su lado Norte, el más accesible, y otra que corta el asentamiento en dos partes desiguales. Una serie de caminos entraban en él a través de portillas naturales, dejando expuestos a los visitantes frente a los pobladores. Las viviendas excavadas y los materiales exhumados lo relacionan, fundamentalmente, con la Meseta Norte y el Valle del Ebro. Asimismo, los datos arqueológicos indican un abandono, no necesariamente voluntario, en la segunda mitad del siglo I a. e. El estudio de los restos de macromamíferos encontrados en él muestra una economía basada, principalmente, en la explotación de ganado vacuno, seguida del aprovechamiento de ovicaprinos y suidos. Destaca, a pesar de la escasez de restos hallados, el consumo alimenticio de caballo. Las evidencias de caza han resultado mínimas, sólo representadas por jabalí. Esta información se contextualiza con el resto de los datos arqueológicos que, hasta la fecha, ha proporcionado el oppidum, con objeto de establecer un panorama de las actividades económicas realizadas en él durante la Segunda Edad del Hierro, haciéndose hincapié en los problemas de conservación de los materiales alterados por diversos procesos post-depósito.

Palabras clave: Segunda Edad del Hierro. Cántabros. Actividades económicas. Arqueozoología. Tafonomía. Materiales arqueológicos. Procesos post-depósito.

  1. Las estructuras excavadas

La Ulaña es con sus 586 ha, de las cuales 285 se localizan en la plataforma superior, conformando las 301 restantes una vaguada o ‘cinto’ que la rodea, a modo de foso natural, el mayor asentamiento de la Segunda Edad del Hierro de la Península Ibérica, y uno de los más extensos de Europa  (sobre el tema: Cisneros, 2008).

Las excavaciones que venimos realizando desde el año 2000 han afectado a la muralla transversal, la muralla norte, la estructura 55, posiblemente de uso colectivo, y a tres viviendas.

Todas las zonas excavadas han sufrido diversos procesos post-depósito, producidos, básicamente, por las raíces y la escasa potencia del terreno, de apenas medio metro, y las excavaciones clandestinas.

Además, el estado de conservación de algunos materiales, como los huesos y dientes y las cerámicas, fundamentalmente, ha sido afectado no sólo por dichos procesos, que han contribuido a su fracturación (Cisneros y López Noriega, 2005: 89), sino también por la acción de agentes físicos, especialmente la meteorización, debido a una exposición prolongada a la intemperie, unida a los cambios bruscos de temperatura frío/calor o húmedo/seco.

La muralla norte se adapta, de forma discontinua, a las características topográficas del emplazamiento. Su anchura oscila entre 3,35 y 3,10 m y la altura conservada en las zonas excavadas no sobrepasa los 1,5 m; no obstante, su altura se ha calculado entre 3,2 y 3,8 m, aproximadamente, en su parte interna y en unos 5 para la externa (Cisneros y López Noriega, 2004: 11). El hallazgo, en una de las zonas excavadas de esta muralla, de abundante material arqueológico permitió definir la existencia de un vertedero al exterior, debido a la gran acumulación de restos óseos, a que algunos de ellos presentaban fracturas y cortes de carácter antrópico, y a la presencia de otro tipo de artefactos, como cerámica y metales, y de un ámbito de ocupación al interior de la misma. Respecto al primero, su disposición estratigráfica en la zona de contacto entre la roca madre y el derrumbe de los lienzos de la muralla indica que los restos allí documentados fueron desechados en un momento en el que la defensa aún estaba erguida.

En cuanto al ámbito de ocupación interior, la carencia de elementos constructivos está paliada con el aprovechamiento de los afloramientos calizos, dando lugar a un espacio de poco más de 10 m2, que posiblemente sea indicativo de una ocupación relacionada con necesidades defensivas o de vigilancia, ya que desde este punto se obtiene un control directo sobre dos de los caminos de acceso al asentamiento. En este espacio se localizó abundante material arqueológico, destacando el hallazgo de un denario de la ceca de Turiaso (Cisneros y López Noriega, 2004: 18), que se fecha a principios del siglo I a. e. (Domínguez, 1998: 153). Este sistema defensivo se completa con la construcción de una muralla que corta el emplazamiento transversalmente, en dirección general Norte-Sur.

Esta muralla es posterior a la Norte, como se comprobó tras la excavación de la zona de unión de ambas, donde se pudo observar cómo ésta se había destruido por causas naturales, reorganizándose el sistema defensivo con un nuevo trazado y la erección de esta muralla transversal. Esta reordenación se había producido ya en el siglo III o en el II a. e. Esta muralla tiene una longitud de 257 m y presenta una anchura de 3,5 y una altura conservada de poco más de 1 m; no obstante, su altura aproximada se calcula entre 3,6 y 3,9 m para su parte oeste y entre 4,25 y 4,75 para la este (Cisneros, 2006: 34-35).

La estructura 55, excavada parcialmente, pudo haber tenido un carácter colectivo, que le atribuimos por su similitud con otra estructura, la 141, y sus características comunes:

1) Se localizan en las proximidades de dos entradas, la primera frente a una de las del lado Norte, y la segunda frente a una de las del Sur.

 2) Tienen en superficie la misma forma de planta con contorno rectangular, abierta al Sureste, rematada en uno de sus lados, el Sur, en círculo, que en la excavación de la 55 se ha transformado en una exedra.

 3) Sólo se han documentado estas dos con esa forma en las labores de prospección y son, además, de las que presentan unas mayores dimensiones dentro del yacimiento: la 55 tiene una longitud de 20,80 m en su muro Norte, 17 en el Sur y 19,80 de anchura, mientras que la 141 tiene unos 16 m de longitud y 7 de anchura (Cisneros, 2004: 100).

Respecto a las viviendas, tanto la 1 como la 2 han sido ya publicadas (Cisneros y López Noriega, 2005: 89-101; Cisneros, 2006: 37-40) y sus materiales óseos no son objeto de este trabajo. No obstante, quizá convenga recordar, dado que los materiales que proporcionaron sí que han permitido establecer la secuencia cronológica del yacimiento, que la vivienda 1 tenía un hogar rectangular, adosado a su muro norte, en el que se localizaron diversas cerámicas atribuibles a la Segunda Edad del Hierro, destacando un fragmento de cuerpo, que se decora con un friso que forma un diseño en espiga, y base de un vaso de perfil en S, cuyos paralelos los encontramos en vaso 1 del yacimiento de Tardumeros en Melgar de Abajo (Valladolid) o en Monte Bernorio (Cuadrado y San Miguel, 1993: 329-330; González Morales, 1999: 90; Álvarez Santos, 2005: 113-114). Otros materiales cerámicos destacables son los numerosos fragmentos pertenecientes a siete tinajas de almacenamiento de alimentos, de las que cinco se localizaron entre el hogar y el muro este de la habitación, en el que se abre la puerta; algunas de ellas presentan decoración, limitada a la mitad superior de los recipientes, la más visible, con bandas decorativas, a base de semicírculos orientados hacia abajo o alternados hacia abajo y hacia arriba o de círculos concéntricos, entre líneas paralelas, que son característicos de una etapa celtibérica plena (Álvarez Santos, 2005: 107-110). Ahora bien, la aparición de algunos de estos fragmentos cerámicos fuera de la vivienda nos indica que, posiblemente, con posterioridad al incendio, que motivó su abandono, y cuyas causas desconocemos, se produjo un regreso de los ocupantes o de otras personas, en un momento indeterminado, con objeto de rescatar los artefactos que estuviesen enteros, fuesen valiosos o pudiesen reutilizarse. Este proceso ha impedido que hayamos podido efectuar un análisis espacial de las evidencias arqueológicas.

De la vivienda 2 podemos destacar que, aunque el suelo de las tres estancias excavadas se caracterizaba por la presencia de tierra batida directamente sobre la roca, la disposición de algunas losas planas de caliza nos lleva a plantear la posibilidad de que, al menos en parte, éstas se utilizasen para nivelar ese suelo, ya que la proximidad de la roca debería marcar cuando menos desniveles y filtraciones de humedad, en este nivel de ocupación; de forma similar a la conocida en otros asentamientos de la misma época (Fernández-Posse y Sánchez-Palencia, 1988: 13 y 62; Cerdeño y García Huerta, 1992: 33-34). Destaca la localización sobre ese suelo de diverso material atribuible a la Segunda Edad del Hierro, como una meta completa de molino circular y varios fragmentos cerámicos. Dadas las reducidas dimensiones y características de las estructuras de esta vivienda, así como el material aparecido, todo parece indicar que nos encontramos ante una zona de trabajo. Su abandono pudo ser contemporáneo al de la vivienda 1.

La vivienda 3, excavada completamente, comprende 6 estructuras adosadas a la muralla norte, que no tienen comunicación entre sí, siendo la circulación exterior, ya que todas tuvieron puerta orientada al Sur. La superficie útil de la vivienda es de unos 60 m2. Una de las estancias era la habitación de vivienda, propiamente dicha, ya que en ella se localizó en su centro un posible hogar, alrededor del cual se concentraron la mayor cantidad de hallazgos: fragmentos de cerámicas hechas a mano, de cerámicas a torno, elementos metálicos, huesos, etc. El resto de las dependencias debieron ser almacenes o lugares de trabajo, presentando similitudes con lo descrito para las viviendas 1 y 2. En las proximidades de la vivienda 3 se excavó un vertedero, situado en una depresión cuyo origen pudo ser natural o antrópico; en este caso, habría que pensar que fue el lugar de donde se extrajo la piedra para las construcciones próximas, empleándose después la oquedad como basurero. En su base se abren numerosas fisuras, propias del estrato rocoso, que en uno de sus extremos da lugar a una pequeña sima, cuya base presenta las mismas características descritas con anterioridad (Cisneros, 2008).

  1. Los materiales arqueológicos: aspectos cronológicos

El yacimiento no se caracteriza por una abundancia de materiales, según se deduce de los resultados de las excavaciones efectuadas hasta la fecha, pero tanto sus cronologías como las dataciones absolutas nos señalan una ocupación durante la Segunda Edad del Hierro (Cisneros y López Noriega, 2004: 17-19; 2005: 89-97).

Los materiales cerámicos más significativos señalan la presencia de dos momentos temporales concretos y continuos: el primero concierne a materiales que se fechan a partir de la transición del Hierro I al II, es decir, de finales del IV y principios del III a. e., destacando, además de las jarras ya mencionadas, las ollas de pequeño tamaño con los bordes vueltos, con paralelos en La Corona de Corporales y en El Raso (Sánchez-Palencia y Fernández-Posse, 1985: 100-101; Fernández Gómez, 1997: 103-108). El segundo se corresponde con piezas de características celtibéricas plenas, cuya cronología oscilaría entre el 300 a. e. y mediados del siglo I a. e., llegando tal vez hasta momentos cronológicos de las guerras cántabras. Son copas, cuencos y las tinajas ya descritas, con paralelos entre otras zonas en la navarro-riojana y en la vaccea (Álvarez Santos, 2005).

Los materiales metálicos identificables nos sitúan igualmente en ese contexto cronológico. El número de piezas de bronce es exiguo, pero en su mayor parte son elementos de adorno, de entre ellos puede destacarse un adorno compuesto por tres círculos concéntricos con motivos de ruedecilla, que se encuentra frecuentemente entre los motivos decorativos celtibéricos, localizado en la vivienda 1, o una aguja de bronce, hallada en el vertedero de la muralla norte. El número de elementos de hierro tampoco es numeroso, aunque es mayor que el de los bronces. Son fundamentalmente clavos, cuchillos, tijeras, localizados en las viviendas, o un regatón de hierro, en el ámbito de ocupación interior junto a la muralla norte (Erice, 2005).

Entre los materiales líticos merece citarse un colgante en pizarra, hallado en la vivienda 2, y varios fragmentos de molinos circulares hallados en las excavaciones de las viviendas y en la prospección del yacimiento. No sólo se conocen molinos de este tipo, sino que también tenemos noticias de la aparición de molinos barquiformes hallados durante las labores de reforestación efectuadas entre 1958 y 1961. Futuras excavaciones deberán indicar si estamos o no ante una convivencia de ambos tipos, ya que, de momento, a estos últimos no podemos asignarles contexto alguno (Cisneros y Gallego, 2005: 140-141).

En el estado actual de nuestra investigación, todo indica que las zonas excavadas y los escasos materiales hallados son el reflejo directo del conjunto de alteraciones tafonómicas que ha sufrido el depósito. Hasta la fecha, se han excavado algo más de 1.000 m2, encontrándose restos de incendio sólo en unos 30 m2, en concreto en una estructura de la vivienda 1, casualmente en la zona del hogar, y en una parte de la estructura 55; no habiendo señal de fuego ni en las otras dos viviendas, ni en las zonas de muralla excavadas. Es decir, no se ha hallado nivel de destrucción alguno y los restos de incendio son muy localizados y no están generalizados. De ahí que podamos plantear como hipótesis que el oppidum fue abandonado de forma intencionada, lo que no quiere decir voluntaria, y que los incendios pudieron ser provocados por causas muy diversas, puesto que siniestros de este tipo debieron ser muy comunes en la época, debido, entre otros motivos, a los materiales usados en la construcción, pero ello no fue posiblemente la causa que hizo que sus habitantes se marchasen. Ésta, sin duda, tiene relación con la presencia romana en la zona, que no hay que entender exclusivamente desde la perspectiva militar de las guerras cántabras, puesto que se remonta a más de un siglo antes y los contactos en esta zona fronteriza entre cántabros y turmogos debieron ser frecuentes en tiempos de paz, que también los debió haber. En los momentos de conflicto, los habitantes del oppidum tenían que ser conscientes de que su extensión (285 ha) era garantía de seguridad ante iguales, pero de poco servía frente a un ejército como el romano, al que sin duda veían maniobrar por la paramera burgalesa, ya que su defensa implicaba un contingente de población indígena que difícilmente hubo disponible. Parece más lógico que en caso de querer hacer frente a un ejército como el romano se buscase un ambiente más propicio, como el que suministran las zonas de montaña de la Cordillera Cantábrica, donde un ejército tradicional se mueve con más dificultad y la población se puede proteger en lugares más abruptos. Por lo que pensamos que los pobladores, bien lo abandonaron antes de que se produjese el avance militar romano y se refugiaron en zonas más inaccesibles y mejor defendibles, bien llegaron a algún tipo de acuerdo con el invasor, que implicó el abandono de su lugar de hábitat, ya que, hasta el momento, en las excavaciones en marcha no se ha documentado ocupación adscribible a estos acontecimientos bélicos (Aja, Cisneros y Ramírez, 2005: 68-70; Cisneros, 2008).

  1. La explotación ganadera

 El material faunístico aquí analizado, que incluye únicamente los restos de macromamíferos, procede de cuatro de las zonas excavadas: la muralla transversal, la muralla norte, la estructura 55 y la vivienda 3. Además, se cuenta ya con la información arqueozoológica de las viviendas 1 y 2 (Blasco, 2005).

3.1. Metodología

La metodología aplicada en este análisis sigue la sistemática utilizada y descrita en estudios anteriores (Marín, 2004), por lo que no nos extenderemos en ella. No obstante, sí que es conveniente resaltar que todos los huesos han tratado de identificarse al máximo, tanto a nivel anatómico como taxónomico, para ello se han utilizado varios atlas (Pales y Lambert, 1971; Schmid, 1972; Barone, 1976) así como diversas colecciones osteológicas de referencia. Cuando ha sido posible, dada la elevada fracturación de la muestra, se ha diferenciado oveja de cabra doméstica, según el trabajo de Boessneck (1980). La estimación de la edad de los taxones se ha efectuado a partir de la fusión de las epífisis óseas y la erupción y el desgaste dental (Hillson, 1990; Silver, 1980). Para este último, en el caso de los caprinos se han empleado los trabajos de Payne (1987) y de Grant (1982) y para los suidos, el de Bull (1982). La identificación sexual ha sido posible sólo gracias a la presencia de elementos anatómicos característicos en algunos taxones (caninos).

Debido a la escasez de la muestra, las únicas medidas de cuantificación estimadas han sido las siguientes: Número de Restos (NR), Número Mínimo de Individuos representados (NMI) y peso de la muestra. El cálculo del NMI se ha estimado tomando como base la parte esquelética más representada de cada taxón y teniendo en cuenta su lateralidad, sexo y talla respecto a los otros individuos de la misma especie aparecidos en igual unidad estratigráfica. Este parámetro se ha computado de forma individualizada por estratos y taxones identificados. Los restos de diáfisis de huesos largos, costillas (cabeza articular) y fragmentos craneales también se han tenido en consideración a la hora de realizar este cálculo con el fin de obtener la mayor información posible. Para los ovicaprinos no se ha calculado el NMI dado el posible error de sobrerrepresentación de oveja frente a cabra o viceversa. El peso de todo el material se ha realizado con una báscula electrónica (error ± 0,5 g).

Por su parte, la técnica de los remontajes y rearticulaciones se efectuó con la finalidad de observar posibles movimientos post-depósito, así como la distribución microespacial de los restos dentro del yacimiento, en los casos que fue posible, y el proceso de fracturación antrópica de los mismos.

El estudio osteométrico no ha permitido la diferenciación sexual, debido al elevado grado de fracturación de la muestra, si bien, sí ha sido posible obtener las medidas de algunos restos, lo que ha permitido poder compararlos con otros yacimientos contemporáneos. Las abreviaturas utilizadas en la osteometría han sido las siguientes:

AM: Anchura máxima

Ad: Anchura distal

Ap: Anchura proximal

AmD: Anchura mínima de la diáfisis

El: Espesor lateral

LM: Longitud máxima

LMl: Longitud máxima lateral

Asimismo, se prestó especial importancia a las patologías encontradas en los huesos de los taxones, ya que pueden inferir información sobre la salud y funcionalidad de los animales dentro de la sociedad ganadera.

Por último, cada uno de los restos óseos de más de 2 cm fue observado bajo lupa binocular en busca de alteraciones tafonómicas visibles. Por un lado, los resultados del análisis tafonómico muestran las huellas de origen antrópico (incisiones, seccionados, muescas, quemados) relacionadas con el procesado y consumo de los animales.

La metodología de las huellas del proceso de carnicería se ha basado en el trabajo de Binford (1981) y Pérez Ripoll (1992). Por otro lado, el estudio tafonómico ha permitido observar otro tipo de alteraciones tafonómicas no antrópicas como actividad de carnívoros o meteorización (Lyman, 1994).

3.2. Resultados arqueozoológicos

La muestra ósea está compuesta por un total de 467 restos con un peso final de 1.540,3 gramos  (Tabla 1).

 

Aparecen representados un mínimo de 14 individuos distintos. Un 64% de la muestra lo forman huesos determinados. Sin embargo, sólo un 13,8% del conjunto ha sido identificado taxonómicamente, aunque al incluir los restos de ovicaprinos esta cifra se eleva a 42,4%. Por otra parte, un 35,8% del conjunto óseo pertenece a restos identificados anatómicamente (Tabla 2).

 

Las especies identificadas han sido: Bos taurus, Equus caballus, Capra hircus, Ovis aries, Sus domesticus y Sus scrofa. El 95,2% de la muestra ha correspondido a animales domésticos identificados taxonómicamente.

A partir del análisis de los restos faunísticos encontrados, podemos afirmar la importancia que en la economía desarrollada tuvo la explotación ganadera. Atendiendo al número de restos (NR), de los taxones identificados son los ovicaprinos (78%) los más numerosos, seguidos en importancia por los restos de vacuno (18%) y los de porcino (4%). En cambio, si tenemos en cuenta el valor de la tanatomasa, el ganado vacuno es el que mayor importancia tiene con el 50,4%, seguido de los ovicaprinos con el 29%, el caballo con el 17,9% y los suidos con el 2,73%. Si bien estas cantidades podrían aumentar a favor de los bovinos y equinos al contabilizar los restos identificados de talla mamífero grande, ya que la tanatomasa de éstos representa el 21,9% del total de la muestra.

En la Tabla 2 se muestran los restos identificados anatómicamente en el conjunto de la muestra. Se han agrupado los elementos recuperados en distintas zonas del yacimiento, dado que todos ellos corresponden al mismo periodo cultural. No obstante, en una futura publicación se detallarán de forma pormenorizada los restos recuperados en cada una de las áreas excavadas.

Igualmente, a partir del Número Mínimo de Individuos (NMI), el vacuno es el ganado más representativo, seguido de los ovicaprinos e igualado con el ganado porcino. A pesar de la escasa muestra, destaca la cabra sobre la oveja con un individuo más, si bien la dificultad de estimar el NMI de los restos de ovicaprinos impide una mayor precisión con este tipo de ganado. De los suidos, destaca la diferente representación de edad de los taxones (desde infantiles a adultos), lo cual indica una explotación, probablemente, de los productos primarios.

Así pues, el ganado vacuno fue la principal fuente de alimento, seguido de los ovicaprinos. Este tipo de consumo queda constatado en otros yacimientos prerromanos como La Campa Torres (Albizuri, 2001; Liesau y García, 2005: 263) o el Castro de Llagú (Liesau y Garcia, 2002). La importancia secundaria del ganado porcino, después del vacuno y ovicaprino, es frecuente para el periodo de estudio tanto en la zona norte (Fernández Rodríguez, 2003), como en la Cuenca del Duero (Morales y Liesau, 1995).

Respecto a la utilidad económica del ganado vacuno, los escasos individuos juveniles de bovinos podrían haber sido utilizados para la obtención de productos lácteos, mientras que los individuos adultos, dadas las patologías óseas identificadas en algunos de ellos (exostosis), podrían haber sido utilizados en tareas agrícolas y de transporte. No obstante, la limitación de la muestra impide establecer patrones más precisos de la edad de sacrificio de las reses.

La presencia de ganado equino en los yacimientos de la Edad del Hierro no es muy frecuente (Altuna, 1980: 51; Fernández Rodríguez, 2003). Sin embargo, en La Ulaña los restos recuperados muestran, al igual que los restos de bovinos y los de ovicaprinos, huellas de manipulación antrópica resultado de su preparación para su consumo. Se trata de un individuo juvenil. Con este único resto sólo podemos confirmar su inclusión en la dieta, pero no podemos conocer aspectos como la importancia de éste dentro de la cabaña ganadera ni si tenía otra utilidad diferente a la alimenticia.

La actividad de la caza, a la vista de los escasos restos recuperados de jabalí, resulta marginal. Presuponemos que se realizaban actividades cinegéticas, si bien su importancia en la dieta ha resultado limitada.

Por último, tanto el patrón de representación anatómica de los taxones más frecuentes (Tabla 2), como las marcas de carnicería identificadas (Tabla 3) han revelado un procesado intensivo de los animales que conformaron la cabaña ganadera de estos grupos humanos.

3.3. La tafonomía del depósito

El grado de alteraciones post-depósito ha sido muy elevado. El 75,2% de la muestra aparece fragmentada, de la cual únicamente un 11,7% ha correspondido a actividades relacionadas con el procesado antrópico de los animales. La media de fragmentación de los huesos ha sido de entre 2 y 4 cm de longitud.

Por lo que se refiere a las labores de carnicería y consumo animal, estas acciones han quedado patentes en un 10,1% del total de la muestra ósea (Tabla 3). Entre las huellas de procesado antrópico las fracturaciones de los huesos en estado fresco (47%) han sido las más abundantes, seguidas de las incisiones relacionadas, fundamentalmente, con las tareas de desarticulación y descarnado (18%), los seccionados (2%), las muescas (3%) y, por último, las termoalteraciones (30%). Estas últimas, dada la coloración que presenta el conjunto de los restos, pensamos que pueden ser debidas más a quemas accidentales que a actividades de consumo.

Sin tener en cuenta los huesos quemados, los restos de vacuno han sido los que presentan mayor cantidad de huellas de carnicería, donde destacan los huesos con fractura en fresco y las incisiones de despellejado, desarticulado y descarnado (véase Fig. 1).

 

Este tipo de huellas indican el procesado intensivo que realizaron los grupos humanos con los bovinos para su preparación y consumo. Entre los restos de ovicaprinos, un 35,2% presentan fracturas en fresco, un 9,3% incisiones y un 1,9% muescas (véase Fig. 2).

 

Estas dos últimas modificaciones reflejan el modo de descuartizado y descarnado de estos animales. Igualmente, se ha podido comprobar por las trazas de descarnado en la mandíbula de caballo el consumo de este animal.

Para las labores de carnicería y procesado intensivo de los animales han sido utilizados instrumentos metálicos, algunos de ellos recuperados en el yacimiento.

Este tipo de procesado intensivo de los taxones se observa en otros yacimientos contemporáneos, como Campa Torres (Albizuri, 2001; Liesau y García, 2005), Llagú (Liesau y García, 2002), Castiello de Cellagú (Adán, 2003) o Muru-Astrain (Castaños, 1988).

La Ulaña es una zona con muy poco espesor estratigráfico, como ya hemos comentado con anterioridad. Este hecho ha quedado copiosamente reflejado en los huesos recuperados, ya que las raíces de las plantas marcan casi la mitad de la muestra (49%). A su vez, la localización geográfica del yacimiento también ha influido en la conservación de los huesos. Se observa perfectamente como los restos óseos abandonados en superficie han sufrido fuertes contrastes de temperatura y humedad haciendo visibles signos de deshidratación, descamación y agrietamiento. Las huellas de meteorización se han observado en un 43,3% de la muestra recogida.

Otras alteraciones bioestratinómicas destacadas han sido las producidas por carnívoros, observadas en un 6,8 % de la muestra. Suponemos que estos carnívoros deben corresponder a perros (a pesar de que no hayamos recuperado restos de este taxón) documentados en las comunidades prerromanas como en Llagú (Liesau y García, 2002), Campa Torres (Albizuri, 2001) o Cogollina (Fernández Rodríguez, 2007). Las marcas de mordeduras han quedado patentes únicamente en las zonas articulares de los huesos largos recuperados en el vertedero excavado al exterior de la muralla norte. Los taxones que presentan mayor número de mordeduras han sido, en primer lugar, el ganado vacuno (55,6%), seguido de los ovicaprinos (33,3%) y, por último, los restos de mamífero grande (11,1%).

  1. Las actividades económicas

Las informaciones económicas sobre los cántabros y, por extensión, sobre esta zona, siguen siendo deudoras de las fuentes clásicas y de un espíritu etnoarqueológico, como principales elementos de reconstrucción paleoambiental, con una visión ecologista no concordante con los datos suministrados por los análisis polínicos en este sector geográfico, para momentos cronológicos anteriores (época megalítica y Edad del Bronce) (una visión crítica sobre el tema: García Sánchez, 2008), y en otras zonas próximas, como algunas turberas localizadas en zonas altas de Cantabria o de regiones limítrofes (Carracedo y García Codron, 2008), cuyos resultados debemos manejar con la debida cautela a la hora de extrapolarlos. Tanto que, de momento, no podemos asegurar qué es lo que se molía en los molinos circulares hallados en el yacimiento, cuya materia prima posiblemente proceda de las terrazas del río Pisuerga, a pesar de su consideración como un testimonio de la renovación técnica y de la mejora económica de la época celtibérica (Sacristán de Lama, 1986: 93), mientras no poseamos análisis polínicos o de fitolitos procedentes del oppidum (1).

(1) Se ha realizado un estudio de las maderas usuales en el yacimiento a cargo de C. Mensua y R. Piqué, del Servei d’Anàlisis Arqueològiques de la Universitat Autònoma de Barcelona, que ha permitido conocer el empleo de pino albar, roble y tejo. Además se han efectuado una serie de sondeos y extracción de registros sedimentológicos en el entorno del yacimiento, con una finalidad paleoambiental, a cargo de S. Riera, del Departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología de la Universidad de Barcelona, que se encuentran en la actualidad en fase de análisis en el Laboratorio de Arqueología de dicho Departamento. Asimismo, se está procediendo a la identificación de improntas vegetales en algunos de los revestimientos hallados en la estructura 55, a cargo de M. Marín, del Grupo de Estudios para la Prehistoria del Noroeste ibérico, del Departamento de Historia I de la Universidad de Santiago de Compostela.

Asimismo, nos queda por constatar la existencia de hornos o talleres cerámicos en el asentamiento, que esperamos poder resolver a través de los análisis sistemáticos de los diferentes tipos de pastas (2).

(2) Los análisis de difracción de rayos X se están realizando en el Laboratorio de la División de Ciencia e Ingeniería de los Materiales de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad de Cantabria, donde ya hemos realizado los análisis químicos, mediante microscopía electrónica de barrido –SEM– con microsonda de energía dispersiva de rayos X –EDAX–, de escorias de hierro y elementos de bronce, hierro y plata, y los análisis mineralógicos, por difracción de rayos X –XRD–, de escorias de hierro y metalográficos de elementos de hierro.

En el yacimiento se han localizado dos tipos, ya citados; el primero se caracteriza por una arcilla refractaria con chamota de granulometría variada y grosera, con un punto de cocción inferior al idóneo, y casi siempre con cocción reductora, poco apta para el torneado, que podría situarnos ante una producción autóctona y el segundo que se corresponde con arcillas ferruginosas, con más o menos desgrasantes de tipo silíceo o calcáreo y torneadas, con cocción oxidante, sin que tengamos resuelto el problema del origen de estas producciones, en el sentido de identificar importaciones o piezas autóctonas (Álvarez Santos, 2005: 114).

Ahora bien, en el caso de los instrumentos de hierro hallados no nos ofrece duda alguna su relación con las escorias pertenecientes a hornos de fundición encontradas en la excavación y en la prospección, como señalan los análisis metálicos realizados (Setién, 2005: 115-130). El mineral de hierro se encuentra fácilmente y en abundancia en el Norte de la Península, por lo que los artesanos de La Ulaña se podían proveer de él fácilmente y elaborar, por forja en hornos pequeños los distintos objetos (Rovira y Gómez Ramos, 2001: 382-383). Estas escorias, por consiguiente, serían indicadoras de la existencia de una metalurgia que se realizaría en el propio asentamiento, al igual que acontece en otros de la misma época (Carrocera y Camino, 1996: 58-59). Sin embargo, para el caso de las aleaciones del cobre, sólo podemos decir que los talleres artesanos, que trabajaron los materiales hallados en La Ulaña, debieron estar ubicados en las cercanías de los centros de producción, ya que la existencia de broncistas en el asentamiento, planteada por Peralta (2000: 64), a partir del estudio de material arqueológico procedente de excavaciones clandestinas, y por tanto descontextualizado, sólo puede considerarse, en la actualidad, como una conjetura, ya que no se han localizado ni en excavación ni en prospección restos de dicha fabricación.

Los artefactos de hierro están relacionados con el trabajo de la madera –clavos–, labores de cocina y artesanía textil –tijeras y cuchillos–, vinculada esta última a la cabaña ganadera, que se fundamentó en el aprovechamiento intensivo de animales domésticos.

La muestra faunística estudiada refleja una sociedad económicamente productora donde la importancia concedida a las actividades cinegéticas ha resultado mínima. La dieta de estos grupos humanos se centraba, principalmente, en el consumo del ganado vacuno, seguido del consumo de ovicaprinos, y en menor medida del ganado equino y porcino. De esta forma, a partir de las trazas de carnicería se ha podido reconstruir el modo de procesado y despiece de los bovinos y ovicaprinos, fundamentalmente de la zona de la muralla norte.

La elevada fracturación en fresco de esos restos indica, posiblemente, el troceado de los mismos para su cocción en recipientes cerámicos de tamaño más reducido que los huesos fracturados. Las incisiones realizadas durante el proceso de carnicería, con instrumentos metálicos, nos informan del patrón de despellejado, desarticulación y descarnado de los taxones identificados.

Entre las alteraciones bioestratinómicas realizadas por agentes biológicos no humanos, se han observado mordeduras de carnívoros. Estas huellas han sido apreciables exclusivamente en los restos de bovino, cabra y ovicaprinos recuperados en el vertedero excavado al exterior de la muralla norte.

Las alteraciones diagenéticas han afectado de manera destacada a la conservación del depósito, puesto que en todas las áreas de excavación se aprecian las huellas que las raíces de las plantas han dejado en la superficie externa de los huesos, aunque en muchos casos también interna. Al mismo tiempo, la deshidratación y la meteorización patentes en muchos de los huesos han sido el tipo de alteraciones tafonómicas más frecuentes.

  1. Medidas osteométricas (en mm)

               

 

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AEspA, 77. 2004. págs. 3 a 22

EL SISTEMA DEFENSIVO DEL CASTRO DE LA ULAÑA

(HUMADA, BURGOS)*

por

MIGUEL CISNEROS CUNCHILLOS

y

PILAR LÓPEZ NORIEGA

Universidad de Cantabria

 

1.      ALGUNOS DATOS SOBRE EL YACIMIENTO (1)

El castro se sitùa en la Peña Ulaña, que es una “lora”, prácticamente aislada de los relieves circundantes, de superficie aplanada, debido a un fuerte proceso erosivo, alargada en dirección Noroeste-Sureste, de unos 5 km de longitud y una anchura variable que oscila desde los 150 m en su extremo Noroeste hasta casi 1.000 m en su parte más ancha. Tiene una altura comprendida entre los 1.150 y los 1.230 m y se eleva en relación a los valles que la rodean unos 230 m, lo que la convierte en un excelente mirador sobre la llanura castellana y la vertiente Sur de la Cordillera Cantábrica con una amplia cuenca visual en torno a ella, por lo que permite divisar un vasto espacio a la vez que la hace visible desde una gran distancia.

La principal peculiaridad del yacimiento radica en su extensión, concretamente 586 has de las cuales 285 se localizan en la plataforma superior caliza, en la que una línea defensiva de la que se conservan unos 2.900 m. aproximadamente, y que protege unos 4.200, se adapta a las características topográficas del emplazamiento, si bien de forma discontinua; esta muralla se completó con otra de 257 m que corta el asentamiento transversalmente. Ello da lugar al mayor castro de la II Edad del Hierro de la Península Ibérica (2) y uno de los más extensos de Europa junto a los de Heidengraben (Würtemberg) con unas 1.500 has. Kelheim y Manching (ambos en Baviera) con 650 y 350 has, respectivamente, y Altenburg-Rheinau (Waldschutz), con 316 has. (3), Su tamaño es, además, muy superior al de los asentamientos más próximos, aún cuando alguno de ellos poseen una importante dimensión, caso, por ejemplo, del Bernorio con 25 has, Monte Cildá con más de 12 o Amaya, situada a unos 4 km en línea recta, con 46 has (4).

Las 301 restantes forman una vaguada o “Cinto”, por la que se accede al castro y que, a su vez, lo rodea a modo de foso natural, delimitada por dos fuertes resaltes: por un lado, los farallones de la propia plataforma superior y por el otro, crestas rocosas elevadas, debido a que se trata de  un relieve típicamente calcáreo, con dos potentes niveles calizos, de consistencia dura, intercalados entre otros niveles más blandos, de margas y arenas. Esta característica creemos que pudo ser tenida en cuenta a la hora de considerar las posibilidades defensivas del recinto (Fig, 1)

Esas calizas se encuentran afectadas por un proceso de carstificación generalizado, en el que el agua de lluvia penetra hacia el interior del macizo a través de fisuras y diaclasas. Además, en la parte alta de la peñas se han desarrollado una serie de dolinas, como la conocida con los nombres de “Poza del Águila” o “Laguna de los  Buitres”, que en los momentos más fuertes de lluvias o fusión de la nieve puede estar llena de agua, así como depresiones alargadas en dirección Nor-Noroeste/Sur-Sureste a ambos lados del eje del sinclinal, que representan otras formas de absorción del aparato cárstico,  mientras que en relación a su emisión encontramos el arroyo de Pontón o San Martín,  que drena la vertiente  norte de la peña, de la que recoge las aguas de varios arroyos y manantiales pequeños, y del río de los Ordejones que nace de dos surgencias de la ladera sur. La toponimia menor da constancia de ello por medio de los abundantes microtopónimos formados sobre el latin *font-; además del topónimo Ulaña, de origen prerromano y, aunque de etimología no suficientemente transparente, se podría relacionar con la raíz *el/ol, que indica surgencia y corriente de agua (5). Esta parece ser la principal peculiaridad del lugar para aquellos que le pusieron tal nombre, aunque desconocemos quiénes fueron los que así la llamaron, sí que podemos afirmar que eran indoeuropeos no célticos cuya lengua era la denominada palco europea o lengua de los hidrónimos, anterior a las prerromanas históricas (6).

Durante las labores de prospección, realizadas entre 1997 y 1999, se documentaron 267 estructuras de las que, al menos, 179 podrían ser de habitación, lo que no quiere decir que interpretemos cada una de ellas como un núcleo independiente, puesto que trabajos efectuados en otros ámbitos del mundo castreño han introducido el concepto de unidades de ocupación, de tal forma que partiendo de diferenciaciones constructivas, funcionales y espaciales de las distintas estructuras, se pueden definir espacios domésticos, como la vivienda, propiamente dicha, a los que asocian una serie de construcciones, bien adosadas, bien exentas, de diferente carácter y función: almacenes, zonas de trabajo, corrales, etc. (7).  En  nuestro caso, teniendo en cuenta que sólo hemos efectuado tres campañas de excavación, una de las cuales exclusivamente sobre viviendas, la del año 2000, es complicado establecer diferenciaciones constructivas generales, en el sentido de distinguir en qué tipo de construcciones se han invertido mayores recursos, trabajo o tiempo; algo semejante ocurre si pretendemos efectuar una distinción funcional, ya que sería necesario contar con más datos sobre la dispersión y carácter de los hallazgos de estas construcciones. No obstante, hemos realizado una aproximación a partir de la forma de las estructuras documentadas, de la existencia de muros comunes entre ellas, de su proximidad espacial y de la independencia del conjunto respecto a otras construcciones, siendo posible diferenciar 24 unidades de ocupación, que integran un total de 68 estructuras generalmente circulares, mientras que las estructuras rectangulares tienden a la dispersión, considerando que 80 de ellas aisladas pudieron tener esta finalidad y el resto otros usos (8).                                                                     

2.- EL SISTEMA DEFENSIVO  

Al analizar un emplazamiento castreño es inevitable tener en cuenta el dominio visual que se establece sobre el entorno y unas buenas condiciones defensivas naturales; si bien a estos aspectos se ha unido en los últimos tiempos el concepto de monumentalidad o visibilización, a partir del cual la construcción de una muralla no implicaría únicamente la ejecución de una obra meramente defensiva sino que además delimitaría y definiría el espacio doméstico a albergar y expresaría la voluntad de hacerlo visible (9).

En nuestro caso, el dominio visual es indiscutible, ya que situados en la cota más elevada, el extremo Este de la peña, se tiene una cuenca visual de unos 80 km en torno a ella; bien es cierto que al estar en el extremo occidental de una amplia plataforma se producen zonas de sombra en buena parte de los valles de San Martín, Humada y los Ordejones, que, por otra parte, son visibles desde otros lugares del asentamiento. Los límites visuales podemos establecerlos en: la vertiente meridional de la Cordillera Cantábrica, por el Norte; valle del Ebro, por el Este y Nordeste; la paramera burgalesa y la Sierra de la Demanda por el Sur y Sureste, y la Tierra de Campos, por el Suroeste.

Por lo que se refiere a las condiciones naturales para la defensa, sus pobladores debieron encontrarse con un inconveniente obvio, las 285 has de extensión, que se convierten en 586 si contamos el Cinto o foso. Por ello hay que entender que la construcción de una muralla, por sí misma, para complementar las condiciones defensivas naturales que presenta el emplazamiento no garantizaba su total seguridad. De ahí que a la hora de concebirse la defensa se asociasen varios aspectos: por un lado, el aprovechamiento como foso de una vaguada perfectamente delimitada, que rodeaba todo el emplazamiento; por otro, un complejo sistema integrado por la propia muralla, una serie de muros en la vaguada, que cortaban la circulación en las zonas más desprotegidas y limitaban el acceso a los recursos hídricos, y un trazado de los caminos de entrada planificado de forma conjunta a los anteriores elementos. (Fig. 2).

 

 2.1      EL ACCESO: LA VAGUADA O CINTO

El análisis del acceso a la Ulaña está íntimamente relacionado con dos aspectos: uno de carácter natural y otro artificial.

1.- El primero viene definido por la topografía de la zona, ya que acceder a la peña suponía, por un lado, salvar un fuerte desnivel para alcanzar el Cinto que rodea toda la plataforma superior y por otro, circular por él en una u otra dirección hasta alcanzar el camino que, con marcada pendiente, llevase a la zona alta del emplazamiento. (Fig. 3)

En este planteamiento hay que tener en cuenta: una altitud relativa del asentamiento, unos 230 m. las desiguales pendientes en sus distintos flancos y la existencia de la vaguada de carácter natural que bordea la peña a modo de foso, con una longitud, en su lado Norte, de 6.040 m y una anchura que varía entre los 20 m, en su zona Nordeste – en “el corral de Giras” – y los 87, en su sector Norte – en las inmediaciones de “las ventanas de la Horadada” -, mientras que en su lado Sur, peor definido, su longitud puede establecerse en torno a los 5.977 m. Dos ejemplos de lo citado, en zonas ya mencionadas pueden ser:

  1. “el corral de las Giras”; desde el arroyo que discurre por la base de la Ulaña, situado a 1.000 m de altitud, se inicia un ascenso con fuerte pendiente y, prácticamente, constante a lo largo de 480 m hasta alcanzar los 1.140 de altura, llegándose a una zona de escaso desnivel, conocida como “Cinto de Espinedo”, para ascender, nuevamente, en tan solo 90 m de longitud hasta los 1.200 de altura, punto en el que se localiza el paraje; desde aquí hasta la plataforma superior tenemos 20 m de farallón vertical.
  2. al Norte de “las ventanas de Horadada” desde el valle a 970m de altura hay que alcanzar los 1.000 de la base de la Ulaña, donde se inicia el ascenso con una pendiente suave, 50 m de altura en 250 de longitud, seguida de una subida pronunciada, desnivel de 75 m en tan sólo 110 de longitud, accediéndose así a una de las crestas que delimita el Cinto; éste se localiza 10 m más abajo     que la cresta. Desde aquí para alcanzar la plataforma superior restan 35 m de altura en farallón prácticamente vertical.

El tránsito por el Cinto Norte, por el que la accesibilidad era más favorable al emplazamiento, se establecía de forma paralela a la línea de muralla, que se situaba, además, en un nivel superior, situación ésta que forzosamente implicaba la directa exposición de los visitantes a los pobladores del asentamiento; la situación del Cinto sur, aún cuando aquí no existe una línea artificial de carácter defensivo, era similar, ya que, ante el efecto de farallones prácticamente verticales de hasta 60 m de altura, que hacían imposible alcanzar la plataforma superior al menos a lo largo de los tres kilómetros más occidentales de la peña, el visitante quedaba igualmente expuesto.

2.- El segundo aspecto a tener en cuenta a la hora de entender el acceso al castro viene definido por una serie de aterrazamientos o bancales que cortan la vaguada natural, que rodea a la peña, en sentido perpendicular y que por sus características morfológicas nos llevaron en un principio, a pensar en abancalamientos para el cultivo, pero esta interpretación carece de sentido si tenemos en cuenta su disposición, siempre perpendicular al Cinto y no paralela, lo que sería lógico si lo que se pretendía era mitigar la pendiente; lo que nos indica la necesidad de buscar otra función para la construcción de este tipo de elementos.

Durante las labores de prospección se observó la relación  que alguna de estas estructuras parecía guardar con los caminos localizados en sus inmediaciones. Posteriormente, una vez fueron ubicadas cartográficamente, se obtuvo una visión conjunta del emplazamiento apreciándose cómo organizaban la vaguada, compartimentándola e impidiendo el tránsito por la misma en algunas direcciones. Se trata de una docena de estructuras, cuya presencia es mayor en el flanco Norte, que casualmente es el que presenta mayor accesibilidad, y con una altura que sobrepasa el metro, siendo su longitud variable en función de la anchura de la vaguada en cada punto. Este plan tuvo que formar parte del complejo sistema defensivo proyectado en el castro, que limitaría no sólo la circulación por la vaguada del Cinto, dadas sus dimensiones y el riesgo que conllevaría de dispersión de fuerzas de defensa si un potencial enemigo tuviese libertad de movimientos por él, sino también el acceso a manantiales; recurso esencial en caso de asedio, ya que si bien las dolinas y depresiones de la plataforma superior de la peña debieron suministrar agua mientras el nivel freático fuese alto, en época de estío sólo las fuentes y manantiales podían abastecer a la población para sus diferentes necesidades, ya que de las 13 fuentes o manantiales localizados 6 se encuentran en el Cinto Norte, 2 fuera de él, hacia el valle, pero en sus proximidades, 3 en el Cinto Sur y 2 en la plataforma superior de la peña (Fig. 4).

 

 2.2      LOS CAMINOS ANTIGUOS Y LAS ENTRADAS

El análisis de conjunto, también, ha permitido efectuar una valoración de los trazados documentados, así como determinar en qué forma se efectuaba la circulación en el interior del Cinto y hasta qué punto ésta estaba relacionada con las necesidades defensivas del emplazamiento, atendiendo para ello a los siguientes criterios: pendiente, disposición de los muros de compartimentación, circulación interna en la vaguada y relación entre el trazado de los caminos y las entradas en la muralla, en especial aquéllas que en forma de embudo permiten suponer a priori la coetaneidad entre ambas obras, (10) lo que nos ha llevado a establecer una valoración cronológica de los diferentes caminos, a partir de lo cual pueden considerarse como vías antiguas las siguientes:

1.- el sendero de “la Corruyuela” o “Cosyuela” se localiza en el flanco Norte del asentamiento a unos 300 m al Oeste del actual acceso a la peña. Su trazado se detectó por debajo del Cinto, a 990 m de altitud, documentándose 170 m hasta llegar a él, que salvando un desnivel de 40 m. Una vez alcanza la vaguada natural parece bifurcarse en dos viales que culminan en sendas puertas en embudo en la muralla:

1ª) sigue dirección Sureste y aunque no existen restos sobre el terreno, su trazado podría coincidir con el de la actual carretera. Este hecho lo evidencia la existencia de una puerta en embudo atravesada en la actualidad por el vial citado. El recorrido de este camino desde que alcanza el Cinto hasta la puerta de la muralla sería de unos 400 m, con una pendiente a salvar de tan solo 20 m.

1b) sigue la dirección Suroeste, siendo fácilmente visible sobre el terreno. Tiene un desarrollo de 530 m desde el Cinto hasta la muralla, salvando un desnivel de unos 35 m. (Fig. 5)

2) el camino de “las Ventanas de Horadada”: al igual que el anterior permite el acceso al emplazamiento desde el flanco Norte. De este camino se ha documentado su recorrido a lo largo de 480 m en los que salva un desnivel de 100 m, desde el paraje que le da nombre, a pie del Cinto, hasta la plataforma superior. Desde aquél, donde se observa cómo la vía ha sido excavada en el terreno, toma primero dirección Sureste y después Oeste, alcanzando la peña por una entrada en embudo en la muralla (Fig. 5).

3) camino Sur de Humada: se localiza prácticamente sobre dicho núcleo de población, a unos 3 km del anterior. Conocemos parte de su desarrollo antes de llegar al Cinto, aún cuando se trata tan sólo de 150 m, pero resulta significativo, ya que discurre por una especie de foso delimitado al Norte por una cresta rocosa y al Sur, por un terraplén de 2,5 m. Una vez alcanzado el Cinto, el camino gira en dirección Sureste, estando delimitado en este caso por sendos muros de compartimentación que parecen marcar su trayecto. Éste es difícil de precisar, en este punto, por los desprendimientos existentes en esta zona, si bien podría enlazar con un tramo largo documentado 500 m al Sureste. Éste último de unos 375 m de longitud discurre en principio en dirección Sureste, a un nivel ligeramente superior de un marcado aterrazamiento del terreno, girando después hacia el Oeste con un claro sentido ascendente, desarrollándose sus últimos 125 m al Norte y de manera inmediata a la muralla, accediendo a la zona alta del emplazamiento a través de una entrada con un marcado embudo. Este trazado nos sitúa ante una vía de 1240 m de longitud en la que se salva un desnivel total de 100 m (Fig. 6).

4) Camino al Este de “la Mazuela” o “la Varga”: se localiza en el Cinto Sur y con dirección Oeste parece dirigirse hacia dicho paraje. Al Norte se encuentra delimitado por unos muros de compartimentación del terreno que impiden la circulación hasta el extremo oriental del Cinto.

5) el camino de “la Fuente del Molino de Pisón”: en el flanco Sur de la Peña Ulaña. Se ha documentado al Oeste del nacimiento del Arroyo del Pisón, tomando una dirección Sureste. Su decurso pronto se pierde, pero se puede sugerir su enlace con el camino que, desde el Cinto y con marcado trazado en zig-zag, alcanza la plataforma superior. Este recorrido significa un trazado de 1680 m en el que se salva un desnivel total de 110 m.

6) el camino del “Sendero del Arco”: también en este flanco Sur. Es un camino conocido como “La Portilla” o “La Bajadera”, parcialmente empedrado al Norte de la localidad de Ordejón de

Arriba, que alcanza el Cinto encajado entre dos crestas rocosas, Constituía en épocas relativamente recientes el acceso desde Ordejón de Arriba a Talamillo, Fuencaliente y San Martín de Humada, es decir era la vía que permitía rodear la Ulaña por el Cinto Oriental. Es posible que ese camino enlazase con un tramo documentado inmediatamente al Norte y conocido como “Sendero del Arco” que discurre por un pasillo natural de 280 m de longitud. El recorrido total conocido es de 1.170 m salvando un desnivel de 160 m.

Estamos, por consiguiente, ante un sistema de caminos que vienen indicados por las portillas que abren en la cresta rocosa que rodea la peña, por ellas entran las vías hacia el asentamiento permitiendo una circulación por la vaguada, limitada por los muros que la atraviesan. El trayecto en pendiente y, en algún caso, en marcado zig-zag de los viales hay que interpretarlo como un intento de suavizar los desniveles y permitir la subida y acceso a la plataforma superior como en el caso conocido de algunos yacimientos celtibéricos (11), por rampas que alcanzarían las puertas en embudo, que son simples interrupciones de la línea de muralla, ya que no se han detectado torres ni otro tipo de obra defensiva en ella. Este tipo de entrada, sencillo, que forma una especie de callejón, cuyos laterales vienen señalados por el trazado de las defensas y que limita el espacio de acción a quien quiera irrumpir en el recinto dejándole expuesto en caso necesario a los ocupantes del asentamiento. Está documentado no sólo en yacimientos de la misma cultura mencionada con anterioridad (12), sino también en algunos de los principales castros vetones como, entre otros, Las Cogotas, El Raso, La Coraja, o La Mesa de Miranda (13) cuya extensión es también importante.

2.3      LAS MURALLAS

2.3.1  La muralla transversal

Tiene una anchura de 3,5 m y una altura conservada de poco más de 1 m. Su longitud, como ya se ha comentado, era de 257 m dividiendo el asentamiento transversalmente. Su altura aproximada se calcula entre 3,6 y 3,9 m para el lienzo Oeste y entre 4,25 y 4,75 m para el Este (Fig. 6). Su morfología era de dos paramentos de mampostería calizos irregulares grandes y medianos, con cara vista al exterior  y un relleno de piedras pequeñas y medianas y arcilla como elemento de cementación (Fig. 7)

La excavación permitió conocer cómo se fue construyendo conforme se iba extrayendo la materia prima, colocándose, en algunos casos, piedras de gran tamaño en la parte superior, por lo que cuando se produjo el derrumbe éstas cayeron en las proximidades de la muralla con la cara visa hacia abajo. No debe extrañar este sistema porque las calizas del yacimiento son fáciles de extraer, en tamaños diferentes según las fisuras y siempre dan una cara lisa, por lo que no se usó el escuadramiento de las rocas para su encaje. La primera hilada apoyada sobre la roca natural, simplemente sirvió para igualar ésta y a partir de ahí establecer otras más o menos horizontales. Una vez colocadas las rocas, entre ellas se intercalaban otras más pequeñas o una asa de arcilla y piedra caliza pequeña y machacada – grija-.

Los bloques caídos de mayor tamaño fueron documentados en el lado Oeste de la muralla debido a las características orográficas del lugar excavado, que presenta fuertes pendientes al Este de la línea defensiva, así como por su proximidad a los cortados de la parte Norte de la peña. Ello quiere decir que las rocas al caer rodaron hacia el Cinto, desintegrándose en la caída o con posterioridad o quedando enterradas allí por la acumulación posterior por derrubios.

2.3.2  LA MURALLA NORTE

La zona excavada se localiza sobre el acceso de las Ventanas de Horadada, en un tramo de dirección general Norte-Sur, delimitado al Norte por un afloramiento rocoso en altura, donde se observaba la presencia de tres bloques calizos apoyados sobre la roca, que pudieron pertenecer a uno de los lienzos de la muralla.

Su nivel de derrumbe estaba formado por bloques de dimensión heterogénea, de tal forma que en un nivel superior se localizan piedras de tamaño medio y en el nivel inferior grande, lo cual, si seguimos la secuencia estratigráfica, al igual que acontece en la muralla transversal, sugiere que las piedras mayores correspondían a las hiladas superiores.

La anchura de esta muralla oscila entre 3,35 y 3,10 m y su altura conservada es de 1,5 m mientras que se le ha calculado una entre 3,2 y 3,8 para el paramento interior y unos 5 m para el paramento exterior. La cara externa está formada por mampuestos calizos irregulares de tamaño medio, ocasionalmente grande, de los que se conservan a lo sumo tres hiladas (Fig. 8).

En aquellas partes en las que el sustrato presenta un plano regular se aprovecha esta característica para apoyar la primera hilada, siendo ésta la única que se conserva en este caso. Se trata de bloques calizos ligeramente vencidos hacia el Este, fruto sin duda de los empujones ejercidos por el relleno, los cuales son más evidentes hacia el Norte donde se observan tres piedras de mayores dimensiones sensiblemente desplazadas, respecto al plano original de la muralla. Sin embargo, en esa dirección, la alineación que marca la línea defensiva está ocupada por un afloramiento rocoso en altura e irregular que en su  zona central presenta una sección en U. Es en este lugar donde se localizan tres bloques calizos muy regulares de sección rectangular, si tenemos en  cuenta las características de los mampuestos documentados, todo parece indicar que se prestó especial atención en este punto a su selección, disponiéndolos en un plano horizontal  a fin de rellenar/nivelar el hueco del afloramiento aunque en la actualidad se encuentran vencidos hacia el Norte. Sus dimensiones oscilan entre 42 y 53 cm de longitud y 13 y 16 de altura (Fig. 9).

El hallazgo de esta zona de muralla Norte de abundante material arqueológico ha permitido definir la existencia de un vertedero exterior, debido a la gran acumulación de restos óseos, a que algunos de ellos presentasen fracturas y cortes de carácter antrópico y a la presencia de otro tipo de artefactos, como cerámica y metales, y de un ámbito de ocupación al interior. Respecto al primero, su disposición estratigráfica en la zona de contacto entre la roca madre y el derrumbe de los lienzos de la muralla indica que los elementos allí documentados fueron desechados en un momento en que la defensa aún estaba erguida.

En cuanto al ámbito de ocupación interior, la carencia de elementos constructivos está paliada con el aprovechamiento de los afloramientos calizos que ofrecían una protección natural por su altura al Norte, Oeste y Sur y por la propia muralla al Este, dando lugar a un espacio de poco más de 10 m2, que posiblemente sea indicativo de una ocupación temporal relacionada con necesidades defensivas o de vigilancia, ya que desde este punto se obtiene un control directo sobre el sendero de la “Corruyuela” o “Cosyuela” y se vigila igualmente el acceso de las “Ventanas de la Horadada” (Fig. 10)    

En este espacio se localizó abundante material arqueológico: óseo, metálico, cerámico, destacando el hallazgo de un denario de la ceca de Turiaso  (Fig. 11).

 

2.3.3  LA UNIÓN DE LAS MURALLAS NORTE Y TRANSVERSAL

Esta zona presenta una características morfológicas diferentes respecto a los datos precedentes. En primer lugar, el derrumbe de los lienzos de la muralla transversal era de una potencia considerable, que sobrepasaba incluso el metro de altura, pese a la fuerte pendiente del terreno en este sector, que nos hacía suponer que la mayor parte de la caída habría rodado por la ladera hasta la vaguada.

En segundo lugar, la conservación de los paramentos de la muralla transversal era pésima en comparación con los ya conocidos. La explicación a este hecho posiblemente tengamos que buscarla en su localización espacial, ya que el desnivel del terreno favorecería, en principio, el rodamiento de los restos (Fig. 6). No obstante la muralla tiene una anchura de 3,60 m. Su cara Oeste presentaba un máximo de 3 hiladas, siendo su altura conservada de 70 cm y sus mampuestos no eran de tamaño homogéneo, siendo mayores los de la segunda y tercera hilada que los de la inferior, que apoyaba al Sur sobre una afloramiento calizo en altura, mientras que el resto fue nivelado con un relleno formado por tierra suelta y pequeñas calizas, que permitió disponer la primera hilada en un plano horizontal. (Fig. 12)

 

Aunque podría pensarse que este procedimiento constructivo se debe a que el asentamiento directo de los paramentos sobre la roca, dado su fuerte desnivel, ofrecía dificultades técnicas, la inexistencia de este nivel en el lado opuesto obliga a considerar otros parámetros relacionados estrechamente con la erección de la muralla Norte.

La cara Este de la muralla transversal en esta zona de unión tenía dos o, a lo sumo, tres hiladas, si consideramos como tal un gran bloque calizo que fue eliminado durante los trabajos de excavación por peligro de desplome sobre el lugar de trabajo. La altura conservada del lienzo era de unos 60 cm. Estos bloques presentaban grandes dimensiones, alcanzando algunos los 50 cm de longitud y 30 de altura. La roca madre en este lado presenta un marcado desnivel hacia el Norte, hecho en el que pudo radicar que la muralla reventase en su base por empujes del relleno, ya que éste ha sido localizado en el desplome bajo los bloques calizos del paramento.

Por lo que respecta a la muralla Norte, en esta zona, presenta diferencias estratigráficas notables a un lado y otro de la muralla transversal. Mientras que al Este se documenta el nivel de derrumbe de ambas murallas entremezclado hasta el punto que es casi imposible diferenciarlos a no ser por el buzamiento de las piedras, indicador de la dirección de la caída y factor que nos lleva a interpretar que el desplome en este sector es coetáneo en el tiempo, en el lado opuesto, el Oeste, los restos son demasiado escasos para una obra de este tipo e interpretar que éstos rodaron en su totalidad por la ladera hasta la vaguada es cuando menos, en principio, demasiado arriesgado. Un dato sorprende en este lugar, la enorme decalcificación de los mampuestos conforme aumenta la profundidad, lo que debemos relacionar con filtraciones de agua ya detectadas con anterioridad en el tramo excavado en la muralla transversal, si bien no con esta importancia. La explicación a ello la podemos tener en el fuerte desnivel de la roca que favoreció la escorrentía del agua, tanto más durante el deshielo, actuando la muralla Norte como barrera de contención por lo que a priori podría considerarse este fenómeno natural como el causante del derrumbe de la muralla Norte en esta zona de unión.

Bajo esta unidad se localizó una alineación de piedras asentadas directamente sobre la roca madre, igualmente alteradas por el proceso de decalcificación, que creemos pertenecieron a la base del lienzo de la muralla Norte, a pesar de la escasa entidad de los restos, ya que al otro lado de la muralla transversal se identificó un paramento de igual orientación, en el que solamente tenemos en posición original los bloques calizos inferiores (Fig. 13).

Todo esto nos lleva a plantear que las estructuras localizadas no responden al mismo momento cronológico y, además, forman parte de diferentes organizaciones del espacio, cuyas fases ordenadas, pero sin una cronología completa pueden ser las siguientes: (Fig. 14)

 

 

 

  1. a) Fase 1: construcción de la muralla Norte. El pésimo estado de conservación de los restos poco aporta a la hora de definir las características constructivas de esta obra. La inexistencia del lienzo exterior, que por su localización orográfica debió rodar hacia el Cinto, en el momento de desplomarse la muralla impide no sólo definir su anchura y altura sino también el derrumbe de los paramentos.
  2. b) Fase 2: destrucción de la muralla Norte. Ésta no debe entenderse como un hecho global que afectase a la totalidad de su trazado, sino a una parte del mismo, ya que, a partir de los datos arqueológicos, parece que en el sector donde aquella ha sido documentada se produjo, por causas naturales, puesto que la decalcificación de los mampuestos apunta a una erosión paulatina del agua, favorecida por la fuerte inclinación del sustrato, lo que debió originar su estancamiento en la base de la muralla.
  3. c) Fase 3: erección de la muralla transversal y reconstrucción y reorganización del trazado de la muralla Norte, cerrando ambas al Nordeste y prolongándose el trazado de esta última en dirección Oeste, a un nivel inferior, aprovechando una plataforma situada inmediatamente debajo; punto en el que ya se había observado la característica cresta y derrumbe de este tipo de construcciones y que hasta ahora había sido interpretado como la existencia en esta zona de un doble amurallamiento. Es decir, una vez derrumbada la muralla Norte se emprende su reconstrucción, así como la ejecución de la muralla transversal, lo que implica una reorganización espacial a partir de la cual la traza de la muralla N orte no va a ser la misma, descartándose su reconstrucción al Oeste de la transversal, tal como indican las diferencias estratigráficas a uno y otro lado de ésta. Así en este sector la muralla transversal se asienta sobre un estrato de nivelación localizado, a su vez, sobre el derrumbe de la muralla Norte siendo, además, prácticamente irrelevantes sus restos, hecho que nos lleva a pensar no sólo en el rodamiento de los bloques calizos sino también en su aprovechamiento como cantera para la nueva construcción, mientras que al Este, el lienzo de la muralla Norte parece engarzarse en el de la transversal, siendo inexistente el estrato de nivelación y observándose, además, la uniformidad espacial de ambos derrumbes.  Por otra parte una observación directa sobre el terreno nos puede llevar a entender aquí la causa de la erección de una línea defensiva en la plataforma inferior, que a estas alturas de la investigación no parece desencaminado asociar a este momento cronológico.
  4. d) Fase 4: destrucción de ambas murallas. Ésta fue coetánea, así lo parece indicar la imposibilidad de diferenciar espacialmente los derrumbes de ambos lienzos, hecho por otra parte lógico, ya que los empujes originados en la caída de una inevitablemente tuvieron que afectar a la otra.

Por tanto, todo parece indicar que nos situaríamos ante dos momentos en la organización del espacio que no podemos, en la actualidad, asociar a otros tantos de ocupación.   

3.      ¿SON POSIBLES LOS PARALELOS?: EL HOMBRE Y EL MEDIO

Estamos ante un modelo defensivo excepcional debido al tamaño del castro, al aprovechamiento de la naturaleza y a su aparente complejidad: una vaguada natural de 301 has. que actúa a modo de foso, sirviéndose de las crestas calizas que rodean la peña, está elevado sobre el valle, como se observa, en especial, en el Cinto oriental y occidental, donde éste se abre dando lugar a auténticas plataformas dominadoras, también, del paisaje. Es un modelo de acceso al castro a través del foso, que obliga a dejar desprotegidos sus flancos al visitante, ofreciendo una solución práctica, ya que no existe otra posibilidad de entrada, con una clara connotación estratégica (16), a la que, potencialmente, sus pobladores no fueron ajenos. Además, esa vaguada, que fue utilizada como foso natural, posiblemente estuvo compartimentada por muros de naturaleza diversa que no sólo dirigían la circulación e impedían la libertad de movimientos por ella, sino que también protegían las fuentes y manantiales que surgen, es decir, una división que podemos considerar perteneciente al sistema defensivo. Éste constaba, a su vez, de una línea de muralla discontinua en el lado Norte, con una anchura entre 3,10 y 3,25 m y una altura potencial de 5,6 m en la zona excavada, que cubría las partes más fácilmente accesibles, es decir aquellas que carecían de farallones, y otra transversal de 3,5 m de anchura y una altura probable de 3,8 m en la zona excavada, que dividía el castro en dos parte desiguales, en la que no se ha localizado puerta alguna, lo que no quiere decir que no la tuviese. Estas murallas eran muros simples de piedra en su parte conservada, si bien desconocemos si lo fueron en su totalidad o poseían superestructuras de otros materiales, como adobe o maderas, formando empalizadas (17). El lado Sur no tenía defensas artificiales porque no eran necesarias ante la magnitud de los cortados.

Es difícil encontrar paralelos a este sistema, debido a su adaptación al terreno, ya que ni siquiera es similar a cualquiera de las defensas de los oppida centroeuropeos, que, a su vez, también se caracterizan por esa cualidad; así por ejemplo, Manching situado en una zona llana está defendido por una muralla; Kelheim, en la confluencia de los ríos Altmühl y Danubio, está protegido por cortados naturales y por ambos cauces, quedando sólo una zona provista de una doble línea de defensas artificiales; Heidengraben se basa en el aprovechamiento de farallones naturales y Altenburg-Rheinau, ubicado en uno de los meandros del Rhin, se beneficia de los cortados que origina el río, reforzando sólo las zonas menos abruptas y estableciendo una línea de muralla por el único lado accesible (18).

En la Península tampoco se pueden establecer paralelos en igualdad, dada la magnitud de las dimensiones del asentamiento y ahí es, precisamente, donde radica su originalidad, ni encontramos los mismos elementos juntos en un hábitat de menor tamaño; ello nos indica que el sistema defensivo de la Ulaña no es comparable, por el momento, a ningún otro conocido de la II Edad del Hierro peninsular.

No obstante, los elementos empleados en él son conocidos en la época en diferentes ámbitos, no planteando en este sentido innovación alguna, si bien casi siempre son usados de forma aislada. Así casos de acceso al castro a través del foso pueden señalarse los del yacimieno de Valdetaus (Tauste, Zaragoza) (19), donde se aprovecha como parte del foso un escarpe natural, o el de el Castellar de Meca (Ayora, Valencia), donde el Camino Hondo hacía las veces de foso (20), e incluso se podría añadir por tener un esquema parecido el de la Corona de los Corporales (Truchas, León), si bien aquí el foso es una obra artificial excavada y no natural, con una abertura al exterior en su lado Norte, por la que quien entraba quedaba expuesto a los ocupantes (21).

Igualmente podemos mencionar algunos ejemplos de fosos con estructuras en su interior delimitadoras de la circulación, como en el yacimiento mencionado con anterioridad, de Valdetaus, donde un muro corta perpendicularmente el foso en su extremo Sur, obligando al visitante a dirigirse por su fondo hasta las defensas de la entrada principal e impidiendo que el enemigo pudiera circunvalar el recinto (22), y en el tipo IV de otros sistemas defensivos complementarios que Gusí. Díaz y Oliver enuncian para yacimientos del Norte de la Comunidad Valenciana, en donde un muro perpendicular a la muralla atraviesa el foso (23).

Asimismo, muros simples, con dos paramentos externos y un relleno interior de piedra y tierra, empleados en la construcción de murallas son frecuentes (24), incluso de mayor anchura, como en el caso de los castros y opíddu vetones, donde su espesor oscila entre los 4 y 8 m (25). También son relativamente abundantes las murallas discontinuas, es decir interrumpidas en aquellas zonas abruptas o en acantilados, que indican sólo un deseo de economía de esfuerzos y de recursos (26).

En las proximidades, zona meridional de la antigua Cantabria, tampoco hallamos un esquema defensivo comparable o similar, ni siquiera en el caso del Bernorio, que presenta foso, muralla y recinto interior de 3 has. El primero tiene una anchura que oscila entre los 4 m. sostenidos por Schulten, y los 8, de San Valero, y una altura media de 1,80 m. Los muros son simples con dos paramentos de piedra tallada y un relleno de piedra, con un espesor de 1,90 m. y un altura máxima que no sobrepasaría los 3, según San Valero (27). La cronología de estas defensas se establece en los siglos II-I a.e., fundamentalmente por paralelismo con el castro de Celada Marlantes (28). No obstante, en la zona llamada del Castillo, en un momento indeterminado, según Esparza, se reforzarían los muros con una serie de vigas, dando lugar a un murus gallicus, mientras que Moret piensa que estaríamos ante la presencia de una rampa (29). En el resto de los castros “clásicos” las referencias a sus defensas son difusas y aclaran poco el tema: así en el ya mencionado castro de las Rabas (Celada Marlantes, Cantabria) se excavó un muro, que tenía “un solo lienzo de pequeñas piedras bien talladas y asentadas” del que se conservaban 5 hiladas y al que se le atribuye una función defensiva; asimismo a escasa distancia, aunque no se determina ésta, “se descubrieron nuevos muros en la misma dirección casi paralelo a la defensa”, cuya interpretación probable, según sus excavadores, sería la de “defensas pasajeras a modo de trincheras” (30). Sin embargo, Moret, que las fecha no más allá del siglo II a.e., considera que la muralla tendría una base de piedra sobre la que se colocaría una empalizada de madera (31). En Monte Cildá (Aguilar de Campoó, Palencia) no existen vestigios que puedan atribuirse al sistema defensivo del asentamiento indígena, aunque algunos autores suponen que las murallas serían de mampostería y similares a las del Bernorio (32). En el caso de Amaya, a la que por tradición se le asigna una importante ocupación en la Edad del Hierro, sobre todo en la Segunda, Abásolo piensa que es en esa época cuando se llevan a cabo las más importantes obras de amurallamiento que afectaron a aquellos lugares no suficientemente defendidos por la naturaleza y a su llamada acrópolis (33).

Tampoco obtenemos mucha información de castros de más reciente estudio como el Cerro de la Maza (Pedrosa de Valdeporres, Burgos), donde se destacan unas murallas de una anchura de 2,50 a 3,40 m. (34), más gruesas, por tanto, que las exteriores del castro de la Espina del Gallego, 2 m., cuyo aparejo sería de piedra y madera con una parte inferior levantada a base de un muro simple con dos paramentos de grandes  bloques y un relleno de cascajo y una parte superior con una empalizada de madera: este sistema defensivo se completaría con otros muros interiores concéntricos de menor espesor, excepto en dos de sus lados, y un foso delante de la segunda muralla, según describe su excavador (35)

En resumen, el sistema defensivo de la Ulaña se caracteriza por su magnitud, debido a las dimensiones del asentamiento, por su adaptación al terreno y por el aprovechamiento de los recursos que la naturaleza le proporciona.

4.- LA CRONOLOGÍA: MATERIALES Y DATACIONES ABSOLUTAS (36)

El yacimiento se caracteriza por su abundancia de materiales y las excavaciones efectuadas en las zonas de muralla no son una excepción a dicha afirmación. Aunque se encuentren en fase de estudio para su publicación de conjunto, podemos adelantar que, en principio, las cerámicas reflejan una secuencia cronológica, ya documentada en campañas anteriores (37), con dos tipos de producciones: las que se corresponden a piezas pertenecientes a partir de de momentos de transición del Hierro I al II y el que formaría el conjunto de materiales de características celtibéricas plenas. Todas ellas se documentan en la muralla Norte, ya que en la transversal y en la unión de ambas sólo se han constatado las primeras, si bien en el vertedero de aquélla la presencia cuantitativa de ambos es muy semejante y en el ámbito de ocupación adosado a la misma el tipo más representado es también el primero.

Este se corresponde con materiales que se fechan a partir de finales del IV y principios del III a.e. momentos de introducción del torno en la Meseta. Se trata de cerámicas fabricadas con arcilla refractaria con chamota de granulometría variada y grosera, que responden a un de cocción inferior al idóneo, siendo poco aptas para el torneado. Sus superficies están alisadas o espatuladas, predominando la decoración incisa. Su color oscila del pardo oscuro a negro, dependiendo de que predomine la cocción oxidante o reductora, casi siempre ésta. Posiblemente estamos ante una producción autóctona, aunque queda por constatar la existencia de hornos o talleres cerámicos (Fig. 15).

Se trata de ollas de pequeño tamaño con los bordes vueltos, con paralelos en la Corona de los Corporales y en el Raso (38) y jarras con decoración de diseños en espigas, con paralelos en Melgar de Abajo o en Bernorio entre otros yacimientos. (39)

El segundo se desarrollaría en cronologías que oscilarían entre el 300 y mediados del I a.e., llegando, tal vez, hasta momentos cronológicos de las guerras cántabras. Está fabricado con arcillas ferruginosas, con más o menos desengrasantes de tipo silíceo o calcáreo y torneadas. Sus superficies han sufrido un tratamiento de alisado por efecto del torno, como preparación para recibir la decoración pintada. Su color oscila entre rojizo y ocre variando en función del punto de fusión en la cocción oxidante. Son fragmentos de tinaja sin decoración en los conservados, pero de grandes diámetros de boca, frecuentes entre otras zonas de la navarro-riojana y en la vaccea (40). No está resuelto el problema del origen de estas producciones en el sentido de identificar importaciones o piezas autóctonas.

Los materiales metálicos identificables nos sitúan igualmente en el contexto de la II Edad del Hierro: una aguja de bronce y un regatón de hierro. Hay que destacar el hallazgo, en el nivel de suelo de la posible ocupación al interior de la muralla Norte, de un denario de Turiaso, en cuyo anverso aparece una cabeza  barbada a derecha, con pelo rizado, collar en cuello y la leyenda Kastu, en caracteres ibéricos, en torno al tipo. En el reverso aparece un jinete con lanza, con las cuatro patas del caballo sobre la leyenda Turiasu, también en caracteres ibéricos. Pertenecería a la denominada por Dominguéz como tercera emisión de plata de esa ceca, que fecha a principios del siglo I a.e. (Fig. 11)

Respecto a los restos faunísticos encontrados en el vertedero de la muralla Norte, fundamentalmente se puede destacar que la cantidad de animales domésticos es mucho más amplia  que la de salvajes. Entre los primeros, los ovicaprinos son los más numerosos, seguidos a cierta distancia por los bovinos, équidos y suidos, mientras que entre los animales salvajes aparece exclusivamente el jabalí. Ello ayuda a conocer la dieta de los pobladores del castro así como ciertos aspectos relacionados con sus actividades económicas.

Las dataciones absolutas, a partir de 3 muestras de madera quemada son las siguientes:

Base exterior de lienzo Oeste de la muralla transversal 2110 ± 50 BP (GX-3027). Edad equivalente: 160 a.e. Intersección: 161, 130, 120 a.e. 1 sigma: mínimo 199 a.e., máximo 50 a.e., probabilidad de distribución 0.731: 179-86 a.e. 2 sigmas: mínimo: 352 a.e., máximo: 1 d.e., probabilidad de distribución 0.854: 211-16 a.e.

Base exterior del lienzo Oeste de la muralla transversal: 2230 ± 50 BP (GX-30248). Edad equivalente: 280 a.e. Intersección: 357, 286, 258, 243, 234 a.e., 1 sigma: mínimo 385 a.e., máximo: 202 a.e., 2 sigmas: mínimo 397 a.e. máximo: 169 a.e., probabilidad de distribución 0.967: 393-197 a.e.

Suelo de la posible ocupación al interior de la Muralla Norte: 2060 ± 100 BP (GX-30855). Edad equivalente: 1100 a.e. Intersección: 50 a.e., 1 sigma: mínimo: 199 a.e., máximo: 53 d.e., probabilidad de distribución: 0.908: 185 a.e. – 32 d.e., 2 sigmas: mínimo: 378 a.e., máximo: 131 d.e., probabilidad de distribución: 0889: 263 a.e. – 130 d.e.

De todo ello se puede concluir que este aparato defensivo está erigido, sin ninguna duda en la II Edad del Hierro, según señalan, tanto las aportaciones cronológicas de los materiales como las fechas absolutas; incluso, si tenemos en cuenta éstas se podría señalar que la muralla transversal está construida ya hacia mediados del III-mediados del II a.e., ya que las muestras datadas se recogieron al exterior de ella, pero en su base, por lo que es evidente que la erección tuvo que producirse antes (42) y la muralla Norte seguía en uso a finales del II-principios del I a.e., como reflejaría la posible ocupación de un espacio adosado a su interior.

5.- A QUIÉN DEFIENDE Y DE QUIÉN: EL SIGNIFICADO DEL SISTEMA DEFENSIVO

Es evidente que la finalidad principal de la construcción de una muralla es la defensiva, ya que ante todo es una obra militar (43). No obstante, en los últimos tiempos trabajos desarrollados en otros puntos de la Península sobre el mundo castreño han hecho especial hincapié, además, en la función de la muralla como elemento a favor de la monumentalidad, la cohesión social y la ordenación del espacio interior del castro (44), debido a que en su misma concepción las lleva implícitas, tanto por el territorio que delimita como por el esfuerzo conjunto que supone su ejecución (45). De esta forma la limitación del espacio define una comunidad autárquica, autosuficiente y un grupo socialmente cohesionado (46) y refleja una voluntad de que esos procesos sociales sean perfectamente visibles (47).

En nuestro caso, la construcción de una muralla afianzó el carácter de aislamiento del propio emplazamiento elegido al unir las condiciones naturales – aprovechamiento de una vaguada que rodea todo el espacio a modo de gran foso natural y sobreelevada del valle - y las estructuras artificiales – muralla, accesos y, en relación a éstos, muros que compartimentan la vaguada, que permitían controlar la circulación por las zonas más desprotegidas y restringir el acceso a los recursos hídricos -. La muralla es un elemento defensivo, ya que bordea el cerro prácticamente a lo largo de todo su flanco Norte, el más fácilmente accesible, mientras que en el resto del entorno de los farallones – de plano vertical y de más de 60 m de altura – servían por sí mismos como defensa natural del recinto. Esa línea defensiva discontinua, que desaparece en aquellas zonas donde los cortados presentan tal verticalidad que era técnicamente imposible practicar el ascenso, se adapta a las características tipográficas del emplazamiento. Este sistema se completó con la construcción posterior de una muralla transversal, que divide el castro, según hemos vistoen la zona de unión de ambas. Esto se debió producir antes de mediados del III-mediados del II a.e., momento en el que se replanteó la línea de muralla Norte. Ello quiere decir que en esos momentos existió una nueva concepción de la organización espacial con fines que desconocemos, quedando claro que hay una necesidad de establecer esa división en el interior para usos diferentes (48); cualquier otra deducción, en estos momentos, del tipo de necesidades defensivas u otras, es una mera especulación. No obstante, hay que tener presente para cualquier análisis posterior tres hechos:

1) desconocemos si había puerta o puertas en esta muralla transversal, ya que los restos que quedan impiden cualquier aseveración, bien es ciertos que sobre el terreno y en fotografía aérea convencional y arqueológica no se aprecia interrupción alguna, lo que no quiere decir que no exista bajo los derrumbes.

2) el lado más pequeño que se crea en el castro, el Noroeste, tiene un acceso abierto en la muralla Norte, por lo que no queda aislado completamente;

3) a ambos lados, existen estructuras, si bien en el recinto Noroeste su número es proporcionalmente menor y mayoritariamente se sitúan adosadas o muy próximas a la muralla Norte sin que podamos, en el estado actual de la investigación, establecer de forma fehaciente la intencionalidad de este reparto.

Ahora bien, parece improbable que la construcción de la muralla obedeciese únicamente a necesidades defensivas, sobre todo por la imposibilidad de defender un espacio de tales dimensiones, más si tenemos en cuenta el número de habitantes posible, que se deducen del cálculo de viviendas que hemos establecido, a partir de la prospección, como ya hemos mencionado anteriormente. Si tenemos en cuenta el número de ellas localizado y que la presión constructiva sobre el espacio fue muy limitada a diferencia de lo que ocurre en otros castros de dimensiones más reducidas y efectuamos una desviación, dado que las 50 has. de la plataforma superior están ocupadas por un pinar y su investigación arqueológica es cuando menos limitadas y que la media de personas por vivienda se viene aceptando entre 4 y 5 (49)

tendríamos un número aproximado de 600 habitantes, como cifra orientativa. No es arriesgado, por tanto, plantear que cualquier esfuerzo defensivo en un castro de 285 has es técnicamente inútil por lo que la construcción de una obra de tal importancia además de una simple necesidad de protección tuvo que ser respuesta a otras inquietudes.

Es para nosotros precisamente la extensión del asentamiento el mayor condicionante que los pobladores debieron encontrar pero, a su vez, no se nos puede olvidad que esa particularidad, que le viene dada le otorga el carácter de monumentalidad al castro, ya que la peña se vislumbra en el paisaje como elemento aislado, perfectamente delimitado y, por consiguiente, visible desde otras comunidades. En este sentido debe recordarse que la cuenca visual de la Ulaña se sitúa en torno a los 80 km y no debemos olvidar la proximidad de otros castros como Monte Cildá y su visualización como el del Bernorio, Amaya, Icedo o el Perul entre otros (50), con los que desconocemos, por el momento, el tipo de relación que había y el hecho de que existiese, aun siendo de interés, es matizable en función de que la cronología señale su sincronía (51), por lo que no sería descartable, a la vista de todo ello, el empleo de la arquitectura defensiva con un carácter disuasivo y de ostentación, al igual que ocurre entre asentamientos de otras zonas (52), donde la intención de visibilización esconde un código de comunicación entre las diferentes comunidades en el que se muestra no sólo el potencial de población, sino su capacidad de movilización de recursos (53) y su integración en el paisaje, como elemento distintivo de la expansión del poder de la comunidad, con un elevado valor simbólico (54).

Pero en este análisis hay que añadir la situación geográfica en la que se ubica la Ulaña, enclavada en la frontera entre cántabros y turmogos, entendiendo ésta como una zona de permanentes contactos, entre los que debemos considerar los enfrentamientos militares, un “territorio de paso” y un “territorio de nadie”, con límites difusos y cambiantes (55). Un área en la que la cultura material, que todavía está por definir en ambos grupos, no está vinculada a divisiones artificiales del territorio y en la que influyen más que las relaciones étnicas, las comerciales y las sociales y las vías de comunicación, como se ha puesto de manifiesto en otros ámbitos peninsulares (56). A pesar de que tradicionalmente el castro ha sido incluido dentro de la Cantabria prerromana, debido al supuesto trazado de la línea de su frontera meridional y no a la existencia de una­ estructura social o de una cultura material (57), de la que hasta el inicio de nuestros trabajos sólo se conocían datos procedentes de excavaciones clandestinas (58).

Quizá a todo ello, se deba la elección del emplazamiento, dado su dominio visual y las características que representaban un ahorro de recursos que junto a las estructuras constructivas que se le agregaron dotaban al asentamiento de un complejo sistema defensivo del que carecen los castros más próximos, si bien es cierto que la investigación de éstos sobre la materia es antigua y escasa y por tanto sería conveniente actualizarla. Pero es indudable que si nos atenemos a los datos conocidos la Ulaña es el asentamiento de la zona con murallas más potentes como ya hemos mencionado. Sin embargo, mientras no conozcamos la relación que mantenía con los castros más próximos y, en especial, con cuáles de ellos, pocas conclusiones podremos extraer, porque si los consideramos a todos contemporáneos se nos plantea un problema de difícil solución: a qué responde la concentración de asentamientos que existe en esta parte centro-meridional de la Cantabria prerromana y, sobre todo, su gran tamaño durante la II Edad del Hierro, lo que nos lleva a otro aspecto: cuánta gente habitaba en estos asentamientos de dimensiones considerables; recordemos: la Ulaña 285 has, Amaya 46, Cildá más de 12, Bernorio 25, a los que hay que sumar otros más pequeños como Monasterio con unas 3 has, por ejemplo (59). En resumen, tenemos muy poca información en la actualidad sobre el tipo de población y el patrón utilizado en esta zona y reducirlo todo a la contemporaneidad de los asentamientos para poder establecer un discurso en el que entren los enfrentamientos entre pueblos – cántabros y turmogos – citados en las fuentes clásicas y las guerras cántabras parece un análisis muy simplista, que trata de ocultar las numerosas carencias existentes.

La ubicación de la Ulaña también ha hecho que no sólo se la relacione sino que incluso se la incluya en los sucesos de las guerras cántabras a partir del nuevo panorama que se está dibujando sobre ellas, con la creación de un nuevo escenario del conflicto en el que se asocia, junto a Amaya, el campamento de Sasamón (60), dando por supuesta la sincronía de los tres establecimientos  que parece deducirse de su contacto visual (61), y basándose, además, en material arqueológico de procedencia clandestina, por tanto descontextualizado y no contrastable, cuyas fechas en líneas generales no llegan a ese periodo (62).

En el estado actual de nuestra investigación nada indica que el castro haya sido escenario de dichos episodios bélicos. Esta unión es difícil de mantener ya que hasta la fecha en las campañas de excavación realizadas no se ha hallado nivel de destrucción alguno y los restos de incendio son muy localizados y no están generalizados, lo mismo indica el análisis del registro arqueológico, dada su escasez, fragmentación y deposición (63). Además tampoco en la historiografía clásica menciona ningún incidente donde pueda ser identificado el castro en dicho bélico; ni que decir tiene que la propaganda imperial no hubiese dejado pasar por alto tan excepcional acontecimiento con asedio y destrucción incluida de un asentamiento de tales dimensiones repleto de indómitos cántabros, para engrandecer la figura de Augusto. De ahí que podamos plantear como hipótesis, que el asentamiento fue abandonado de forma intencionada, lo que no quiere decir voluntaria y que los incendios pudieron ser provocados por causas muy diversas, puesto que siniestros de este tipo debieron ser muy comunes en la época debido, entre otros motivos, a los materiales usados en la construcción, pero ello no fue posiblemente la causa que hizo que sus habitantes se marchasen. Esa, sin duda, tiene relación con la presencia romana en la zona, que no hay que entender exclusivamente desde la perspectiva militar de las guerras cántabras (64), puesto que se remonta a más de un siglo antes y los contactos en ese sector de la frontera debieron ser frecuentes en tiempos de paz, que también los debió haber. En los momentos de conflicto, los habitantes del castro tenían que ser conscientes de que la extensión del poblado era garantía de seguridad ante iguales, pero de poco servía frente a un ejército como el romano, sobre todo si lo veían maniobrar por la paramera  burgalesa  desde el excelente mirador que proporciona su enclave ya que la defensa de 285 has implicaba un contingente de población indígena que difícilmente hubo disponible, aunque se le considere como el centro principal de uno de los grupos en los que se subdividían los cántabros, como algún autor ha señalado (65); si bien no hay datos que permitan considerar dicha afirmación y sobre este tema sólo podemos remitir los comentarios que hemos efectuado con anterioridad. Parece más lógico que en caso de querer hacer frente a un ejército como el romano se buscase un ambiente más propicio, como el que suministras las zonas de montaña de la Cordillera Cantábrica, donde un ejército tradicional se mueve con más dificultad y la población se puede proteger en lugares más abruptos como se ha destacado ya desde hace tiempo, por ejemplo, en la zona astur (66), que no debemos olvidar que también sufrió el conflicto. Por lo que pensamos que los pobladores del castro , bien lo abandonaron antes de que se produjese el avance militar romano y se refugiaron en zonas más inaccesibles y mejor defendibles, bien llegaron a algún tipo de acuerdo con el invasor, que implicó el abandono de su lugar de hábitat, ya que, hasta el momento, en las excavaciones en marcha no se ha documentado ocupación romana adscribible a estos momentos (67).

 

NOTAS

(1) Sobre el yacimiento pueden consultarse las siguientes referencias, donde se recoge toda la bibliografía anterior: Cisneros, M., El castro de la Ulaña (Humada, Burgos) la metodología de la una investigación. Regio Cantabrorum. eds. Iglesias, J.M. y Muñíz, J.A., Santander, 1999, 91-97; Cisneros. M., La vivienda en la Cantabria prerromana, el castro de la Ulaña (Humada, Burgos), Historia et philologica, In honorem José María Robles, eds. Torres, J., Universidad de Cantabria. 2002, 241-253; Cisneros, M., El oppidum de la Ulaña en la frontera meridional de los cántabros. PalHisp, 4, 2004, en prensa, y El castro de la Ulaña (Humada, Burgos). La documentación arqueológica: 1997-2001. eds. Cisneros M. y López Noriega P., Universidad de Cantabria, en prensa.

(2) Sobre el tema: Almagro-Gorbea, M., Urbanismos en la Hispania “Céltica” Castros y oppida del Centro y del Occidente de la Península Ibérica, Castros y oppida en Extemadura. Complutum, extra 4 eds. Almagro-Gorbea, M y Martín, A.M., Madrid, 1994, 13.75 y Almagro-Gorbea, M.  Dávila, A.F. , El área superficial de los oppida de la Hispania “Céltica”, Complutum, 6. 1995, 209.233.

(3) Collis, J., Defended Sites of the Late La Tène. BAR supplementary Series 2, Oxford. 1975, 104-146; Collis, J. Oppida  Earliest Towns North of the Alps, Universidad de Sheffield.1984, 203-210; Audouze, F y Buchsenschutz, O.,  Villes, villages et campagnes de L´Europe celtique. París. 1989, 128 y 307-314; Kruta, V., Les celtes, Historie et dictionnaire. Des origins à la romanisation et au chistianisme. París, 2000. 660-6661, 695 y 719-720 y Knopf. T., Leicht, M. y Sievers, S., Die grossen süddeutschen Oppida Heidengraben, Manchng und Kelheim, Les processus d´urbanisatión á l´age du fer. Eisenzeitliche Urbanisations prozesse, dirs. Guichard. V., Sievers, S y Urban, O.H. Glux-en-Glenne, 2000. 141-147.

(4) Sobre el Bernorio: Barril, M., Dos yacimientos en la Edad del Hierro, castro de los Barsones y Bernorio, Regio Cantabrorum, eds. Iglesias, J.M. y Muñiz, J.A., Santander 1999, 48 . Sobre Monte Cildá: Almagro-Gorbea, cit. (n.2) 65 si bien en Almagro-Gorbea y Dávila, cit. (n.2) 213, se dice que este yacimiento es menor de 10 has. Sobre la extensión de los asentamientos burgaleses en la II Edad del Hierro puede consultarse Sacristán, J.D. y Ruiz Vélez, I., La edad de Hierro, Historia de Burgos I, La Edad Antigua. Burgos 1985, 210-211.

(5) Jordán, C., De las oestrymnidres, la Garumna e hidrotopónimos relacionados, Emerita. LXX, 2002, 213-230.

(6) Villar, F., Los indoeuropeos y los orígenes de Europa. Lenguaje e historia, Madrid, 1996, 503-514 y González Rodríguez, A., Cantabria: toponimia prerromana. Regio Cantabrorum, eds. Iglesias, J.M. y Muñiz, J.A., Santander. 1999. 123

(7) Aunque la bibliografía sobre el tema es amplia, podemos destacar entre los más recientes: Fernández-Posse, M.D., K.  La investigación protohistórica en la Meseta y Galicia., Madrid, 1998, 224-228; Fernández-Posse, M.D. Tiempos y espacios en la cultura castreña. Los poblados fortificados del Noroeste de la península Ibérica: formación y desarrollo de la cultura castreña, eds. de Blas, M.A. y Villa, A., Navia 2002. 85-88 y Sánchez Palencia , F.J., Orejas, A. y Sastre, I., Los castros y la ocupación romana en zonas mineras del Noroeste de la Península Ibérica. Los poblados fortificados del Noroeste de la península Ibérica: formación y desarrollo de la cultura castreña, eds. de Blas, M.A. y Villa, A., Navia. 2002, 251-252. Sobre este tema creemos que siguen siendo de consulta obligada: Sanchez-Palencia, F.J., y Fernández-Posse, M.D.,  La Corona y el Castro de los Corporales I. Truchas (León). Campañas de 1978 a 1981, EAE. núm 141. Madrid, 1985, 289; Sánchez-Palencia, F.J. y Fernández-Postigo, M.D., Hábitat y urbanismo en la Corona de los Corporales, Arqueología espacial, 9, 1986, 143-154; Fernández-Posse, M.D. y Sánchez-Palencia, F.J., La corona y el castro de los Corporales II. Campañas de 1983 y prospecciones en La Valderia y la Cabrera (León), EAE. núm. 153, Madrid. 1988, 56-64 y Fernández-Posse, M.D. y otros. Estructura social y territorio en la cultura castreña prerromana, Iº Congresso de Arqueología Peninsular (IV). Trabalhos de Antropología e Etaología 34, 3-4, Oporto, 1994, 194-197.

(8) El tema está tratado en extenso en Cisneros y López Noriega (eds.), cit (n.1).

(9) Parcero, C. Elementos para el estudio de los paisajes castreños del Noroeste peninsular. TP. 52, I. 1995, 135-136: Fernández-Posse, cit. (n.7) 1998, 212 y Parcero, C. Tres para dos. Las formas de poblamiento en la Edad del Hierro del Noroeste ibérico, TP, 57, I, 2000, 85-88.

(10) Todo ello se relacionó, además, con los datos obtenidos en una encuesta oral efectuada ente la población de núcleos más próximos al yacimiento, prestando especial atención a los datos referidos a las labores que se realizaron en la Ulaña y el Cinto, así como a su fecha y los accesos conocidos para llegar a ella. La encuesta oral está ampliamente tratada en Cisneros y López Noriega (eds.), cit. (n.1).

(11) Como por ejemplo los yacimientos de Coronilla II, la Torre de Turmiel, la Torre de Mazarete y la Cabezuela de Zaorejas, véase: Cerdeño, M.L., García Huerta, R y Arenas, J. El poblamiento celtibérico y la región del Alto Jalón y Alto Tajo. Poblamiento celtibérico. III Simposio sobre los celtíberos, coord. Bustillo, F., Zaragoza. 1995. 171.

(12) Lorrio, A.J., Los celtíberos, Complutum. 7.Universidad Complutense de Madrid-Universidad de Alicante. 1997. 84.

(13) Álvarez Sanchís, J.R., Los señores del ganado. Arqueología de los pueblos prerromanos en el occidente de Iberia. Madrid. 2003. 37.

(14) Los cálculos han sido realizados por Jesús Setién Marquínez, profesor de la ETS de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad de Cantabria, aplicando la fórmula v = w · h · L (volumen = anchura · altura · unidad de longitud), donde son tenidos en cuenta el volumen de los restos de los derrumbes, la altura conservada de los lienzos y la anchura de éstos. Ahora bien, estos datos han de tomarse como orientativos ya que el rodamiento del derrumbe de la muralla hacia el cinto, determina que no estemos analizando variables exactas y que un volumen importante de los restos no sean perceptibles en la excavación. Por el contrario, al cuantificar el volumen del derrumbe lo hacemos también de los depósitos de tierra posteriores y de los ámbitos vacíos entre bloques.

(15) Véase nº 14  

(16) Sobre este sistema puede consultarse Romeo, F., Las fortificaciones ibéricas del valle medio del Ebro y el problema de los influjos mediterráneos.  La guerra en el mundo ibérico y celtibérico (ss. VI-II a. de C.), coords. Moret, P. y Quesada, F., Madrid. 2002. 157

(17) Moret, P., Les fortifications ibériques. De la fin de l´âge du bronze à la conquête romaine. Madrid, 1996, 95. considera que en el ámbito ibérico, por ejemplo, debieron ser raros los casos en los que toda la muralla estaba construida en piedra. Mientras que en su estudio de la Meseta Norte no especifica sobre esta materia, aunque considera que dos de los cinco ejemplos de aparejos de piedra y madera existentes están entre los castros cántabros, citando Bernorio y Celada Marlantes y, en este caso, como se citará más adelante, con una superestructura de madera sobre la piedra; véase Moret, P., Les fortifications de l´âge du fer dans la Meseta espagnole: origine et difusión des techniques de constrution, MCV, XXVII-1, 1991, 15-16

(18) Collis, cit (n. 3) 1984. 203 y 209-210

(19) Romeo, F., El sistema defensivo del yacimiento ibérico de Valdetaus, Zaragoza, Sueessetania, 17, 1988, 47- 48.

(20) Broncano, S. y Alfaro, M.M., Los caminos de ruedas de la ciudad ibérica de “El Castellar de Meca” (Ayora, Valencia). EAE, núm. 162, Madrid. 1990. 198

(21) Sánchez Palencia y Fernández-Posse, cit. (n. 7). 1985, 84 y Fernández-Posse y Sánchez-Palencia. cit. (n. 7). 55

(22) Romeo, cit. (n. 19). 48, donde cita asimismo otros yacimientos que presentan soluciones similares como Tergakom, San Antonio de Calaceite, Els Castelláns de Cretas o la Caraza de Valdevallerías. También en Romeo, cit. (n. 16) 157-158 y Asensio, J.A., La ciudad en el mundo prerromano en Aragón. Caesaraugusta, 70, Zaragoza, 1995, 316.

(23) Gusi, F., Díaz, M.A. y Oliver, A. Modelos de fortificación ibérica en el Norte del País Valenciano, Fortitifications. La problemàtica de l´ibèric ple: (secles IV-III a.C.), Manresa, 1991, 92, donde se citan entre los yacimientos que estarían incluidos en este tipo los de les Ventalles (Ulldecona) y la Cantera (Cadí). También anuncian una variante con muros paralelos al foso.

(24) Moret, cit. (n. 17) 1996. 80.

(25) Álvarez-Sanchis, cit. (n. 13) 35. Otros ejemplos con anchuras que pueden ser similares a las nuestras los proporcionan algunos castros zamoranos, véase Esparza, A.,  Los castros de la Edad del Hierro del Noroeste de Zamora,  Zamora. 1986, 247, o sorianos, véase Jimeno, A. y Arlegui, M. El poblamiento en el alto Duero, Poblamiento celtibérico. III Simposio sobre los celtíberos, coord. Burillo, F. Zaragoza. 1995, 115.

(26) Monet. cit (n. 17) 1996, 62.

(27) San Valoro, J., Excavaciones arqueológicas en Monte Bernorio (Palencia). Primera campaña. 1943. Informes y memorias 5. Madrid, 1944. 35-36 y Barril, cit (n. 4) 48.

(28) Esparza, A., Reflexiones sobre el castro de Monte Bernorio (Palencia), PITTM, 47, 1981, 400 Y Barril, cit. (n. 4) 50.

(50) Esparza, cit, (n. 28) 401-402 y Moret, cit. (n. 17). 1991. 15. Un excelente resumen de las teorías está hecho en: Barril, cit. (n. 4) 49. La descripción de los restos hallados en la excavación se encuentra en San Valero, J., Monte Bernorio. Aguilar de Campoó, (Palencia), EAE, núm. 44, Palencia. 1966, 19-21.

(30) García Guinea, M.A. y Rincón, R., El asentamiento cántabro de Celada Marlantes (Santander), Santander, 1970, 17. Sin embargo, Rincón, R., Las culturas del metal, Historia de Cantabria. Prehistoria. Edades Antigua y Media, ed. García Guinea, M.A., Santander, 1985, 188, considera que las fortificaciones del castro de Celada Marlantes difícilmente habrían aguantando el ataque de un grupo pequeño.

(31) Moret. cit. (n. 17). 1991. 16. Esta teoría ha sido aceptada recientemente por García Guinea, M. A., Significado de la excavación arqueológica en el castro de las Rabas (Celada Marlantes), Regio Cantabrorum, eds. Iglesias, J.M. y Muñiz, J. A., Santander, 1999, 104, sin  aportar datos nuevos que justifiquen el cambio de consideración.

(32) García Guinea, M.A., Iglesias, J.M. y Caloca, P., Excavaciones de Monte Cildá. Olleros de Pisuerga (Palencia), EAE, núm. 82, Palencia. 1973, 47 y Ruiz, A., Estudio histórico-arqueológico de Monte Cildá (Aguilar de Campoó, Palencia) Tesis doctoral, Santander, 1993, inédita, donde se mencionan y descartan las teorías de Schulten sobre un sistema de muros y fosos atribuidos al castro prerromano vigentes en la erudición local.

(33) Abásolo, J.A., Carta Arqueológica de la provincia de Burgos. Partidos judiciales de Castrojeriz y Villadiego, Burgos, 1978, 52-53. En Amaya son visibles una serie de obras defensivas: el castillo medieval, la muralla ciclópea que defiende el cerro del castillo a media ladera, que corresponde a la defensa de la acrópolis y que tradicionalmente viene siendo considerada como cántabra, aunque sin aportar argumentos y sin que existan paralelos con ningún otro castro cántabro, y un lienzo de la muralla, que se sondeó en el año 2001 por parte de la empresa Alacet Arqueólogos S.L que sirve de cierre Norte al área del castro, protegiendo un difícil acceso natural, pero que es posterior a época romana. A este respecto conviene recordar que R. Moro en sus exploraciones de 1891 describe un resto de muralla que bordea parte del castro, sobre todo en las zonas más accesibles, aunque no señala sus características constructivas ni fue objeto de sus intervenciones (véase Abascal, J.M., Fidel Fita (1835-1918) Su legado documental en la Real Academia de la Historia. Madrid, 1999, 100-101.)

(34) Peralta, E., Castros y campamentos de campaña de las guerras cántabras. Los poblados fortificados del Noroeste de la península Ibérica: formación y desarrollo de la cultura castreña. ed. de Blas, M.A. y Villa, A., Navia, 2002, 228-229.

(35) Peralta, E., Los castros cántabros y los campamentos romanos de Toranzo y de Iguña. Prospecciones y sondeos (1996-1997),  Las guerras cántabres,  Santander, 1999, 213-218.

 (36) Los materiales de las campañas del 2002 y 2003 están siendo estudiados por parte de Juan Andrés Álvarez Santos (cerámica), Romana Erice Lacabe (metales) y Ana Belén María Arroyo (óseos). Las dataciones absolutas han sido realizadas por Geochron Laboratories (Cambridge, Massachusetts, USA) y posteriormente las fechas radiocarbónicas han sido calibradas mediante el Radiocarbon Calibration Program Rev 4.3 del Quaternary Isotope Lab de la Universidad de Washington.

(37) Cisneros y López Noriega (eds.), cit. (n. 1).

(38) Sanchez-Palencia y Fernández-Posse, cit. (n. 7) 1985, 100-101 y Fernández Gómez, F.,  La necrópolis de la Edad del Hierro de “El Raso”. Candeleda, Ávila, “Las Guijas B”. Valladolid, 1997, 103-108.

(39) Cuadrado, A. y San Miguel, L.C., El urbanismo y la estratigrafía del yacimiento vacceo de Melgar de Abajo (Valladolid). Arqueología vaccea. Valladolid, 1993, 329-330 y González Morales, M.R., La Prehistoria reciente. Los antecedentes de los cántabros. Cántabros. La génesis de un pueblo. Santander, 1999, 90.

(40) Castiella, A., La Edad del Hierro en Navarra y en Rioja. Pamplona. 1997. Para los paralelos vacceos de Cauca, Cuéllar. Montealegre. Sieteiglesias y Padilla de Duero, véanse los artículos correspondientes en el volumen Arqueología vaccea.  Valladolid. 1993.

(41) Domínguez, A., Las acuñaciones ibéricas y celtibéricas de la Hispania Citerior, Historia monetaria de Hispania Antigua, Madrid, 1998. 153; esta tercera emisión se caracteriza “por la incorporación de los signos de la leyenda Kasta distribuidos en torno a la cabeza”. Asimismo, según la clasificación que esta misma autora estableció en 1979, el reverso sería del tipo A de la serie 2, véase: Domínguez, A. Las cecas ibéricas del valle del Ebro. Zaragoza. 1999, 177.

(42) En este sentido, Fernandéz-Posse, cit. (n. 7) 1998, 158, considera que “las grandes fortificaciones con murallas y fosos continuos o perimetrales, más de un recinto y puertas sofisticadas son tardíos. Hace falta esperar al siglo III para que nos aparezcan defensas como la del cast.ro de Arrabalde, en Zamora, o las de los castros clásicos del abulense valle del Amblés”.

(43) Moret, cit. (n. 17) 1996, 285-288 y Asensio, cit. (n. 22) 344

(44) Entre otros véase Fernández-Posse y otros, cit. (n. 7) 201; Fernández-Posse, cit (n. 7) 2002, 86; Moret, cit (n. 17) 1996, 288 y Fernández-Posse, M.D. y Sánchez-Palencia, F.J., Consideraciones sobre la estructura social y el territoria en la Asturia prerromana y romana. Los Finisterres atlánticos en la antigüedad. Época prerromana y romana, coorda. Fernández Ochoa, C., Gijón, 1996, 172.

(45) A este respecto, no conviene olvidad, como señala Fernández-Posse, cit. (n. 7) 1998, 212, que el “tamaño de la comunidad debe estar de acuerdo no sólo con los recursos potenciales del entorno, sino con su capacidad tecnológica y productiva”.

(46) Fernández-Posse y otros, cit. (n.7) 200-202 y Fernández-Posse, cit (n. 7) 2002, 86.

(47) Criado, F., Visibilidad e interpretación del registro arqueológico, TP. 50, 1993, 42.

(48) Álvarez-Sanchís, cit. (n. 13) 37, para los castros vetones con varios recintos, que por sus grandes dimensiones, aunque menores al nuestro, podrían considerarse comparables.

(49) Sobre el tema puede consultarse: Audouze y Buchsenschutz, cit. (n.3) 232. A cálculos similares llegan otros autores a través de diferentes procedimientos: Fernández-P         osse y Sánchez-Palencia, cit. (n.7) 227-228 y Camino, J., Algunos comentarios sobre las pautas territoriales y sociales de los castros del oriente de Asturias. Los poblados fortificados del Noroeste de la península Ibérica: formación y desarrollo de la cultura castreña. eds. de Blas, M.A. y Villa, A., Navia, 2002. 147.

(50). Abásolo, cit. (n. 33), 55 y 69. Sobre el dominio visual de los castros y los diferentes parámetros considerados según las zonas puede consultarse por ejemplo: para el Noroeste, Parcero, cit (n. 9) 2000, 81-82. Para el sistema Ibérico, Arenas, J.A., La Edad del Hierro en el Sistema Ibérico Central, España, BAR International Series 780, Oxford, 1999, 199-201, Para la  zona vaccea, San Miguel, L.C., El poblamiento de la Edad del Hierro al occidente del valle medio del Duero, Arqueología vaccea, Valladolid. 1993, 45-46.

(51) Fernández-Posse, cit (n.7) 1998, 212 y Cisneros, cit. (n.1), en prensa.

(52) Un ejemplo recientemente publicado es el del castro de Llagú: Berrocal-Rangel, L., Martínez Seco, P. y Ruiz Triviño, C., El castiellude Llagú, Un castro astúr en los orígenes de Oviedo. Madrid, 2002, 108.

(53) Véase entre otros, San Miguel, cit. (n. 50) 46; Fernández-Possé y otros, cit. (n. 7) 201 y Fernández-Posse, cit. (n. 7). 1998, 212

(54) Gutiérrez Soler, L.M., El oppidum de Giribaile, Universidad de Jaén, 2002, 50 y Fernández-Posse, cit (n. 7) 2002, 85.

(55) Para una zona próxima puede considerarse el análisis que se hace en: Aja, J.R. y otros, El poblamiento de montaña en el sector central de la Cordillera Cantábrica (España): Fuentes escritas y arqueológicas. El ejemplo de la comarca de La Braña (Palencia), BAR International Series 759, Oxfork, 1999, VII-XI y 40.

(57) Sobre el tema pueden consultarse: González Echegaray, J., Los cántabros, Santander, 1986, 18-19 y Peralta, E.,  Los cántabros antes de Roma, Madrid, 2000, 26-28. Especialmente, por su planteamiento y por realizar un buen estado de la cuestión: Gómez Fraile, J.M., Los celtas en los valles altos del Duero y del Ebro, Universidad de Alcalá, 2001, 63-76.

(58) Un buen ejemplo de ello lo tenemos en: Peralta, cit. (n.57) 22, 52, 54, 62-65, 85, 128-129, 135, 137, 224 y 273 Peralta, cit. (n. 34) 227.

(59) Véanse las referencias citadas en la n.4. Además, Aja y otros, cit. (n. 55) 63; Peralta, cit (n. 34) 228, donde se atribuyen al castro del Cerro de la Maza 40 has. de extensión, y Cisneros. cit. (n. 1), en prensa.

(60) Peralta, cit. (n. 34) 227-237. Sobre el campamento de Sasamón, puede consultarse: Abásolo, J. A., La ciudad de Segisamo. Los orígenes de la ciudad en el Noroeste hispánico. Actos del Congreso Internacional (I), coord. Rodríguez Colmenero, A., Lugo, 1998. 586 – 597.

(61) A este respecto podemos mencionar que las excavaciones que se vienen realizando en la Peña Amaya, desde el año 2000, por parte de la empresa Alacet Arqueólogos, S.L., por encargo de la Junta de Castilla y León, han permitido conocer diferentes ocupaciones desde la Edad del Bronce hasta la Baja Edad Media, pero la I Edad del Hierro sólo está documentada por algunas cerámicas fuera de contexto y el Hierro II sólo pueden atribuirse algunas piezas metálicas recuperadas en excavación o depositadas desde antiguo en el Museo de Burgos, por lo que esta ocupación no está suficientemente atestiguada y no debió extenderse por todo el castro. Estos datos no parecen corroborar la tesis mantenida por las historiografía tradicional sobre el carácter y la capitalidad cántabra de este asentamiento, cuya vinculación sólo es posible aceptarla en época visigoda, ya que las fuentes clásicas, no la mencionan y el Itinerario de Barro es un documento tan controvertido que no puede ser empleado como argumento; sobre este tema puede consultarse: Ramírez Sádaba, J.L., La toponimia de la guerra. Utilización y utilidad,  Las guerras cántabras, Santander. 1999. 174, n.4.

(62) Peralta, cit. (n. 57) 63. Y a pesar de Peralta, cit. (n. 34) 227, dice: “que algunos particulares han encontrado materiales militares, como glandes de plomo de honda, alguna clavija de tienda de campaña y una moneda partida de la cuetra”

(63) Cisneros, cit. (n.1) 247 y Cisneros y López Noriega (eds.) cit. (n. 1), Hasta la fecha se realizado tres campañas de excavación que han afectado a dos unidades de ocupación, parcialmente excavadas, tres zonas de muralla y una estructura, la 55, en fase de excavación y cuya función desconocemos en estos momentos. En todo ello sólo hemos encontrado restos de incendio en una parte de una estructura de la unidad de ocupación 1, casualmente la que poseía el hogar, y en una parte de la estructura 55. Las zonas de muralla excavadas tampoco muestran indicios de destrucción debida a un conflicto bélico, ni siquiera de incendio, más bien de la ruina que origina el paso del tiempo o las causas naturales en una obra de las características citadas en este trabajo y ubicada en un terreno con fuertes desniveles.

(64) Sobre este tema, campamentos y unidades militares puede consultarse, por recoger la bibliografía anterior de forma crítica: Aja, J.R., Historia y arqueología de la tardoantigüedad en Cantabria: la Cohors I Celtiberorum y Juliobriga. Un ensayo histórico sobre la Notitia Dignitatum Occidentis XLII. 30. Madrid, 2002, 30-49. También Aja, J.R., Tópicos sobre la Cantabria Romana, Historica  et philologica. In honorem José María Robles, eda. Torres, J., Universidad de Cantabria., 2002, 122-124.

(65) Peralta, cit. (n. 57) 63.

(66) Sánchez-Palencia y Fernández-Posse, cit. (n. 7) 1985. 321

(67) En este sentido, documentos como el Edicto de Bembibre nos sitúan en un escenario de presión militar romana y, a la vez, de intentos de llegar a acuerdos y pactos políticos con las comunidades indígenas, en fechas anteriores o contemporáneas a las guerras cántabras, lo que encaja bien con la ideología de Augusto de implantar la autoridad romana no sólo empleando la fuerza, sino también la diplomacia, allí donde fuera necesario y posible. Sobre el tema puede consultarse: Alföldy, G., El nuevo edicto de Augusto de el Bierzo en Hispania, El bronce de Bembibre. Un edicto del emperador Augusto, eds. Grau, L. y Hoyas, J.L., Valladolid. 2001, 18 y Sánchez-Palencia, Orejas y Sastre, cit. (n. 7) 254-256

 

 Diario de Burgos

Europa Press - lunes, 28 de septiembre de 2015

 Una parte de los castros cántabros del Bronce Final y la primera Edad del Hierro localizados estos últimos años en la comarca burgalesa de Las Loras, al noroeste de la provincia, han sido dados a conocer a la comunidad científica en un primer trabajo que ha sido editado por la Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes/Institución Fernán González, conformando el cuarto volumen de la denominada Colección Fernán González.

Los coautores son Ignacio Ruiz Vélez, doctor y catedrático de historia y arqueólogo burgalés, miembro de la citada Real Academia Burgense; el doctor y catedrático de Historia y arqueólogo cántabro Ramón Bohigas, director del Instituto de Prehistoria y Arqueología 'Sautuola'/Institución Cultural de Cantabria (CSIC); y el licenciado en Geografía e Historia, periodista y arqueólogo cántabro Alfonso Bourgon de Izarra, miembro también del Instituto 'Sautuola'.

El libro, titulado 'El patrón de poblamiento en las Loras burgalesas durante el Bronce Final y la primera Edad del Hierro', recoge una parte de los numerosos hallazgos arqueológicos realizados en el noroeste de la vecina provincia durante las campañas de prospección de campo que se vienen realizando sistemáticamente desde 2008 y, en virtud de las características de dichos hallazgos castreños, establece el modelo de poblamiento de los pueblos protohistóricos que habitaron esa zona de frontera que conformó la Cantabria antigua.

Este primer libro recoge sólo una parte de los casi 30 asentamientos castreños ya identificados hasta la fecha, la mayoría pendientes aún de publicar. Pero han aparecido además "interesantes y sorprendentes" vestigios relativos a otros momentos históricos, como las Guerras Cántabras y la Alta Edad Media. Por ello, los tres codirectores de los trabajos explicaron que, en un futuro cercano, tienen intención de abordar otras dos publicaciones que recogerán dichos hallazgos.

"Las evidencias que están apareciendo van a permitir reescribir el conocimiento que se tenía respecto a las primeras fases de la guerra contra los cántabros. Todo apunta a que los grandes castros de Peña Amaya y La Ulaña pudieron tener un importante protagonismo y ofrecer resistencia al avance de las legiones, en contra de lo que se creía", han señalado.

Según han explicado, "el hecho cierto es que el emperador Augusto optó por dirigir personalmente las primeras operaciones en este sector, no contra los ástures y se puso al frente de sus tropas en una primera campaña que resultó un fracaso. Los trabajos que hemos venido realizando nos están permitiendo incluso reconstruir el avance de algunas de las columnas romanas en su penetración por esta parte del frente. A ese increíble nivel de detalle estamos llegando", han puntualizado.

En cuanto a los vestigios medievales, han indicado que "la aparición de los restos de más de una veintena de castillos inéditos, así como un eremitorio y varios despoblados, santuarios y necrópolis, demuestran el gran desconocimiento científico que se tenía respecto a las características del poblamiento en esta zona durante el período que se remonta a los orígenes de la fundación del condado independiente de Castilla".

"Todo apunta", han señalado, "a que estos territorios, organizados en alfoces o circunscripciones de carácter militar, estaban fuertemente fortificados y defendidos frente a la cercana amenaza musulmana. La mayor parte de estos castillos roqueros quedaron ya abandonados en torno al siglo XII", han añadido.

Recientemente D. Alfonso Bourgon, arqueólogo e historiador, junto con otros especialistas, han publicado un libro donde se hace referencia a los asentamientos del pueblo cántabro en la comarca de las Loras.

 

Acta Palaeohispanica IX

Palaeohispanica 5, (2005), pp. 565-584

PEÑA AMAYA Y PEÑA ULAÑA: TOPONIMIA Y ARQUEOLOGÍA PRERROMANAS

Miguel Cisneros

Javier Quintana

José Luis Ramírez

  1. MARCO GEOGRÁFICO

Las Peñas Amaya y Ulaña están situadas en el Noroeste de la actual provincia de Burgos, dentro de los Ayuntamientos de Sotresgudo (pedanía de Amaya) y de Humada, respectivamente, ubicadas en la vertiente Sur de la Cordillera Cantábrica, dentro de la denominada comarca de Las Loras, y separadas por unos 4 km de distancia. Hidrográficamente, ambas pertenecen a la Cuenca del Duero, río al que drenan sus aguas a través de su afluente el Pisuerga y a éste a través del Odra.

El yacimiento de Peña Amaya se localiza sobre un destacado cerro amesetado de altitud creciente de Oeste a Este, alcanzando su máxima cota, 1370 m, en su extremo Noreste. Su ladera es escalonada debido a la presencia de una plataforma estructural a 1.200 m levantada sobre un cantil de roca caliza que ronda los 50-100 m de caída. Esta plataforma tiene un mayor desarrollo en la vertiente Sur y, en especial, en el extremo Oeste del cerro. Desde la misma, una acusada ladera y un nuevo cantil de roca, también de unos 100 m de desnivel, conduce a la parte superior del relieve, que aparece diferenciado por una profunda vaguada, desde donde fluye la fuente Hongarrera, uno de los manantiales del río Riomance, afluente del río Fresno, que a su vez tiene una de sus fuentes en la ladera Sur de la peña. Esta hendidura natural permite distinguir dos sectores, uno al Este, conformando una amplia mesa que recibe el topónimo de La Muela, y otro al Oeste, donde se encuentra el castro, diferenciado por la erosión en dos zonas, el abrupto de El Castillo situado a occidente y con una cota máxima de 1.307 m, y la plataforma de La Peña, cien metros más abajo y al Este y Sur del anterior.

Desde este extremo de La Lora se abre hacia el Sur un circo entrelomas, surcado por el río Fresno y el Riomané o Riomance, y más allá el amplio horizonte de la planicie castellana.

La Peña Ulaña es una amplia plataforma caliza de superficie aplanada, alargada en dirección Noroeste-Sureste, de unos 5 km de longitud y una anchura variable que va desde los 150 m en su carstificación y prácticamente aislada de los relieves circundantes. Su altura está comprendida entre los 1.150 y 1.230 m y se eleva en relación a los valles que la rodean unos 230, lo que la convierte en un excelente mirador que permite divisar un amplio espacio en torno a ella y, a la vez, la hace visible desde una gran distancia. El arroyo de San Martín drena la vertiente Norte de la Peña, de la que recoge las aguas de varios pequeños arroyos y manantiales, y el río de Los Ordejones, al Sur de aquélla, nace en dos surgencias cársticas. Asimismo, existen varios manantiales pequeños y fuentes que representan otros puntos de drenaje del sistema cárstico extremo Noroeste a los casi 1.000 en su parte más ancha, afectada por un proceso de carstificación y prácticamente aislada de los relieves circundantes. Su altura está comprendida entre los 1.150 y 1.230 m y se eleva en relación a los valles que la rodean unos 230, lo que la convierte en un excelente mirador que permite divisar un amplio espacio en torno a ella y, a la vez, la hace visible desde una gran distancia. El arroyo de San Martín drena la vertiente Norte de la Peña, de la que recoge las aguas de varios pequeños arroyos y manantiales, y el río de Los Ordejones, al Sur de aquélla, nace en dos surgencias cársticas. Asimismo, existen varios manantiales pequeños y fuentes que representan otros puntos de drenaje del sistema cárstico.

  1. MARCO ARQUEOLÓGICO

2.1. Peña Amaya

Constituye un yacimiento arqueológico peculiar no sólo por su dilatada ocupación y el protagonismo que dentro del marco regional cumplió en algunas de esas etapas, sino también porque en el imaginario popular se envuelve en un halo legendario que ha convertido a la capital del ducado visigodo en capital de los cántabros prerromanos, cuando lo cierto es que no aparece citada por los historiadores clásicos. Pero la historia de Amaya es otra y a ella trataremos de acercarnos brevemente con la ayuda de los datos arqueológicos ya conocidos o procedentes de nuestras excavaciones (1). Dado el objeto de esta comunicación, no sobrepasaremos el límite del mundo romano.

El acceso al castro, de más de 42 ha de extensión, se realiza a través de una trinchera ascendente excavada en la roca, de unos 2 m de ancho y 250 m de longitud, que en dirección Oeste atraviesa el primer cinto de roca. Esta trinchera pudo formar parte de un recinto defensivo que todavía en 1891 distinguió Romualdo Moro (Abascal, 1999: 100-101).

Una vez alcanzado el nivel de la plataforma de La Peña, el camino nos conduce, tras otros 300 m, hasta una zona de algo más de 1,5 ha cubierta por ruinas de edificaciones medievales. Desde aquí se inicia un sendero que sigue ascendiendo hasta la cumbre del propugnáculo del castillo, donde se encuentran los restos de la fortaleza, debiendo flanquear una muralla de aparejo ciclópeo. Desde las ruinas otra senda continúa hacia el Norte hasta topar con un alomamiento de 240 m de longitud que esconde una muralla medieval de mampostería y de 3 m de ancho.

Sin menoscabo de la posible presencia campaniforme en alguna de las cuevas (Abásolo, 1978: 51), la Peña Amaya, asidua de la literatura histórica desde el s. XVIII (Ceán Bermúdez, 1832; Flórez, 1859: 412-424; Madoz), conoce su primera ocupación en el Bronce Final, momento al que pertenecen la espada de lengua de carpa y el hacha de talón que recuperara Moro. Estos hallazgos metálicos han encontrado un adecuado contexto en las cerámicas de Cogotas I localizadas en nuestras excavaciones, bien es verdad que tan sólo en la zona de la fuente, allí donde al parecer se halló la espada, tenemos un estrato original de este momento.

Además, barajamos la hipótesis de que la muralla ciclópea del cerro del castillo pudiera pertenecer a este periodo, pues en nada se parece a las defensas cántabras ni sigue técnicas edilicias romanas o medievales.

La etapa cántabra era conocida por algunos materiales metálicos (piezas de cinturón, una fíbula tipo Miraveche, etc.) y los denarios ibéricos del Museo de Burgos o relacionados en la bibliografía, así como por un cuchillo Monte Bernorio (Schüle, 1969: 292 y lám. 165, 7) y el enganche metálico y la canica presentados por Bohigas (1986-87: 125 y fig. 13, 9-11). A esta nómina nuestros trabajos de documentación han permitido añadir dos fíbulas de la memoria de Moro (Abascal, 1999: 100): una de omega, romana o del Hierro II, y la segunda de tipo La

Tène I, subtipo A.I.2, datada desde fines del s. V y con perduraciones hasta fines del I a. C.

 (Argente, 1986-1987), con un paralelo en Monte Bernorio (Schüle, 1969: lám. 163, 25).

Sin embargo, durante nuestras excavaciones no sólo no hemos localizado contextos de este periodo, sino que apenas sumamos nuevos hallazgos. Es cierto que recuperamos dos cerámicas pintadas, pero se inscriben entre las manufacturas de tradición indígena de comienzos de época romana. Una nueva pieza procede de nuestra intervención, pero carece del contexto original, pues apareció en un hoyo en compañía de un ánfora altoimperial, se trata de un cuchillo afalcatado idéntico a los numerosos ejemplares del castro de Las Rabas en Celada Marlantes, fechados en los siglos II-I a. C. (Bohigas, 1986-87; García Guinea y Rincón, 1970; García Guinea, 1999).

Todos estos hallazgos prueban que efectivamente existió una Amaya cántabra, pero es tan escaso el bagaje para la que con tan mínimo fundamento se ha dado en llamar capital de los cántabros que no deja de sorprender. Nos preguntamos si no es posible que el área de ocupación prerromana se circunscriba a puntos aún no sondeados, pero frente a esta duda nos queda la idea de que Amaya seguramente no tuvo la entidad de los castros de La Ulaña o Monte Bernorio, lo que explicaría la cercanía que mantiene con el primero, respecto al cual pudo tener un papel subordinado.

En el año 26 a. C.Augusto llega a Tarraco para dirigir los preparativos de la conquista de Cantabria, expedición que se inicia en la primavera del 25 a. C. Según Rodríguez Colmenero (1979), de Segisamo (Sasamón) partieron tres columnas, de las cuales la oriental pudo seguir la rutaPisoraca-Amaya-curso del Rudrón-alto Ebro-Villarcayo-Valle de Mena-Valmaseda-Flaviobriga. En este momento de las Guerras Cántabras es cuando, según Peralta (2000: 126), Amaya desempeña un papel clave como capital de los Moroecanos, pero por el momento no podemos probarlo.

El dominio efectivo del territorio se puso de manifiesto en la construcción de una amplia red viaria, siendo la más conocida la que desde Pisoraca (Herrera de Pisuerga) pasando por Iuliobriga (Reinosa) llegaba hasta la costa por la cuenca del Besaya. El punto de arranque de esta vía desde la principal de Asturica Augusta Caesaraugusta es tema de controversia, proponiéndose hasta tres trazados que no tienen que ser excluyentes. Uno de ellos (Abásolo, 1978; Iglesias y Muñiz, 1992) coincidiría con uno de los caminos de penetración de las legiones y también aproximadamente con el decurso señalado en la placa I del controvertido Itinerario de Barro, pero que nos interesa aquí porque, de ser cierto, no sólo es la primera aparición del nombre de Amaia, sino que fijaría su vinculación con esa via militaris, rápidamente sustituida por la que pasaba por la sede de la Legio IV (Pisoraca) y llevaba hastaIuliobriga y el cantábrico (Portus Blendium). Con todo, un  tramo de ese viejo camino hubo de mantenerse uniendo Pisoraca con Segisamopasando por Amaia (Abásolo, 1978: 211-213), aunque otros autores la hacen discurrir algo más al Sur (Iglesias y Muñiz, 1992: 148-150).

La conquista y posterior ocupación romana en Amaya durante todo el Imperio encontraba su refrendo arqueológico en diversos fragmentos de sigillata hallados en superficie (Abásolo, 1978: 65, fig. 12), en la colección de estelas, en las cuales aparece tanto la onomástica romana como la indígena (ídem, 1975; Abascal, 1999: 100-104) y en el numerario del Museo de Burgos (acuñaciones de Augusto y Tiberio, de las cecas deCaesaraugustaCalagurrisCelsaBilbilis Cascantum, además de una de Antonino Pío de mediados del II d. C.). De la memoria de Moro se han de sumar otras semejantes y la primera moneda tardía, de pleno siglo IV: un nummus de Constantino (Abascal, 1999: 222). Otros hallazgos parecen probar que las funciones desarrolladas en la Peña no fueron exclusivamente militares, esto se deduce de la colección de estelas, pero también de las piezas de tocador (pinzas, paleta, cucharita de cerumen, ungüentarios), asas de muebles, pulseras, etc., del museo burgalés.

La presencia de numerosos fragmentos de tégulas en la cumbre del cerro del castillo dan fe de que el punto culminante del castro fue utilizado en esta época. Descendiendo algo más, uno de los sondeos de la ladera Sur nos proporcionó una estratigrafía con niveles altoimperiales y tardorromanos asociados a construcciones. La más interesante de estas últimas no pasa de ser una edificación particularmente pobre, formada por muros que emplean tanto grandes bloques como pequeños mampuestos, todos ellos sin regularizar y sin mortero. Desde luego debemos estar ante un tipo de construcción secundaria, tal vez inmediata a otra de mayor porte, pero en cuyo derrumbe se conservan interesantes materiales: fragmentos de vasos de paredes finas, un pequeño trozo de sigillata, tachuelas tal vez de calzado y dos monedas, un quinario de Augusto de la serie acuñada por Lucius Carisius para las guerras cántabras entre el 25 y el 23 a. C. y una curiosa falsificación de época, un quinario forrado tardorrepublicano que parece imitar algunas de las amonedaciones de la familia Cassia. Además de estos interesantes materiales, lo más significativo de esta estructura es que tras su colapso se produce otra ocupación de época tardía, entregando un fragmento de un plato Palol 3 del último tercio del siglo IV o ya del V asociado a un piso de mortero de cal.

En una de las zonas más favorables del castro, la del llano de la fuente, hemos localizado dos momentos sucesivos altoimperiales. Al inferior se le asocia una estructura de barro en cuyo derrumbe, en contraste con esa pobreza constructiva, encontramos fragmentos de dos lucernas, remitiendo la más completa, con una decoración de banquete muy erosionada, a la forma Dressel 3 ó 4 o Ponsich Ic del siglo I a. C., vasos de paredes finas y de cerámica común, de cerámica pintada de tradición indígena y objetos metálicos, como un cuchillo de hierro y un fragmento de pulsera de bronce. Muy poco después, pues apenas hay diferencias en cuanto a los materiales, se levanta una cimentación de mampostería regularizada, de más de 7 m de largo por unos 0,70 de ancho, orientada de Este a Oeste y sostenida por contrafuertes cuadrangulares. En su derrumbe recuperamos nuevos cubiletes altos de paredes finas, de cuerpos ovoides y decorados con espinas o ruedecilla, uno de ellos de la forma Mayet II/III, con fechas próximas al cambio de era. También contamos con un posible fragmento de TSI de la forma 14.1, de época medioaugustea, cronología extensible a un fragmento de mortero campano y a varios restos más de lucernas, además de trozos de vidrio, cuentas, restos metálicos y de cerámica común. En la zona de La Peña más próxima al ingreso al castro también localizamos restos romanos, aunque estos son más modestos y en general corresponden al periodo tardío, como demuestra un vaso 37b con esquemas de círculos, pero también con alguna evidencia altoimperial (la boca de un ánfora Dressel I).

De la fecha tan temprana de la primera ocupación romana y del carácter plenamente romano de su cultura material deducimos que ese primer establecimiento tuvo carácter castrense, hipótesis apoyada por las características de los hallazgos numismáticos y de varios de los metales del Museo de Burgos. En este contexto, los endebles restos constructivos primigenios tal vez responden a un establecimiento provisional con motivo del conflicto, rápidamente sustituido por una edificación estable y de cierto porte como la encontrada encima. Las estructuras, los restos domésticos y la información deducible de la colección epigráfica demuestran que andando el tiempo el asentamiento tuvo también carácter civil, aunque nunca perdería su valor estratégico, relacionado primero con el campamento legionario de Herrera de Pisuerga y, tras el abandono de esta posición en el 39 d. C., con el control de las vías de comunicación.

2.2. Peña Ulaña

Una de las principales peculiaridades de este yacimiento es su extensión: 586 has de las cuales 285 se localizan en la plataforma superior y las 301 restantes pertenecen a la vaguada o «Cinto» que lo rodea a modo de foso natural, por el que se accede a aquél, estando delimitado por la propia plataforma superior por un lado y por crestas rocosas elevadas por el otro, característica ésta que pudo ser tenida en cuenta a la hora de considerar las posibilidades defensivas del recinto. Ello da lugar al mayor asentamiento de la Península Ibérica en la II Edad del Hierro (Almagro- Gorbea y Dávila, 1995) y uno de los más extensos de Europa (Collis, 1984: 203-210;Audouze y Buchsenschutz, 1989: 128, 307-308 y 314 y Kruta, 2000: 660-661, 695 y 719-720). Recientemente, a partir de los datos proporcionados

por las excavaciones del yacimiento y de algunas sus características, como la extensión, situación geográfica, materiales y estructuras hallados en las excavaciones que estamos realizando, hemos considerado que nos encontramos ante un oppidum (Cisneros, 2004: 98-100).

Entrar a La Ulaña suponía salvar un fuerte desnivel desde el valle para penetrar en el Cinto y circular por él en una u otra dirección hasta alcanzar el trazado, que, con marcada pendiente, llevaba a la zona alta del emplazamiento. El tránsito por el Cinto Norte se establecía de forma paralela a la línea de muralla (2) La situación en el Cinto Sur era similar, ya que la inexistencia de una defensa artificial, en este caso, era paliada por el efecto de farallones prácticamente verticales, de hasta 60 m de altura, quedando el visitante igualmente expuesto.

Una muralla bordea, de forma interrumpida, el cerro en su lado Norte, adaptándose a las características topográficas del emplazamiento.

Esta línea defensiva, que protege unos 4.200 m y de la que se conservan aproximadamente 2.900, tiene una anchura que oscila entre 3’10 y 3’35 m y a la que le hemos calculado una altura de unos 3’5 m para el paramento interior y en unos 5 para el exterior (3).  Este sistema defensivo se completó con la construcción de una muralla de 257 m de longitud, 3’35 de anchura y una altura calculada de unos 4 para el paramento del lado Oeste y unos 4’5 para el del Este. Esta muralla, que corta el emplazamiento transversalmente, en dirección general Norte-Sur, y que pudo tener una función relacionada bien con necesidades defensivas bien con la compartimentación de espacios para usos diferentes, pero desconocidos en la actualidad, es posterior a la Norte, como pudimos comprobar durante la excavación de la zona de unión de ambas, donde se observó cómo ésta se había destruido por causas naturales, reorganizándose el sistema defensivo con un nuevo trazado y la erección de la muralla transversal. Esta reordenación se había producido ya en el siglo III o en el II a.C. (Cisneros y López Noriega, 2004: 10-14).

Durante las labores de prospección se documentaron, al menos, 179 estructuras que podrían ser de habitación, lo que no quiere decir que interpretemos cada una de ellas como un núcleo independiente (4), puesto que a partir de su forma, existencia de muros comunes entre ellas, proximidad espacial e independencia del conjunto respecto a otras construcciones, hemos diferenciado una serie de unidades de ocupación, de las que hasta la fecha se han excavado tres, aunque parcialmente. De la vivienda núm. 1 han sido excavadas dos estructuras rectangulares adosadas, una de las cuales tenía un hogar de forma rectangular, adosado a su muro Norte. La núm. 2, de la que se han excavado tres estructuras adosadas de contorno circular, se caracteriza porque su construcción estuvo directamente relacionada con la disposición de los estratos geológicos, aprovechándose dos bandas paralelas de roca como cimentación de los muros. El interior de estas habitaciones era muy reducido y su sueloque se encuentra a un nivel inferior al de las dos bandas geológicas citadas, se caracteriza por la presencia de algunas losas planas de caliza, que nos lleva a plantear la posibilidad de que al menos en parte, éstas se utilizasen para nivelar el suelo, como ocurre en otros yacimientos de diferentes áreas hispanas (Cisneros, 2002: 245-251). De la unidad de ocupación núm. 3, se han excavado dos estructuras rectangulares y parte de una tercera, caracterizadas por estar adosadas a la muralla Norte. Los trabajos llevados a cabo en la campaña del año 2004 se han continuado en la del 2005.

Los materiales cerámicos hallados nos sitúan ante piezas que se fechan a partir de momentos de transición del Hierro I al II y otras de características celtibéricas plenas, al igual que los metálicos, fundamentalmente de hierro y bronce, que, también, nos sitúan en el contexto de la II Edad del Hierro, destacando la presencia de elementos de adorno en bronce y de un regatón en hierro; en la misma línea irían las informaciones que nos suministran los elementos líticos —molinos circulares y colgante de pizarra—y óseos —ovicaprinos, bovinos, équidos, súidos, jabalí, etc.—, si bien éstos no ofrecen por sí mismos una cronología concreta sino que es necesario para su datación tener en cuenta su contexto arqueológico (Cisneros, 2002: 250-251; Cisneros y López Noriega, 2004: 17-18 y Cisneros, 2004: 95-98). Hay que destacar, entre los materiales, el hallazgo, en un nivel de suelo de una posible ocupación documentada, en la campaña del año 2003, al interior de la  muralla Norte, de un denario de Turiaso, que pertenecería a la denominada por Domínguez como tercera emisión de plata de esa ceca, que fecha a principios del siglo I a. e. (Domínguez, 1998: 153). Todos ellos —materiales y estructuras— presentan relaciones con la Meseta Norte, el Valle del Ebro y la zona meridional de Cantabria, fundamentalmente.

  1. LA TOPONIMIA

Amaya y Ulaña son dos nombres que pueden suministrar información interesante sobre los pobladores que los acuñaron. Como razonaremos a continuación los dos tienen etimología prerromana, por lo que un análisis detallado de toda la toponimia (mayor y menor) es necesaria para valorar la relación nombre/yacimiento arqueológico.

3.1. Peña Amaya

Los núcleos de población que la rodean son: Amaya, Cuevas de Amaya, Salazar de Amaya, Peones de Amaya,Villamartín de Villadiego y Valtierra de Albacastro. El referente de los primeros es Amaya:

Cuevas es un apelativo romance de tipo descriptivo, Salazar hace referencia al nombre de un repoblador medieval y Peones es otro apelativo romance. A sus respectivos repobladores remite Villamartín de Villadiego.

Alguna consideración podría sugerir el primer elemento de Albacastro (Alba es prerromano), pero Valtierra nos conduce nuevamente al ambiente romance. En la microtoponimia se detecta el paisaje cárstico, quizá menos que en La Ulaña, porque en torno a Peña Amaya sólo hay 7 fuentes. No obstante, para tener una idea completa hay que añadir 3 arroyos y los topónimos Cuevas, Alto del Barrancón, Canto Rodado, Las Canalizas y Nava los Tajos, que dan testimonio de los efectos de la erosión. En todos ellos destaca su acuñación romance no sólo por el apelativo básico (Fuente/On, Manantial, Arroyo, La Torriente), sino también por los determinantes (On-garrera, Fuente de las Quintanas, etc).

La presencia humana ha dejado también topónimos romances en construcciones (El Castillo, Peña Ermita), en la explotación del terreno (Somaseras, El Palomar, Camposoto, Quintanas, Ejido, Salinas, Valle de Hierro).

La misma filiación lingüística denotan la topografía (Vega Fría, Alto del Barrancón, Socolladillo), la fauna (La Aguilera, La Loba, Descuernavacas), la flora (Vibrera, Fresnedo, Salguera) y los hagiotopónimos (San Miguel, Santillán).

Consecuentemente la toponimia remite a los tiempos de la repoblación medieval, transparente en Las Quintanas/Quintanillas, El Ejido, Somaseras o Santillán y El Castillo (5). Los que tienen una etimología prerromana (Brezal, Cotorro) son reconocidos por los autóctonos como apelativos.

A excepción de Mugas (6), el único prerromano cuya etimología seignora es Amaya, para cuyo esclarecimiento tenemos que acudir a territorio lusitano, donde existía una ciudad que griegos y romanos escribieronAmmaia (Ptolomeo, 2.5.6. y CIL II, 501). La raíz *amma está bien documentada entre los pueblos indoeuropeos que poblaron la Península Ibérica, entre los cuales están los lusitanos (Albertos, 1966: 21-22). Incluso Ammaia funcionaba como nombre personal femenino (cf. Atlas). Por consiguiente Amaya, igual que Ulaña, pertenece al acervo lingüístico que introdujeron los indoeuropeos en nuestra Península: vetones y lusitanos tenían muchas cosas en común con cántabros y turmogos, por lo que la existencia en sus territorios respectivos de nombres iguales o similares es verosímil y perfectamente explicable.

3.2. Peña Ulaña

La Peña está rodeada por cuatro núcleos de población, Ordejón de Arriba, Ordejón de Abajo, Humada y San Martín de Humada, todos ellos con etimología romance (7). La microtoponimia revela la existencia de un paisaje cárstico.

Utilizando apelativos en vigor, los topónimos describen las cavidades (Cueva de los Chirlones, Cueva del Guarda, Cueva Rudiez...), depresiones (La Cárcaba), relieves característicos de la erosión de la caliza (Las Ventanas de Horadada), presencia de roca desnuda (Peña del Ros, Peña Alta del Carril), abundancia de fuentes, nada menos que 15, (Fuente Vieja, Fuente Espinedo, Fuente Vallejo, Fuente Teja...), existencia de depósitos de agua (Laguna de los Buitres, Poza del Águila). Indirectamente queda también reflejada la fauna que puebla estos roquedos en topónimos como Laguna de los Buitres, Poza del Águila, Cueva de los Chirlones, y la escasa vegetación se percibe en Fuente EspinedoIlagas.

Ambos, fauna y flora, contribuyen a describir un paisaje con predominio de la roca y con una altitud elevada.

La presencia del hombre se advierte especialmente en los nombres de los caminos de acceso a este cerro (Sendero de la Corruyuela, El Carril, La Bajadera), con indicación del desnivel (La Varga «el repecho»), descripción de la revuelta del camino (Volantín), o la existencia de cercas de acceso (La Portilla, Portillas). Estos dos últimos nombres implican también la presencia de ganado, circunstancia bien reflejada en el topónimo Corral de Giras. Igualmente, los siguientes topónimos se deben a la utilización del terreno por parte del hombre: El Mojón oMojonera motivados por la existencia de un hito o mojón; Las Rozas, terrenos rozados o limpios de matorral para posibilitar su uso agropecuario; El Molino de Pisón revela la existencia de un ingenio hidráulico utilizado para moler (molino) y como batán (pisón o pisa). Los Ordejones delatan el cultivo de la cebada. Finalmente es el nombre del propio hombre el que aparece fijado en el terreno: Cueva del Guarda, Cueva Rudiez, y el de sus divinidades: San Román, San Julián, San Martín.

Es una toponimia tan romance que incluso algunos topónimos prerromanos son reconocidos por los autóctonos como apelativos (caso de cotorro «cerro pequeño»). Por lo que pudimos ver los lugareños habían perdido la noción de «varga», pero conservaban claras las de «chirlón» («avión»), «ilaga» («aulaga») de modo que La Ulaña es el único topónimo cuya acuñación podemos asegurar que se remonta a época prerromana.

Procede de la raíz paleoeuropea, * ul-, expresada según la manera de Krahe, *el- / * ol- «fluir, manar» que da nombre a diversos hidrónimos (8).

La Ulaña no es un río, sino un cerro. Pero un cerro cuya característica más notoria es la de tratarse de un roquedo cárstico con abundancia de cuevas y depresiones por donde se filtra el agua que luego reaparecerá en forma de abundantes fuentes a los pies de la peña, tal y como queda reflejado en la toponimia menor. Esta abundancia de surgencias es la que en nuestra opinión ha motivado, tanto en Ulaña como en Ulaca, la utilización de la raíz *ol- «manar». Y por esto mismo es verosímil una etimología de carácter hidronímico como la propuesta.

La toponimia romance (incluida la hagionimia) es signo evidente de una repoblación medieval, tal como ocurrió con Amaya. Únicamente La Ulañaquedó como reminiscencia de sus antiguos pobladores. La lengua a la que se adscribe esta raíz es denominada paleoeuropeo. En la Península Ibérica parece que su presencia fue anterior a las lenguas indoeuropeas prerromanas históricas, el lusitano y el celta. (Villar, 1996: 503-514).

  1. CONSIDERACIONES FINALES

4.1. ¿Es posible la adscripción de los restos a alguna ciudad citada en los textos?

¿El cerro de La Ulaña se llamaba así cuando fue ocupado o reocupado en la Edad del Hierro? ¿Ocurrió lo mismo cuando se reocupó Amaya? ¿Vetones y Lusitanos hablaban la misma lengua indoeuropea, no céltica, que turmogos y cántabros?

Apenas disponemos de documentación suficiente para hacer afirmaciones taxativas. De La Ulaña no hay ningún documento escrito y las inscripciones procedentes de Peña Amaya están tan fragmentadas o deterioradas que requieren la máxima prudencia. Únicamente hay tres nombres indígenas, también conocidos y usados por lusitanos y vetones:Auga[---]ria Avita9; [---]+o Pintoviq(um)10. Esto confirmaría, con las debidas cautelas, la unidad lingüística de turmogos-cántabros, vetones y lusitanos, toponímica y antroponímicamente.

Ambas peñas tuvieron que pertenecer a alguna de las ciudades conocidas por las fuentes literarias. A priori únicamente podemos asignarlas a una de las tres ciudades siguientes (las dos primeras en función de las coordenadas ptolemaicas).

Brauon es la ciudad turmoga más septentrional, conocida únicamente por Ptolomeo (2.6.51), cuya situación es por el momento desconocida (Tovar, 1989: 351).

Moroeca es la ciudad cántabra más meridional, pero que también conocemos únicamente por Ptolomeo, y cuyas identificaciones tampoco son convincentes (Tovar, 1989: 360). Etimológicamente podría reposar en la raíz prerromana *mar/mor, que significa «agua quieta». Como Ulaña parece también un étimo prerromano relacionado con la raíz *al/ol«fluir», (González Rodríguez, 1999: 120 y 119 respectivamente), Moroeca podría convenir etimológicamente a las características de La Ulaña, aunque ya hemos visto que no hay documentación que lo verifique.

Amaia la conocemos por Juan de Bíclara (FHA IX, 155). Las 11 inscripciones halladas en Peña Amaya confirman la existencia de un hábitat romano (Fita, 1891: 527-53111 y CIL II, 2915). Pudo ser una ciudad según parece sugerirlo la estela de Aelius Maritimus, que paga un edificio de cierta entidad, seguramente público (exedra cum basi).

Preferimos pensar en Moroeca por las razones siguientesEs la zona llana (cuenca del Odra), por donde las aguas discurren más tranquilas, la que pudo recibir su denominación a partir de la raíz *mor formando el topónimo Mor-oeca (o Moro-eca). Por contraste la Peña de la que brotan la mayor parte de las fuentes, tomó su nombre de la raíz *ol (Ulaña).

Amaya (Ammaia) sería una entidad menor, que, sin embargo, por razones que desconocemos, adquirió mucha más importancia en épocas romana y visigótica.

4.2. Un contexto geográfico de frontera

En este análisis la situación geográfica en la que se ubican Peña Amaya y Peña Ulaña adquiere gran importancia, ya que están enclavadas en la frontera entre los cántabros y los turmogos, entendiendo ésta como una zona de permanentes contactos, entre los que debemos considerar los enfrentamientos militares, un «territorio de paso» y «un territorio de nadie», con límites difusos y cambiantes (Aja y otros, 1999: VII-XI y 40). Un área en la que la cultura material, que todavía está por definir en ambos grupos, no debió estar vinculada a divisiones artificiales y en el que influyeron más las relaciones étnicas, las comerciales, las sociales y las vías de comunicació n, como la arqueología ha demostrado en otros ámbitos peninsulares próximos (Burillo, 1998: 140-141; Fernández- Posse, 1998: 166 y Sanz, 1998: 427-439). Y sin embargo, por tradición, ambos asentamientos han sido incluidos dentro de la Cantabria prerromana, debido al supuesto trazado de la línea de su frontera meridional y no a la existencia de una estructura social o de una cultura material (Gómez Fraile, 2001: 63-76, donde se recogen las teorías anteriores), ya que incluso la consideración de Amaya como ciudad cántabra sólo puede establecerse en época visigótica, como se ha visto ya.

4.3. ¿Se produjo un traslado del centro del poder político?

Una cuestión a tener en cuenta respecto a la situación de ambos asentamientos y su extensión es su proximidad tan solo unos 4 km. Los datos aquí expuestos no parecen corroborar la tesis mantenida por la historiografía tradicional sobre el carácter y la capitalidad cántabra de Amaya, cuya vinculación sólo es posible aceptarla en época visigoda, como ya hemos dicho, ya que las fuentes clásicas no la mencionan y el Itinerario de Barro es un documento tan controvertido que no puede ser empleado como argumento (Ramírez, 1999: 174, n. 4). Todo ello podría indicar que no se produjo una coexistencia de hábitats de grandes dimensiones a tan escasa distancia. Aunque el estado actual de la investigación sobre ambos yacimientos obliga a ser prudentes a la hora de establecer hipótesis de trabajo, podría considerarse al menos como una línea de estudio la posibilidad de una traslación del centro de poder político, si en época cántabra pudo estar en La Ulaña, tras la conquista estuvo en Amaya, aunque tendría un papel secundario respecto aPisoraca Iuliobriga.

Si ampliamos el horizonte espacial al entorno inmediato se observa en la transición del mundo prerromano al romano la introducción de una serie de mecanismos que traen consigo la promoción de nuevos centros dentro del territorio de los antiguos núcleos prerromanos; así Segisamo(Sasamón, Burgos) o Pisoraca (Herrera de Pisuerga, Palencia) son abandonados en favor de nuevos establecimientos romanos, dentro del mismo territorio y conservando el mismo topónimo, pero este proceso no sólo se observa en la creación de establecimientos militares, como los anteriores, sino también en centros civiles como Clunia (Coruña del Conde, Burgos), Deobrigula (Tardajos, Burgos), Monte Cildá (Olleros de Pisuerga, Palencia) y posiblemente Vindeleia (Santa Cruz y Cubo de Bureba, Burgos) o Iuliobriga (Retortillo, Cantabria), entre otros (López Noriega, 1997 y 1999). En el caso de La Ulaña-Amaya, quizá, el proceso no fue exactamente el mismo, pero creemos que la reorganización del territorio en época romana es la razón que puede estar detrás de una hipotética traslación, cuyos argumentos son:

1) la escasa entidad de los restos del horizonte Hierro II en Amaya y la ausencia de uno romano en La Ulaña, por el momento,

2) su proximidad, alrededor de 4 km, que podría hacer que se considerasen dentro del mismo territorio y su extensión —Amaya 42 ha y La Ulaña 285—, dados los problemas de concepción y de explotación del espacio que plantean dos centros de grandes dimensiones y 3) el trazado viario de época romana, ya que la calzada que comunicaba la Meseta Norte —desde Pisoraca, dirigiéndose por Iuliobriga y el valle del río Besaya— con la costa cantábrica, y que la ponía en comunicación con el portus Blendium y el portus Victoriae, era no sólo un ramal de la vía principal que de Este a Oeste cruzaba casi todo el Norte peninsular bordeando la Cordillera Cantábrica por su vertiente meridional (vías I y XXXIV del Itinerario de Antonio: Asturica-Burdigala), sino también un eje viario para toda la red de caminos secundarios que cruzaban y atravesaban la zona (Iglesias y Muñiz, 1992: 98-136). Esta vía, que fue el factor vertebrador del territorio, discurre al Oeste de Amaya, quedando La Ulaña desplazada de ella y convirtiéndose, así, aquélla en un enclave fundamental para el control del territorio, en especial el de la Meseta Norte, hacia donde se orienta ese asentamiento, y de ambas rutas de comunicación.

En este punto merece la pena comentar que posiblemente Amaya tuvo un papel fundamental durante las Guerras Cántabras, pero justo en el bando contrario de lo que la historiografía venía manteniendo.

Amaya pudo ser un castro cántabro de menor importancia demográfica, pero que reunía un singular valor estratégico para los romanos cuando éstos establecen su base de operaciones en Sasamón, encontrando que una de las penetraciones naturales debía pasar por las inmediaciones de La Peña. Ello explicaría la presencia de materiales y estructuras romanas de época augustea que en este lugar de la península no pueden entenderse si no es vinculadas al contingente militar. Una vez pacificado el territorio no debió perder este papel militar, aunque en este caso dirigido fundamentalmente al control y protección de la vías, y consecuentemente con efectivos de la Legio establecida en Pisoraca, acogiendo una población civil dependiente primeramente de la propia presencia del ejército y pudiendo desempeñar cierto papel administrativo, siempre en un segundo orden respecto a Iuliobriga oPisoraca, al menos en el altoimperio.

Esta hipótesis se refuerza si tenemos en cuenta la relación que la Cantabria prerromana mantuvo con la Meseta y el valle del Ebro (Cisneros, 2004), zonas en las que ese proceso urbanizador fue puesto en práctica por Roma (Pina, 1993), quien debió ser consciente de ello, ya que cuando establece las divisiones administrativas incluye a aquélla dentro del convento cluniense, a diferencia de lo que hace con las regiones del Noroeste.

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Notas

1 Las intervenciones arqueológicas, realizadas en los años 2000, 2001 y 2002 fueron sufragadas por la Junta de Castilla y León y encargadas a Alacet Arqueólogos, S. L.

En total se han excavado poco más de 230 m2, repartidos en veinticinco sondeos.

2 Se han documentado una docena de muros ubicados en el Cinto, fundamentalmente en el Norte, con una altura que sobrepasa el metro y una longitud variable en función de la anchura de la vaguada en cada punto. Estas estructuras debieron formar parte del sistema defensivo, limitando no sólo la circulación por el foso, dadas sus dimensiones —6 km de longitud, aproximadamente, en ambos lados y una anchura, en el Norte, que es el mejor definido, entre 20 y unos 85 m— y el riesgo que conllevaría una eventual dispersión de fuerzas de defensa si un potencial enemigo tuviese libertad de movimientos por el Cinto, sino también el acceso a los manantiales, recurso esencial en caso de asedio, ya que de las 13 fuentes o manantiales localizados 6 se encuentran en el Cinto Norte, 2 fuera de él, hacia el valle, pero en sus proximidades (Cisneros y López Noriega, 2004, 7-8).

3 Los cálculos sobre la altura han sido realizados por Jesús Setién Marquínez, profesor del Departamento de Ciencia e Ingeniería del Terreno y de los Materiales de la ETS de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad de Cantabria, teniendo en cuenta el volumen de los restos de los derrumbes, la altura conservada de los lienzos y la anchura de éstos; no obstante, los datos son orientativos, ya que el rodamiento del derrumbe de la muralla hacia el Cinto, determina que no se hayan analizado variables exactas. Asimismo, al evaluar el volumen del derrumbe se incluyen también los depósitos de tierra posteriores y los vacíos entre bloques.

4 Aunque la bibliografía sobre el tema es amplia, podemos destacar entre los más recientes por citar los trabajos anteriores: Fernández-Posse, 1998: 224-228 y 2002: 85-88 y Sánchez-Palencia, Orejas y Sastre, 2002: 251-252

5 Inició la repoblación el rey asturiano Alfonso I (739-757) y la continuó después Ordoño I, en el año 856. El recuerdo de Amaya se mantenía vivo y por eso pervivió el topónimo. Cf. Pérez de Urbel, 1945: 66, 75, 159-60 y 171, con referencia a las fuentes historiográficas.

6 Muga es un apelativo vasco. Habrá que indagar las razones de su presencia tan lejos de territorio vasco.

7 Para su explicación y la de toda la microtoponimia, cf. Cisneros y López Noriega eds, 2005.

8 Para su explicación remitimos a la obra citada en la nota anterior.

9 Fue leído Neoria Avita, pero a las observaciones que hizo Untermann, añadimos las de nuestra autopsia: sólo son claras las tres letras finales del nomen y la primera, apenas perceptible, podría ser una «C», de modo que podría ser un nomen que comenzara por C, tipo C[u]ria. De esta forma queda como nombre «indígena» Avita, que dada su abundancia en Hispania no es especialmente significativo, aunque es uno de los más representados en Lusitania (cf. Atlas).

10 Auga, documentado en ambiente indígena corresponde a una mujer y sólo tiene paralelos en Antequera y en Lusitania (Augus). Pintovius está bien representado entre los vetones (Pentovius en la localidad cántabra de Luriezo).

11 Fita publicó las estelas con una somera descripción del soporte y su texto, pero sin dar la más mínima referencia a las circunstancias de su hallazgo. La mayoría de ellas se conserva en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria y fue publicada con aparato gráfico por Iglesias, 1976: láminas 4-11. Pero las circunstancias de su hallazgo se explican con detalle en la Memoria que Moro envió a Fita y en la correspondencia que mantuvo con éste (Moro apud Abascal, 1999: 102-104 y 130). Siete estelas estaban reutilizadas en una pared cercana a la fuente Hongarrera que Moro desmontó, por lo que debemos pensar que hubo una necrópolis en la misma Peña (es difícil que subieran las estelas desde el fondo del valle para hacer una pared). Otras tres (Moro apud Abascal, 1999: 130) también aparecieron fuera de contexto arqueológico, aunque una procedía del castillo. La undécima (CIL II, 2925) se había reutilizado para construir la pared de una iglesia. Once estelas es un número relativamente significativo, por lo que debemos pensar que en época romana existió en Peña Amaya una ciudad (o al menos un establecimiento de cierta entidad).

 

 EL DIARIO MONTAÑÉS

TERRITORIO HISTÓRICO DE LA CANTABRIA ANTIGUA

 La pieza más antigua es un chopper, una herramienta de piedra tallada que podría tener entre 400.000 y 1,1 millones de años, y la más moderna es una cobre castellano o vellón resellado de 1.636

 

07.06.12 - 17:50 -

EFE | Santander

Once nuevos castros cántabros, restos de necrópolis del mismo periodo y numerosos vestigios de la Edad Media han sido localizados en la comarca burgalesa de Las Loras en los tres últimos dentro de una campaña de prospecciones en la que han participado los arqueólogos Ramón Bohigas e Ignacio Ruiz Vélez.

Ambos han certificado los descubrimientos del periodista y licenciado en Historia Alfonso Bourgon en esta comarca del norte de Burgos, territorio histórico de la Cantabria antigua, y frontera entre este pueblo y el de los turmódigos, habitantes de las llanuras cerealísticas del entorno de Villadiego.

Alfonso Bourgon, que presentará los hallazgos esta tarde en el Ateneo de Santander junto a los dos arqueólogos, ha apuntado hoy, en rueda de prensa, la posibilidad de que no todos los castros de esta zona tuviesen una finalidad defensiva sino que podrían obedecer a la presencia de una materia prima estratégica, el hierro.

Según ha explicado, el topónimo Valle del Hierro y la existencia de un castro localizado en los años setenta, durante la elaboración de la Carta Arqueológica de Burgos, sobre el llamado "Pico de la Mina", que presenta indicios de laboreo extractivo, abundan en esa hipótesis.

Además en uno de los castros localizados en estos tres últimos años hay indicios de la presencia de un horno de fundición, un hallazgo, que sería el primero que aparece en toda la provincia de Burgos si se confirma el hallazgo.

Ruiz Vélez ha señalado que los castros, situados en la zona que fue frontera de las Guerras Cántabras (29 a 19 A.C) pertenecen muy probablemente a la primera Edad del Hierro.

Bourgon y los dos arqueólogos han hecho estas prospecciones por iniciativa propia, con la autorización de la Junta de Castilla y León, y las han pagado "de su bolsillo". No han solicitado subvenciones y tampoco creen que se realicen por el momento intervenciones arqueológicas en los nuevos yacimientos, a no ser de forma muy puntual y limitada.

Todo empezó cuando Alfonso Bourgon, que pasa muchos fines de semana en la zona, encontró durante un paseo por el campo un derrumbe de una muralla que más tarde comprobó que ya había sido documentado pero desde entonces se sucedieron los hallazgos.

La Junta de Castilla y León, a la que se enviará toda la documentación sobre estos vestigios, le otorgó el permiso para hacer prospecciones visuales y recoger los restos que encontrara en superficie.

Tras las exploraciones llegaban las visitas de certificación de Bohígas, del Instituto de Prehistoria y Arqueología de Satuola, y Ruiz Vélez, de la Institución Fernán González y la Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes.

El resultado ha sido el hallazgo de medio centenar de yacimientos y piezas arqueológicas. La más antigua es un chopper, una herramienta de piedra tallada que podría tener entre 400.000 y 1,1 millones de años de antigüedad, y la más moderna es una cobre castellano o vellón resellado de 1636.

Entre estos dos hallazgos, aislados y casuales, se sitúan los once castros inéditos, varias necrópolis tumurales del mismo periodo asociadas a los castros , restos de antiguas minas y de una posible villa romana, tres santuarios altomedievales y muchas más piezas y vestigios.

En algunos casos la cronología no ofrece dudas pero en otros serían necesarias intervenciones arqueológicas para concretarla.

Ramón Bohígas considera que en esta zona queda mucho trabajo por hacer, especialmente si se extiende la prospección hacia el este y el oeste y augura "sorpresas".

El hecho de que los hallazgos en estos tres años hayan sido tan numerosos indica, a juicio de Bourgon, que hace falta más trabajo de campo y menos de despacho. "Hay que poner la bota en el terreno", ha subrayado.

 

 

 

Diario Montañés

CULTURA

Los hallazgos en Las Loras desvelan que los asentamientos en la frontera de la Cantabria antigua no respondían a un afán defensivo sino a la presencia de hierro 

08.06.12 - 00:06 - 

MARTA SAN MIGUEL | SANTANDER.

Once nuevos castros cántabros y numerosos vestigios medievales han sido descubiertos en la comarca burgalesa de Las Loras, al norte de Burgos, un territorio histórico que perteneció a la Cantabria antigua y donde un grupo arqueólogos ha trabajado durante varios años en más de medio centenar de yacimientos que arrojan novedades sobre las Guerras Cántabras.

Los codirectores del proyecto presentaron ayer estas novedades arqueológicas en una conferencia en el Ateneo de Santander en la que apuntaron la posibilidad de que estos hallazgos podrían conducir a reinterpretar la historia de las guerras cántabras. Los responsables de estos hallazgos son Alfonso Bourgon de Izarra, licenciado en Geografía e Historia y periodista, y los doctores en Filosofía y Letras, catedráticos de Historia y arqueólogos Ignacio Ruiz Vélez (de la institución Fernán González de Burgos-Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes) y Ramón Bohigas Roldán, del Instituto de Prehistoria y Arqueología 'Sautuola' de Santander, de la Institución Cultural de Cantabria, asociada al CSIC.

El principal hallazgo son once nuevos castros fortificados de la Edad del Hierro pertenecientes al mundo cultural del «pueblo protohistórico que llamamos cántabro», en la zona que fue frontera de las Guerras Cántabras (años 29 al 19 AC).

«Aunque no se pueden extraer grandes conclusiones de este trabajo, el equipo sí que realiza algunos apuntes que reinterpretan el episodio militar de las Guerras, ya que todas las fuentes clásicas y contemporáneas sitúan esa zona como el punto donde se inició la campaña de conquista y las primeras operaciones militares de la fuerza de invasión romana. «Igual no todos los castros se ubicaban atendiendo a cuestiones exclusivamente de defensa del territorio, sino a la presencia de la materia prima estratégica por excelencia en aquel momento: el hierro». Si esto fuese así, «puede que haya que reinterpretar un período muy concreto de la historia y muy de moda de unos años a esta parte, como es el de las llamadas guerras cántabras».

Las campañas realizadas tenían por objeto el rastreo sistemático del terreno, mediante prospección visual y recogida de materiales en superficie para la identificación de posibles nuevos yacimientos arqueológicos en la franja de territorio comprendida con el fin de «completar el inventario arqueológico regional en una zona insuficientemente explorada».

Con los resultados de la campaña se publicará un trabajo revisando el conocimiento científico existente sobre el poblamiento de la edad del hierro en una zona que se identifica «claramente» como límite o frontera entre los antiguos cántabros, que ocupaban las primeras elevaciones de la cordillera, y los habitantes de las llanuras cerealistas del entorno de Villadiego a los que, según las crónicas de los historiadores clásicos, las bandas de guerreros cántabros rapiñaban el fruto de sus cosechas por la fuerza de las armas.

Piezas «casuales»

Los codirectores del proyecto han señalado que «los hallazgos han sido muy diversos, de distinto período y entidad e importancia», y que la «mayor parte» de ellos son asentamientos castreños y yacimientos medievales. Entre estos hallazgos, «la pieza más antigua» es un 'chopper', una primitiva herramienta de piedra tallada. «Es un núcleo de canto rodado, de cuarcita, tallado con unos golpes básicos para darle un filo cortante, pero que también se ha utilizado como percutor a juzgar por las huellas de uso que presenta». Su cronología oscilaría entre 400.000 y 1.100.000 años de antigüedad y podría ser «el primer hallazgo de estas características en esa zona del norte burgalés».

La pieza más moderna es un cobre castellano o vellón resellado del siglo XVII, concretamente de 1636; es decir, una pieza a la que, durante el caos monetario del reinado de Felipe IV, se reacuñó un nuevo valor, «en este caso de ocho maravedís».

En medio de estos dos «hallazgos casuales» hay once castros o poblados fortificados del hierro «totalmente inéditos», varias necrópolis tumulares del mismo período asociadas a algunos de esos castros; varios asentamientos no fortificados del mismo período; y antiguas minas de donde obtenían el mineral de hierro para la fabricación de herramientas y armas. También se ha localizado un asentamiento fortificado tardorromano, es decir, visogodo; tres santuarios altomedievales con necrópolis asociada; restos de dos castillos altomedievales; o tres estelas medievales, una de ellas todavía en pie, entre otros.

 

 

 

epcantabria.es /  europa press

Cantabria Infinita

 

Descubiertos 11 nuevos castros que podrían llevar a reinterpretar la historia de las guerras cántabras.

Según los codirectores del proyecto, Alfonso Bourgon, Ignacio Ruiz Vélez y Ramón Bohigas.

Santander, 7 jun 2015 (EUROPA PRESS)

Once nuevos castros cántabros y numerosos  vestigios medievales han sido descubiertos en la comarca burgalesa de Las Loras, al norte de Burgos, un territorio histórico que perteneció a la Cantabria antigua y donde un grupo de arqueólogos ha trabajado durante varios años en más de medio centenar de yacimientos.

Los codirectores del proyecto Alfonso Bourgon, Ignacio Ruiz Vélez  y Ramón Bohigas han presentado este jueves en rueda de prensa estas novedades arqueológicas, que se presentarán públicamente en una conferencia, a las 20 horas, en el Ateneo de Santander, y que, en su opinión, podrían conducir a reinterpretar la historia de las guerras cántabras desde un punto de vista “estrictatamente operacional”

El principal hallazgo son 11 nuevos castros fortificados de la Edad del Hierro pertenecientes al mundo cultural del pueblo protohistórico que llamamos cántabro, en la zona que fue frontera de las llamadas Guerras Cantabras (años 29-19 a. C).

Los yacimientos han sido descubiertos mediante prospección ocular por Alfonso Bourgon a lo largo de varios años de “exhaustivas” salidas de campo y certificados en visitas posteriores por los doctores Ruiz Vélez y Bohigas, con la colaboración puntual del profesor y arqueólog Manuel García Alonso y el doctor y catedrático de Prehistoria de la Universidad de Cantabria César González Sáiz.

Las campañas realizadas tenían por objeto el rastreo sistemático del terreno mediante prospección visual y recogida de materiales en superficie para la identificación de posibles nuevos yacimientos arqueológicos en la franja de territorio comprendida.

La zona está delimitada por Alar del Rey – Villela por el oeste; Montorio – Huérmeces por el este; el valle de Valdelucio por el norte y Sasamón – Villadiego por el sur, según han indicado los codirectores, que han señalado que el objetivo era “completar el inventario arqueológico regional en una zona insuficientemente explorada”.

Con los resultados de la campaña se publicará un trabajo revisando el conocimiento científico existente sobre el poblamiento de la edad del hierro en una zona que se identifica “claramente” como límite o frontera entre los antiguos cántabros, que ocupaban las primeras elevaciones y loras de la cordillera, y los turmogos o turmódigos, habitantes de las llanuras cerealistas del entorno de Villadiego y a los que, según las crónicas de los historiadores clásicos, las bandas de guerreros cántabros rapiñaban el fruto de sus cosechas por la fuerza de las armas.

A la vista de los resultados, se pretende también reinterpretar el episodio militar de las guerras cántabras (años 29 a 19 a.C) desde un punto de vista estrictamente operacional, en lo que todas las fuentes clásicas y contemporáneas sitúan como la zona donde se inició la campaña de conquista y las primeras operaciones militares de la fuerza de invasión romana.

HALLAZGOS “DIVERSOS”

Los codirectores del proyecto han señalado que los “hallazgos han sido muy diversos, de distintos períodos y entidad e importancia”, y que “la mayor parte” de ellos son asentamientos castreños y yacimientos medievales.

Entre estos hallazgos, “la pieza más antigua” es un “chopper”, una primitiva herramienta de piedra tallada. “Es un núcleo de canto rodado, de cuarcita, tallado con unos golpes básicos para darle un filo cortante, pero que también se ha utilizado como percutor a juzgar por las huellas de uso que presenta”, han explicado.

Según los expertos que lo han analizado, su cronología es “muy amplia y poco concreta”, oscilaría entre 400.000 y 1.100.000 años de antigüedad; es decir, entre el homo heidelbergensis y el homo antecesor de Atapuerca. Probablemente, según han indicado, es el primer hallazgo de estas características en esa zona del norte burgalés.

Por el contrario, la pieza más moderna es un cobre castellano o vellón resellado del siglo XVII, concretamente de 1636; es decir, una pieza a la que, durante el caos monetario del reinado de Felipe IV, se reacuñó un nuevo valor, en este caso de ocho maravedís.

En medio de estos dos hallazgos casuales hay 11 castros o poblados fortificados del hierro “totalmente inéditos”, varias necrópolis tumulares del mismo período asociadas a algunos de esos castros; varios asentamientos no fortificados del mismo período; y antiguas minas de donde obtenían el mineral de hierro para la fabricación de herramientas y armas.

También se ha localizado un asentamiento fortificado tardorromano, es decir, visigodo; tres santuarios altomedievales con necrópolis asociada;  restos de dos castillos altomedievales; o tres estelas medievales, una de ellas todavía en pie, entre otros.

REINTERPRETAR LAS GUERRAS CÁNTABRAS

Como apunte general, los codirectores han augurado que “igual no todos los castros se ubicaban atendiendo a cuestiones exclusivamente de defensa” del territorio, “sino a la presencia de la materia prima estratégica por excelencia en aquel momento: el hierro”.

Si esto fuese así, han indicado que puede que “haya que reinterpretar un período muy concreto de la historia y muy de moda de unos años a esta parte, como es el de las llamadas guerras cántabras, que tuvieron lugar entre los años 29 y 19 a.C.

Aceptando que no todos los castros localizados sean contemporáneos de ese período bélico, algunos serán sin duda mucho más antiguos, en cualquier caso, entre los que se han localizado nuevos en estas campañas y los que ya eran conocidos, el panorama que se nos presenta, en lo que era el límite meridional del territorio histórico de los cántabros es el de una franja fronteriza literalmente plagada de recintos amurallados o fortificados y perfectamente comunicados visualmente entre sí”, han explicado.

Y es que, según han elucubrado, “esto quiere decir que las crónicas de los historiadores romanos sobre las operaciones militares contra los cántabros no pueden tener una explicación tan simple como la que nos ha llegado”.